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sábado, 14 de diciembre de 2019

Milagros Pinchas


Leído en el programa Qué Grande, en Radio Comunitaria Quimunche.

A Arnaldo César del Intento, el "Nono".

Algunos familiares comentaron por lo bajo que fui el único que no lloró en tu velorio. Es que el duelo venía desde hace tiempo, extrañando las charlas de fútbol, la merienda y terminar la tarde con juegos de cartas. Pasar las horas en ese departamento del Fonavi son refucilos de felicidad completa. De grande se reconocen las pequeñas cosas como milagros en vida. Milagros que el paso del tiempo sepultan. Como agarrar el billete de dos pesos, correr a comprar leche chocolatada mientras la abuelita prepara las tostadas, y hablar de Estudiantes. Pasaron más de dos décadas y todo eso conllevó enseñanzas y aprendizajes imperceptibles para mi niñez y adolescencia.

En tardes repetidas y ahora irrepetibles, me contabas que tu papá era de Gimnasia, pero vos y tu hermano querían ir a la cancha, y los llevó a la de Estudiantes. Y ese era el puntapié para aprender historias. Siempre comenzabas por el primer equipo que viste: «Los Profesores», los primeros en ser campeones en La Plata.

El milagro de recibir relatos históricos que viviste en carne propia fue demasiado. Tal vez por eso conseguí llevarte a una radio para que los cuentes, y vi la cara de esos periodistas pinchas cuando describiste el gol del Nolo Ferreyra porque estuviste en la cancha. Lo narraste con detalles estupendos y desconocidos, lo recuerdo desde las caras de asombro y emoción de los periodistas cuando te pusiste de pie y aplaudiste imitando a todos los hinchas en ese estadio. Todos vivimos ese maravilloso milagro del Nolo en un texto de Eduardo Galeano que no conociste, pero lo contaste porque fuiste testigo.

Ahí te presentaron a una señora de apellido Ignomiriello y enseguida rememoraste a «La Tercera que mata», como lo hacías en las meriendas entre interrupciones de la abuelita ofreciendo las últimas tostadas, y vos concentrado entre el relato y sacar los naipes para jugar. Esa milagrosa alineación de reserva le dio a Estudiantes uno de los grandes y exitosos equipos de la historia del fútbol argentino. Siempre había tiempo para que me cuenten de los festejos de las Copas Libertadores conquistadas, y las brujas que se vendían en el centro de La Plata. Como si estuvieran ahí, y como si el tiempo no existiera, vos y Kika musicalizaban la merienda cantando: «Si hay una bruja montada en una escoba, ese es Verón, es Verón que está de joda».

Tras la oda a Juan Ramón llegaban mis preguntas acerca de Bilardo, y me reconocían que como jugador era medio patadura, pero como técnico salió campeón con Estudiantes y después fue a la selección. Me contabas de los cabezazos del Tata Brown para ser bicampeones, y recordaba que fue a cebar mate a la delegación Argentina en México. Milagrosamente terminó jugando, y ganando de cabeza en el área alemana del estadio Azteca, y con un hombro salido. Se agujereó la camiseta, se acomodó la mano para no forzar el hombro y siguió jugando, a las órdenes de Bilardo por supuesto. Destellos de la milagrosa escuela Pincha, base y catapulta que llevó a Argentina a la cima del planeta.

El dulce de las tostadas no fue suficiente para endulzar aquellas tardes de 1994, cuando veíamos cada vez más cerca el descenso al Nacional B. Pero después nos sorprendíamos juntos con ese equipazo de Russo y Manera que aplastando al rival de cada sábado, volvió a Primera caminando. Fue en un solo año, en que a la merienda le sumamos la lectura del diario El Día, y me aprendí de memoria la alineación pincharrata. Ahí se empezó a destacar el hijo de aquella Bruja: Juan Sebastián. Para tu posterior aclaración: «Está muy bien pero el padre era mucho mejor». Y volvía la anécdota de la Bruja y el cantito junto a Kika.

La Brujita Verón se fue a Boca, a Europa, a los Mundiales, y volvió en 2006 para retirarse en su casa. El año del 7 a 0 al Lobo, y de diez triunfos consecutivos para buscar un nuevo milagro ante un Boca que iba para tricampeón. Un familiar te gastó antes de tiempo y para vos mismo respondiste: «Y vos sabés que si jugamos una final se la ganamos». Y lo sabíamos todos. Si tres mil hinchas fueron a Vélez sin entrada solo para participar de la caravana del campeón desde Villa Luro hasta el corazón de La Plata, diagonales mediante. Seis puntos abajo de Boca a dos fechas del final. «Al cabo de una de las más fabulosas gestas, epopeyas, episodios heroicos, que el fútbol pueda dar cuenta en los tiempos modernos, si acaso, en toda su historia» relató eufórico Víctor Hugo Morales.

Hasta mi hermana bostera hinchó por el pincha porque quería que lo veas campeón. Y ahí fui corriendo al departamento a abrazarte. Tardaste diez minutos en escuchar el timbre. Desde afuera los sentía eufóricos con Kika viendo los festejos a todo volumen, la entrega de la copa, la vuelta olímpica, y el reconocimiento con aplausos de los hinchas de Boca. Un nuevo milagro y a todo color, rojo y blanco.

Con mi hermano pudimos devolverte un milagro y te regalamos la camiseta firmada por Luciano Galletti. Justo en un amistoso de Estudiantes en Neuquén que el Pincha perdió por robo, pero entramos como periodistas y el delantero que después brilló en Europa tuvo la deferencia de quedarse a dedicarte la casaca con un «Para Arnaldo con cariño», que está encuadrada en mi pieza, como te prometí que lo haría cuando ya no estés.

Ese cuadro que miraste fijo tantas veces, asintiendo por el valor, y le mostraste orgulloso a todas las visitas exclamando: «¡Me lo regalaron mis nietos!». Para el repaso después de la exitosa carrera de Galletti, y en tu memoria brillante el recuerdo de su papá Rubén, goleador de una pegada milagrosa que rompió redes en los ’70 y volvió para ser campeón en 1982.

Pasaron los años, y esa lucidez que todos te envidiaban te fue dejando paso a paso, en esa cuenta regresiva que llevaste día a día hasta los cien años. Ya no hablábamos de cosas puntuales. Era vernos, sonreír los dos, y tus puños en alto como si la visita de los nietos fuera un gol de Calderón. Siempre nos abrazabas, pero a lo último te costaba reconocer qué nieto era el que te saludaba. Después te ponías contento mirando a los bisnietos. «¿De quién es?» y «¿Cómo se llama?» preguntabas varias veces por hora.

De lo que nunca te olvidaste fue de Estudiantes de La Plata. Nunca tardaste en preguntar: «Cuándo juega el Pincha». Y como era lo único que te importaba, te tomabas todo tu tiempo en buscar un papel, y anotar la fecha, la hora, y el canal. Ya era imposible analizar la táctica, o qué jugador se destacaba. Simplemente gritabas: «¡Tricampeón de América! ¡Único campeón del mundo en Ol Tráfor!». Quién te podía hablar de milagros a vos, si tenías en la cabeza la Copa Intercontinental de visitante contra el Manchester United.

Me costaba cada vez más hacerte entender que Estudiantes ya era tetracampeón de América, que Juan Sebastián Verón levantó la copa de nuevo en Brasil en 2009. Me ponías atención y me entendías, pero tu cabeza ya no retenía por más de unos minutos. Empate en La Plata contra Cruzeiro. Gol de Henrique para los brasileños en el segundo tiempo en el Morumbí, y yo sufriendo en un restaurant en el centro de Neuquén por perder la posibilidad de un nuevo milagro.

Pero me acordé de aquel milagro que me contabas de la Copa Libertadores de 1983, en julio. Yo estaba naciendo y Estudiantes de La Plata con siete jugadores perdía 3 a 1 contra Gremio. ¡Y lo empató! Y después recordé la copa de 2006, cuando tu Pincha terminó el primer tiempo perdiendo 3 a 0 contra Sporting Cristal, y en el segundo lo ganó 4 a 3. Así que fue relajarme, seguir cenando, y esperar el nuevo milagro que llegó con los goles de la Gata Fernández y Boselli ante 60 mil brasileños. Y volví a mi casa transpirando con la emoción contenida a pesar del frío patagónico de las 11 de la noche, cubierto con una bufanda de Estudiantes Campeón.

Era tu memoria cada vez más extinta, o selectiva, pero esa cuarta Copa Libertadores no te importó tanto, o ya estabas acostumbrado a los milagros. Yo que se. Solo querías ver jugar a Estudiantes mas allá de los éxitos y las derrotas. ¡Mirá qué enseñanza tantos años después!

