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martes, 14 de abril de 2020

Gran jugador, peor persona - Cuento de Sebastián Sánchez

Leído en el programa Qué Grande, en Radio Comunitaria Quimunche.

Me dicen de todo, pero no es justo. ¿En qué manual de periodismo dice que el periodista tiene que defender al ídolo? ¿Defenderlo de qué? El periodista tiene que comunicar y punto. El ídolo se tiene que defender solo. Y ahora los periodistas deportivos me miran con recelo, algunos me saludan por compromiso nomás. Yo hice mi trabajo, los que no son futboleros son los únicos que me bancan. ¡Yo sí soy futbolero! Pero la ética no la negocio. Tuve una materia que se llamaba “Ética y deontología”, me gustaría saber cuántos la cursaron, de esos que ahora me acusan de barbaridades.

Lucas jugaba como los dioses, yo lo admiraba. Todos nos hacíamos los fanáticos del fútbol neuquino, que apoyábamos al club que nos representa, pero en el fondo íbamos a verlo a él. Si Lucas no jugaba, no iba ni la mitad de la gente a la cancha, te lo aseguro. ¡Qué jugador! La pelota siempre al “10”, como dice la canción. Y el “10” le pegaba como los dioses. Metía unos pases que no vi en mi vida. Con un solo movimiento de cintura, los hacía pasar a todos de largo. Aparte era guapo, le pegaban y seguía firme. Un crack con todas las letras, de esos que marcan una época. Metió goles de tiro libre, desde todos los perfiles, colocándola donde quería. Acomodaba la pelota, la soltaba a medio metro del piso y la dejaba reposar liviana en el pasto. Cuando retrocedía midiendo la distancia al arco, ya todos palpitaban el gol. Hizo goles desde la mitad de la cancha. Y tres o cuatro golazos olímpicos, sabían que iba a probar, y los metía igual.

De los nueve campeonatos de liga neuquina que consiguió “la academia” en los últimos quince años, no sé si hubiese ganado dos o tres sin Lucas Pardal. Lo vinieron a buscar de todos lados, del Torneo Argentino, un par de veces del Nacional B, pero no quiso saber nada. No lo corrían con plata. Tenía su laburo en la muni, y su familia, y no se quiso aventurar a irse. Le sobraban condiciones para el fútbol de ascenso.

El tema de la lesión fue en un momento bárbaro, no parecía de 36 años, lo veías jugar y le dabas 30, estaba impecable. Y como ese partido contra Limay no tenía demasiada importancia, no había tanta gente en la cancha. El pibe que lo lesionó tenía 17, apenas si había jugado, después el entrenador diría que se venía sacrificando mucho para estar en ese partido y por eso le dio la chance. Al minuto que entró, justo recibió Pardal, se acomodó en dos trancos y metió un pase cruzado a un delantero. Un segundo después llegó Milton Yañez, con los pies para adelante. Y lo destrozó.

En las tribunas nos pusimos todos de pie. Porque veíamos que los que se acercaban a Lucas Pardal, se retiraban con las manos en la cabeza. Algo malo estaba pasando. Decí que las filmaciones son en baja definición y había mucha gente alrededor. Porque no sé si la gravedad del momento me distorsiona el recuerdo, pero yo vi hasta el hueso blanco. Y debe ser así, porque uno de los que ayudó a subirlo a la ambulancia se puso a vomitar.

Por más crack que seas, una fractura expuesta a los 36 años retira a cualquiera. Encima en la zurda. Nadie pensó que podría volver a jugar. Pero se recuperó, se entrenó, y lo fueron a buscar para aquellas semifinales del Federal, no les costó mucho convencerlo. Ya tenía 38 pero todos los neuquinos queríamos que se retire campeón. ¡Qué mejor que verlo ascendiendo a un club neuquino al Nacional B por primera vez!

“La academia” tenía un equipo firme, pero en la semifinal fue Pardal más diez. Intacto volvió. Hecho un pibe. Nadie se acordó que venía de tremenda lesión. Gracias a él, todos nos empezamos a imaginar a Neuquén en el Nacional B. En el diario estábamos como locos. En la tapa todos los días nos pedían algo de la final. Los de política, los de policiales, todos dale que dale con qué íbamos a poner al otro día. Había una manija tremenda porque por primera vez la gente leía más las notas del fútbol de Neuquén que las de Boca y River.

Y se me ocurrió ir a ver Milton Yañez, y preguntarle si iba a ir a la cancha a ver la final. Era una linda nota de color. Al pibe lo habían destrozado por lesionar al ídolo. Jugó algunos partidos más, bah, fue al banco, pero le gritaban delincuente, mala leche, anti fútbol, y todos los insultos que te puedas imaginar. Entraba y los mismos rivales le daban duro, de bronca nomás. Y aunque parecía no importarle mucho lo que le gritaban, dejó el fútbol. Así que de paso, me parecía una buena manera de redimirlo al pibe. Que diga que llegó tarde, que fue sin querer, que va a ver el partido, que le desea lo mejor para el ascenso, y punto. Nunca me imaginé que sería la nota más fuerte en mis 30 años en los medios.

El pibe vive con la madre en una casita de dos ambientes, cerca de una toma. Me costó encontrarlo, no tiene redes sociales. Fui al club donde jugaba, y preguntando conseguí su teléfono. Pero recién a la noche vio mis mensajes y llamadas perdidas. Me dijo que no quería hablar, que estaba laburando. De a poco le fui sacando data, y largó en qué supermercado trabaja. Al otro día lo fui a ver ahí, y me dijo que se estaba yendo para la casa. Me esquivaba todo el tiempo, me pareció raro, pero ya era un objetivo personal conseguir esa nota aunque no tenga tanta relevancia. Así que le pregunté si lo podía acompañar a la casa, de mala gana me dijo que sí.

Entré, y la madre me miró torcido. La saludé cordialmente, y cuando me empecé a presentar, me restó importancia y me dejó hablando solo. Muy precaria la vivienda, como te decía, pero se notaba que todo lo tenían por esfuerzo propio. Le pregunté a Milton y me dijo que la casa la construyó el con su mamá y algunos vecinos y amigos, de a poco me fui ganando su confianza.

Para entrar en el tema, le dije, “así que no te veo enchufado con el fútbol, no vas a ir a la cancha, ¿no?”. Esperé que me conteste para ver cómo armar mi nota, pero me sorprendió. Me miró fijo y me dijo “odio el fútbol, ya hice todo lo que tenía que hacer y listo”. Adiós a mi título: “No quise lastimar a Pardal, le deseo lo mejor”:

- Me estás diciendo que lo lesionaste a propósito.
- Sí, me preparé años para eso, sabía que Dios es justo y me iba a poner frente a él.

Me quedé mudo, y Milton siguió:

- ¿Vos sabés lo que es el frío?
- Sí.

Contesté rápido pero totalmente descolocado, Milton ya no esperaba mi respuesta.

- Sabés lo que lo es el frío a la mañana en la puerta del supermercado, en la Catedral, en la terminal. Sabés lo que es sufrir durante horas el frío y terminarte acostumbrando cuando no tenés mucho abrigo.

Solo lo miré.

- Bueno yo sí sé lo que es el frío. Me acuerdo y lo siento todo el tiempo. Pidiendo con mi mamá porque no teníamos para comer, porque no podía trabajar, porque no tenía con quién dejarme, ¿no tenés ni idea lo que es la humillación, no? Que pasen abrigados y comiendo frente a vos, y te miren mal, y vos retorciéndote del hambre y del frío.

Lo seguí mirando. Empecé a suponer que la lesión a Pardal, al ídolo, era una patada a la ciudad como reclamo de justicia por el frío, el hambre, y la humillación. Pero Milton continuó su monólogo.

- Encima esa basura pasaba con el bolso y nos miraba de reojo, apuraba el paso, le sonreía a sus hijos, ni vergüenza le daba.

Pobre Pardal, pensé, qué podría hacer. No puede ayudar a todos los que ve en situación de calle. Y ser ídolo lo pone en la lupa. Pero pensé eso porque no tenía ni idea de lo que estaba por escuchar.

Por fin se sentó Milton, me miró de frente, y agachó su cabeza como para adentrarse en mi mirada, y que me quede claro lo que me iba a decir:

- Ese sorete dejó embarazada a mi mamá hace 19 años, y nunca se hizo cargo. Nos dejó tirados a los dos. Y todos lo tienen como ídolo.

