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domingo, 26 de octubre de 2025

La tarde que Erico hizo un gol para mi - Cuento de Eduardo Sacheri


Leído en el programa Qué Grande, en Radio Comunitaria Quimunche.

El viejo era español y tenía siempre la delicadeza de pasar bien pegado a la línea de las casas, para que nosotros no tuviésemos que interrumpir los partidos. Supongo que alguna vez supe su nombre, pero se me extravió en alguno de los muchos pliegues que tiene el olvido. Sí recuerdo, en cambio, su imagen y su voz.

Era bajo y macizo, y se notaba que había sido un hombre fuerte. Tenía la piel de un rosa subido y sanguíneo de quien se ha criado al sol y a la intemperie. Usaba el pelo muy corto, y a mí me hacía acordar a un cepillo de cerdas gruesas y blancas, puesto patas arriba. Siempre andaba con unos pantalones negros y abolsados, sujetos por un cinturón igual de negro, encima del ombligo; y con una camisa blanca con el botón del cuello desprendido y las mangas recogidas por encima de los codos. Vestía, en suma, como debían vestir los viejos de su aldea, en España, cuando él era un chico. Y él se había traído ese recuerdo con el que los imitaba en su propia vejez, como se trajo el acento lleno de zetas y de eses que a los otros pibes les sonaba raro, pero a mí me gustaba porque me hacía acordar a mi tío Vicente, que también era español y había sido lo más parecido que tuve a un abuelo.

Desde que el viejo salía de su casa hasta que doblaba en la esquina, si nos sorprendía jugando a la pelota, no nos quitaba la vista. Y si dejaba libre la vereda no era por temor a recibir un pelotazo, sino porque le gustaba ver el juego que jugábamos. Y a nosotros, por nuestra parte, nos encantaba tenerlo de público durante ese ratito que demoraba en pasar hacia la calle de la estación. Jamás lo hablamos entre nosotros, pero todos queríamos lucirnos delante del viejo. Los más hábiles se prodigaban en gambetas, y se hacían rogar –más que de costumbre- para largar el balón a un compañero. Los que tenían buena pegada probaban suerte desde ángulos imposibles o distancias desaconsejables. Y los arqueros se dejaban, gustosos, el pellejo de los codos en el asfalto volando para la foto de los ojos celestes de aquel viejo.

Nunca nos dirigía la palabra si estábamos jugando. Únicamente lo hacía si nos encontraba matando el tiempo contra la pared de alguna casa. En esas ocasiones nos saludaba con un «Buenos días» sonoro y grave, con sus dos eses bien puestas. Como nos caía bien, le devolvíamos el saludo. Después nos preguntaba por la escuela o nos comentaba algo del clima, al estilo de «Mañana llueve». No recuerdo si acertaba.

De fútbol nunca hablábamos, aunque fuera el fútbol lo que cimentaba nuestra complicidad. Nosotros sabíamos que el viejo sabía. De fútbol, sabía. Alguna vez la pelota se nos había escapado hacia el sitio por el que el viejo venía caminando, y esas son circunstancias en las que se mide lo que se sabe de fútbol. Es verdad que a esa altura de la cosecha, el viejo no era precisamente ágil. Sin embargo, para devolvernos el balón jamás lo vimos cometer el sacrilegio de agacharse para dárnoslo con la mano, ni patear la pelota de puntín, ni dejar la pierna rígida y extendida sin flexionar la rodilla, ni mandar la pelota a cuatro metros del pibe más cercano, ni ninguno de esos pecados capitales que delatan a los que no saben jugar al fútbol. Claramente, el viejo se situaba entre los que sí sabían. La esperaba midiendo el pique y la velocidad, y ponía el pie de costado para dejársela mansa, y al pie, al jugador más cercano.

Una sola vez hablamos de fútbol. Teníamos la cancha armada sobre el pavimento de Guido Spano, y en lo personal tenía un humor de mil demonios porque Andrés me había metido tres goles al grito de «Gol, golazo de Boca».

No lo vi venir al viejo, porque con todos los poros palpitando venganza acababa de recibir el balón chanchito a tres metros del arco contrario, que lo tenía nada menos que a Andrés de guardameta. Sin sitio en el alma para sutilezas estéticas, le puse a la bola una quema feroz que entró como un balazo a media altura, y salí gritando «Gol, Golazo, Golazo de Independiente», alargando las sílabas como le escuchaba hacer al Gordo Muñoz en los relatos de Radio Rivadavia.

En mi carrera de festejo me topé con el viejo, que me miraba y sonreía. Ya tenía dos motivos de felicidad: el gol y que lo hubiera visto el viejo. Pero además me habló: «Oye, muchacho: Eres de Independiente...» me preguntó afirmando. Cuando me vio asentir, agregó: «¿Sabes quién vive aquí a unas pocas cuadras?». No. No lo sabía. Y por eso me quedé mirándolo, esperando que me lo dijera. A mi alrededor se habían arrimado el resto de los pibes, salvo el pobre Andrés que debía estar recuperando el balón desde tierras inhóspitas y lejanas. «Aquí cerca, en la calle Aristóbulo del Valle» dijo el viejo, aumentando el suspenso. «Arsenio Erico», terminó, y se quedó viendo nuestras caras.

Supongo que esta historia luciría mejor si yo escribiese que quedamos pasmados, o que nos miramos incrédulos, o que nos henchimos de orgullo. Pero, en honor a la verdad, diré que no se nos movió un pelo. Corría el año 1979, y Erico había dejado de jugar tres décadas atrás. Además, como todos los chicos, pensábamos que el mundo había nacido con nosotros. Al viejo no le molestó nuestra ignorancia. Nos miró bien con sus ojos claros y sentenció: «El máximo artillero del fútbol argentino. Un goleador como no hubo otro». Tal vez fue la forma en que lo dijo el viejo. Esa sentencia sencilla y ajustada, dicha en esa voz un poco cavernosa y llena de sonidos de otras tierras. Es verdad que al principio ese nombre me sonó rarísimo. Lo de «Arsenio» me sonó a «arsénico», una sustancia tenebrosa que mi hermano mayor amenazaba, a menudo, con ponerme en el cacao de la tarde. Y el apellido me sonó a «Perico» y me dio un poco de gracia. Así que supongo que la primera imagen que me vino a la cabeza habrá sido la de un loro venenoso.

Por suerte al viejo todavía le quedaba una bala en la recámara. Andrés, a quien en algún punto del orgullo debía estar doliéndole mi chumbazo a media altura contó, con aires de superioridad, que su abuelo le había comentado algo al respecto, porque el tal Erico había sido ídolo de Boca. Fue entonces cuando el viejo lo miró con un ligero sobresalto y –me pareció- con un dejo de socarronería. «¿En Boca? No, muchacho. Erico jugó en Independiente –y por último agregó-: Siempre».

Ese fue el momento definitivo en el que Arsenio Erico entró en mi vida. Cuando el viejo lo nombró y lo situó a escasas cuatro cuadras de mi casa y de la de mis amigos. Cuando juntó esas palabras mágicas en un conjuro invulnerable. Cuando pienso en ese nombre me sale así: «Arsenio Erico. Goleador. Independiente. Siempre». Todas esas palabras vienen juntas.

En realidad, y por lo que supe después, hasta el propio viejo ignoraba que Erico había muerto un par de años antes de esa charla que mantuvimos en la vereda. Y que también había jugado algunos partidos en Huracán y también en su tierra paraguaya. Pero eran otros tiempos. Y los jugadores legendarios eran ni más ni menos que eso. No eran dioses, ni estrellas de la publicidad, ni conductores televisivos. No participaban involuntariamente en encuestas masivas lanzadas por los diarios deportivos; en parte porque los diarios deportivos no tenían razón de ser en un mundo en el que la gente se ocupaba también de otras cosas. Me causa un poco de gracia la desesperación de algunos estadísticos que últimamente han descubierto un par de goles repentinos de Angel Amadeo Labruna, que los hace situarlo por encima de Erico en la tabla definitiva de los goles de bronce. ¿Será porque el prurito de la exactitud les escuece demasiado? ¿Será porque son de River? ¿Será porque les molesta que el máximo goleador del fútbol argentino haya nacido en Paraguay? ¿Será por algo que ignoro?

Lo que sí creo es que esos perfeccionismos dejan de lado lo esencial. Ni a Erico ni a Labruna les debía importar demasiado un gol de más, o un gol de menos. Con seguridad, les bastaba con saber que la gente los admiraba y que los defensores les temían.

Esos jugadores dejaban muescas en la historia del deporte pero después, cuando se retiraban, hacían precisamente eso. Se retiraban. No se ponían a sacar cómputos exhaustivos. Labruna se hacía director técnico y, entre otras hazañas, le devolvía a River, en los 70, toda su gloria. Erico, con el dinero que había juntado –que seguramente no fue mucho, y sin duda fue menos que lo que hoy en día cobra cualquier burrazo de medio pelo con un par de años en un club de Primera- se compraba una casita cerca de la estación de Castelar, y dejaba que el tiempo lo fuera sumiendo en el olvido.