Cuando el recordatorio en papelitos no fue suficiente. Con la familia nos la ingeniamos para hacerte llegar la noticia. Costaba mucho explicarte que tenías que prender el televisor y poner tal canal. Pero podías porque lo único que querías en la vida era ver a tu Pincha y llegar a los cien años.

Cumpliste 99 y te homenajearon desde el club de tus amores. No te enteraste, claro, fue en la indescifrable internet. Pero eras el socio vivo más viejo de la institución. Y miles de pinchas te felicitaron y te agradecieron tu pasión con mensajes hermosos de todo el mundo. Otro bello milagro que disfrutamos mucho en familia.

El arquero Rulli, Jara, Correa, Schunke, y algunos jugadores más, te grabaron un feliz cumpleaños. Cuando logré hacerte entender que te saludaron tus jugadores, te paraste abruptamente y pasito a pasito te acercaste a la computadora para que te lo muestre. Ahí fuimos todos a ver como reaccionabas. No podíamos saber qué sentías. Te poníamos los saludos de los jugadores de Estudiantes una y otra vez y te decíamos que te decían feliz cumple a vos. Hasta que te cansaste y nos gritaste enojado: ¡Sí, estoy muy contento, pero qué quieren, que llore! Para las risas de todos. Mi hermano te acercó una camiseta de piqué roja y blanca del bicampeonato de 1983, y con un profundo beso sentenciaste el agradecimiento por una vida ligada a esos colores. Hasta el mismísimo Juan Sebastián Verón te deseó 99 años más de vida. Pero vos querías uno solo, siempre hablabas de llegar a los cien años, y preguntabas otra vez cuándo juega el Pincha. 

Cómo no amar y respetar a esa camiseta roja y blanca si fue la que te mantuvo vivo. Qué culpa tiene Messi si yo no lo puedo querer del todo, porque solo su genialidad fue capaz de evitar tu último milagro en vida, el de hacerte campeón del mundo de nuevo, en Dubai contra el Barcelona. Pero viste cómo tuvo que transpirar hasta el alargue uno de los mejores equipos de la historia del fútbol.

Imposible creer en casualidades cuando vi por la tele a miles de hinchas de Estudiantes poniéndose de pie para aplaudir y ovacionar a Gustavo Del Prete. Siento fuerte tu presencia cada vez que un pincha declara su admiración por el cipoleño. A Tuti lo vi meter goles desde adolescente, formándose en mi club. Y estaba ahí, con la 10 albirroja, tan arriba, tan querido, tan cerca de vos y tan cerca de mi. Fue el milagro pincha más nuestro. Nació en junio 1996, estoy seguro que nosotros estábamos merendando en tu departamento.

Será verdad que nadie muere del todo si vive en recuerdos. Qué hacía yo en Cutral Co alentando a Estudiantes de La Plata, en un partido ignoto de Copa Argentina. Un platense me preguntó confundido: «¿Por qué viniste si no sos hincha?». Algo le dije, de tu agonía en tu última semana de vida a los 100 años y 6 meses, sin reconocer a ningún familiar, pero cantando a cada rato «Borom bombón, borom bombón, es el equipo del Narigón». Será que en el final, la cabeza vuelve al momento más feliz para quedarse definitivamente ahí. Entendí que las lágrimas emocionadas de ese fana desconocido son las que me faltaron en tu velorio. Son lágrimas de pasión, no de dolor.

Entendí también que cuando te acomodé la camiseta de Estudiantes en el cajón para que se quede en tu pecho, no terminó nada. Ni siquiera acudí al milagro que no conociste, al bellísimo estadio nuevo en 1 y 57 que construyó el pueblo pincha. Lejísimos, en Cutral Co, en una cancha chica del interior, alentando a esas camisetas rojas y blancas pude vivir el milagro pincha más lindo de todos. El milagro de sentirme cerca tuyo de nuevo.

Sebastián Sánchez

miércoles, 30 de noviembre de 2016

Leyenda de la Patagonia - Cuento de Sebastián Sánchez

Al Bambi Flores.
"Yo no se si voy a ver otro wing como el Bambi en Cipolletti.
Porque el Bambi era ganador de local y de visitante.
Era un tipo que dejaba la vida. Vos lo veías cuando
terminaba un partido y estaba todo lleno de sangre,
un ojo hinchado, pero la gente se lo reconocía"
Juan Enrique Strak.
Leído en el programa Qué Grande, en Radio Comunitaria Quimunche.
El Real Madrid pagó y lo esperó. Boca intentó seducirlo cansado de sufrirlo. Nació para campeón. El destino lo dejó en su tierra natal. Hijo pródigo del viento veloz, de la fuerza incontenible de vendavales arenosos, su personalidad forjada en la adversidad del hambre y del frío seco de los potreros patagónicos. Ganó todo. Le dio vida al sur argentino dejando su vida en canchas rodeadas de chacras y galpones. Las llenó de gente. Camiseta que se puso, la llevó a la cima de su historia.

Desierto árido. Fría mañana de octubre de 1948. Valcheta le dio la vida pero no se la regaló. Huahuel Niyeo es en mapuche “donde hubo una garganta”. Allí el pibe de alpargatas se mezcló con los muchachos grandes. Chato del pago. Se paró de wing sin saber qué era eso. Presumió sus dotes. Corajudo. Lo marcaban de a tres y no podían. Le pegaban y pegaba mas que nadie. Desbordó. Tiró centros y esperó que le devuelvan la alpargata. Forjó un capataz el pedregullo. Hoy el pueblito significa “donde nació el gol de la garganta”.

Se convirtió en Tigre en Valcheta, contra corriente en la eterna postergada línea sur de Río Negro. Paraje de 15 casas. A los 12 años perdió a su madre. Padeció junto a ella la enfermedad y el dolor. La acompañó el purrete. Hermano mayor de 6 hijos. Meses el menor. Se repartieron los hermanos y él fue al campo a criar ovejas con el tío. Madrugador del rancho. Los domingos a jugar al fútbol. Reinó en el polvo del área.

Cuando quedaba solo en el puesto, dormía custodiado por un rifle y dos galgos. Si los perros dormían, el nene dormía. Si los galgos paraban las orejas, algo pasaba. El desamparo y la necesidad modelaron un carácter.

El abuelo le ponía los discursos del General. Ni reyes magos ni Papá Noel. El tren llegaba de capital repleto de juguetes una vez al año. Pieles pegadas a los huesos. Pelos sucios al eterno viento. Pero sonrisas. Muchas sonrisas esperando el tren milagroso. El peronismo gestó otro caudillo.

Pasó el umbral del Río Colorado. Un viajante lo llevó en tren a Bahía Blanca con lo puesto. Flaco. Desgarbado. Solo. Aún con alpargatas. Cayó en la pensión. Comió sólo los mediodías. Cenó mates dulces porque el amargo le daba más hambre. Noches en vela. Ciudad desconocida. Aprendió perdiendo a ganar todas.

Un delantero de Olimpo se lesionó antes de la final contra Villa Mitre. Había otros. Los referentes del plantel le pidieron al técnico que ponga al granuja rionegrino. “Este pibe vino con hambre, tiene que jugar”. Les hizo caso. A los 13 segundos el tipito rionegrino corrió y la metió. Salieron campeones, 1 a 0 con su gol. Desbordó alegría. Le prometió a su mate dulce nunca jamás volver a pasar hambre. Ganar se volvió un asunto de vida o muerte.
Purrete del campo. Tenía pica con el 5 de Puerto Belgrano. Lo hizo compadre, lo subió a un Citroen y se lo trajo al Alto Valle a ganar campeonatos. Regionales de viajes cansadores. No se cansaron de salir en andas vitoreados por cosechadores. Contratados por patrones.

Metedor con los codos. Pisador en los saltos. Llenó ojos de tierra. De entrada le pedía a su 5 la pelota entre los centrales. Si empezaba peleando jugaba mejor. Pasaba de guapo. Con el pecho, con los codos. ¡Seguí tirándola que estos son unos cagones! gritaba enardecido.

Fundador de la mentalidad ganadora de una generación de oro. El club ya había llegado a lo más alto, quería más, para ser definitivamente grande debía mantenerse. Aprendió e hizo bandera blanca y negra de su mística del ganar como sea. Éticamente reprochable. Pasionalmente admirable.

Peleó por honor. Hizo patria en los clásicos de albinegros y naranjas. Pendenciero. Huésped indeseado. Prometió romperle los huesos a un cacique roquense frente a su grada. Lo intentó y se fue expulsado, silbado y puteado. Ese rival y dos barras lo emboscaron en el vestuario. Lo querían matar. Pudo escapar por una ventana. Salió con botines hasta la ruta 22. Así vestido se replegó en Regina. Quedó listo para otra batalla.