Me quedé helado. Rápidamente calculé que Milton es su hijo.

- Pero Pardal es casado.

Repliqué asombrado, sabiendo que eso no le hacía perder credibilidad al relato de Milton.

- Sí, una tía me contó que ese forro se estaba por casar, por eso abandonó a mi mamá cuando se enteró que estaba embarazada.

Abrí grandes los ojos y la boca. No tuve otra respuesta.

- Y ustedes los periodistas que no le dan ni bola a la gente que sufre y se muere de frío en la calle, todos los días hablando de Pardal como el rey, como el ídolo. Sabes las veces que vi a mi mamá llorando por no tener para darme de comer. Las veces que la vi retorcerse del dolor de panza por no comer, por darme de comer a mí, las veces que la vi rompiendo la tapa del diario en las que salía tu ídolo.

Entendí el resentimiento de Milton a mi trabajo, pero de alguna manera me había ganado su confianza y busqué terminar de atar cabos. El objetivo ya era otro, dentro del impacto por la terrible revelación, me concentré en cerrar la historia.

- ¿Pardal sabe que es tu papá?
- Pff, papá, ponele. Lo sabe, por qué te crees que cuando en el diario le preguntaron por mí, no quiso responder nada.
- Ah claro, no me acordaba de eso.
- Bueno yo me acuerdo de todo.
- Y si no te gusta el fútbol, ¿cómo llegaste a jugar en Limay?

La respuesta de Milton me la fui imaginando en la medida que la comprobaba con su relato.

- En el barrio me encaró un tipo diciendo que siempre me veía en la calle, y que vaya al club si me gustaba jugar al fútbol. Que necesitaban jugadores con mi contextura física y lo demás se aprende. Al principio no le di pelota. Pero después me di cuenta que podía romperlo como tantas veces había pensado, y sin que me metan en cana. Y que no juegue más. Y vos me venís a preguntar si voy a ir a verlo salir campeón.

- ¿Jugaste al fútbol solamente para eso?
- Sí, sabía que Dios me iba a dar esa revancha. No la desaproveché. Y lo volvería a hacer.
- ¿El técnico y tus compañeros sabían quién es tu padre, y lo que le ibas a hacer?
- Lo de padre, es un decir. Mi vieja fue la madre que correspondía y todo lo que el padre no fue. Y no, no se lo dije a nadie, porque sino no me iban a dejar jugar. Usted es la primera persona que le cuento esto. Porque me insistió. Pero creo que necesitaba decírselo a alguien.

Me saqué los lentes, me froté la frente, ya tenía todo lo que necesitaba. Sin dudas, Pardal iba a volver a la tapa pero esta vez iba a revolucionar el mundo del fútbol, y a solo tres días del partido más importante del fútbol neuquino.

- Lucas, no tenés que desconfiar así del periodismo, este tipo podrá jugar bárbaro y salir campeón. Pero los periodistas contamos las cosas como son, no nos casamos con nadie.

Ni colorado me puse hablando de mis principios, como si los compartiera con todos mis compañeros periodistas.

Llegué al diario a las 20 h. Solo estaban Cristian y Evangelina, cerrando todo. Cuando les conté lo que tenía, les pareció fantástico, ya que ellos lo vieron como noticia y no como fanáticos. Fue tapa principal, tapa de deportes, y se imprimió.

Sabía que la noticia era fuerte. Pero el revuelo en general era imposible suponerlo. La gente lo iba a mirar distinto, lógico, pero de ahí a que no juegue, y que se pierda una chance única para ascender al Nacional B, no estaba dentro de lo imaginable.

Igual para mi, lo más difícil fue sacarle la camiseta número 10 con el nombre de Pardal a mi nene, que la lucía orgulloso. No me animé. Se la escondí, la buscó un par de veces, y se entristeció, pero se le pasó por suerte. Pero no merezco que me diga “papá”, si permito que mi hijo tenga como referente a un tipo que no se hizo cargo de su hijo.

Y bueno, como te decía al principio, ahí me señalaron a mi como el culpable por el campeonato perdido. Fueron menos diez sin Pardal. En la redacción me miran mal a mí, ¡me echan la culpa a mí! Me da una bronca. ¿Está bien que haya abandonado a su hijo? ¡Nunca se hizo cargo! Ya sé que no jugó por los escraches, las minas lo escracharon por todos lados, pernoctaron en la puerta de la casa, pero ¿qué es peor? ¿eso o no hacerse cargo de un hijo? A nadie le importa lo más importante, me di cuenta de eso.

Me acusaron de apoyar a las “feminazis”, ¿podés creer? Primero, no fui a hacer esa nota a propósito, solo descubrí la verdad, o sea, hice mi trabajo. Y segundo, les dicen nazis a las minas por justicieras, y tratan de salvar a ese imbécil solo porque juega bien al fútbol. ¿Tan torcidos pueden estar los valores? ¿Se escucharán cuando opinan? Hasta un tarado usó ese término en la radio.

Todos esos días que siguieron a la final me tuve que bancar un ambiente de porquería, una hostilidad muy fea y muy injusta contra mí. El fútbol parecía más importante que una basura abandonando a su hijo. Fue muy triste. Me decían que eso de Pardal es personal, que no hay que darle bola, ¿podes creer? Me comí cada escena, cada planteo. Parece que nunca hubieran pisado una facultad de comunicación.

Pero después me di cuenta que es mejor que me haya pasado. Pude ver bien a quienes tengo a mi alrededor, sin caretas. Y la verdad que todos somos compañeros de laburo. Pero como amigos, ahora puedo elegir a los que me apoyaron por hacer mi trabajo, y no a los hipócritas que prefieren que el equipo de la ciudad salga campeón para vender mejores notas, y se hacen los moralistas después con otras cuestiones.

Neuquén es grande, puede y merece poner un equipo en el Nacional B. Tarde o temprano lo va conseguir, el fútbol siempre da revancha. Yo duermo tranquilo, con la ética intacta. Y Pardal se fue a vivir no sé adónde. El fútbol es lo de menos. Milton salió en el diario por pegar una patada, y Pardal tiene mil tapas. Pero ese chico tiene toda la dignidad que siempre le va a faltar al ídolo.

sábado, 26 de agosto de 2017

Uno de Soriano

 
Leído en el programa Qué Grande, en Radio Comunitaria Quimunche.

Te cuento, hace unos días jugaron Cipolletti contra San Lorenzo. Y pasó tanto en el partido y antes que me hizo acordar a tus cuentos. ¡Sí, por los puntos! Tu azul granate contra tu fútbol chacarero, ¿qué me contás? Por una Copa que te clasifica a la Libertadores, creeme. No, no es cuento. ¡Pero qué cuento te mandabas vos con esta historia!

Bueno, te hablo porque no soy nadie, y como vos sos todo nos vamos a entender. Sí, sos todo. Yo escribo de onda nomás. Quiero decir como pasatiempo, ¿entendés? Porque pasó esto que te hubiese fascinado, que fue un cuento en la vida misma como el penal mas largo del mundo. Sabemos que fue real, que pasó en Cipolletti donde ahora hay unas canchas de tenis. Pero también sabemos que lo fabulaste bastante, que mezclaste amigos tuyos con leyendas reales. No, no te juzgo, me encanta, es la magia de la literatura como me dijo un escritor maravilloso que no llegaste a conocer.

Si ya se, me voy por las ramas. Me pasa siempre. Acá, en mates con amigos, en la radio, en el laburo, siempre me voy por las ramas. Pero quién te corre, si lo vamos a contar, hay que contarlo bien, no te apurés. Definieron por penales, con eso te digo todo. ¡No, no exagero! Ya te voy a contar, calmate. Se llama Copa Argentina. La juegan todos los equipos de primera división ¡qué ahora son 30!, no, no está Cipolletti. En el Nacional B tampoco. La copa la juegan también los mejores equipos de las categorías de ascenso. Nosotros estamos… a Cipolletti me refiero, yo soy de Cipo y nadie más. Te decía, estamos en el Federal A, algún día volveremos al Nacional B. Seguimos llevando gente como nadie en la Patagonia.

No fue fácil clasificar a la copa y jugar contra San Lorenzo, claro. Medio año antes le teníamos que ganar si o si a Independiente de Neuquén en La Visera, y esperar que Villa Mitre no le gane a Roca en Bahía Blanca. Sí, ¡una mano de Roca necesitábamos! No, no es imposible. Muchos creían que sí, pero no. Nosotros ganamos con un gol cerca del final y nos clasificamos porque Villa Mitre y Roca empataron 1 a 1. ¡Seguro que no nos querían en la copa! Pero los jugadores naranjas tuvieron códigos, profesionalismo ponele, que se yo, fueron al frente y nos dieron esa mano.