Eso sí, supongo que al gran Erico le habría molestado que algunos hinchas de Independiente, hoy en día, usen la palabra paraguayo cuando quieren insultar a alguien. Paciencia: que si el género humano algo tiene en abundancia, son los imbéciles. Los goleadores no sobran, pero los imbéciles abundan.

De todos modos me gusta pensar en Erico ahí, en la vereda de su casa de la calle Aristóbulo del Valle, tomando el mate con el sol recostándose del lado de la estación del tren, pasando sus últimos años a cuatro cuadras de mi casa y de la de mis amigos. Y pensarlo esa tarde en particular, cuando volvió a convertir un gol inolvidable, aunque fuera a través del conjuro de los labios de otro viejo, para regalármelo a mí. Erico. Goleador. Independiente. Siempre.

El viejo español nos saludó y se fue. Y nosotros seguimos el partido. Después... después crecimos.

Revista El Gráfico (2011)

sábado, 25 de octubre de 2025

Veinte pibes en la cornisa - Texto de Eduardo Sacheri


Leído en el programa Qué Grande, en Radio Comunitaria Quimunche.

Para aquellos que amamos el fútbol, no resulta fácil transitar el verano. Esos casi dos meses en los que el fútbol nuestro de cada día se toma vacaciones. Nada fácil.

Por un lado, las radios nos bombardean con “el mercado de pases”: novelas interminables en las que nos entusiasmamos con la hipotética llegada de grandes refuerzos a nuestros equipos, nos asustamos ante la posible pérdida de jóvenes valores que pueden emigrar a Europa, nos esperanzamos con la repatriación de algún joven prometedor que acaba de cumplir un par de temporadas en el hemisferio norte, y nos sorprendemos ante la chance de que ignotos jugadores de otros mercados sudamericanos vengan a “romperla” a la Argentina.

Esas novelas –excepto para los hinchas de los clubes muy afortunados– terminan siempre igual: los grandes refuerzos no llegan, los jóvenes valores se las toman, los repatriados efectivamente vuelven –y después de verlos jugar dos partidos ya entendemos, amargamente, por qué volvieron– y los ignotos jugadores que vinieron a romperla, si la rompen, se van enseguida a Europa; y si no la rompen, siguen siendo ignotos.

Además del dichoso mercado de pases, el otro espejito de colores que suele prodigarnos el mundillo futbolero son los torneos de verano. Mamita… Yo sé que la mayoría de los futboleros natos, en medio de nuestra desesperación abstinente, terminamos entregando ojos y oídos a esos partidos de verano. Pero les ruego sinceridad: ¿alguien en su sano juicio –y un futbolero con siete semanas sin fútbol no es alguien en su sano juicio– puede darle algún valor a esos bodrios de pretemporada? En los primeros partidos los jugadores están fuera de estado, en los siguientes están duros por la sobrecarga de trabajo físico, y en los últimos están cuidándose para no romperse antes de empezar a jugar en serio. Que me disculpen los sponsors y los organizadores del fútbol veraniego, pero esos partidos no cuentan.

Sin embargo, por suerte, este verano tenemos el Sudamericano Sub-20 de Perú. Y ese sí, me parece, es fútbol en serio. Es una especie de “fútbol con efecto retardado”, como ciertas bombas que ciertos países arrojaban sobre ciertas selvas asiáticas. En medio del verano, y a pesar de ese ambiente raro de tribunas semidesiertas y partidos consecutivos con que se juegan esos torneos, allí se define ni más ni menos si la Argentina puede revalidar su medalla de oro en los próximos Juegos Olímpicos de Londres. Cuando se acerque la fecha de los Juegos, o la del Mundial Juvenil de Colombia, nos preguntaremos, seguramente: “Che… ¿con quién juega la Argentina?” Y quiera Dios que la respuesta sea “Juega con tal o con cual” y no sea “No, Argentina no juega porque se quedó afuera en el Sudamericano de Perú”. ¿Es alarmante mi discurso? Le pido al lector que chequee cómo nos fue en el Mundial Juvenil de Egipto de 2009. Respuesta rápida: no nos fue de ninguna manera porque no lo jugamos. Y no lo jugamos porque en el Sudamericano previo (Venezuela) nos fue como el mismísimo demonio.

Pero, temores aparte, en lo que me quiero detener es en esos pibes que juegan el Sudamericano. Esos veinte pibes que rondan los veinte años. Esos veinte pibes que están en la cornisa. No sé si la palabra “cornisa” es la que estoy buscando. Pero no encuentro otra mejor. Es verdad que la palabra tiene reminiscencias un tanto trágicas, tal vez. Eso de estar en la cornisa suena a la posibilidad, al riesgo inminente, de precipitarte al vacío y hacerte papilla cuando llegues al fondo. “Frontera”, quizá, suena menos dramático. Pongamos “frontera”, entonces.

A lo que voy, a lo que quiero llegar, es a meterme, por un instante, en la piel, en la historia de esos pibes. No necesitamos saber sus nombres. Ni conocer sus caras. Lo que me interesa es su momento. El momento en el que están. El momento que viven, el momento que comparten. El momento de estar en la frontera. Eso los iguala.

Algunos de esos veinte pibes tienen nombres conocidos. Porque debutaron en Primera, porque juegan en equipos grandes, porque han convertido goles, porque ya están en la foto de alguna vuelta olímpica. Y uno se sentiría tentado de ubicarlos en ese alto sitial de los consagrados, de los que van a triunfar, de los que van a hacerse millonarios célebres jugando en Europa. Y sin embargo… todavía no. Todavía les falta. Todavía necesitan la combinación exacta de algunas casualidades. Todavía pueden quedarse afuera de ese mundo rutilante que ya los alumbra, de lejos, con los parpadeos de la gloria.

Esos veinte pibes están entre los veinte mejores jugadores de fútbol de uno de los países donde mejor fútbol se juega. Por lo tanto, son parte de una elite dentro de la elite. Vienen preparándose para triunfar desde hace años. Desde que son chicos. Han tenido una adolescencia distinta a la de sus amigos. Han salido menos a bailar. Han tenido que resignar vacaciones. Han tenido que dejar la escuela a la que iban con sus amigos, para abandonar los estudios o para terminarlos a los ponchazos en el turno noche. Y eso, los más afortunados. Porque –seguro– otros vienen de barrios donde casi nadie termina el secundario, ni diurno ni nocturno. Y nacieron en familias que no saben de eso de salir de vacaciones. Pero casi todos, afortunados o no –me atrevo a pensar–, suelen tener los ojos de algún padre o madre o tío clavados en la nuca. En el mejor de los casos, esos ojos callan, y desean en silencio que esos pibes triunfen y se salven económicamente. Y, en esa salvada, salven a toda la familia. En el peor de los casos, esos ojos dicen, gritan, reclaman, exigen, pretenden, y cargan de tensión y frustración y miedo y desesperación a pibes que no tendrían por qué cargar con semejante peso a la edad que tienen.

Se me dirá –y tendrá razón quien me lo diga– que esos pibes son unos privilegiados. Que otros pibes también sufren presiones, y han soportado sacrificios y privaciones, sin tener esta posición venturosa de ser jugadores de fútbol, ídolos potenciales, estrellas incipientes. Es verdad.

Pero no todos esos pibes van a lograrlo. No los veinte. Aunque todo indique que sí, algunas historias terminarán en un no. Independientemente de cómo les vaya en este Sudamericano, algunos de estos pibes triunfarán en Europa. Otros, tendrán carreras prestigiosas en el fútbol argentino. Otros harán caminos aceptables en clubes del ascenso. Y otros se perderán en el olvido. Dejarán el fútbol, o el fútbol los dejará a ellos, que para el caso es lo mismo. Tendrán que inventarse desde cero una vida con la que no soñaron. Cambiar de rumbo, o encontrar uno, mientras los agobia la nostalgia de la vida que se les cerró en las narices.

Guardarán los recortes de los diarios de estos meses, y dentro de unos años se los mostrarán a los incrédulos. A esos amigos nuevos, a esos vecinos recientes, que no van a creerles que una vez, en 2011, estuvieron a punto de convertirse en estrellas.

Y nadie puede anticipar dónde residirá la diferencia entre unos y otros. Una lesión inesperada e inesperable, un representante inteligente o lo contrario, dos centímetros de altura de menos, tres kilos de peso de más, cosas que a los veinte años se están definiendo pero no están del todo definidas. Y en ese margen estrecho, en ese gris, una vida u otra. Así de trágico. En una de esas, no está tan mal esa imagen de la cornisa. De un lado, la gloria, la fama, la tranquilidad de retirarse a los treinta y pico sin necesidad de trabajar en el resto de la vida. Del otro, el anonimato desvaído en el que transitan la mayoría de los mortales. Ese mundo en el que habitamos casi todos los futboleros, que quisimos llegar y no llegamos. Esos pibes, los que por un factor u otro no serán estrellas, padecerán la mala fortuna de ser los últimos en bajarse del tren, antes de su trayecto al estrellato. No importarán sus sacrificios. Ni todas las veces que consiguieron esquivar la tétrica ceremonia de que les entregasen el pase libre. En sexta, en quinta, en cuarta división, o el mes pasado.