Loco. Decisivo. Profesional. De lunes a lunes se acostó a las 10 de la noche. Detestó a los compañeros que les gustaba la joda. “Nos van a hacer cagar de hambre”, ese estigma del hambre. Convenció a sus camaradas que podían ganarle a cualquiera. Por las buenas. Reprodujo mensajes emocionados de esposas que los esperaban en sus casas a miles de kilómetros. Y ya no importaron las patadas ni las piedras que recibían mientras jugaban una final en Comodoro Rivadavia.

Líder. Diplomático de barrio. Por las malas. Previa en el vestuario, partido clave. Encaró a su arquero y lo insultó de arriba abajo, lo trató de cagón y perdedor. El uno que le sacaba una cabeza, se calentó, lo desafió con aguante. El goleador retrucó, le recordó las billeteras vacías y la humillación de perder ese partido importante. El arquero embroncado salió a la cancha y se atajó todo contra Boca, contra Roca, contra el que sea. La escena se repitió. Partido apacible hasta una reacción del árbitro. “Si hoy no ganamos vos no salís vivo de la cancha” desaforaba a cualquier hombre de negro.

Equipo que quiere ganar lo contrata. Se puso la naranja. Lo llevó hasta una final apacible. El poderoso dirigente de apellido importante lo limpió a tiempo, así no le correspondían los premios. No la dejó pasar. Gritos. Piñas. Pero la cancha se embarró y se fue envuelto en furia. La venganza fue personal y terrible.
Voluntad indomable. Definió cada clásico con la camiseta de Cipolletti. Buscó arruinar a Roca todo el tiempo para dejarlos abajo, acomplejados para siempre. Final memorable, pintaba empate y título naranja en el Maiolino. Faltaban diez minutos. Escapó pegado a la raya con la pelota y con la lanza. Disparó fuertísimo y la clavó en el primer palo ante el pasmo del arquero y la incredulidad de miles de almas naranjas. Hizo media vuelta olímpica gritando el gol a los cuatro vientos sureños y tres tribunas locales.

Transgresor. Impulsivo. Se golpeó el pecho frente a la cólera de los rivales de sangre. Convirtió el reducto enemigo en una lápida. Los ogros se lo comían a piedras y botellazos. Se colgaron del alambrado para putearlo. Lo detestaron. Los dejó maldecir. En los pozos silenciosos miró de frente a la tribuna enardecida. Los insultó, los humilló, los degradó con la inconfundible seña que compenetra los dedos de las dos manos. No lo pudieron calmar los apóstoles de la no violencia. Les retrucó en la cara su odio y sus victorias.

Veloz. Habilidoso. Goleador. Sólo la burocracia pudo frenar su camino al Real Madrid. Ningún defensor lo paró. Sólo los papeles y las actas que lo dejaron esperando en Ezeiza. Cualquiera se deprime menos él. Sabía que era en Europa. No se hizo drama porque no conocía ese club. El Madrid tan lejano no existía en la línea sur de Río Negro.

Los goles se sueñan. Se piensan. Se viven. Se hacen. Se obsesionó con ellos. Le convirtió goles a todos y desde cualquier lado. Y metía. Y se la jugaba. Parecía asesino cuando metía la plancha. Agresivo. Leal. A su 5 se lo llevó a todos lados porque le dio fútbol, un Berbel que tuvo su Le Pera, le facilitó la vida en la cancha. Ganadores natos. Compadres de emociones.

Estirpe maravillosa. Imponente. Nadie lo eligió como enemigo. Pero el 3 de Roca sí que se la bancaba. Bestias que se arrancaban los ojos. Le gritó en la oreja “mirá que yo voy al frente en cualquier parte”. Chocaban a matar y no se miraban. Garrote y garrote, pierna con pierna, tapón contra tapón, codo y frentazo. El roquense se la aguanta y no protesta. ¡Así se juega al fútbol, qué carajo! “El wing de la selección no llega ni a atarte los cordones”. Aberración y repugnancia frente a todos. Mutua admiración y respeto bien adentro.
Dueño de la pelota en cualquier lado. En Cutral Co y en La Bombonera. En el Monumental y en Valcheta. Siempre con la "11" en la espalda. Ídolo de la hinchada en La Visera. Fabricante de euforias. “¡Callate, quién te conoce a vos, viejo cara de tortuga!” enfrentaba al mismísimo Labruna. Nadie quería con él una trenzada.

Potente. Guapo. Ganador de partidos imposibles. A Boca lo goleó en La Visera. Epopeya. Estudió hasta al “Loco” Gatti. Le tiró dos córner al punto penal para que se luzca y se confíe. El tercero se lo metió olímpico. Brazos en alto. Escudo de Cipolletti en el pecho. La Bombonera enmudecida. A los bicampeones de América les mojó la oreja. Lo vinieron a buscar. “Gracias, pero jugando en Cipolletti yo me hice mi casa”. Unos códigos mas grandes que el desierto sureño.

Recuerdos hermosos. Ganó por las buenas y ganó por las malas. Siempre triunfó. Campeón de todo y con todos. Sabe que Cipo es lo más importante que vivió. En el epílogo de su carrera lo dejó definitivamente en el Nacional B. Otra vez y finalmente campeón con la albinegra y en el Maiolino. Dejó una vara altísima que décadas después obsesiona al pueblo albinegro.

Se fue y jamás mostró su chapa. No pidió reconocimientos. No le interesan. No aparece. Nunca criticó a dirigentes, técnicos, ni jugadores de fútbol. No habla. No opina. Alta gloria en el rectángulo. Bajo perfil en la vida.

Hoy camina por las veredas de Cutral Co. Rengo, su tobillo derecho equipara la rodilla, años de infiltrarse para jugar lesionado. Compra la carne, leña quedó del domingo pasado. Retraído, apenas sonríe mientras repasa hazañas para sus adentros. Almuerza en familia y lo dejan temprano para que duerma la impostergable siesta.

Media hora antes del partido despierta y pone LU19. Siempre. Callado. Aunque esté de vacaciones con los hijos y los nietos. Es su peculiar manera de amar profundamente al albinegro. Escucha que a un jugador lo amonestan sólo por pedir amarilla y menea la cabeza. Fútbol moderno.

Su apellido jamás volvió a pasar hambre. Los mates siguen con el dulce sabor a promesa cumplida. Las corrientes de aire seco no lo abandonaron. El Estadio Municipal de Valcheta lleva su nombre. Mientras él jugó, el viento patagónico dio vueltas olímpicas.

Sebastián Sánchez

viernes, 27 de noviembre de 2015

"Ese pibe no sirve", fábula

Así se ve desde afuera. Foto: Agustín Peralta.
Platea y popular abarrotadas de gente observan un partido parejo, y cada tanto suena la sentencia a un jugador de la cantera albinegra por un pase desacertado, un cuerpo a cuepo perdido, o una definición a los pies del arquero: "Ese pibe no sirve".

lunes, 16 de noviembre de 2015

Hincha privilegiado

  • “Traspasa lo que nunca imaginaste, pero deja los pies sobre la tierra”. Marcelo Berbel.

Cuando tenía diez años y fui por primera vez a la cancha de Cipo, no imaginé lo que sería de mi vida junto a esa blanca y negra. Me tocó conocer La Visera el día que Pablo Parra le metió el golazo que eternamente le sigue haciendo a Alvarado desde la mitad de la cancha.
 
La pasión fue creciendo. También la imposibilidad de faltar a las citas en La Visera sin importar días, horarios, pésimas rachas, y descensos. Empezaron los viajes de visitante desconociendo lógicas de campañas, rivales y partidos intrascendentes. Verificando de antemano que el presupuesto personal no alcanzaba para el pasaje, y sacando el pasaje igual.

De mas grande tuve la posibilidad de aportar desde internet una ventana al Club Cipolletti en el mundo. Igual jamás me sentí un periodista, sólo un hincha que se informa y al que le gusta hablar de su equipo. Pero no quedó ahí, nos llamaron de las radios y los diarios de la ciudad, la región y rivales, y con el tiempo medios nacionales importantes; para aportar información validando así a Cipo Pasión como fuente. También como repaso histórico y voz autorizada en la producción del documental del Club Cipolletti que hizo Siglo Bohemio. Y una nota sobre historia y actualidad albinegra en la Revista oficial de la AFA, con columna de opinión y todo.

Hasta que gracias a Vivo Argentina primero y Radio Galas después, tuve la experiencia maravillosa de hacer tres años de radio con mis amigos, esos amigos para toda la vida surgidos de abrazos de gol, nervios de tablón, y viajes sobre las interminables rutas desérticas. Horas y horas frente a los micrófonos, hablando con amigos y con mis ídolos para que escuchen tantos otros hinchas parecía el punto cumbre para sentirme un hincha privilegiado. Y en eso tuve la posibilidad de relatar en un partido amistoso.