Clasificamos y jugamos contra Deportivo Madryn de Chubut, ida y vuelta. Pusimos a dos jugadores nuevos que los contrataron con sueldos altísimos. No te digo el número porque no me creerías que el club cipoleño paga sueldos así, la economía cambió mucho en 20 años, ni te cuento mejor. En La Visera estaba complicado el partido. Ganábamos con gol de Lamolla, un defensor aguerrido que hubieses personificado en Barda del Medio. Y qué pasa, se lesionan los dos refuerzos estos que trajeron por mucha guita, ¿podés creer? Entra un pibe de Neuquén, del barrio San Lorenzo, que se tomaba dos colectivos todos los días para ir a entrenar. Y qué va a pasar si te digo que parece uno de Soriano. Dos minutos y el pibe clava el segundo gol, golazo, lo habilita de taco otro pibe, el hijo del gerente de La Anónima. Después Piñero Da Silva descontó para Madryn, no, no es brasileño, nació en Misiones y juega en la Patagonia, te lo nombro porque vas a ver que se convierte en protagonista de este cuento. De este texto. Porque cuentos eran los tuyos.

Vamos a la revancha en Chubut, y otra vez el pibe de Neuquén la mete, golazo de cabeza. Pero se complicó, nos ganaron 2 a 1 y fuimos a la definición desde los doce pasos, ¿vos también volás de los nervios? ¿a quién se le habrá ocurrido definir cosas importantes así? El arquero de ellos se cansó de atajarnos penales en los partidos, ahí por suerte no agarró ni uno y pasamos.

El sorteo fue un mes después, nos podía tocar cualquiera de los 30 de Primera y sale San Lorenzo, te hubieses dado la palma contra la frente, ¿o te hubieses emocionado? Un partido solo en cancha neutral, el que gana sigue, el que pierde afuera. El intendente de Cutral Co quiso jugarlo ahí en la cancha de Alianza. San Lorenzo se negó porque decía que Cipolletti era local en Cutral Co. Ya se que es verdad. Pero al final jugaron en Lanús. ¡En Lanús! ¿A cuánto de Boedo y a cuánto de Cipolletti? Además, ¿no es grande San Lorenzo? ¿no llenaría cualquier tribuna de Alianza? Esto lo cambiabas seguro si lo escribías vos, se jugaba en la Patagonia y punto. 

La AFA lo programó para el 10 de junio, un sábado, y San Lorenzo lo postergó ¿podés creer? Después que le ganaron a River. No, no está más Grondona, falleció. Hace unos años, no te creas que mucho. Seguía siendo el presidente, sí. No mejoró nada, te diría que estos son peores. Dijeron que se suspendía porque San Lorenzo peleaba el campeonato. ¡No! Estaban a siete puntos de Boca y faltaban tres fechas. Sí, siguen siendo tres puntos por victoria, nunca se revirtió. Pero igual era imposible. También aludieron que les iban a faltar dos jugadores que se iban con su selección nacional. ¿Qué es esa carcajada? ¡En serio! Un lateral derecho y un lateral izquierdo, encima. No te rías así que me haces reír a mi. ¡Es triste, gordo querido!

No sabés la calentura de los cipoleños. Estaban todos listos, más de 10 colectivos llenos, pasajes comprados, hoteles pagados, vacaciones adelantadas y licencias sin goce de sueldo. Ni hablar de los permisos de las esposas. Simpatizantes que desde el norte de Neuquén, la línea sur y Bariloche se acercaban a Cipolletti a hacer trasbordo a los colectivos de hinchas.

El club hizo un video que lo pasaron en todos los programas de la tele. No, los programas de Buenos Aires te digo. Se viralizó por internet, por la computadora. No, claro, cómo vas a entender, dejalo ahí, creeme que lo vio todo el mundo. Hermoso el video, con un poema y con imágenes. Decía: "Ellos tienen al Papa, nosotros no perdemos la fe". Sí, porque el Papa es hincha de San Lorenzo. ¡Un Papa argentino, sí! No, no es uno de Soriano, ¡te juro que es verdad! Renunció un Papa alemán y metieron a un argentino, y cuervo. Fue por un quilombo de corrupción en El Vaticano. ¿Qué gano con macanearte? ¡En serio!

Bueno, el video. Decía algo así que estamos orgullosos de jugar contra San Lorenzo pero más de ser quienes somos. Por ser de Cipo, claro. Muy emotivo. Y en el final decía algo así como: Donde quieras, cuando quieras, vos poné la fecha, nosotros llevamos la ciudad. Se lo tomaron mal, como que los chicaneábamos, los verdugueábamos. Las que se armó con tus cuervos y tus albinegros. Por si querías meterle más picante a la historia que te hubieses mandado.

Jugamos dos meses después en la cancha de Lanús. Unos días antes San Lorenzo se clasificó a los cuartos de final de la Copa Libertadores. No, ¡no te emociones tanto si ya la ganaron! Y ganaron otra internacional, una Sudamericana sin Brasil. Copas nuevas. Pero sí, hace unos años ganaron la Libertadores y jugaron la Intercontinental contra el Real Madrid. Jodeme que nadie te contó. No, ahí perdieron, ¿qué más querés?.

Te decía, San Lorenzo venía en plena competencia, Cipolletti había arrancado a entrenar hacía una semana y con ocho jugadores nuevos. Sin el defensor aguerrido que te contaba, se fue a jugar a Córdoba, y sin el pibe de Neuquén porque lo vendieron a Newell’s, mucha guita. Todo le favorecía a San Lorenzo. Todo. Este deporte es cada vez mas un negocio. Y cuando pensas que no tiene salvación, te regala estas cosas tan lindas y apasionantes que parecen sacadas de tus cuentos de fútbol chacarero.

Yo fui. Llego a Lanús y me encuentro a los hinchas de Cipo. ¡Qué lindo! Todos de blanco y negro, ¡y tan lejos! Entramos a la cancha y una hermosura. Sí la de Lanús. Creció una barbaridad. Salió campeón una que otra vez, hasta una copa internacional ganó. Techó toda una tribuna pero esa se la dieron a San Lorenzo. Entramos y ese olor a césped natural que extraño tanto... No, no me mires así. Siempre voy a la cancha de Cipo, siempre. Pasa que a nuestra Visera la asfaltaron y le pusieron un pasto de plástico arriba, ¿podés creer? En tus cuentos se jugaba mejor que ahí, mirá. ¿Por qué van a hacer una cosa así? ¡Por manejes políticos! ¿Qué se yo si se puede?, pero lo hicieron.

No sólo la cancha es de primera, televisaron el partido para todo el país, ¿qué me contás? Bah, para los que tienen cable. La política sigue así. A veces de nuestro lado, a veces de los que tienen plata. Mandan ellos. No, qué Menem. Es senador por eso de los fueros. Está gagá pero sigue vivo. Claro, hace 20 años nos dejaste, si te hubieses mandado uno de Soriano con esta historia, seguro le ponías “Veinte años no es nada”, ponele la firma. O "El partido mas largo del mundo" con todo lo que pasó. Pero me la juego por tus títulos tangueros.

Éramos más de 600 hinchas en Lanús un martes a la tarde. La hinchada blanca y negra nunca deja de sorprenderme. Fueron en colectivo, en avión, en auto, desde días antes camisetas albinegras paseaban por Florida. Florecieron las excusas y los faltazos al laburo. No te quiero amargar con política pero ¡no hay un mango! No te das una idea lo que es la inflación, los que cambiamos los pasajes cuando lo postergaron, pagamos la diferencia y quedamos secos. Pero fuimos igual. Estuvimos ahí junto a Cipo. Te cuento y se me infla el pecho.

Empezamos a cantar porque te lleva la cancha hermosa, la emoción de mirar alrededor y ver todas caras conocidas y camisetas de Cipolletti después de tanto viaje, y un puñadito de hinchas tempraneros de San Lorenzo. Hasta media hora antes del partido éramos más nosotros. “De que barrio sos…” les cantamos, no me mires así, ¡es el folklore del fútbol! A nosotros en realidad no nos importa eso, viste como somos, no nos va ni nos viene Buenos Aires, ni siquiera entendemos mucho de los barrios, pero sabemos que les duele y se lo cantamos igual. Sí, siguen sin volver a Boedo, están gestionado comprar el supermercado y volver a hacer la cancha, estaban entusiasmados pero los hinchas ya sospechan que el asunto se dilata demasiado. El que pone la torta es Tinelli, la plata quiero decir, sí, el conductor del programa de chistes, se llenó de plata y poder, cuando se le canta pone y saca un presidente. ¿Demasiada fábula te parece? No, no te estoy contando uno de Soriano, ¡es la verdad!