Están en la antesala de la gloria, pero en la gloria no habrá lugar para todos. Están ahí, a cuatro pasos. Algunos van a dar esos pasos. Y en los próximos diez o quince años nos vamos a topar con sus imágenes y sus declaraciones, y sus apellidos en los titulares de los diarios. Otros no. Otros van a caerse de la calesita con el último de los palazos que vienen derribando pibes desde las divisiones infantiles.

Terminarán jugando por nada. Como todos nosotros, los que ni siquiera estuvimos cerca. En los partidos de morondanga que jugamos cada fin de semana, tal vez nos topemos con ellos. Marcarán, frente a los simples aficionados, una diferencia notoria. En la pegada, en el tranco, se les notará que son distintos. Se les notará que “jugaron”. Algún comedido nos soplará la justa. En las duchas o en la cerveza después del partido nos dirá: “¿Sabés dónde jugó este pibe?” Y después nos contará su historia. Una historia de inferiores en tal club o en tal otro. Una historia que nuestro informante terminará rematando con un “¿Te acordás del Sudamericano 2011? Este pibe jugó ahí. ¿Sabés con quién?” Y nos dará la nómina de los otros. Los que conoceremos todos. Los que recordaremos. Los que saltarán al otro lado de la gloria y el dinero.

Suerte, casualidad, inteligencia, buenas decisiones. O todo lo contrario. Y el resto de nuestra vida de un lado o del otro. A veces el fútbol se parece tanto a la vida que da miedo.

Revista El Gráfico (2010).

viernes, 24 de octubre de 2025

domingo, 31 de agosto de 2025

Callate, gordo - Texto de Eduardo Sacheri


Leído en el programa Qué Grande, en Radio Comunitaria Quimunche.

La cancha del Rayo Vallecano tiene un aire a la de Argentinos Juniors. Está en un barrio, lejos del centro de Madrid, y las calles aledañas son tranquilas. Además, tiene tribunas sólo en tres lados de la cancha. Siguiendo con la comparación con la cancha del Bicho, en lugar de la calle San Blas y sus árboles lo que hay es un paredón y un edificio, y la gente se asoma a los balcones a mirar el partido. Y en eso se parece a la de Ferro. Qué cosa, eso de que uno siempre compara con lo que conoce.

Desde el centro de Madrid se llega en subte. Como quien va desde Plaza de Mayo hasta Caballito, estación más, estación menos. Subo las escaleras tratando de acostumbrarme a los ruidos, a los olores. No son los míos, claro. Faltan las humaredas de los puestos de choripán y el ruido de los bombos. Sin embargo, hay mucha gente en los alrededores del estadio. Toman cerveza en un par de bares y kioscos que están en la vereda de enfrente. Están llenos de gente, y eso me llama la atención, porque en la Argentina, para evitar los robos, los negocios cierran las rejas y atienden a través de ellas. Pero ahí, no. Entro a comprar una Coca de medio litro, para ver el asunto más de cerca. Me cuesta un euro, es decir, seis mangos. Bastante mejor que los quince que te cobran por un vaso de gaseosa adulterada en las canchas nuestras.

El Rayo juega contra el Real Madrid, y me cruzo con hinchas de los dos equipos. La proporción de camisetas es, más o menos, nueve del Rayo por cada una del Real. Van y vienen, despreocupados, alrededor de la cancha, mezclados, sin agredirse ni nada.

Me quedo quieto un rato para apurar la Coca, porque supongo que me harán tirar la botella antes de entrar, en el cacheo. A mi lado hay una señora mayor, de unos setenta años. Trajecito sastre, zapatos de taco, cartera haciendo juego. Combato mi timidez y le pregunto si va a ver el partido y me dice que sí, que no falta nunca. Y mirando con un poco más de atención, veo que hay mucha gente mayor, diseminada por ahí, esperando para entrar. Evidentemente, ir a la cancha no es un entretenimiento de riesgo, destinado especialmente a la gente joven apta para los apretujones, las corridas y los empellones de la Guardia de Infantería. A la cancha del Rayo va cualquiera. Incluso un adolescente japonés que llega, colgada del cuello, una cámara fotográfica con un teleobjetivo de treinta centímetros, que debe costar una fortuna equivalente a los alimentos necesarios para paliar el hambre mundial por varios meses. Me siento un poco tonto, yo que dejé el anillo de casado y el reloj en el hotel, por miedo a los choreos.

En la puerta de acceso me aguarda otra sorpresa. No hay cacheo. Una señora mayor me corta el talón de la entrada y me pide, eso sí, que deje el tapón de la gaseosa en un cesto de basura. Me excuso y me dispongo a apurar lo que me queda de líquido y me explica que no hace falta. Insiste con que simplemente le quite la tapa, que con eso es suficiente.

Subo las escaleras hasta la platea alta. Qué cosa. Eso de subir los escalones grises de cemento y, de repente, toparse con el verde furioso de una cancha de fútbol que refulge con el último sol de la tarde. Eso es igual de lindo en cualquier cancha, en cualquier país del mundo, me parece.

Fila cinco, asiento cuatro. Ahí me voy, ahí me encuentro, ahí me siento. En la popular, en cambio, la gente espera el partido de pie, sin hacer caso de las butacas. Tuve un largo debate íntimo, antes de sacar la entrada, el día anterior, sobre si sacar una popular o una platea. 40 euros la popu. 60, 75 y 80, las plateas. Descartadas rápidamente las más caras, hago la conversión correspondiente. 240 mangos la popu, 360 la platea alta. Me dije que muy pocas veces en la vida –tal vez nunca más– iba a tener la chance de ver un partido de fútbol en Europa. En un rapto de inconsciencia compré la platea. Puesto a elegir entre ver el calor de la hinchada, “los ultras” como les dicen allá, y ver mejor a esas superestrellas del Real, opté por la segunda opción. Estoy viejo, supongo.

Ahora, ya sentado en mi butaca, y resignados mis trescientos sesenta mangos, presto atención a los cantos. En general son más “recitados” que cantos. Sueltan una frase, hacen palmas, sueltan otra, palmas otra vez, para llevar el ritmo. De repente, me emociono al reconocer un cantito argentino. Es ese con música de Sergio Denis, cuyo estribillo dice algo así como “hoy querida mía, hagamos el amor con alegría”, y que es un hit perpetuo de las canchas nuestras. “Te quiero tanto”, se llama la canción. En Vallecas, la cantan con un “Vamos, Rayo, vamos, ustedes pongan huevos, que ganamos”, etc. Y yo no puedo evitar cierto orgullo argentino por nuestra influencia en la lírica mundial.

Los dos equipos hacen el calentamiento previo sobre el césped, media cancha para cada uno. Mensaje de texto de mi hijo, pidiéndome que le saque fotos a Cristiano Ronaldo. Como mi teléfono celular es de la época de la guerra de Troya, por más que enfoco y aplico el zoom, obtengo una imagen pésima, borrosa, en el fondo de la cual hay una manchita con dos piernas. Una pena, esta tecnología. Me vendría bien una cámara como la del japonés de más temprano, me lamento.

Cuando los jugadores del Madrid se encaminan al túnel para cambiarse, algunos hinchas del Rayo se aproximan a gritarles un poco. Pero no hay manga, ni alambrado, ni escudos policiales. Un par de gritos y listo.

Los equipos salen juntos para el partido. De nuevo los del Rayo cantan la de Sergio Denis. Alzo el cogote para mirar alrededor. Casi toda la gente que me rodea tiene camisetas o bufandas del Rayo Vallecano. La voz del estadio recita las formaciones. Silbidos para los del Madrid, acentuados cuando lo nombran a Mourinho. Dos palmadas cortas y rítmicas después de cada apellido de los locales. Di María es titular e Higuain va de suplente. El Chori Domínguez juega de arranque con los de Vallecas.

El partido empieza parejo, y yo opto de inmediato, a la hora de aplaudir, por el Rayo. Un poco por esta tendencia que uno tiene por simpatizar con el más débil. Y otro poco para llevarle la contra a mi hijo, con quien empezamos una fuerte polémica a través de los mensajes de texto. El Chori distribuye juego en el mediocampo. Pone un par de pases profundos para un delantero alto, jovencito, con pinta de rústico. Alonso está bien plantado de cinco en el Madrid. Cristiano espera bien pegado a la raya, apenas más allá de la línea del mediocampo. En un par de piques, lo deja pagando al marcador de punta. Mala señal, me digo, porque ya estoy convertido en un hincha del Rayo. Me reprendo por semejante toma de partido. Debería estar preocupado por Independiente, que no levanta cabeza y que viene de empatar con Quilmes. De hecho, seguiré preocupado por el Rojo, pero encima le sumo la preocupación inútil de que, con Di María, Cristiano se hace un picnic con el 4 y con el 2.