Desde 1999 pagué religiosamente la cuota social en el club, aunque los beneficios se terminaron en años de vacas flacas, no existía mejor beneficio que sentirme parte del club de mis amores. Siempre que iba a pagar manoteaba la Revista del Club Cipolletti para leerla y coleccionarla. Vaya honor cuando hace dos años me propusieron hacerme cargo de la misma revista, la que vi nacer y a esa altura ya tenía casi diez años de trayectoria.

Ser orador en una disertación de Literatura y Fútbol en la Feria del Libro de Cipolletti sí que jamás me lo hubiese imaginado. Gracias a la idea y la invitación de Jorge Nuñez, y al lado de escritores y amigos. Proyectamos en pantalla gigante el video homenaje que le hice a Pablo Parra, y con la narración de Charly Quintana de su hermosa ofrenda textual, como puntapié de una hora donde disertamos justo sobre mis dos pasiones.
 
Después me llegaron dos invitaciones del Diario Río Negro dándome una página de su edición on-line el año pasado, y su prestigioso espacio en papel este año, para expresar mi sentimiento por Cipolletti.

Nada de todo esto fue tan importante como ir de visitante y que otros hinchas me digan "loco, gracias a tu página me siento cerca del club", eso es tan impagable como tener un placard lleno de ropa regalada por jugadores de mi equipo, árbitros, y hasta rivales.
 
El club de mis amores siempre tuvo gente buena y bien intencionada que lo acompaña. En eso aparecieron los amigos de Cipolletti TV. Y gracias a ellos no di un paso mas en esta locura, sino que retrocedí al principio de todo. A cuando tenía diez años y me cautivó esa camiseta, ese estadio, esa hinchada, y ese golazo. Al gol desde la mitad de la cancha del número 16 que me sorprendió en marzo de 1994 desde la popular, y reviví en desde el corazón del campo de juego junto a mi ídolo en noviembre de 2015.

Gracias amigos, ídolos, prensa. Porque todo siempre comienza. Porque nunca nada termina.

sábado, 5 de septiembre de 2015

El arlequín

Viejo Smoking (2014).

Una vez en La Caldera de la calle José Rosa, la desaparecida cancha de Independiente de Neuquén, un amigo hincha de Racing que jugó en el rojo neuquino me contaba emocionado que él jugó y metió goles en la misma cancha que Corbatta. Lo miré raro seguramente. Gracias a este hermoso documental en homenaje a Oreste Omar Corbatta aprendí sobre aquello y tanto más.
 
Las emociones a flor de piel en el descubrimiento de la historia de este crack y en los recuerdos de quienes tuvieron la suerte de conocerlo y de jugar con él. Un verdadero maestro adentro y afuera de la cancha. Y encima la posibilidad de escuchar a "Tito" Corradini, en eso ver en fotos a Néstor Della Ceca, ídolos de mi albinegro; y la sorpresa de mi mismo al escuchar admirado a "Nene" Travecino, ídolo naranja, será porque quienes hicieron grande el clásico nos hicieron grande a todos, y porque lo más lindo no es el rencor sino la pasión. Y si de hacernos grandes se trata, el agradecimiento a Viejo Smoking por rescatar y mostrar no sólo la historia de Corbatta, también que el cine, la música y el fútbol tienen más en común que de diferente.

viernes, 4 de septiembre de 2015

Once burros

Autor: Cristian Garófalo.
Ediciones Corregidor (2014).

De la nada, sólo de una discusión del buffet del barrio, un club de San Justo se vuelve a afiliar a la AFA y a pesar de un arranque pésimo y de sus infinitas limitaciones, llega a lo más alto del fútbol argentino en una escalada sin igual. Cristian Garófalo cuenta los pormenores torneo a torneo del proceso histórico del club y el barrio. Un jugador roquero, un arquero curiosamente imbatible, hasta un transexual con DNI trucho forman parte de una novela inverosimil en su conjunto pero construida con matices reales que los futboleros conocemos bien. El autor lejos de una revolución literaria, cumple el objetivo de entretener a quien le guste la lectura y sobre todo el fútbol de ascenso.

miércoles, 22 de julio de 2015

"La pasión por Cipo le sacude el alma"

Nota a pedido del diario Río Negro, publicada en media página de la edición de papel del 25 de julio de 2015. http://www.rionegro.com.ar/diario/la-pasion-por-cipo-le-sacude-el-alma-7830531-9522-nota.aspx. En el diario fue levemente recortada seguramente por espacio, aquí la versión completa.
Tengo casi 32 años, soy casado y tengo una hija. Se que el fútbol no es importante, que la felicidad no va de la mano con el resultado del domingo sino con el bienestar de ellas dos, el progreso en el trabajo que lo permita, y todos los condimentos sentimentales que acompañen el día a día. Quiero que ir a la cancha sea un pasatiempo más, pero no puedo. La pasión por esa blanca y negra que aprendí a admirar hace más de dos décadas me sacude el alma. Cuando llego a casa mi mujer sabe si ganó o perdió Cipo por mi cara, o lo adivina por mi tono de voz si la llamo. ¿Por qué? No se, no lo entiendo, creo que si pudiera explicarlo en palabras viviría de escribir libros.
 
Hace 16 años cuando me hice socio, los clásicos contra Olimpo y Aldosivi me ponían muy nervioso desde la semana previa. Ahora me pasa con estos clásicos zonales ante Deportivo Roca e Independiente de Neuquén. Con todo el respeto del mundo a naranjas y rojos, indica que todos los clubes crecieron menos el mío, pero mi pasión por esa cuestión indescifrable fue aumentando, y mi carnet siempre se mantuvo vigente, al día, por el orgullo de tener el plástico con mi foto y el escudo que también llevo tatuado en el corazón.
 
Los clásicos no los dramatizo para nada, detesto la violencia y los insultos. Obvio que las alegrías y tristezas en los clásicos se sienten el doble o el triple. Pero me han regalado camisetas, pantalón y gorra de Roca que guardo con cariño a quienes tuvieron el gesto. Cuando empecé a convivir con mi mujer, le gustó la camiseta de Roca y se la quedó. No es futbolera pero se hizo simpatizante naranja un poco para hacerme la contra. Nos divertimos mucho con esa situación. Nos gastamos, y se enoja cuando le enseño a cantar a mi hija “el que no salta, abandonó”.
 
En casa se mira muy seguido la película de Cipolletti campeón 2006/2007. Aunque mi mujer se queje. Fue un año hermoso, perfecto, me encantaría que el plantel profesional se vuelva a nutrir de sus formativas, estos duros federales demostraron que fue heroico lo conseguido por aquellos pibes. Pero también me encanta el equipo actual. El domingo en La Chacra sentí que los jugadores honraron la historia. Decidí festejar sin ilusionarme ante el poderío de los clubes del norte, y cuando me quise acordar, me estaba imaginando en el festejo del ascenso.
 
Que una caravana de miles de almas albinegras autoconvocadas celebre una clasificación durante una hora desde el puente hasta La Visera, no garantiza el porvenir de mi hija ni una vida saludable para mi familia. Pero el brillo en los ojos de esas caras sonrientes flameando una bandera blanca y negra me hace sentir en plenitud, que el mundo está bien y marcha como corresponde. No digo que esté bien. Simplemente es así. Cuando uno se acuesta y se despierta recordando e imaginando festejos, hazañas y caravanas por el país, cantando canciones de la cancha todos los días, está preso de una pasión inexplicable.

sábado, 4 de julio de 2015

No era tan fácil

No era una boludez ganarle el clásico a Deportivo Roca en el Maiolino.

No era un trámite ganar en Cutral Co.

No era imposible jugar con más hinchas visitantes que locales.

No era una locura afrontar el torneo con mayoría de jugadores promovidos de la primera local.

No era lógico ganar todos los clásicos en La Visera repleta.

No era una pequeña conquista conseguir triunfos en la provincia de Chubut.

Jamás fue simple ganar finales. Una utopía conquistar tres en una sola temporada.

No era una obligación ascender con un presupuesto inferior al de los demás clubes regionales.

No era imprescindible hipotecar el club con once jugadores de jerarquía o trayectoria en categorías superiores.

No era derrotista encarar un campeonato con humildad y cautela.

No era tan fácil ganar el Torneo Argentino B, de similar estructura y rivales a los actuales Federal A. Hasta con recursos económicos es complicado.

Hicieron parecer fácil algo muy difícil. Gracias jugadores, cuerpo técnico y dirigentes del Club Cipolletti de la temporada 2006/2007. Con amor a los colores, profesionalismo, personalidad, y un esfuerzo descomunal, me dieron una alegría que jamás olvidaré.

martes, 31 de marzo de 2015

Besos en la camiseta

La alegría de convertir ayuda
siempre. Negri y Lamolla tienen
llegada al gol permenantemente.
Foto: LM Cipolletti.
Cuántas historias, cuántas vivencias hay detrás de un jugador que mete un gol y decide besarse la camiseta frente a la gente. Cuánto debe pasar para que el jugador que lo hace, lo sienta de corazón aunque esa camiseta no sea la del equipo de su ciudad natal ni la de su club de origen.
 