En Cipolletti me dijeron que se vivió como cuando Argentina llegó a la final del Mundial. Sí, llegamos otra vez ¡y en Brasil! Pero otra vez nos ganaron los alemanes. Faltazos masivos al laburo. Locales comerciales cerrados un martes por la tarde. Turnos cancelados. Bares llenos. Gritos y bocinazos por todos lados. Tu "far west" pero ahora de cemento. La ciudad vivió el partido, qué digo la ciudad, ¡el valle! Cinco Saltos, Allen, Fernández Oro, y la cantidad de neuquinos que alentamos siempre al albinegro. Algún roquense habrá dejado de lado la rivalidad pero la mayoría habrá esperado con ansias que nos llenen la canasta de goles. Cipolletti tiene eso, es grande, viste que tiene hinchas y enemigos en todas partes. Bueno, vuelvo porque me pongo loco hablando de mi blanco y negro.

Arrancó mejor San Lorenzo. Pero un Cipolletti sereno y ordenado le cerró todos los caminos. Homann es el técnico, una eminencia ya del club, ¡sí, el ruso Henry Homann! Como DT se le complicó al principio y cuando parecía que terminaba como Míster Peregrino Fernández, el equipo mejoró y nos devolvió a los hinchas la capacidad de soñar. ¡Como en este partido! Se dio el trámite que pensó Homann y todo lo contrario que imaginó el DT de San Lorenzo. ¡Mirá lo que te estoy contando! Y no es cuento.

A los 20’ remata Weiner, un delantero eléctrico que tenemos y la saca el arquero con una volada de primera división. Córner de  un volante neuquino, empujones en el área y queda Piñero sólo para cabecear y mandarla a guardar. Un gol hermoso, limpio, no fueron necesarios los artilugios de Orlando el sucio para triunfar. Algún día te voy mostrar el video de los hinchas de Cipo gritando el gol. Pasa que lo veo y se me vuelven a llenar los ojos de lágrimas y no viene al caso. ¡Te va a encantar! Tanto contaste del fútbol chacarero y ahí estábamos en primera división ganándole a San Lorenzo.

¿Te dije o no te dije que Piñero Da Silva era protagonista?, lo eliminamos de la copa pero por la postergación pudimos contratarlo en lugar del pibe neuquino. El misionero tan emocionado por su gol salió festejando para el otro lado y no lo gritó con la gente. Cuando volvía a la mitad de la cancha se dio cuenta, se dio vuelta y levantó los brazos. Era tarde ya para ir a festejar. Si venía le sacaban amarilla. Veinte años y siguen con la cantaleta de amonestarte por festejar. No tienen corazón. Igual en la tribuna no todos lo vimos. Estábamos llorando de alegría, las gargantas saciadas de gritarlo, desconcertados, festejando hasta tirados en el piso. Yo quería abrazarme con todos.

El primer tiempo terminó 1 a 0. ¡No sabés mis nervios! Quería ir ganándoles lo más que sea posible, vivía un sueño. Cantaba por Cipo para no despertarme. En el segundo tiempo nuestros jugadores empezaron a tocar y les hacíamos el clásico “ole, ole, ole…” de los toreros. ¿Si se escuchó? Ellos eran como 15 mil, y lo escucharon todos, también los jugadores ¡y el país por la tele!

Los nervios de los muchachos de San Lorenzo, no te imaginás. Empezaron a fallar pases largos. Después también pases cortos. Se insultaron entre los jugadores por no poder resolver jugadas. Si un jugador cuervo debe valer en guita como los once nuestros. Y los hinchas de ellos por las dudas les recordaban que no podían perder. Se estaba dando todo. Llegué a pensar que podíamos ganarles.

Pero es primera división. Es mucha diferencia. No se notó, creeme. Pero te equivocás en una y la vas a buscar adentro. En el ascenso te perdonan un poquito más. El error en una salida de Cipolletti lo cometió un peronista. Ese detalle en tu cuento lo obviabas, seguro. Pero convengamos que no es el único peronista que ha cometido errores.

Sacheri te gustaría. Es el escritor que te comenté al principio. Super exitoso, sabés a quién idolatra, al Gato Díaz por sus valores, tu arquero ficticio, lo reconoció en una columna en El Gráfico. Este escritor es hincha de Independiente. Si él hubiese nacido en Cipolletti y en el sorteo tocaba el rojo, seguro que les ganábamos, Sacheri siempre logra la hazaña, como unos chicos de 10 años que le ganaron el campito a los de 15 gracias a un eclipse, o Achaval en un duelo final de cursos que se atajó todo horas después de morirse. Porque en la película Metegol me la juego que la pelota final la metió el director Campanella, con Sacheri ganaban los buenos, seguro. Si ya se, me fui por las ramas de nuevo.

Vos fuiste mas realista, no se, mas chacarero, ¡bien nuestro!. Las hazañas se daban sólo de vez en cuando. Muy de vez en cuando. Confluencia no ganaba nunca pero cuando el Gato Díaz atajó el penal mas largo del mundo fue cuento, hizo historia. Cuando Obrero perdió en Barda del Medio también lo inmortalizaste. Y estuvimos cerca, eh. No hubo hazaña. No fue como los mapuches que le ganaron a los alemanes con Butch Cassidy. No. Clasificó San Lorenzo. Capaz que teníamos que afanarnos los arcos como los mapuches, que se yo, ¡si así somos!, seremos descendientes de tanos y gallegos pero vos sabés bien que nos sentimos indios y a mucha honra.

Nuestro arquero Alasia atajó el primer penal, otra que el Gato, ¡no sabes lo que ataja ese muchacho! Lo admiró todo el país. Hasta el arquero de San Lorenzo lo felicitó antes de la definición. El “gordo” Vilce que es el 5 nuestro, y el peronista clavaron bien sus disparos. Pero el arquero de San Lorenzo le atajó bárbaro justo a los que nacieron acá, Jara de Cipolletti y Avila de Cinco Saltos, esto no te hubiese gustado, ¿no?. Que rara definición para tu corazón, imaginate. ¿Que menos mal que te la perdiste? No te perdés nada en Cipolletti, sos plaza, sos mural, sos orgullo, ¡sos leyenda, Gordo! Todos nos acordamos de vos. Hace poco los tanos mostraron imágenes de una gresca en un clásico en Roca, y se acordaron de Cipolletti por tus cuentos, ¡”Il mítico Cipolletti”, titularon! Mirá si no estás siempre presente. Yo hablo de Cipo en una radio de la Biblioteca Rivadavia, sigue existiendo sí, ya cumplió 80 años. Afuera hay un mural de la ciudad y ahí está tu retrato bien grande. La plaza lleva tu nombre incluso, ahí mismo en diagonal a tu casa. Lo verías desde lo alto de tu peral. Como te dije, estás siempre, ¡sos todo!

Empatamos, seamos justos, ¡empatamos! Quedó eliminado mi Cipolletti. “Nuestro” Cipolletti, tenés razón. Clasificó tu San Lorenzo. Igual yo me fui contento, todos aprendimos que la consagración real está en otro lado, en una rubia que nos quiera querer. Borrá esa mueca de alivio que al domingo siguiente perdieron con Morón y quedaron afuera. ¡Sí, en serio! ¡Con Morón! Posta, eh. De verdad, quiero decir. Si yo no sirvo para inventar. Pero parece uno de Soriano, viejo. Sí, claro que al final era mejor que pierdan contra Cipolletti. ¿Pero no era demasiado perfecto? Mirá que final de tango que metimos. Triste y tan hermoso. Uno de Soriano parece.

miércoles, 30 de noviembre de 2016

Leyenda de la Patagonia - Cuento de Sebastián Sánchez

Al Bambi Flores.
"Yo no se si voy a ver otro wing como el Bambi en Cipolletti.
Porque el Bambi era ganador de local y de visitante.
Era un tipo que dejaba la vida. Vos lo veías cuando
terminaba un partido y estaba todo lleno de sangre,
un ojo hinchado, pero la gente se lo reconocía"
Juan Enrique Strak.
Leído en el programa Qué Grande, en Radio Comunitaria Quimunche.
El Real Madrid pagó y lo esperó. Boca intentó seducirlo cansado de sufrirlo. Nació para campeón. El destino lo dejó en su tierra natal. Hijo pródigo del viento veloz, de la fuerza incontenible de vendavales arenosos, su personalidad forjada en la adversidad del hambre y del frío seco de los potreros patagónicos. Ganó todo. Le dio vida al sur argentino dejando su vida en canchas rodeadas de chacras y galpones. Las llenó de gente. Camiseta que se puso, la llevó a la cima de su historia.