Dicho y hecho. A los quince minutos, Ronaldo manda un pase profundo por la banda izquierda, desborde de Di María frente al marcador de punta que queda con las piernas hechas una trenza, Benzema la toca a la red y uno a cero.

Tengo un sobresalto cuando el gordo que está sentado a mi derecha salta de su butaca y festeja el gol del Madrid. Lo grita y se abraza con su vecino. “Callate, gordo”, me digo para mis adentros. A ver si la cosa se pone brava y termino cobrando. Pero no pasa nada. Más allá, otro grupito festeja. Unas filas arriba, otros más. La gente del Rayo ni mosquea. Sacude la cabeza, sí, contrariada. Mi vecino de la izquierda se queja de lo lento que es el marcador de punta. Coincido con él, un poco porque sí y un poco para que advierta, por mi lamento, que no tengo nada que ver con el gordo que le acaba de festejar el gol en la cara. Que nunca está de más ser precavido, me digo. No tardo en recibir las burlas de mi hijo, que me gasta desde casa, en nuestro perpetuo conflicto Real Madrid–Barcelona.

El Rayo busca el empate. El Chori conduce. ¿Es impresión mía, o aún este equipo modesto y pequeñito de las afueras de Madrid intenta jugar con la pelota contra el piso y buscando a un compañero? Lo comparo con el dolor de ojos que me provoca, en general, el fútbol nuestro. Y como no quiero convertirme en el típico argentino envidioso de lo que en la patria no se encuentra, no sigo con esa línea de pensamiento.

El Madrid mete un par de contras terroríficas, pero el arquero resuelve bien. El gordo del Madrid sigue festejando cada avance, y yo sigo pidiéndole tácitamente que se calle y se quede sentado, porque sospecho que tarde o temprano va a agotar la paciencia de los locales. Casillas resuelve un entrevero en el área y termina el primer tiempo. Mi hijo, que me tiene definitivamente alquilado, sigue gastándome por mensaje de texto. Me prometo, al volver a Buenos Aires, secuestrarle el celular por tiempo indefinido.

Cuando los equipos vuelven a la cancha para la segunda mitad, un nene de diez, doce años, se pone de pie para aplaudir a Cristiano Ronaldo. Es gordito, flequilludo, con cara de pocas luces. Candidato a que lo gasten, a que lo manden callar, a que le digan algo por esa devoción por el odiado ídolo visitante. Pero no pasa nada. Otra vez, y van cincuenta, no pasa nada. Los cientos de hinchas del Rayo aceptan que el pibe es del Madrid y que tiene ganas de aplaudir a su héroe. Y cada cual sigue en lo suyo.

En la popular, los “ultras” despliegan una pancarta criticando a Esperanza Aguirre, hasta hace unos días alcaldesa de Madrid. Ella es de derechas, y Vallecas es un barrio socialista.

El Rayo sigue buscando, tiene un par de aproximaciones, y el Madrid se para de contra. En una de esas contras, el árbitro cobra un penal dudosísimo. La gente del Rayo se indigna de pie. El gordo festeja por anticipado, también de pie. Cristiano lo patea con clase y pone el dos a cero. El gordo vocifera. Ahora sí, me digo. Ahora lo embocan. Y de paso, me ligo un par de piñas de rebote. “Así, así gana el Madrid”, corea la hinchada del Rayo, denunciando la prepotencia de los ricos. Pero lo gritan hacia la cancha, hacia el equipo vestido de blanco. No se lo gritan al gordo. Y el gordo, por su parte, no se indigna con el grito. Cada cual hace lo suyo, es decir, lo que quiere y lo que tiene ganas, y lo que siente y le sale.

Al Madrid le anulan un gol. El Gordo se queja. Mi vecino de la izquierda, con su bufanda del Rayo, le explica que estuvo bien anulado. El gordo insiste. El otro también. Sacuden la cabeza, y dan por zanjada la discusión. Por supuesto no van a ponerse de acuerdo. Pero, otra vez, no pasa nada. Son dos tipos mirando el mismo partido, separados por una butaca –ocupada por un pelado argentino que, en esto sí, les tiene una envidia desbocada–. Y pueden hablar de fútbol y seguir mirando.

La gente del Rayo sigue alentando. Gritan “se puede”, entre palmas, como hacen ellos. El Chori se va reemplazado y aplaudido. Mi hijo me gasta por lo bien que Cristiano pateó el penal. Nobleza obliga, le contesto que tiene razón.

Entra Higuain. Con espacios, Cristiano refuerza el picnic por el lado izquierdo. Le sirve un gol hecho al Pipita, que le pega desviado. Cristiano se da vuelta, hace un gesto de fastidio con los brazos. “Lo manda en cana”, digamos, y yo me anoto una razón más para que el virtuoso portugués me caiga un poco peor cada día. Tres minutos después se da la inversa. Centro bajo del Pipita, y Cristiano con todo el arco libre la hace rebotar en el palo. Higuain lo aplaude, de todos modos. Bien, Pipita. Enseñelé, a ese maleducado.

Los del Rayo aprovechan la chambonada de Cristiano. Al unísono, le gritan “Ton... to. Ton... to”, con un ritmo una sincronización envidiable. Diez, doce veces. Después lo cambian por “Tris... te. Tris... te”. Otra decena. Al final, para mi alegría, lo cambian por “Me... ssi. Me... ssi”. Me apresuro a mensajearle la circunstancia a mi hijo. Algo de revancha, después de todo.

Termina el partido y los del Rayo aplauden. Los del Madrid se incorporan, satisfechos. En cinco minutos se vacían las tribunas. Claro, acá no hace falta que la policía encierre a los locales, como si fueran bestias de la selva, para alejar y poner a salvo a los visitantes.

Me tomo el subte donde están, naturalmente, todos mezclados. Y no puedo evitar cierta envidia del modo en que esta gente convive y se tolera. Y la tristeza de que nosotros no sepamos hacerlo.

Corrijo. En realidad no es que no sepamos. Alguna vez supimos. Hace veinte años la gente podía convivir en una tribuna. Y gritar los goles. Y salir de la cancha al mismo tiempo. Y mezclarse afuera del estadio, antes y después de los partidos. Pero lo perdimos. En algún momento, por imbéciles, nos convencimos de que el amor era “el aguante”, y que el único trato que merece el que es distinto es la burla, la violencia y del desprecio.

No me interesa que las canchas argentinas tengan la asepsia de los quirófanos, ni que la gente mire los partidos con la admiración circunspecta del público de la ópera. Pero sí quiero ir a una cancha donde las señoras grandes puedan ir con tacos y con cartera, y los pibes puedan aplaudir al que se les dé la gana, y pueda cruzarme con los policías sin temor a un bastonazo nacido de la desconfianza o el resentimiento.

Si fuese así, si fuésemos capaces de convivir como gente, me banco cualquier cosa. Hasta el vaso de gaseosa aguada a quince mangos. Hasta esos matungos que te hacen doler los ojos, porque no pueden poner dos pases seguidos. Hasta esas sucesiones de ocho cabezazos y catorce despejes a dividir, mirá lo que te digo.

Revista El Gráfico (2013)

viernes, 20 de junio de 2025

Jugar con una Tango es algo mucho mas difícil de lo que a primera vista se podría suponer - Cuento de Eduardo Sacheri


Leído en el programa Qué Grande, en Radio Comunitaria Quimunche.

Tal vez para los grandes, con esa facilidad que suelen tener para las simplificaciones abusivas, los dos barrios eran uno solo. Tal vez para los grandes, con su indolencia, su falta de perspectiva, su desatención por los detalles esenciales, la cuadra nuestra, la ochava de nuestras felonías, formaba con las manzanas de alrededor un único barrio.

Pero para nosotros, con la claridad diáfana que tienen las cosas cuando uno es chico, los barrios eran dos, el nuestro y el de ellos: esos pibes que vivían a la vuelta. El nuestro eran cuatro cuadras, dos por una calle y dos por la otra. El barrio era esa cruz perfecta que formaban esas veredas simétricas y nuestras, absolutamente nuestras. A la vuelta estaban ellos, pero a la vuelta, y eso era muy lejos. Tan lejos que ése era el barrio de ellos.