Oscar Negri y Marcos Lamolla, dos foráneos que la gente adoptó como propios, dos líderes positivos dentro y fuera de la cancha, tuvieron la posibilidad de hacerlo en el mismo día, en la goleada a Tiro Federal. Los dos son únicos "sobrevivientes" de sus camadas de refuerzos de afuera. La gente los considera del riñón albinegro, y ellos distinguen la camiseta.

lunes, 5 de enero de 2015

Puro fútbol

Roberto Fontanarrosa
Planeta (2000)
No son todos los cuentos de fútbol como dice la tapa, pero sí es una colección imperdible, con esas historias que sólo la imaginación y la capacidad infinitas del “Negro” Fontanarrosa podían imaginar y cristalizar para su inmortalidad.
 
Desde obras cumbre como El Pichón de Cristo, el arquero prestado de otro pueblo que salva un desafío clave con atajadas y rasgos místicos; 19 de diciembre de 1971, el viejo cábala hincha de Central que es secuestrado para que vea la semifinal contra Newell’s; y La observación de los pájaros, el hincha que sale a caminar en las calles desérticas esperando el resultado del clásico en señales, descartando la TV, el cine, la radio e ir a la cancha; hasta simplezas como La barrera y Jorge, Daniel y el Gato, hermosas historias surgidas de lo cotidiano, de aquellas pequeñas cosas.
 
La magia del relato deportivo se hace presente en Los nombres y ¡Qué lástima, Cattamarancio!, donde una transmisión deportiva es prioridad ante una guerra nuclear que terminará con el planeta.
 
Memorias de un wing derecho le da vida a un muñequito de metegol, relato que inspiró a Juan José Campanella para su primera película animada, y que el director homenajeó en una escena donde los muñecos cuentan una anécdota de la pluma de este original cuento del “Negro”.
 
La mezcla perfecta entre sensibilidad y furia que despierta la pasión futbolera se reflejan en Lo que se dice un jugador al fulbo y Wilmar Everton Cardagna, número 5 de Peñarol. El primero representa la ingratitud del hincha tipo, tras el relato lírico de un fanático, casi enamorado de la calidad de un marcador central. El segundo detalla el costado amable de un verdadero carnicero del fútbol charrúa, que termina justificando su patada criminal a un niño internado.
 
La pasión por la redonda también se refleja en la mística de Cenizas y el misterio de Entre las cañas, entre tantos sentimientos de más cuentos futboleros de esta colección de Fontanarrosa.

martes, 30 de diciembre de 2014

Cuentos del fútbol Chacarero

Autor: Mario Figueroa.

El barrio de Cipolletti a flor de piel en los cuentos de Mario Figueroa, a quien tuve la suerte de tener de profesor en Teorías de la Comunicación y Semiología.
 
Un verdadero crack del humilde Club San Pablo buscando el amor verdadero; un homenaje a Pablo Parra (mi ídolo) que a la vez desnuda la dura herencia del amor por el fútbol; semblanzas de uno de aquellos barrios de nuestras infancias por el Alto Valle; un testigo casual del famoso gol de Confluencia en Barda del Medio inmortalizado por Osvaldo Soriano en "Gallardo Perez Referí", que paradójicamente nunca conoció el cuento; llenan sensibles páginas de fútbol y amigos, en las que deduzco una hermosa mezcla de influencias del propio Soriano y de Eduardo Sacheri en los cipoleños "Cuentos del fútbol Chacarero".

viernes, 19 de diciembre de 2014

"Soy de Cipolletti"

A pedido del Diario Río Negro, que la publicó en su edición on line http://www.rionegro.com.ar/diario/soy-de-cipolletti-5485210-9522-nota.aspx.
Todo empezó el 20 de marzo de 1994. Yo tenía 10 años. Mi hermano le insistía a mi viejo que nos lleve a la cancha porque venía Alvarado, que tenía jugadores famosos de primera división. Fuimos pensando en eso, y finalmente ni registramos a esos jugadores. No podíamos creer la marea de gente de blanco y negro. Un lleno total y con una pasión increíble. Fue el día del famoso gol de Pablo Parra de la mitad de la cancha, "a Passarella que lo mira por TV" cantábamos. Ahí me enteré que volvía de un año a préstamo en River. Pasaron 20 años y me acuerdo todo de ese partido y de ese día, empezaba una nueva vida evidentemente.

Conocí ciudades de todo el país durante años siguiendo al albinegro. Desde viajes a finales a Olavarría y a Córdoba donde se armaron caravanas típicas de equipos grandes, hasta partidos donde éramos un puñado. Tres veces me tocó ser el único hincha que viajó desde el Alto Valle a ver a Cipo. En dos viajes a Arroyo Seco, provincia de Santa Fe, donde iban albinegros de Rosario, Córdoba y Buenos Aires, pero quedaba a tras mano para viajar desde el valle. Y una vez a Lincoln donde también acompaña gente de Buenos Aires. Eso siempre me llenó de orgullo. Nunca estuvo solo Cipolletti, aunque sea un hincha hubo juegue donde juegue, sea día de semana o una cancha ignota a miles de kilómetros y partidos en los que no se jugaba nada.

La alegría más grande fue salir campeones del Torneo Argentino B 2006/2007. Fue increíble, con un presupuesto bajísimo, todos pibes del club, yo los había visto ganar la liga con partidos sin gente. Y en ese torneo lo seguí por todo el país, Cipolletti fue local en todos lados, conocí amigos en canchas a cientos de kilómetros que quedaron para toda la vida, y ese equipo reflejaba la pasión de los hinchas. Ganaron en todas partes, todos los clásicos, las finales, y todo con los pibes del club. Me acuerdo que Roca tenía mucho apoyo del gobierno, y los clubes de Neuquén tenían mas presupuesto. Pero siempre se hacen mejores campañas cuando los jugadores son hinchas, fue el déficit del último torneo. Cipolletti siempre ha tenido ese plus y lo debería recuperar. Por más justificación y merecimiento, de ser un buen equipo a ser un equipo campeón hay un trecho de madurez y excelencia que en la región sólo Cipolletti logró ascendiendo al Argentino A, y lo hizo desde el semillero. Como anécdota, en mi alegría más grande no pude festejar. En la final en Olavarría me agarré neumonía. No debí, pero fui a la revancha en La Visera y no pude ni gritar los goles de lo mal que estaba. Además del frío bonaerense, los nervios me postraron. Salimos campeones y me recuperé lo más bien.

En ese torneo, como en el último que pasó, Cipolletti hizo crecer hasta a los demás clubes. Es notable como la gente de otras ciudades acompaña a su equipo cuando comparte categoría con Cipo. Y cuando no, están rogando a la gente que vaya a la cancha.

La tristeza fue cuando perdimos la final del Apertura 2003 contra Racing de Córdoba. De entrada sabíamos que no había chances de ganarles, pero nos ilusionamos mucho con el 3 a 1 a favor en La Visera. Racing tenía jugadores de primera división, y hasta con pasado en la selección Argentina. Era el mejor presupuesto contra el peor. Viajamos 700 a Córdoba, desde todo el país, gente de Salta, de Buenos Aires y una caravana tremenda desde el Alto Valle. Mas allá que fueron superiores, con unos jugadores que simplificaban todo, en el penal que no le dieron al Coco Landeiro en el primer tiempo quedó claro que tenían todo listo para dar vuelta cualquier resultado.

El club me dio todo. Amigos, pasión, sueños. No me imagino como sería mi vida sin el club. Como resumió Eduardo Sacheri, el fútbol me entrenó emocionalmente para disfrutar las cosas hermosas y soportar las tragedias crueles que tuve en la vida.

Desde la difusión por internet encontré mi manera de devolverle al club la contención que me da. Obviamente nunca gané un mango por eso, ni me importa. Como decía Alberto Lamuedra, nos da una satisfacción espiritual que no encontramos en otro lado. Gracias a eso me ha pasado que mis ídolos me paren por la calle y me hablen como si nada, mientras a mi me tiemblan las piernas por tener como un mero interlocutor a quien alegró tanto mis días. Recuerdo las caras de los jugadores cuando me veían de visitante en provincias lejanas y peleando por nada. Que los jugadores me regalen camisetas sin pedírselas, que salga de ellos, es impagable. Calculo que lo han hecho por el apoyo y el aliento permanente. Es mucho mas lindo que buscar un rédito.