Desierto árido. Fría mañana de octubre de 1948. Valcheta le dio la vida pero no se la regaló. Huahuel Niyeo es en mapuche “donde hubo una garganta”. Allí el pibe de alpargatas se mezcló con los muchachos grandes. Chato del pago. Se paró de wing sin saber qué era eso. Presumió sus dotes. Corajudo. Lo marcaban de a tres y no podían. Le pegaban y pegaba mas que nadie. Desbordó. Tiró centros y esperó que le devuelvan la alpargata. Forjó un capataz el pedregullo. Hoy el pueblito significa “donde nació el gol de la garganta”.

Se convirtió en Tigre en Valcheta, contra corriente en la eterna postergada línea sur de Río Negro. Paraje de 15 casas. A los 12 años perdió a su madre. Padeció junto a ella la enfermedad y el dolor. La acompañó el purrete. Hermano mayor de 6 hijos. Meses el menor. Se repartieron los hermanos y él fue al campo a criar ovejas con el tío. Madrugador del rancho. Los domingos a jugar al fútbol. Reinó en el polvo del área.

Cuando quedaba solo en el puesto, dormía custodiado por un rifle y dos galgos. Si los perros dormían, el nene dormía. Si los galgos paraban las orejas, algo pasaba. El desamparo y la necesidad modelaron un carácter.

El abuelo le ponía los discursos del General. Ni reyes magos ni Papá Noel. El tren llegaba de capital repleto de juguetes una vez al año. Pieles pegadas a los huesos. Pelos sucios al eterno viento. Pero sonrisas. Muchas sonrisas esperando el tren milagroso. El peronismo gestó otro caudillo.

Pasó el umbral del Río Colorado. Un viajante lo llevó en tren a Bahía Blanca con lo puesto. Flaco. Desgarbado. Solo. Aún con alpargatas. Cayó en la pensión. Comió sólo los mediodías. Cenó mates dulces porque el amargo le daba más hambre. Noches en vela. Ciudad desconocida. Aprendió perdiendo a ganar todas.

Un delantero de Olimpo se lesionó antes de la final contra Villa Mitre. Había otros. Los referentes del plantel le pidieron al técnico que ponga al granuja rionegrino. “Este pibe vino con hambre, tiene que jugar”. Les hizo caso. A los 13 segundos el tipito rionegrino corrió y la metió. Salieron campeones, 1 a 0 con su gol. Desbordó alegría. Le prometió a su mate dulce nunca jamás volver a pasar hambre. Ganar se volvió un asunto de vida o muerte.
Purrete del campo. Tenía pica con el 5 de Puerto Belgrano. Lo hizo compadre, lo subió a un Citroen y se lo trajo al Alto Valle a ganar campeonatos. Regionales de viajes cansadores. No se cansaron de salir en andas vitoreados por cosechadores. Contratados por patrones.

Metedor con los codos. Pisador en los saltos. Llenó ojos de tierra. De entrada le pedía a su 5 la pelota entre los centrales. Si empezaba peleando jugaba mejor. Pasaba de guapo. Con el pecho, con los codos. ¡Seguí tirándola que estos son unos cagones! gritaba enardecido.

Fundador de la mentalidad ganadora de una generación de oro. El club ya había llegado a lo más alto, quería más, para ser definitivamente grande debía mantenerse. Aprendió e hizo bandera blanca y negra de su mística del ganar como sea. Éticamente reprochable. Pasionalmente admirable.

Peleó por honor. Hizo patria en los clásicos de albinegros y naranjas. Pendenciero. Huésped indeseado. Prometió romperle los huesos a un cacique roquense frente a su grada. Lo intentó y se fue expulsado, silbado y puteado. Ese rival y dos barras lo emboscaron en el vestuario. Lo querían matar. Pudo escapar por una ventana. Salió con botines hasta la ruta 22. Así vestido se replegó en Regina. Quedó listo para otra batalla.

Loco. Decisivo. Profesional. De lunes a lunes se acostó a las 10 de la noche. Detestó a los compañeros que les gustaba la joda. “Nos van a hacer cagar de hambre”, ese estigma del hambre. Convenció a sus camaradas que podían ganarle a cualquiera. Por las buenas. Reprodujo mensajes emocionados de esposas que los esperaban en sus casas a miles de kilómetros. Y ya no importaron las patadas ni las piedras que recibían mientras jugaban una final en Comodoro Rivadavia.

Líder. Diplomático de barrio. Por las malas. Previa en el vestuario, partido clave. Encaró a su arquero y lo insultó de arriba abajo, lo trató de cagón y perdedor. El uno que le sacaba una cabeza, se calentó, lo desafió con aguante. El goleador retrucó, le recordó las billeteras vacías y la humillación de perder ese partido importante. El arquero embroncado salió a la cancha y se atajó todo contra Boca, contra Roca, contra el que sea. La escena se repitió. Partido apacible hasta una reacción del árbitro. “Si hoy no ganamos vos no salís vivo de la cancha” desaforaba a cualquier hombre de negro.

Equipo que quiere ganar lo contrata. Se puso la naranja. Lo llevó hasta una final apacible. El poderoso dirigente de apellido importante lo limpió a tiempo, así no le correspondían los premios. No la dejó pasar. Gritos. Piñas. Pero la cancha se embarró y se fue envuelto en furia. La venganza fue personal y terrible.
Voluntad indomable. Definió cada clásico con la camiseta de Cipolletti. Buscó arruinar a Roca todo el tiempo para dejarlos abajo, acomplejados para siempre. Final memorable, pintaba empate y título naranja en el Maiolino. Faltaban diez minutos. Escapó pegado a la raya con la pelota y con la lanza. Disparó fuertísimo y la clavó en el primer palo ante el pasmo del arquero y la incredulidad de miles de almas naranjas. Hizo media vuelta olímpica gritando el gol a los cuatro vientos sureños y tres tribunas locales.

Transgresor. Impulsivo. Se golpeó el pecho frente a la cólera de los rivales de sangre. Convirtió el reducto enemigo en una lápida. Los ogros se lo comían a piedras y botellazos. Se colgaron del alambrado para putearlo. Lo detestaron. Los dejó maldecir. En los pozos silenciosos miró de frente a la tribuna enardecida. Los insultó, los humilló, los degradó con la inconfundible seña que compenetra los dedos de las dos manos. No lo pudieron calmar los apóstoles de la no violencia. Les retrucó en la cara su odio y sus victorias.

Veloz. Habilidoso. Goleador. Sólo la burocracia pudo frenar su camino al Real Madrid. Ningún defensor lo paró. Sólo los papeles y las actas que lo dejaron esperando en Ezeiza. Cualquiera se deprime menos él. Sabía que era en Europa. No se hizo drama porque no conocía ese club. El Madrid tan lejano no existía en la línea sur de Río Negro.

Los goles se sueñan. Se piensan. Se viven. Se hacen. Se obsesionó con ellos. Le convirtió goles a todos y desde cualquier lado. Y metía. Y se la jugaba. Parecía asesino cuando metía la plancha. Agresivo. Leal. A su 5 se lo llevó a todos lados porque le dio fútbol, un Berbel que tuvo su Le Pera, le facilitó la vida en la cancha. Ganadores natos. Compadres de emociones.

Estirpe maravillosa. Imponente. Nadie lo eligió como enemigo. Pero el 3 de Roca sí que se la bancaba. Bestias que se arrancaban los ojos. Le gritó en la oreja “mirá que yo voy al frente en cualquier parte”. Chocaban a matar y no se miraban. Garrote y garrote, pierna con pierna, tapón contra tapón, codo y frentazo. El roquense se la aguanta y no protesta. ¡Así se juega al fútbol, qué carajo! “El wing de la selección no llega ni a atarte los cordones”. Aberración y repugnancia frente a todos. Mutua admiración y respeto bien adentro.
Dueño de la pelota en cualquier lado. En Cutral Co y en La Bombonera. En el Monumental y en Valcheta. Siempre con la "11" en la espalda. Ídolo de la hinchada en La Visera. Fabricante de euforias. “¡Callate, quién te conoce a vos, viejo cara de tortuga!” enfrentaba al mismísimo Labruna. Nadie quería con él una trenzada.