Cuando teníamos ocho, nueve a lo sumo, la autonomía de nuestro vuelo aventurero era escasa. Las madres exigían, todavía, la molesta condición de poder vernos al asomarse a la vereda. De modo que la vuelta, o sea el mundo, el universo, quedaba todavía prohibitivamente lejos. Pero a los once, a los doce, las madres ya empiezan a resignarse a salir a la vereda y a no vernos, a confiar en el Espíritu Santo, a aceptar el dolor y la angustia de sabernos a la vuelta, o a la vuelta de la vuelta, o vaya a saber dónde. Como mucho pueden exigir el retorno a la hora de la leche, a más tardar. Pero no pueden pretender, Dios nos libre, que uno siga en la vereda propia, o en la cuadra de casa, habiendo tanto mundo más allá esperándonos. Cuando uno tiene ocho, o tiene nueve, vaya y pase. Pero a los once, la cosa cambia, y cambia para siempre.

En una de esas recorridas, bicicleta mediante, ahí nomás de nuestro propio mundo, aparecieron ellos. Estaban sentados en la vereda, contra una de esas casas que eran las de ellos, dejando pasar la vida. Eran seis o siete, como nosotros. Se repartían el fondo de una botella de agua. Se veían sudados y sedientos. En la calle perduraban los cascotes de los arcos. Evidentemente acababan de jugar al fútbol.

El ser humano es un bicho dado al desafío, a la competencia. Supongo que fue por eso que alguno de nosotros, alguno de los más osados y pendencieros (seguro que no fui yo, siempre tan tímido) frenó la bici, apoyó un pie en el cordón y se los quedó mirando. Los demás lo habremos imitado, obedeciendo a ese reflejo solidario que en la niñez funciona a la perfección y que con los años se va, tristemente, anquilosando.

Primero habrán sido unas preguntas tiradas al voleo y contestadas con evasivas. Que de dónde eran, que de dónde éramos. Que cuántos eran en su barrio, que cuántos en el nuestro. Que de qué cuadro éramos hinchas, que de qué cuadro eran ellos. Que si sabían jugar, que si nosotros sabíamos. Después uno de ellos se habrá ufanado de alguna victoria memorable, contra otro barrio tan distante como temible y misterioso. Algún lenguaraz de los nuestros habrá replicado con una hazaña aun más espeluznante. Habrá habido un cruce de miradas, alguna seña sólo perceptible para entendidos. Y el desafío habrá partido por fin de uno de los frentes, como una lanza en llamas, clavada ante la tribu rival y belicosa.

Ellos se miraron con cara de experimentados, de gente ducha en estos temas. Acordaron la fecha como dudando, como dando a entender que eran tipos muy ocupados. Supongo que, enroscados en sus propias mentiras y en sus respectivas alucinaciones, no notaron el temblor de algunas de nuestras voces, las caras de pánico de los más chicos, las miradas urgentes de los menos osados. Ellos pusieron una sola condición: ponían la cancha y la pelota. Nosotros, pobres ingenuos, torpes incautos, aceptamos.

El día fijado fuimos a pie: uno no puede jugar un desafío y mirar cada dos minutos la pila de bicis a ver si siguen donde uno las ha dejado: las distracciones pueden ser fatales, tanto porque te roben una bici como porque te metan un gol estúpido. La primera sorpresa fue la cancha. Ellos nos esperaban en la vereda de la vez pasada, pero no tenían armados los arcos en la calle. Cuando preguntamos, señalaron con calculada indolencia el paredón legendario de la canchita de la calle Buchardo. Nos miramos azorados. Decir en nuestra niñez “la canchita de Buchardo” era como decir “jugamos acá, en el Maracaná”, o “pasen, el desafío es en el estadio de Wembley”.

Era un baldío enorme, cerrado a la gilada por un paredón alto de ladrillo a la vista. El único acceso posible era a través del jardín del vecino. Vecino que se entretenía en golpear el vidrio de su ventana, en medio de agresivas gesticulaciones, las pocas veces que teníamos la valentía de pararnos siquiera a pispear un poco el asunto. Porque esa cancha, que tenía arcos de madera y todo, y que tenía hasta manchones de pasto en las esquinas, la usaban los grandes, jamás los chicos. Uno de esos grandes, que jugaban los fines de semana, era ese celoso cancerbero que nos echaba a las patadas. Lo que ignorábamos, y que descubrimos recién el día del desafío, era que el capitán de ellos era sobrino del terrible ogro de la casa contigua, y que los días de semana tenían libre acceso a ese estadio bellísimo.

Caminamos la media cuadra dándonos valor con la mirada, ocultando celosamente que jamás en la vida habíamos jugado en una cancha en serio. Entramos al jardín del vecino como quien atraviesa a ciegas un campo minado, esperando el terrible momento del estallido, de la cortina corrida, de los golpes furiosos en el vidrio, del rajen de acá mocosos del demonio. Pero nada pasó. O no estaba, o su sobrino lo había puesto sobre aviso. Saltamos por fin la pared por la parte más baja, íbamos cayendo con un ruido seco en la tierra prometida, un ruido que jamás hube de olvidar, y que supongo que los demás tampoco olvidaron. Un ruido que sonaba a misterio, a iniciación, a ultraje y a aventura.

El miedo nos volvió a ganar cuando los vimos abrir las bolsas que traían bajo el brazo. Eran botines. Los sacaron con gesto displicente, pero a sabiendas de nuestro pasmo inevitable. Porque nosotros, más allá de nuestras bravuconadas, éramos gente de jugar en el asfalto. Y uno, en la calle, juega en zapatillas. Y encima con zapatillas viejas, con esas ‘Flecha’ que nuestra madre nos ha cedido para que las terminemos de deshilachar, de destruir y de enmugrecer en esas tareas inútiles. Esas que tienen la tela totalmente descosida de la puntera de goma. Esas con las que hay que tener cuidado de que no se salgan los dedos por el agujero, cuando uno le pega a la pelota. Y van estos tipos y sacan los botines negros, relucientes, con esos tapones amenazantes, tan útiles para pegar de puntín como para arruinarle la pantorrilla a un pobre contrario indefenso.

Yo, calentón como fui siempre, les hice notar que nosotros jugábamos todos en zapatillas, y que con los botines iban a lastimarnos. Pero con cara de inocencia dijeron que nadie les había dicho nada, y que ellos jugaban siempre así, como se juega de verdad, y que lo del otro día en la calle había sido un entrenamiento. Con la sensación de ser un cavernícola analfabeto me callé la boca y me volví hacia los míos, buscando algo de confianza. Pero todos estaban demasiado asustados.

Lo peor vino después. Traían la pelota en una bolsa grande de ‘Casa Tía’. Era una bolsa enorme, blanca, y no se veía nada adentro. La llevaba un gordito pecoso y flequilludo. Con gesto grandilocuente la levantaron, la tomaron por abajo y soltaron las manijas. La bolsa se inclinó, abrió su boca misteriosa, y escupió una pelota Tango. Aquello era demasiado: la cancha de tierra con arcos de madera vaya y pase. Eso de los rivales provistos de botines ya era todo un riesgo. Pero una Tango original, que picó tres veces hasta quedar mansita en el mediocampo, eso era inaceptable. Nosotros -que jugábamos con una número cinco chiquita, de gajos alargados blancos y negros, que tendía más al óvalo que a la esfera, que picaba para el demonio, a la que había que engrasar primorosamente con la grasa sobrante del churrasco-, habíamos visto la Tango por la tele, en el Mundial 78; y después en la vidriera de la Proveeduría Deportiva. Pero en nuestro barrio ése era un objeto desconocido. Y van estos tipos y la sacan ahí, como si tal cosa, como si fuera algo de todos los días.

Ahí Felipe protestó, que “cómo no la tenían el otro día, en la vereda, cuando los vimos la primera vez”. El capitán de ellos, Walter creo que se llamaba, se aproximó con la Tango entre las manos, y nos habló en un tono peyorativamente didáctico, como si se dirigiera a una manga de infradotados. Nos dijo que, como era evidente, esa pelota tenía un plástico recubriendo el cuero, que hacía imposible su uso en la calle salvo que uno quisiera arruinarla, y que como ellos jugaban siempre en canchas de pasto, o de tierra a lo sumo, no se habían imaginado que nosotros pensáramos jugar con una pelota común y corriente. Gustavo tuvo entonces el tino de esconder la nuestra, miserable, debajo de una campera.

Nosotros nos quedamos mirándola como tarados. Encima era naranja debido a que, según transigió en informarnos, el padre del chico se la había traído de Europa porque era piloto de Aerolíneas, y allá la pintaban de naranja para poder jugar en medio de la nieve sin perderla de vista.