Cuando estoy en La Visera, o en cualquier instalación del Club Cipolletti, me siento como en mi casa. Es mi lugar en el mundo sin dudas. No me tocó la mejor parte de la historia de mi club. Ha jugado muchos años en primera, en La Bombonera, en el Monumental, con hazañas que quedarán por siempre en la historia del fútbol de la Patagonia. En los últimos 20 años me tocó una alegría cada una década de decepciones. Pero no me importa. Cipolletti fue, es y será la pasión de mi vida, así haya que alentarlo año a año en la tercera, cuarta categoría, o en la Liga Confluencia.

viernes, 12 de diciembre de 2014

Lola es un sano ejemplo a seguir de humildad, trabajo y talento

El entrenador García y la nadadora
Cantera.
Jamás un nadador había logrado un Récord Nacional representando directamente al Club Cipolletti. Los tenían dos ídolos y orgullo del club como Joaquín Belza y Gastón Rodríguez, pero representando a otros clubes.

Lola Cantera logró 7 Récords Nacionales 100% albinegros. Uno fue en Brasil representando a la Selección Argentina, tras convertirse en la primera nadadora del club en ser convocada al equipo albiceleste.

Lola trabaja todos los días en el club con la fuerza de su pasión y amor por la natación, y el incesante trabajo de su entrenador Jorge García. Pero lo que se ve diariamente junto a sus compañeros es una humildad que enaltece su grandeza. Felicitaciones Lola. Felicitaciones entrenador. Felicitaciones profes y equipo de natación de todas las categorías. Lola es un gran resultado de un deporte que siempre aporta sonrisas y buena competencia al Club Cipolletti. 

jueves, 13 de noviembre de 2014

Cipo en el espejo naranja


Fernando Fernández enmudeció a La Visera el 7 de
septiembre y torció la historia. Nada sería igual en la
campaña de Cipolletti. Foto Cipo Pasión.
Siempre viene bien someterse a la positiva presión de tener un clásico rival en la misma categoría. Tal vez por eso Cipolletti se inventó clásicos durante dos décadas, con Deportivo Roca casi todos los años en una categoría inferior.
Por primera vez en la historia Cipo quedó debajo de sus primos naranjas. Por pocos puntos, las campañas fueron muy parecidas, pero el factor presupuesto enaltece el trabajo roquense muy por encima de la producción albinegra.
Las invitaciones masivas a los patagónicos del Argentino B reencontró a los dos clubes mas grandes de Río Negro. La última temporada compartida se había dado deportivamente con el descenso de Cipolletti. En aquel Argentino B el Depo tuvo un presupuesto mayor al de Cipo, que presentó la base del equipo tetracampeón de la Liga Confluencia y algunos refuerzos zonales. El resultado del equipo de Perilli fue perfecto. Ascendió inmediatamente con una notable producción futbolistica, y en el mano a mano ganó fácil los dos clásicos en La Visera, y ganó y empató en el Maiolino.

viernes, 17 de octubre de 2014

Carta a Marcos Lamolla

Hace tres días te escribí Marcos Lamolla, te dije que sos un grande de verdad, y aclaré que no por el gol, ni por la victoria ni por el fútbol. Sino por cosas importantes de la vida. Esta mañana leer por ahí que sos "una basura de persona" me destrozó. Esta maldita "letrinet" como le llama José Pablo Feinmann, enaltece al que habla sin tener ni idea de nada.

Te equivocaste feo, es cierto. Perjudicaste a tu club con tu imprudencia. Pero no perjudicaste a Deportivo Roca como quieren hacerle creer a la gente. Al naranja lo perjudicaron sus jugadores tanto como vos a y tus compañeros al albinegro.

Si esta foto hablara no habría tanto
absurdo opinando sin saber.
Vos no empezaste a pegar, no llegaste a hacerlo. A vos te frenaron (por suerte) y el que empezó a pegar te pegó a vos cobardemente de atrás. Instantáneamente empezó la gresca.

Vos, Marcos Lamolla, no tendrías que estar preso por pegarle una patada en la cabeza a Nicolás Alegría hasta dejarlo inconsciente. Vos no impediste que a tu compañero inconsciente lo atiendan y se lo lleven en ambulancia. Vos no tiraste piedras de la tribuna hasta herir a un auxiliar de Cipolletti en el festejo del gol de Negri. Vos no tiraste pirotecnia adentro del estadio durante todo el partido. Y te digo más, vos no merecías la segunda amarilla por el sólo hecho de ser cobardemente agredido por Fernández.

Te calentaste, se te salió la cadena. ¿Somos todos santos? ¿Nunca le pasó a nadie? ¿Quién tira la primera piedra? ¿Fernando Fernández tira la primera piedra? Pretenden santificarlo y en La Visera generó el único disturbio al besarse el escudo de Roca reiteradas veces frente a los hinchas de Cipolletti, en lugar de dedicarse a festejar su legítimo triunfo con sus compañeros.

Vos Lamolla te equivocaste, pero el partido no se suspendió sólo por vos. Que no se hagan los distraídos, que se hagan cargo como te hiciste cargo vos de tu parte. El partido se suspendió por la actitud delincuente de todos los de verde y de naranja que pegaron piñas y patadas a mansalva sin medir las posibles consecuencias irreparables de sus actos. Incitaron a la violencia de la gente. Los mismos que te usan como chivo expiatorio para exculparse de su actitud violenta que verdaderamente merece meses de suspensión.

Como bien dijo Landeiro, que se hagan cargo todos los jugadores del bochorno. No se hagan los tontos y dejen de señalar a uno solo, porque los culpables de la vergüenza nacional y la destrucción del fútbol regional fueron todos los que participaron en la gresca por igual.

Y los hinchas que con justa razón levantan la bandera del Indio Solari Gil por su liderazgo, por sus huevos, por jugar por la camiseta, le dedicaron tantas veces y aún hoy rememoran el mítico "¡Y pegue Indio pegue!", sean coherentes con su pensamiento y dejen en paz a Lamolla.

No sos un ángel Lamolla, pero tampoco sos un demonio. Sos simplemente una excelente persona. No por el fútbol, sino por las cosas verdaderamente importantes de la vida.

martes, 23 de septiembre de 2014

El brujo enano albinegro

  • Kevin Guajardo es el jugador desequilibrante que le da esperanzas al hincha de Cipolletti.
Sorprendió Gimnasia y Esgrima con un exorcismo en el Estadio Ciudad de La Plata, previo a la histórica definición de la llave Sudamericana contra Estudiantes. Tuvo mucho de mediático y poco de efectivo, por suerte al fútbol se juega con una pelota y no con una cruz. Ninguna macumba logró torcer la historia, y el Lobo volvió a sucumbir contra el León. Entonces el denominado "brujo enano" por el folklore futbolero, se convirtió en eje de las gastadas "pinchas".

De Estudiantes precisamente llegó Kevin Guajardo a Cipolletti. Había jugado con Auzqui, Rulli, y el roquense Gil Romero entre otros que llegaron a primera. Cuando ya estaba arriba del tren, jugando en cuarta y reserva de un club de primera división, a Kevin lo bajaron, le dijeron que no había mas lugar en la pensión para jugadores del interior.

Tuvo problemas en Maronese al regresar a su Neuquén natal. Apuntó a Cipolletti mientras jugaba de mala gana en el club donde hizo las formativas, y trabajaba de heladero para mantener a su familia.

Un día apareció un señor, tal vez pariente, tal vez amigo del jugador, a una de las primeras reuniones de la flamante subcomsión de fútbol que encabezaba Rafael Chemi, que ya le estaba armando el equipo a Rogger Morales para el Argentino A en junio de 2012. El señor dejó un currículum y ofreció libre a Kevin Guajardo, "jugó en Maronese y Estudiantes de La Plata", agradeció y se fue. Sólo un par de dirigentes repitieron el apellido y afirmaron que les sonaba, seguramente por alguna información de Charly Quintana o de algún apartado en un diario.

Le tomaron una prueba como a todos los jugadores que llegan por ese camino, y lo fichó Henry Homann para la primera local. Al 'Ruso' lo convenció la velocidad y la picardía de Guajardo, no así su estado físico de ese momento. Por esto último Kevin se desvive agradeciendo al 'Ruso' al confiar en su puesta a punto. Le cumplió. Con el correr de las fechas fue titular, metió goles, de a varios por partido, y levantó vuelo futbolístico en Liga Confluencia al ritmo inverso de la decadente campaña de Cipo en el Argentino A.

Debutó en primera en San Luis en marzo de 2013, de la mano de Homann y Frutos, técnicos interinos de la transición de Morales a Perilli. Para el Argentino A 2013/2014, se ubicó como cuarto delantero detrás de Urbano, Alecha y Weisser. En la quinta fecha ya era titular, y jugador mas desequilibrante del albinegro. A fin de año era el primero en la consideración, por sobre los tres delanteros históricos.