Potente. Guapo. Ganador de partidos imposibles. A Boca lo goleó en La Visera. Epopeya. Estudió hasta al “Loco” Gatti. Le tiró dos córner al punto penal para que se luzca y se confíe. El tercero se lo metió olímpico. Brazos en alto. Escudo de Cipolletti en el pecho. La Bombonera enmudecida. A los bicampeones de América les mojó la oreja. Lo vinieron a buscar. “Gracias, pero jugando en Cipolletti yo me hice mi casa”. Unos códigos mas grandes que el desierto sureño.

Recuerdos hermosos. Ganó por las buenas y ganó por las malas. Siempre triunfó. Campeón de todo y con todos. Sabe que Cipo es lo más importante que vivió. En el epílogo de su carrera lo dejó definitivamente en el Nacional B. Otra vez y finalmente campeón con la albinegra y en el Maiolino. Dejó una vara altísima que décadas después obsesiona al pueblo albinegro.

Se fue y jamás mostró su chapa. No pidió reconocimientos. No le interesan. No aparece. Nunca criticó a dirigentes, técnicos, ni jugadores de fútbol. No habla. No opina. Alta gloria en el rectángulo. Bajo perfil en la vida.

Hoy camina por las veredas de Cutral Co. Rengo, su tobillo derecho equipara la rodilla, años de infiltrarse para jugar lesionado. Compra la carne, leña quedó del domingo pasado. Retraído, apenas sonríe mientras repasa hazañas para sus adentros. Almuerza en familia y lo dejan temprano para que duerma la impostergable siesta.

Media hora antes del partido despierta y pone LU19. Siempre. Callado. Aunque esté de vacaciones con los hijos y los nietos. Es su peculiar manera de amar profundamente al albinegro. Escucha que a un jugador lo amonestan sólo por pedir amarilla y menea la cabeza. Fútbol moderno.

Su apellido jamás volvió a pasar hambre. Los mates siguen con el dulce sabor a promesa cumplida. Las corrientes de aire seco no lo abandonaron. El Estadio Municipal de Valcheta lleva su nombre. Mientras él jugó, el viento patagónico dio vueltas olímpicas.

Sebastián Sánchez

martes, 6 de diciembre de 2011

El chileno y su lugar en el mundo

Allá me decían “el chileno” porque nací acá, en Angol, al pie de la Cordillera de Los Andes del lado chileno. El techo de nuestra casita apenas nos cubría del frío y se agujereaba dos por tres por el viento, dos veces se voló entero y una con habitación incluida. Cansados del trueque, de sobrevivir más que vivir en el medio de la nada, con mi mujer decidimos ir a probar suerte allá, a Villa Regina, el pueblo de la Patagonia Argentina en donde Ivo, mi hermano, decía que le iba tan bien desde principios de la década del ’60. En el 63 nos visitó y nos confirmó el futuro promisorio, que nos vaticinaba en las pocas cartas que nos habían llegado de las tantas que nos escribió.

Mi madre le decía que era un exagerado, un cobarde, que solo andaba con suerte, que ya se iba a arrepentir, que estaba perdiendo el tiempo. Pero cuando Ivo le respondía con una sonrisa luminosa entendíamos que no exageraba. Además, yo pensaba que, si había cruzado la cordillera con unos pocos pesos, y estaba formando una familia en Argentina con una chacarera de allá, no era ningún cobarde. En la alegría de mi hermano se vislumbraba que le iba bien, que había encontrado su vida y su lugar en el mundo.

Nos fuimos para allá. Lo único que teníamos para perder era yoa mi madre, y mi mujer a su familia. A mí me remordía la conciencia saber que yo la abandonaba igual que Ivo. Porque aunque no lo decía, a mi mamita le dolían dos cosas: que la dejemos en Chile, aunque se negara rotundamente a venir con nosotros y nos recordaba el arsenal de malos augurios que pobres ingenuos no veíamos, y además que sospechaba que nos íbamos con papá. Pero como no nos decía nada, no teníamos la tranquilidad de asegurarle que no, que papá nos abandonó en serio, que no teníamos idea siquiera de si estaba vivo o no. Ni nos importaba, por lo que hizo sufrir a mamita.

Mi amor por River Plate empezó en 1967, cuando jugábamos en los torneos de barrio, más que jugar nos matábamos. Todos idolatrábamos a muchachos que no conocíamos: Carrizo, Delem, Onega, Matosas, Artime, Pinino Más. En Regina se rumoreaba que iba a pasar un tren con todos ellos, algunos buscábamos quién había inventado esa fábula, pero muchos apostaron su locura a ambos lados del ferrocarril, y durante más de treinta horas esperaron al tren riverplatense hasta que llegó. No lo podíamos creer, ahí estaban ellos, les preguntábamos a cada uno qué jugador era, y en las respuestas nos temblaban las piernas. Algunos preguntaban por otros ídolos nacionales y nos contestaban que jugaban en Boca o en Racing, claro que por entonces no conocíamos tantos detalles de los equipos grandes, sólo los admirábamos.

Ellos se mezclaron con nosotros como personas normales. Y lo eran. Pero para nosotros eran seres más grandes que Dios, cuya existencia divina, sólo estaba adentro de la radio ante un comentarista que seguramente habla de cosas que son demasiado lindas para ser ciertas. Como cuando vas a misa y mientras el cura te convence de hermosas historias, te imaginás y admirás a Dios pero no sabés dónde está, hasta que terminás dudando si puede existir algo tan extraordinario. Los jugadores de River almorzaron con nosotros los sanguches y el vino que nos servía para matizar la espera, el almuerzo y las botellas frescas de agua, que ellos bajaron del tren. Ellos parecían más contentos que nosotros, hasta ensayaron un picado, pero fue tal la cantidad de gente que se volcó a jugar que el picadito murió en el intento.

River jugaba con el Colo Colo de Chile en la cancha del Club Cipolletti, era la cancha más linda de la región, y Cipolletti era lo menos malo que teníamos en nuestro magro fútbol regional. Hicimos lo imposible por ir con mi hermano y un amigo, caminamos hasta un poco más allá de Ingeniero Huergo y pensamos que nos sacábamos la lotería cuando se acercó el tren, pero cuando nos fuimos a subir, Ivo se cayó, se rompió un tobillo y el tren no lo pasó por arriba de milagro. Lo socorrimos, buscamos ayuda, algunos se acercaron, pero mucho no nos pudieron ayudar. Entrada la noche un chacarero nos encontró, no lo podíamos creer, había ido a la cancha, “el partido lo ganó River 4 a 1, no saben lo que fue ver a esos maestros” nos dijo, mientras llevaba a Ivo a un hospital en Roca. Después nos invitó a tomar un licor, para él era un día festivo, había jugado en las inferiores de Cipolletti y había sido entrenador campeón de la Liga Confluencia. Era fanático de ese club, y económicamente estaba muy bien, en su camión no hubiésemos tenido problemas para llegar a la cancha y hasta podríamos haber llevado a muchos amigos.

Dormimos en su garaje, menos Ivo que lo hizo más cómodo, como lo merecía. Ivo le prometió retribuirle la gentileza en Regina y no tardó en cumplir. El profe, apodo seguramente burlón, que se ganó el chacarero en su intento de hacerse el intelectual y que lo traicione su incapacidad para hablar con propiedad, pasaba seguido por Regina por laburo y era impostergable su visita en lo de Ivo o en casa. Así durante años. Un día cayó en casa con un recorte del diario Río Negro:

- Mirá esta foto. Se reía.
No la miré, leí el epígrafe. “Julio Felipe Luna, el héroe de la tarde, vive la emoción en andas de los adictos cipoleños”. Miré el título. “Cipolletti al Nacional”. No entendí.

- ¡Mirá José, mirá!
Me repitió el profe adivinando mi desconcierto y señalándome una figura humana borrosa. Era él quien llevaba al tal Luna en andas. Se mataba de risa. Me explicó que Cipolletti había ascendido a primera división. Que la semana venidera me pasaba a buscar para ir a la cancha de River. Ahí me reí yo.