Cuando empezó el partido corroboramos, con angustia, nuestro palpito que una Tango no tenía nada que ver con el resto de las pelotas existentes en el universo. Por empezar, picaba el doble. No conseguíamos bajarla ni a los tiros. Saltaba en cada piedrita de la cancha, cambiaba de rumbo y nos dejaba pagando. Aparte dolía de lo lindo. A mí me tiraron dos o tres pelotazos que me dejaron las manos rotas, y eso que jugaba con guantes (unos de lana, ya jubilados del colegio). El que más sufría era Gustavo, nuestro crack, que en lugar de patear de puntín, como el resto de nosotros, lo hacía de chanfle, o acariciando el balón con el empeine. Al rato de empezar le dolían los pies hasta los tobillos. Esas zapatillas nuestras eran absolutamente inapropiadas para patear semejante cascote. Además estaba el tamaño. Nuestra número cinco era una especie de prima pobre y escuálida, que apenas debía superar la mitad de la circunferencia de aquella enormidad anaranjada y con lustrosos vivos negros. Lo dura que sería que Gustavo tuvo la inconciencia de cabecearla en un centro, y quedó medio tarado un buen rato hasta que se le pasó el mareo (si hasta me acuerdo que le quedó la frente toda colorada). Lo que más bronca nos daba era que ellos eran tan burros como nosotros. Pero con los botines ponían pata fuerte, y nosotros sacábamos el pie por precaución, y perdíamos todos los balones divididos. Y con la Tango nos tenían a maltraer. No hilvanábamos dos pases seguidos como la gente. Nos metieron un gol estúpido: me tiraron un chumbazo a quemarropa, y la muñeca me dolió tanto que se me dobló la mano (para colmo yo no lograba hacerme a la idea de atajar con palos de verdad, a qué negarlo).

Nos iban ganando uno a cero con ese gol mugroso, y en cualquier momento iban a embocarnos otro, eso era seguro.

Pero gracias a Dios, y en medio de nuestra adversidad tumultuosa, Adrián tuvo un rapto de inspiración mística. Empezó a los gritos a llamarlo a Miguelito, que ya había pegado el estirón y nos llevaba como dos cabezas. Ese día andaba más caliente que nadie, porque todavía no se acostumbraba a sus nuevas dimensiones, y ese balón endemoniado lo tenía más mareado que al común de nosotros. Así que Adrián le habló algo al oído, y el otro sonrió con placer, como sopesando la idea, como paladeando por anticipado una venganza que se sabe tan justa como inolvidable.

Yo, desde el arco, entendí poco y nada, hasta que vino un despeje desde el área de ellos, y Miguel se perfiló para pegarle de zurda. Miguel era, con la pelota en los pies, y como ya dije, un poco más espantoso que la mayoría de nosotros. Pero tenía la rara virtud de pegarle como con un fierro. La Tango venía picando casi mansita, como pidiendo permiso para seguir unos metros. Miguel se afirmó con la derecha, se inclinó levemente, y le pegó un chumbazo descomunal. La Tango salió como un bólido, como un meteorito en reversa rumbo al cielo. Pasó el paredón no por el lado de la calle (nuestro arco era el que daba a la vereda) sino por los fondos que daban a una casa vieja y sombría.

En los laterales, donde el paredón también era medianera, había un lindo alambrado como de dos metros de alto, porque estaba cerca de las líneas de la cancha, y el riesgo de tirarla afuera era evidente. Pero detrás del arco de ellos, del lado de la casa aquélla, quedaban todavía como treinta metros de terreno, lleno de malezas y arbustos y árboles petisos, que hacían suponer que la pelota jamás superaría el límite del predio por ese lado. De modo que cuando Miguelito le pegó ese chumbazo histórico la Tango subió a los cielos, superó por amplio margen el travesaño de ellos, sobrevoló dos limoneros apestados y unas cañas de ésas que nunca faltan en los baldíos, planeó sobre el yuyal y sobre la hiedra, y se perdió en el misterio del más allá, con un ruido a chapas de lo más espeluznante. El dueño de la pelota, que aparte de ser un gordito paliducho y pecoso nos había demostrado que de fútbol sabía lo que yo de astronomía, no pudo reprimir un grito de terror, y los suyos se miraron consternados. Nosotros pusimos cara de compungidos, atravesamos con ellos el yuyal, y hasta les hicimos pie para que se asomaran por encima de la tapia. No había caso: la pelota descansaba en un patio de lajas, y el ruido a chapa se había producido cuando la Tango había golpeado contra la puerta de hierro que desde la cocina daba a ese patio.

Por suerte para nosotros, eran las tres de la tarde. Tocarle el timbre a un extraño para pedirle una pelota es una tarea ardua y peligrosa a cualquier hora del día. Pero a la hora de la siesta, es directamente concurrir por propia voluntad al patíbulo. Nosotros lo sabíamos, y ellos también. El gordito traslúcido intentó despertar el espíritu de cuerpo de los suyos para que lo acompañaran, pero fue en vano. Contestaron, en medio de evasivas, que más tarde a lo mejor, pero que ahora, en plena siesta, ni mamados.

Con cara de circunstancia Alejandro declaró que era una lástima, una barbaridad, pero que íbamos a tener que seguir con otra pelota. Ellos se miraron y asintieron. Dijeron que no tenían ninguna otra a mano. Yo sabía que mentían, porque había visto de refilón la azul y roja, linda también, con la que habían jugado el otro día en la calle. Pero se ve que tenían un miedo atroz de que Miguelito, zapatazo mediante, la colgara en un vuelo sideral de la misma especie, y la enviara sin escalas a hacerle compañía a la Tango anaranjada. Alejandro, como si hubiese recordado súbitamente, se golpeó la frente y dijo que nosotros teníamos una. Aclaró, con tono de singular franqueza, que no tenía nada que ver con la que Miguelito acababa de colgar. Pero que, a falta de una mejor…

Ellos se apuraron a decirnos que sí. Alejandro mismo fue hasta detrás del arco y sacó nuestra pelota de abajo de la pila de camperas. Yo me acuerdo que nunca la vi tan linda, con sus gajos grises de tan despintados, con el olor rancio de la grasa cuidadosamente embadurnada, con ese par de protuberancias que la alejaban indefectiblemente de la esfericidad, con la marca indeleble en birome azul en el lugar de la válvula, entre las costuras, hecha para evitar chambonadas trágicas a la hora de inflarla. Porque ahí la cosa era distinta. Todo era cuestión de pegar unos cuantos puntinazos bien al ras del piso, de modo tal que entre las piedras que encontrara en el camino, y el azar de sus tumbos ovalados, a cualquier arquero se le escaparan dos o tres de ésas y a cobrar. Todo era cuestión de apretar los dientes y soportar a pie firme un par de taponazos en nuestras pantorrillas indefensas. Al fin y al cabo, uno a los doce tiene que ir aprendiendo a hacerse hombre.

Ganamos tres a dos, y fue una fiesta. Sobre todo porque ellos, humillados, nos pidieron la revancha para la semana siguiente. Nosotros pusimos cara de gente ocupada, de tipos abrumados por un montón de compromisos. Quedamos en volver a hablar recién el mes siguiente, porque argüimos estar tapados de desafíos contra los del Club Argentino, los de la canchita de “Tienda Presente”, los de la Triangular de Segunda Rivadavia, y otros cotejos tan severos como ineludibles.

Después nos enteramos de que recuperaron la Tango, y de que lo hicieron a través de los buenos oficios que interpusieron dos de los padres de ellos ante el anciano propietario de la casa sombría, tan venerable como remiso a las devoluciones. Pese al hallazgo, no nos alarmamos. La revancha sería en el barrio nuestro. Y de locales, la cosa iba a ser en la calle. Y en la calle con los botines no podés jugar. Aparte, como los palos son dos cascotes, podés discutir de lo lindo cada pelotazo que pase cerca de los arcos, sobre todo si Miguelito juega de tu lado. Y sobre todo, en la calle la Tango no se usa porque se arruina, se moja en los charcos de los cordones, se le despelleja el plastiquito y te la puede aplastar cualquier colectivo. Y nadie va a correr semejante riesgo, ni siquiera siendo un gordito platudo con un padre en Aerolíneas.

Porque una Tango es muy linda y muy canchera, pero sale un ojo de la cara.

Libro: Esperándolo a Tito (2000).

viernes, 23 de mayo de 2025

Motorola - Cuento de Eduardo Sacheri


Leído en el programa Qué Grande, en Radio Comunitaria Quimunche.

Abelardo Celestino Tagliaferro dobló la esquina sin prisa. Apretó suavemente el embrague, puso la palanca de cambios en punto muerto, con las manos levemente posadas sobre el volante arrimó el auto a la vereda y lo detuvo sin brusquedad al final de la hilera de autos amarillos y negros. Apagó el motor, quitó la llave del tambor, aspiró profundamente y dirigió la mano izquierda hacia la puerta.

Sus movimientos eran metódicos, serenos. Pero para cualquiera que conociese su carácter habitualmente enérgico, impulsivo, aquellos gestos necesariamente hubiesen tenido algo artificial, algo de falso. Eran a todas luces ademanes nacidos de una reflexión profunda, concienzuda. Esos ademanes calmos que las personas adoptan en un intento de que su espíritu se contagie de esa paz y esa mansedumbre exterior de los gestos ante el mundo.