Cipolletti se puso como objetivo ascender en la reestructuración del fútbol argentino. En la delantera trajo a Prudencio y Chavarri. Ambos fueron titulares en el amistoso formal contra Villa Mitre, donde el albinegro mostró la primera alerta de cara al Federal A. Jugó mal y perdió, como anticipo de la ilusión de ascenso fácil que se estaba por derrumbar.

En ese partido señalamos a un jugador que le cambió la cara al equipo, Kevin Guajardo entró a 20 minutos del final, y fue la carta de explosión y sorpresa que le dio vértigo al ataque. Respecto de la competencia interna, un referente ya se había mostrado confiado, reafirmando algo que hace muchos años marcamos en Cipo Pasión: siempre traen jugadores, y terminan jugando los del club.

Alternó de volante por izquierda, por derecha, y tercer punta en el debut contra Independiente de su ciudad. Los partidos se sucedieron con resultados nefastos, ni el mas pesimista hincha de Cipolletti imaginó al equipo último cómodo a un mes y medio del ascenso directo.

Ya con Sialle en el mando, Cipolletti sorprendió con una mejoría interesante en el campo de juego ante C.A.I. que alivió a muchos hinchas pese a no plasmarla en la suma de tres unidades. Lo que no sorprendió fue la figura del equipo y autor del primer gol.

Cipolletti lejos de está de acudir a las brujerías o a la religión para solucionar un presente funesto. Kevin Guajardo no es brujo, pero mide 1,65 m, es rápido, encarador y picante. Es la carta de fútbol y atrevimiento que le demuestra a los hinchas que nada esta perdido.
Sebastián Sánchez

sábado, 12 de julio de 2014

Los periodistas argentinos son campeones mundiales

Perder seres queridos en accidentes de tránsito marca un antes y un horrible después en la vida de cada uno. Es una tragedia que te hunde en un pozo anímico que puede durar meses y años. Y uno comprende que deberá aprender a convivir con el dolor, la bronca, la rabia, la impotencia, la desesperación y la nostalgia.

Muchos periodistas aclararon con la muerte de Sole que el Mundial como fiesta se les terminó, que están en Brasil solo laburando. Todavía no había pasado lo del "Topo".

Estos periodistas, tantas veces castigados por quienes no evalúan lo duro de una profesión sin horarios, sin feriados, sin descanso, no solo no pudieron parar de laburar para acompañar a un amigo al que le pasó lo peor que le puede pasar en la vida, ni para llorar a otro que hasta horas atrás era un compañero y un amigazo; tuvieron que reemplazarlos.

Estos tipos son campeones mundiales, ¡y ojo! buena memoria, que cuente a la hora de criticar a uno de estos genios del oficio.

Sebastián Sánchez

domingo, 1 de junio de 2014

'Pikachu' es un maestro

Bruno Leonardo Weisser es nacido y criado en Cipolletti. Comenzó las formativas en la escuelita de 'Palito' Paredes, y en la Academia Pillmatun dio sus primeros pasos en formativas hasta aterrizar para siempre en el club de sus amores. Se formó futbolísticamente en Cipo junto a sus amigos de toda la vida Germán Alecha, Marcos Carrasco y Manuel Gutiérrez, en un categoría '85 demoledora.

Llegó a la primera local y ganó cuatro títulos en primera división en forma consecutiva, con unos planteles formidables que la gente iba a ver para comprobar si metían mas o menos de 4 goles. El descenso albinegro lo vivió desde Cutral Co donde fue cedido a préstamo, y en Alianza salió subcampeón del Torneo Argentino B.

Al año siguiente llegó su consagración profesional en Cipolletti, como titular del equipo que le dio el ascenso al albinegro al Torneo Argentino A. 'Pikachu' acompañó al ídolo Oscar Padua en la delantera hasta el partido final, consolidando una base con Ruiz, Cid, Carrasco, Figueroa, Ibáñez, Dómini, Prieto, que se habían forjado junto a él en las consecutivas vueltas olímpicas.

Ganó el Torneo Apertura 2009 del Argentino A con la misma base albinegra, y tras la eliminación de Paraná de 2010 fue víctima del recambio de jugadores que puso fin a una era de pelear el ascenso y ganar en todas partes.

Fue a Racing de Córdoba, y pegó la vuelta a la Patagonia cuando el club corría serios riesgos de descender nuevamente, y económicamente no tenía recursos para enfrentar el torneo. Compartiendo la delantera con Henry Sáez, salvó a Cipolletti de un descenso anunciado con un equipo que reunía las características principales de 'Pikachu', mucha garra y pasión por la camiseta.

Hoy Bruno Weisser integra el privilegiado top five de goleadores históricos de Cipolletti junto a Pablo Parra, Oscar Padua, Henry Homann y Germán Alecha. Siempre le trajeron delanteros y siempre terminó jugando. La gente lo quiere porque pone garra, porque es humilde, porque es cipoleño y 100% albinegro, porque estuvo en las buenas, en las malas y en las peores... porque es un maestro.
Sebastián Sánchez

domingo, 11 de agosto de 2013

20 de marzo de 1994 - Cuento de Sebastián Sánchez

 
Leído en el programa Qué Grande, en Radio Comunitaria Quimunche.

Mi papá me tenía agarrado firme, muy fuerte me tenía de la mano, mientras yo me sentía extraño pisando suelo rionegrino. Esa escena nunca se me fue de la cabeza, y la recuerdo cada vez que entro a Cipolletti en el Ko Ko o en el Pehuenche por 25 de mayo. Pero mejor empiezo por el principio.

El nono cumplía 79 años. Había reunión familiar. No estaban los vecinos que siempre estaban en casa, los de enfrente, el de la esquina, el de al lado, que era nuestra familia en la calle como pasaba en esas épocas. Estaba la familia que colmaba la casa en cada cumpleaños.

Todos los domingos familiares había alguna noticia, al menos en mí, que ocupaba mi cabeza por encima de cualquier otra cosa que pasara en esa casa y afuera. Ese domingo el asunto era que Alvarado de Mar del Plata (primera vez que sentía nombrar a ese equipo) tenía jugadores que habían jugado en la primera de Boca entre sus filas, y a la tarde visitaba a Cipolletti.

Demasiadas cosas para mi cabeza de diez años de edad. Que lindo sería verlos, ¿pero cómo sería? Casi seguro que la respuesta a si podíamos ir a ver a Alvarado era un "no" rotundo. Con toda la gente en casa, y en el cumple del nono. Una lástima.

Pero fue un "sí". Y nos dijeron que le preguntemos al nono si quería ir. Y para mi sorpresa el nono descartó su impostergable siesta diaria para ir con nosotros a Cipolletti.

Mientras nos preparábamos para salir nos interceptaron dos de la familia de afuera, del barrio, asombrados porque íbamos a hacer algo que no hacíamos nunca, como ir a una cancha a ver un partido regional en lugar de escuchar los partidos de Buenos Aires que tanta letra nos daban para hablar en la semana. Tal vez suponían una cancha de tierra y sin gente. Llegué a escuchar a mi hermano decir "yo voy a ir a ver a Alvarado, no a Cipolletti" con tono burlón. Pensé lo mismo. Pero esta claro que no teníamos ni idea de lo que iba a pasarnos ese día.

Ya arriba del auto no sabía si nos esperaba un viaje de quince minutos o de una hora. Pero estaba claro que no menos de quince minutos. Apenas comenzó el viaje mi hermano preguntó "¿a qué tribuna vamos a ir?". La respuesta de mi papá fue automática y definitiva, con voz imponente y orgullosa, sin margen para debate o cuestionamientos: "¡A la de Cipolletti!".

El resto del viaje me imaginé como sería la cancha de Cipolletti. La vi de tres bandejas, y con gente entre esa inalcanzable tercera bandeja y el cielo valletano. Claro, un par de años atrás había visto desde esa perspectiva inconmensurable las canchas de Boca y River.

"Cuando era niño y conocí La Visera" como dice una bandera, no me decepcioné por las dimensiones de las tribunas. No tuve tiempo. Admiraba a tanta gente hincha de Cipolletti que con tanto sentimiento esperaba la salida del único equipo de nuestra región. Así lo creía yo. Que hasta entonces pensaba que todo el país era de Boca o de River, y que algunos eran de Racing, Independiente o San Lorenzo, y pará de contar. Como en la escuela.

Cuando reaccioné, el partido ya se estaba jugando. Y el comentario era el "10" de Cipolletti. Al que todos seguían. El director de la orquesta que cuando levantó los brazos para que la gente aliente logró que el estadio se venga abajo, y que el "Cipoleee Cipoleee" se escuche hasta mi casa frente a las bardas del área Centro Oeste de Neuquén. Eso parecía desde la cancha.

No recuerdo mucho del partido en el primer tiempo, tal vez fue secundario. Inspeccioné detalles propios de ver de cerca a los jugadores jugando al fútbol, no como en la televisión o en la tercera bandeja de La Bombonera, desde donde no había visto tanto.