La otra semana efectivamente me pasó a buscar. No sabía si realmente íbamos a la cancha de River, apenas me la imaginaba por las fotos. Me dolió como en el ‘62 pero por mi mujer. Estaba a dos meses de dar a luz, pero me iba a arrepentir toda la vida si no iba. Cuántas veces me había imaginado a esos genios en la cancha de Cipolletti, nunca lo había soñado siquiera en la de River. Si el profe me llevaba, seguro que íbamos al Monumental, pero no me imaginaba a Cipolletti en primera. Me llevó a su casa, dormimos ahí y al otro día temprano salimos para Capital Federal en una camioneta, menos imponente, pero mucho más ágil que el camión. En el camino el profe me contó que por el viaje habían intercambiado vehículos con su primo, que a su vez era su socio.

Yo le conté me acuerdo que cuando Boca pasó en el tren en Regina en 1969 también pararon, pero los jugadores no eran simpáticos como los de River, el profe sonrió y me dijo que mi fanatismo me cegaba, o algo por el estilo, y me contó lo lindo que estuvo aquel Cipolletti contra Boca. No me acuerdo qué me contó, pero le pude responder que a él también lo cegaba su fanatismo.

Hicimos noche en Santa Rosa, provincia de La Pampa, lo recuerdo bien, porque se llama igual que el pueblito de mi señora en la cordillera chilena. Y a la otra nochecita llegamos a Buenos Aires.

Esa ciudad no terminaba nunca, nunca me voy a olvidar. Menos mal que el profe la tenía clara, fuimos directamente a una hostería de Belgrano y de ahí a cenar. Al otro día jugaban River y Cipolletti en el Monumental. A la cena, en un bar barato y muy poco concurrido, invitamos a un muchacho de la mesa de al lado, a comer con nosotros como es costumbre en nuestros pueblitos del valle. Nos miró con pánico, pagó y salió casi corriendo pero disimulando el apuro. Nos miramos con el profe, nos desconcertó. “Así será la gente acá” me dijo y seguimos en lo nuestro.

Cuando llegamos al hotel, nos topamos con el mismo muchacho, dejándolo, hablando casi en secreto con el conserje. Se horrorizó al vernos y el conserje sonrió: “Quedate tranquilo, son de la Patagonia” le dijo en voz alta. El hombre nos miró desconfiado, pero el conserje alentó una mini reunión en la recepción: “¿Qué quieren tomar, whisky, licor, café?”. Yo no paraba de preguntarme qué se traían entre manos, el profe más confiado, se entregó a la reunión.

El hombre se llamaba Miguel. Yo tenía mucho sueño y observaba el hotel minuciosamente, no estaba al tanto de la charla. Miguel comentó que era de una Unidad Básica, no lo entendí, el profe tampoco porque enseguida le preguntó qué era y Miguel soltó rápido: “De la Juventud Peronista”, se hizo un silencio, el profe y yo entendíamos menos, hasta que Miguel agregó, “y el brujo nos la tiene junada”. Me fui a dormir imaginando a un tipo vestido de brujo, con el sombrero, el grano en la nariz y volando con su escoba. El profe se quedó.

Al otro día fuimos a la cancha. El Monumental. Como el estadio, ese día fue "monumental". Primero salió Cipolletti y nos sorprendió que desde la platea, todos vociferaran una voz aguda y se sopapeaban la boca. No entendíamos nada. Un nene que estaba delante de nosotros le preguntó a su papá:

- ¿Qué hacen?
- Es porque los de Cipolletti son unos indios, le respondió el padre, lo más campante.


Nuestra cara se transformó. Compadecí la bronca que guardaba el profe. Me quedé bastante mal por el insulto, hasta que la salida de River me devolvió al paraíso.

Yo no lo podía creer, ahí estaban todos esos genios. Y estaba en la cancha de River. Era el espectáculo que tantas veces imaginé. Tenía mucho miedo de despertarme, miraba para todos lados, tocaba todo, para convencerme que era real, que no estaba soñando. Trataba de no perderme detalle de nada, de no distraerme pensando en cotidianidades. No me importaba el trámite del partido, estar ahí para mí era un momento cumbre en mi vida, y lo estaba disfrutando de lo lindo. Cuando Cipolletti se puso 2 a 1, me llamó un poco más la atención el partido, no quería perderme detalle de los goles de River que faltaban aunque en veinte minutos terminaba el partido, era River y no podía perder. El profe se regodeaba de lo lindo con el penal que atajó su héroe Luna y la victoria histórica que estaba presenciando.

Igual un buen resultado para Cipolletti para mí no era injusto, porque estar ahí ya era un premio, y ese premio se lo debía al profe. Pensé que no me iba a alcanzar la vida para agradecerle haberme llevado. Pero el Beto Alonso todavía no se había metido en el partido. En mi vida vi algo semejante, ¡qué maestro! El Beto metió el empate y le hizo hacer dos goles más a Jota Jota López, ganó mi River 4 a 2.

Salimos con un silencio de estupefacción, por haber presenciado un espectáculo semejante. Inexplicable. Sabía que toda la vida me iba a acordar de ese día. Cuando le agradecí al profe me sonrió. Hizo una mueca negando y enseguida cambió de tema:

- El porteño viene con nosotros.
- ¿Qué porteño?
Le pregunté sinceramente sorprendido.
- Miguel, el de la Juventud Peronista, se quiere venir con nosotros. Yo le doy laburo y puede vivir en la chacra hasta que se acomode. Está muy contento

Yo no entendía nada, ¿tan amigos se habían hecho? ¿Hasta qué hora se quedaron anoche? Y el profe me explicó que “los peronistas lo quieren matar, él es peronista, pero están peleados entre los peronistas o algo así”.

Recordé lo que había llegado a escuchar de boca de Miguel, y le pregunté quién era el brujo. “Así le dicen a López Rega”, me contestó. Yo sabía que ese tipo estaba siempre al lado de Perón pero no me preocupé nunca por ver que pito tocaba, menos después de la muerte de Perón. No me imaginé cómo podían seguir a un líder que estaba muerto, aunque todavía costaba creer su muerte.

El viaje de vuelta fue muy divertido, hicimos buenas migas con el porteño, nos llevábamos muy bien los tres. De vuelta en el valle, nos hicimos inseparables. Ese viaje nos había unido para siempre. Acompañamos muy seguido al profe a la cancha, en realidad nos citaba en su chacra y después nos llevaba. Con tal de pasar más tiempo juntos íbamos con él.

Miguel se olvidó de su nombre, era “el porteño”, porque así hablábamos de él con el profe y regamos su apodo por todos lados, a él no le importaba. Nos quería mucho. Era muy agradecido.

Lo último que hicimos los tres juntos, fue ir a la cancha de Cipolletti a ver un partido de poca expectativa, el local contra el sub 20 de Argentina.

Hasta Ivo nos acompañó, que después de su accidente con el tren, rara vez transigió en salir de Regina. Pero Ivo, quería volver a ver el puente de Cipolletti con Neuquén “es hermoso y es gratis” nos repetía. “¡Qué gratis! Si lo pagamos nosotros con los impuestos” le respondía siempre el profe. “No, si te van a cobrar por pasar por un puente” se burlaba el porteño. A mí me apenaba que Ivo no conozca Buenos Aires, me imaginaba su cara allá, quería inventar una excusa para que el profe lo lleve, pero no me daba la cara.

Ya estábamos en otoño del ’77. El profe se agrandaba por la calidad de rivales que Cipolletti llevaba a la zona, y con "el porteño" le decíamos que los de Argentina eran unos pendejos que no conocía nadie. Yo sólo me desvivía por ver una vez más al Beto Alonso, y lo hacía saber. El porteño me insistía con el pibe nuevo de Argentinos Juniors, que era mejor que el Beto, creo que lo decía más por burlarse de mi sentimiento que por convicción. Yo le decía que ese pibe no iba a llegar a nada. ¡Cómo nos sorprendió verlo cuando entró a jugar contra Cipolletti en ese partido de morondanga! Y metió un gol, ¡para qué! "El porteño" se puso insoportable.

Se pasó con las gastadas y me fui con bronca a casa. Yo lo amaba al Beto, “¡sí es lo más grande que hay!” me repetía a mi mismo en voz alta. Creo, que supuso que yo había quedado mal, porque al otro día me invitó a tomar unos mates en el departamentito de mala muerte que el profe tenía en la chacra, pero que él con razón tomó como propio. No podía creer que el porteño viviese con tanto gusto en un lugarcito así, se notaba por lo que contaba, que él era de otro nivel económico, pero igual estaba loco de contento. Nunca se comunicaba con nadie de Buenos Aires.