Abelardo Celestino Tagliaferro había tenido mucho tiempo para prepararse para esa mañana cargada de presagios trágicos. Cinco, seis meses tal vez. Los signos alarmantes habían empezado algo antes, digamos en noviembre. Diciembre del año anterior. El receso del verano le había hecho abrigar algunas esperanzas. Pero desde fines de febrero la situación se había tornado crecientemente tenebrosa. Para los últimos días de abril Tagliaferro había comprendido que sólo un milagro lo pondría a salvo del abismo. ¿No habían existido acaso otros milagros anteriores? Pero mayo y junio se habían consumido sin que ese milagro tuviera lugar. Semana a semana se espíritu se había ido opacando. A medida que se acercaba julio, su carácter, habitualmente expansivo, dado, campechano, se había tornado proclive a la meditación, al silencio, al ensimismamiento. A medida que los días se acortaban y los árboles de la General Paz se desnudaban en colores ocres, Tagliaferro iba convirtiéndose en una suerte de crisálida espiritual, encapsulada en melancólicas meditaciones, ajena al caos cotidiano.

Cuando no sin cierto esfuerzo bajó del taxi, vio que los hombres que frecuentaban con él la parada lo esperaban bajo el toldo del kiosco. Abiertos en un semicírculo, se pasaban el mate y le clavaban a la distancia siete pares de ojos inquisitivos. Abelardo Celestino Tagliaferro se acercó con el mentón erguido y la vista clavada en un horizonte imaginario. A cada paso su cuerpo monumental se balanceaba levemente hacia los lados. Con la campera puesta daba la impresión de ser un astronauta gigantesco caminando en la ingravidez de la Luna.

Calculó, con precisión de experto, que el primer dardo lo alcanzaría cuando pasara a la altura del lavadero automático, o no mucho después de poner un pié en la vereda de la agencia de lotería. No se equivocó.

- ¿Qué hacés acá, Gordo? Te hacíamos en la cancha.

El que había hablado era Alvarez, el morocho del Gacel. “Era lógico”, pensó Tagliaferro. Pero estaba listo para ataques sencillos como ése.

- Por favor, Alvarez, no me jodás con pavadas.

Habló con serenidad, como transigiendo en explicar que dos más dos son cuatro a un ignorante. Pero no pudo evitar una levísima irritación al escuchar las risitas breves de los otros, las mismas risas que envalentonaron al morocho para volver al ataque.

- ¡Te hablo en serio, Gordo! No podés dejar al equipo ahora, en semejante momento.-

Tagliaferro suspiró mientras su expresión adquiría un cariz de angelical cansancio: - Haceme el favor, no hablemos más de fútbol.-

De nuevo el coro de risitas cómplices. Terminó de acercarse, imperturbable. Saludó con inclinaciones de cabeza y recibió alguna palmada. Como siempre, le cedieron uno de los banquitos de metal y estiraron hacia él un mate humeante. Chupó con placer, alargó la diestra hacia la bolsa engrasada de los bizcochos y se preparó para el próximo round.

- ¿Cómo que no hablemos más, Gordo? ¿No eras vos el que siempre venía insufrible los lunes cuando ganaban? Que Platense de acá, que los Calamares de allá, que el equipo del Polaco del otro lado- algunos de los otros asentían. ¿No te cagabas de risa cada vez que perdían los grandes?

Tagliaferro volvió a suspirar y a sonreír.

- Mirá, Alvarez…, -pareció dudar en busca de las palabras adecuadas-, eso era antes… yo qué sé. A veces la vida te enseña cosas, sabés. Y me apiolé de que todo ese asunto del fútbol, viste, qué sé yo, no tiene sentido…-dejó sus palabras flotando un momento y concluyó-: - No hay caso, pibe. No tiene sentido.-

El morocho Alvarez era demasiado primario como para afrontar semejante despliegue de nihilismo. El Gordo sabía que el Piolín Acosta tomaría la posta con aportes algo más incisivos. El Piolín Acosta era un cincuentón larguirucho, de piel blanquísima. Había sido bautizado así por el propio Gordo. En su origen el sobrenombre era Piolín de Matambre, porque era largo, finito, blanco y ordinario. El Gordo, especialista en apodos, consideraba su hallazgo con Piolín una de sus obras maestras, y a cada uno de los nuevos en la parada se lo había ido explicando como un modo de revivir la deliciosa indignación del otro.

El ataque de Piolín fue frontal: - Y decime, Gordo, si hoy le ganan a River, y ponele que por una de esas putas casualidades del destino se terminan salvando… ¿vas a seguir con la huevada del escepticismo?

- ¡Ahí está, ahí está¡- algunos asentían, entusiasmados en la intuición de que el alto y pálido filósofo estaba acorralando al recién llegado. El Gordo se preguntó cuántos de ellos sabían qué corchos era eso del escepticismo.

- No, Piolín, para mí el fútbol… ¿cómo te explico? Ya fue, sabés.

Esas pocas palabras le fueron brotando de a poco, mientras miraba el toldo que tenía sobre la cabeza y mientras sus manos abiertas hacia arriba describían ademanes vagos, como reforzando esa sensación de vacío metafísico que su dueño pretendía transmitir.

- ¡Dejate de joder, Gordo¡ ¡A mí no me vengás con el cuento¡ ¡Que si no estuvieran por irse a la B te tendríamos que estar bancando como si el puto cuadro ese fuera el Manchester United.

Tagliaferro volvió a considerarlo con indulgencia. Un nuevo suspiro hinchó la mole de su cuerpo agazapado en el banquito.

- No querido, te equivocás. A veces la desgracia te abre los ojos, sabés… Y si tenés neuronas te ponés a pensar. Hizo un silencio.

Los siete pares de ojos seguían cada uno de sus ademanes y los catorce oídos atendían a cada una de las inflexiones de su voz:- Suponete que Platense va y se salva. Difícil, pero ponele que sí: ¿qué me cambia? ¿Voy a ser más rico? ¿Va a subir más gente al tacho? ¿Voy a volverme inmune a los afanos?

No, loco, no me cambia nada. Y ponele que hoy se va al descenso: ¿qué pierdo, hermano? No hay vuelta, loco. El fulbo es una mentira, sabés. ¿O ustedes piensan que a esos turros de los jugadores les importa algo? No, padre, los tipos cobran y se van. ¿Quién se queda como un boludo parado en la popular? ¿Vos o ellos? ¿Y los dirigentes? ¿Vos te pensás que les calienta algo? ¡Si son una manga de chorros!

Hizo una pausa para tomar otro mate y para que su discurso penetrase mejor en las mentes de sus amigos. Volvió al ataque: - El fútbol está armado para que ganen los grandes, nada más. Es un negocio, pibe. Es todo un circo que vive de los giles como ustedes. A ver, mirá los goles el domingo. ¿Alguno de ustedes sigue siendo tan nabo de mirar los goles? –Los otros asintieron- ¿Ves que la Argentina es una país de boludos? Todos ahí como giles, comiéndose sesenta mil propagandas… ¿Para qué? ¿Para ver a esos maricones que le van de héroes y que a la primera de cambio cuando les ponen dos mangos sobre la mesa se van a jugar a Europa? ¡Por favor, muchachos, no jodamos!

Cada vez más enardecido, siguió: - A ver vos, García -el aludido lo miró atentamente-, vos sos hincha de Gimnasia: si no juegan con River o Boca ¿cuántos minutos te pasan del partido? ¿Uno? ¿Uno y medio? Y vos, Martínez: ¿no me contaste que para ver los goles de Colón los grabás y después los ves cincuenta veces y te hacés el bocho de que viste el partido entero?- El otro asintió- ¿Ven lo que digo? Entiendanló, el fulbo no sirve para nada. ¡Para nada!

O vos, Pasos, que sos de River… ¿te volvió un tipo feliz que hayan ganado tres campeonatos al hilo? –

Los ojos grises de Pasos se entornaron en un gesto suave que era también de infinita tristeza.

- Es todo verso, es todo mentira…-

Y como si fuera el resumen de su discurso, reiteró: - Todo mentira, no hay vuelta.-

Tagliaferro calló. Los demás se pasaban el mate en silencio. Algunos miraban para cualquier lado para que los otros no vieran las huellas de la turbación que les había sembrado. El Gordo advirtió, aliviado, que había conseguido el milagro de que se pusieran a hablar de otra cosa. El podía tener mucho autocontrol y todo lo que quisieran. Pero tampoco era de fierro, qué tanto.

Los otros se fueron yendo, en una mañana dominguera extrañamente movida. Cuando llegó el turno de Tagliaferro, le alargó el mate al que cebaba y se puso de pié con dificultad. Una mujer algo mayor se acercaba presurosa a la parada.

- Necesito ir a Luján, muchacho. A la basílica.