Miraba mucho a los perros que tenía la policía atrás del arco, que seguían las jugadas con la mirada y ladraban a los jugadores, por supuesto bien sujetados por la policía. Hasta que mi papá me hizo concentrar en el partido con un simple: "¿Qué viniste a ver vos, los perros o el partido?".

Pero detrás de ese arco pasaba algo, había unos treinta hinchas de Alvarado. Y tiraron piedras para la popular colmada de Cipolletti. A alguien le pegaron seguro, la popular estaba llena y los piedrazos (grandes) acertaron a la popular. Ni a mi, ni a mi hermano, ni a mi papá, ni a mi abuelo, pero a la popular. Y nos insultaban desencajados. El odio y la violencia de esa gente despejó cualquier duda o posibilidad contraria. A esa altura ya estaba convencido: quería que gane Cipolletti. Si alguien a mi alrededor dudaba de mi fidelidad al equipo de la tribuna que habitaba (imposible, pero suponiendo), cuando Cipolletti metió el primer gol pudo despejar sus dudas.

Del primer tiempo sólo me acuerdo eso. Y que mi abuelo se perdió una volada hermosa del arquero de Cipolletti porque todos se paraban en las jugadas de peligro, y el ya con sus 79 años no podía estar parándose y sentándose a cada minuto.

Del segundo tiempo recuerdo todo desde que entró un suplente, el segundo jugador que se incorporaba a mi vida de alguna manera. Perilli estaba jugando de titular y todos hablaban de él, era imposible no distinguirlo con la diez y los pelos desordenados bordeando su calvicie. Ya no dirigía sólo con sus manos la orquesta blanca y negra de once jugadores y miles de personas, también lo hacía con los pies.

El segundo jugador fue Pablo Parra, que entró cuando ya habían pasado varios minutos del segundo tiempo. La primera impresión fue pésima. Le tiraron una pelota larga y en vez de correrla se quedó parado reclamándole enérgicamente a quien lo asistió que se la tire al pie. La gente se lo quería comer. Y yo comencé a entender que a los hinchas de Cipolletti le gustan los jugadores que no dan una pelota por perdida.

Pero con Pablo Parra tampoco teníamos idea (y nadie podía llegar a suponer), lo que estaba por pasar. Probó pegarle desde lejos como en el barrio, frente a las bardas del alto neuquino, cuando sabíamos que quedaba poco para terminar de jugar, y de cualquier manera y en cualquier posición rematábamos para poder meter un gol antes de irnos. Pero Pablo Parra evidentemente sabía lo que estaba haciendo, y la tercera que probó la metió desde la mitad de la cancha en un gol perfecto. Golazo, maravilloso y todos los adjetivos que quieran ponerle los amantes del fútbol. Lo sigo mirando y sigue siendo un gol perfecto.

Recibió la pelota en la mitad de la cancha, apenas miró el arco de reojo, no la paró, la esperó y le pegó de primera. La pelota salió para arriba y empezó a bajar al mismo tiempo que el arquero de Alvarado empezó a retroceder. Más bajaba la pelota, más se desesperaba el arquero. El arquero saltó con toda su fuerza pero fue mayor la furia con la que bajó la pelota, que picó en la línea y frenó en la red para quedar en la historia de un gol eterno. No puedo describir al estadio tras ese gol. Sólo puedo cerrar los ojos, recordarlo, erizar la piel, y abrir los ojos más húmedos que cuando los cerré. Para ponerle palabras concretas a lo inexplicable están los maestros de la literatura, y yo claramente no lo soy.

Que lindo domingo, festejando un 2 a 0 en una cancha de verdad, no en la radio a 1200 km. como solíamos hacerlo, pero faltaba mas. Porque en el último minuto Parra se hizo un hueco entre dos defensores, quedó frente al arquero, y la tiró por arriba del travesaño. Eso me pareció cuando me di vuelta lamentándome por perdernos (si, perdernos) el tercer gol. Pero cuando yo estaba de espaldas y la gente estalló en otro grito estremecedor, entendí que la pelota salida del talento de esa pierna derecha, mágicamente había bajado por detrás del arquero para que esas miles de almas cipoleñas ovacionen de pie a Pablo Parra. Talento, magia, trato de ponerle palabras pero no puedo. Sólo puedo suspirar para poder seguir escribiendo.

La gente cantaba "Ya ya lo ve, y ya lo ve, a Passarella que lo mira por TV". Ahí me enteré por los comentarios de los que estaban alrededor, que había estado un año a préstamo en River pero no lo compraron ni renovaron el préstamo.

Nos fuimos. Todos contentos, yo asombrado y maravillado. Era un domingo distinto. No tenía por qué suponer que así iban a ser casi todos mis domingos durante muchos años por venir. Pero al recordar las sensaciones de ese día, entiendo por qué esos años fueron, son y serán así.

Cuando volvíamos en el auto a Neuquén, escuchamos la repetición del relato de los goles de Néstor Francisco Radivoy. Y nos reímos cuando gritó que el gol de Pablo Parra "es para ser tapa de El Gráfico". Pero tenía razón.

Ese 20 de marzo de 1994, juro que en ningún momento busqué con la mirada ni pregunté por los jugadores esos que habían jugado en Boca y estaban jugando en Alvarado. Nunca me acordé, en mi cabeza pasaban demasiadas cosas como para caer en algo tan básico.

Ese día conocí un nuevo mundo y me cautivó, como me sigue cautivando hoy. Pero hoy ya siento esa cancha como mi segunda casa. Y seguí a ese equipo por más de quince ciudades en puntos del país que jamás pensé que conocería.

No conozco a dos jugadores, conozco todo lo que es y rodea al club. Cambió la cancha. Ya no tiene ese olor a césped natural y esos pozos característicos de equipo del interior, sobre todo del sur. Ahora es mas verde que la de Boca y River porque el piso es sintético. No tiene la tribuna desde donde nos tiraron piedras y a la que increíblemente pensábamos ir. La popular a la que fui todavía no tenía una placa recordando a Tito Hevia y Ñato Salinas, seguramente los tenía ahí, en los tablones alentando a Cipolletti.

Miento si digo que en se momento mi vida cambió, tenía apenas diez años como para decidir de mi vida. Sólo un par de años después le volvimos a pedir a mi papá que nos lleve a la cancha. Porque Cipolletti le iba a ganar a Juventud Antoniana y no nos queríamos perder el ascenso al Nacional B de ese club del que no nos habíamos hecho hinchas, pero se había ganado nuestro respeto y admiración.

El casi seguro "si", esta vez fue un "no". Mi papá le agregó algo de profecía a su determinación: "No, porque si Cipolleti pierde se va armar quilombo", y compensó prometiendo que todos iríamos a festejar a Cipolletti cuando logre el ascenso. Algo que nunca ocurrió. Lo del festejo, el ascenso se dio por invitación. El marco del partido contra Alvarado era común en Cipolletti en cualquier fecha, pero cambió tras esa vergonzosa final con los salteños, y sólo se repitió en finales muy salteadas.

Mi abuelo ya tiene 98 años y ni pensar de ir a una cancha, mi primera vez fue su última vez, aunque él siga fielmente al "pincha" de La Plata partido a partido como en la era amateur. Antes en la cancha, hoy en la comodidad de su departamento y la televisión.

Pero hay algo que nunca cambió, quizás lo único: mi papá nunca me soltó la mano. Y tampoco puedo explicar con palabras mis sensaciones cuando lo pienso y lo recuerdo. Suspiro de nuevo, y mejor termino de escribir.

Libro: La pasión de Cipo Tomo I (2023).

lunes, 25 de febrero de 2013

Aviones en el cielo

Autor: Eduardo Sacheri.
Editorial: El Gráfico Ediciones.

Cuando me enteré que Sacheri era columnista de El Gráfico, volví a la rutina de comprar la revista todos los meses. Pero estos escritos merecen estar bien guardados, prolijos y encuadernados. El autor demuestra aquello que pregona, que la gente que dice que el fútbol no tiene nada que ver con la vida, no sabe nada de fútbol; y que hablar de fútbol es la mejor manera de hablar de cosas mucho mas importantes que el fútbol.
 
Esa relación del fútbol con la vida asusta en 20 pibes en la cornisa, e indigna en Dos Mundiales y un país de fantasía, texto que debiera ser de lectura común en las escuelas recordando la guerra, para demostrar la cómplice ceguera civil.
 
Si de reír para no llorar se trata, están Mala racha e Hijos nuestros, duras realidades que pintan de pies a cabeza a quienes seguimos fielmente a un equipo.
 
En 22 de junio de 1986, el autor muestra ese histórico día desde una reunión tan compleja, nerviosa y definitiva como el partido contra los ingleses, increíblemente verídica.