Me llamó justo a tiempo para decirme que tenía una reunión con sus “compañeros” y que postergábamos los mates para otro día. Le dije que no se hiciera problema, que estaba todo bien. A la noche me llamó el profe asustado, el departamentito del porteño estaba todo revuelto, con la puerta rota, y el porteño no estaba. Le dije lo de la reunión y lo desconcerté peor, “si el porteño no conoce a nadie” me dijo.

Seis días después apareció el profe por casa, destruido:
- ¿No sabés nada del porteño? Le pregunté, a modo de saludo, y se me largó a llorar desconsolado.
- Lo dejaron en la chacra… muerto… desnudo… tiene quemaduras por todos lados… le faltan los dientes… le faltan dedos… lo hicieron mierda los hijos de puta… balbuceó ¿Quién le puede hacer una cosa así? ¿Quién es tan hijo de puta? Estaba aterrorizado, yo también, “en el pecho le pegaron un panfleto, con una convocatoria a los compañeros por la democracia, no sé qué mierda”, me detalló un rato después más tranquilo.

- Estaba en política, lo de “compañeros” es muy peronista, ¿fueron los milicos? ¿No sabés quién lo delató?.
- ¡Que se yo!
Me respondió, y volvió a llorar desconsolado.

Yo estaba muerto, no destruido, muerto. En el corto y austero velorio del porteño, nos enteramos que no se llamaba Miguel. Tenía un nombre raro, o por lo menos no lo recuerdo. El profe no podía creer que la policía aceleró los trámites del deceso pero no tomó la denuncia. “No se puede” le repitieron una y otra vez, sin abundar en detalles. No entendíamos nada. Como cuando lo conocimos al porteño cuatro años atrás. Pobre.

El mes siguiente, o un par de meses después, no me acuerdo, a mi mujer le diagnosticaron un cáncer fulminante y quiso ir a Chile a despedirse de sus seres queridos. Yo tenía la esperanza que sea una mentira para sacarme a mí del infierno en que se había convertido mi vida en el Alto Valle. Todos los días, ya en el pueblito de Santa Rosa, esperaba que me vuelva a acomodar el mundo diciendo que se curó milagrosamente. Todos me decían que el cáncer en el páncreas es mortal. Mi mujer murió en septiembre de 1977. Ese horrible 1977.

Vino Ivo a acompañarme, sin su mujer. Me contó asustado, que el profe estaba destrozado, muy deprimido, con barba, sucio, su chacra era un desastre, la había desatendido y era imposible convencerlo para que vuelva a su vida normal. “Está irreconocible” me resumió. Lo llamé, le iba a decir lo de mi mujer, para que nos demos ánimo mutuamente pero no pude, ese ser humano daba lástima, era imposible sacarlo de su cueva depresiva. El odio y el rencor que guardaba, le salían por los poros.

En las fiestas hablé con Ivo por teléfono:
- ¿Que sabés del profe? Esperé otra vez un alivio milagroso.
- Nada, es raro que atienda el teléfono. Supe que lo amenazan por lo del porteño.
- ¿Por qué lo amenazan, si él no hizo nada?
- Y que se yo. Me enteré que está por venir Boca a jugar contra Cipolletti por el campeonato, pensé en acompañarlo.
- Bueno, al menos me das una excusa para llamarlo.


Después de probar varias veces, me atendió.
- ¿Vas a ir a ver el partido? Traté de devolverlo a su vida.
- ¿Qué partido? Era la peor respuesta que me podía dar.
- ¿No vas a ver a Cipolletti? ¿No juega contra Boca?
- Ah, creo que sí, hace rato que no voy a la cancha. Siempre lo mismo, llegamos ahí y perdemos contra los grandes.

El profe no se preocupó por prolongar mucho la charla.

Dos o tres días después de año nuevo me llama mi hermano, con una voz de destrucción que lamentablemente ya conocía bien: “se mató el profe, se ahorcó”. No me sorprendió ya. Casi estaba esperando que me lo confirme. Dos días después, estaba en Cipolletti saliendo del cementerio y me puse a llorar como un nene cuando vi la pila de diarios con el título: “Cipolletti apabulló a Boca y le ganó 4 a 2”.

Me sentí culpable de la muerte del profe. No podía dejar a mi mujer en su enfermedad, pero abandoné a mi amigo y se mató. Trataba de consolarme pensando que no había un camino alternativo, o iba con mi mujer o me quedaba con el profe. Pero después pensaba que al profe, lo dejé solo en la angustia y se mató.

Volví a Chile y elegí mi pueblo para vivir por lo menos cerca de mi madre, no quería volver a abandonar a nadie. Mi madre murió en 1998, tranquila, en paz, agradecida por mi compañía. Dos años después, mirando en un bar un partido de River contra Cerro Porteño por la Libertadores, se me acercó un hombre alto de unos cincuenta años de edad:

- Veo que usted es fanático de River, ¿es argentino? Me preguntó con un acento chileno falso, que demostraba que ese hombre vivía ahí hace muchos años pero era de otro país.
- No, soy de acá, pero viví muchos años en Argentina, en la Patagonia.

Abrió los ojos muy grandes y se invitó solo a sentarse en mi mesa. Era sorprendente que nos encontremos tan lejos del valle, pero a la vez era razonable si los dos estábamos en el mismo pueblo, ya que somos menos de 50 mil habitantes.

- Yo también viví en la Patagonia, jugué al fútbol ahí y jugué contra River.
- ¿Usted es chileno?
Fue lo único que me salió para evitar el silencio de mi sorpresa, y pensé quién sería ese hombre, mientras esperaba su evidente respuesta negativa.
- No, argentino. Jugué el Nacional para Cipolletti, y jugué dos veces contra River.
- En el ‘73 en la cancha de River y en el ‘75 de local, ¿no?
Me anticipé sonriendo y le pregunté: ¿Quién es usted? ¿De qué jugaba?
- Era el arquero. No salía de su asombro.
- ¡Mire dónde lo vengo a encontrar! ¡Luna! ¿No?
- Si, el mismo.

El mismo del recorte, que el profe llevó en andas pensé yo.
- ¿Me cree si le digo que yo estuve en la cancha en los dos partidos que usted jugó contra River? Yo lo vi atajar el penal a Daulte en el Monumental.
- No me acordaba que era Daulte.
- Si. Y estuve en la cancha el día del gol de Pedro González.

Apenas hablé me quise morir. Siempre me pasa eso de decir algo, y darme cuenta que hiere a la otra persona cuando lo estoy terminando de decir y no hay vuelta atrás.
- Si (me dijo con una mueca triste, resignada), ese fue mi partido despedida, el fútbol es muy ingrato, ese gol me costó el puesto.
- ¿En serio?
(me hice el sorprendido). ¡Pero si fue un error involuntario! (traté de minimizar el asunto).
El loco prefirió meterse en el partido. No se que me comentó de Trotta y Berizzo, los marcadores centrales de River.

Nos hicimos compadres, hasta que ayer se suicidó. Estaba deprimido. Maldita depresión. Si la habré sufrido y ni siquiera tuve la cobardía de mis amigos para decir basta. Tengo que reconocer que me salvó mi hijo que me trae a mis nietos desde Regina en el tren trasandino, y me devuelven las ganas de vivir. Siempre pienso que el tren, fue lo único bueno que impulsaron los genocidas chilenos y argentinos, y concluyeron los gobiernos constitucionales de ambos países. Pero ahí está, cuando me acuerdo de los genocidas inevitablemente me acuerdo del porteño y del profe.

La muerte del loco me hizo acordar a la del profe, a la de mi señora, a la del porteño. ¡No se puede sufrir tanto! Ni pensar de volverme a Regina con mi hijo como él me lo implora. Pero me entiende, esa región donde él se recibió de ingeniero industrial y tuvo cuatro hijos, a mí me destruye moralmente. Ya no es mi lugar en el mundo, ninguno lo será, eso pienso mientras imagino un tren fantástico que me lleve con mis amigos, a ese profundo cielo negro de luna y estrellas blancas.

Sebastián Sánchez.
Octubre de 2011.
Agradecimiento a mi amigo Enrique Vázquez por su inclemente corrección al texto.