Cuando la mujer se acomodó atrás y él encendió el motor, su espíritu comenzó a poblarse de sensaciones confusas. La señora tenía aspecto de abuelita de libro de cuentos. Tagliaferro se mordió el labio inferior mientras dudaba en hacer la pregunta que se le había ocurrido.

Finalmente se decidió: - ¿Le molesta si enciendo la radio, señora?

- No, muchacho, para nada.

Apenas formuló la pregunta se arrepintió de haberla hecho. ¿Por qué había salido con eso? ¿Qué razón había para encender la radio?

Ninguna, Gordo, ninguna, se amonestó.

La radio era un cachivache vetusto que no tenía nada que ver con el Renault 19 hecho un chiche de Tagliaferro.

Era un artefacto antiguo que había pertenecido originalmente a un Siam Di Tella que en los años sesenta le había permitido a Tagliaferro parar la olla en su casa cuando lo habían echado de la empresa.

En los setenta había cambiado el Siam por un Dodge. Después por un Peugeot y por un Senda.

Pero la radio siempre había sido la misma.

Era uno de esos ejemplares con dos perillas a los lados que sólo funcionaban en amplitud modulada y que tienen una serie de teclas negras debajo del visor para cambiar velozmente de lugar en el dial. Adaptarla al tablero del Renault había sido complicado, y en el taller lo habían mirado como si estuviese totalmente pirado.

Pero a Tagliaferro le importaba un cuerno.

La radio, esa radio, era para él un talismán infalible, un salvoconducto, un pasaporte para un retorno pacífico a su casa y a los suyos. Y otra cosa: con esa radio había escuchado al Calamar salvarse de todos los descensos.

Pero ese viaje a Luján parecía una señal venida de los infiernos. Porque el aparato tenía un inconveniente (en realidad tenía varios, pero existía uno verdaderamente delicado): por alguna extraña razón que Tagliaferro no había logrado determinar, la radio callaba indefectiblemente apenas salía un par de kilómetros de la Capital. Cuando traspasaba la General Paz comenzaban las interferencias. Y veinte cuadras más allá lo único que salía del receptor era el sonido propio de una sartenada de papas fritas a medio cocinar.

Haciendo un cálculo sencillo, entre la ida y la vuelta se iba a perder el partido completo, que ya debía estar empezando. Podía escuchar los primeros minutos, sí, hasta que saliera de la autopista en Liniers, pero, ¿y después? Tagliaferro detuvo en seco la sucesión de sus pensamientos. ¿Qué estaba haciendo? ¿No era cierto todo lo que acababa de decir? ¿No eran esas frases que acababa de pronunciar frente a sus amigos la rotunda verdad a la que había llegado luego de dos meses de exploración interior, de introspección dolorosa, de disciplina moral? ¡Seguro que lo era!

De modo que Tagliaferro, apenas encendió la radio, sintonizó una emisora de tangos que se extinguió poco más allá de Ciudadela. Sufrir por un motivo tan pedestre, qué barbaridad, se dijo.

Se recordó a sí mismo en tantos domingos de amarguras. ¿No habían sido infinitamente más abundantes que las inusuales jornadas de triunfo?

A la altura de Morón apagó la radio, que ya estaba en plena fritanga. Parece mentira, qué rápido se va por la autopista, se dijo. Al ver que estaba a la altura de Morón lo cruzó una noción sombría: Platense volvería a jugar aquí después de varias décadas en primera. Sacudió la cabeza. Disciplina, Gordo, disciplina, se repitió.

Pero sus labios empezaron a musitar una letanía que a cualquier sacerdote le hubiese resultado extraña: Tigre, All Boys, Brown, Los Andes. Su ánimo ya era definitivamente sombrío. De pronto el pánico lo cruzó en varias oleadas sucesivas: San Telmo, Lamadrid, J.J.Urquiza. ¿Y si no era una, sino dos o tres categorías perdidas al hilo?

Intentó reaccionar.

¿Y a mí qué carajo me importa?

Supuso que había sido un grito íntimo, pero se dio cuenta de que algo del alarido interno se le había escapado porque la señora le miraba con un poco de temor y los ojos muy abiertos. El Gordo le sonrió con dulzura por el espejo y después clavó los ojos en la ruta.

Moreno: la autopista se redujo a dos carriles. Y por esto te cobran peaje, los muy turros, pensó. La pasajera iba ensimismada contemplando el paisaje por la ventanilla.

¡La ventanilla! se dijo.

En invierno o en verano, él iba con la ventanilla del conductor baja, salvo que el pasajero le pidiera lo contrario. ¿Y si probaba cerrar todo el auto, a ver si la radio emitía al menos un susurro? Corrió el codo y cerró. Encendió el catafalco negruzco y esperó. Acercó todo lo que pudo la oreja al receptor. El rumor de una voz era inconfundible. Tragó saliva. Subió el volumen a tope y la vocecita adquirió mayor consistencia. Tratando de no perder de vista la ruta, acercó aún más la oreja. Insultó en voz baja. Era uno de esos programas religiosos en los que el conductor repartía sanaciones radiofónicas en un castellano levemente extraño. Movió el dial hacia la derecha. Folklore. Un poco más: tango. Luego topó con el final de la banda. Inició el camino inverso. A la izquierda del pastor evangélico detectó el sonido inconfundible de un relato deportivo, pero demasiado lejano como para que se entendieran las palabras. Giró la perilla: ahí estaba el partido de Platense. Escuchó con el alma en vilo el relato de una jugada intrascendente en el medio del campo.

¡Cómo van, que digan cómo van, carajo!, pensaba.

Pero de inmediato entendía que a esa altura debía tener la expresión crispada, los ojos inyectados, la expresión tensa del hincha angustiado, y se decía que no, que de ningún modo, que no debía echar a la basura todos esos meses de auto educación que lo habían librado al fin de su dependencia Calamar.

¿No estaba acaso hermosa la mañana? ¿No bañaba el sol, radiante, el campo y la autopista?

El Gordo volvió en sí por un instante. La temperatura del taxi con todas las ventanillas cerradas y el sol cayendo a pique debía andar por los 35 grados. Tagliaferro observó a la pasajera y vio que abanicaba con una revista, mientras dos gruesos goterones de sudor le resbalaban por los lados de la cara. Estuvo a punto de bajar las ventanillas, pero se dijo que entonces perdería definitivamente cualquier esperanza de comunicación radial con el mundo. De manera que optó por encender el aire acondicionado. El fresco me va a venir bien para poner en orden las ideas, se dijo.

No te enchufes, Gordo, no te enchufes, se repetía. La cosa está perdida. No hay manera de que zafemos.

Momento: ¿zafemos quiénes? ¿Acaso yo soy Platense? ¿Tenés acciones ahí, Gordo boludo? Los que se van a la B son ellos, no vos. Los que van a perder con River son ellos. Los jugadores y los dirigentes, qué tanto.

Vos sos Abelardo Celestino Tagliaferro, a sus órdenes, de profesión taxista, estado civil casado, padre de dos hijos y abuelo de tres nietos. Enterate. Lo demás es todo grupo. Para qué calentarse. Si al descenso se van a ir igual y después te vas tener que bancar a toda esa manga de palurdos de la parada, empezando por el Piolín y terminando por el negado del morocho Alvarez.

Empezaron las rotondas de Luján.

Tagliaferro miró por el espejo y vio a la pasajera con las manos en los bolsillos, el gorro calzado hasta las orejas, la bufanda enrollada en tres vueltas alrededor del cuello y los lentes empañados. El Gordo notó que la temperatura había bajado unos treinta grados de un saque. Apagó el acondicionador de aire. Descartada la estrategia del encierro, optó por ventilar bien el taxi. Tal vez lograra captar algún kilohertz extraviado en el éter.

El último tramo hasta la iglesia lo hizo veloz, con las cuatro ventanillas bajas y el aire como un torbellino en el interior del tacho.

Cuando paró frente a la catedral y se volvió a mirar a la pasajera, advirtió con sorpresa que el pelo de la mujer había adquirido una cierta disposición salvaje y que sus ojos no paraban de parpadear alarmados. Daba la impresión de haber encontrado un nuevo motivo para agradecer a la Virgen. Tagliaferro dio vuelta a la plaza y se dispuso a emprender el retorno. Entonces los vio. Cuatro hinchas de River, ataviados con camisetas, vinchas y banderas, venían sacudiendo los trapos y cantando a voz en cuello. El Gordo consultó su reloj. Debía estar empezando el segundo tiempo. No se atrevió a preguntarles el resultado del partido, pero la actitud festiva de los tipos lo hundió en una desesperación creciente.

Momento: ¿qué te pasa, Gordo?

Pará la moto. Pará un poquito. Que se desesperen ellos. Todos esos nabos que se sienten los dueños de las camisetas y de los clubes. Pensar que él mismo hasta hacía poco había sido uno de ellos. Y desde pibe, para colmo. Pero de más grande fue peor. El ascenso se le subió a la cabeza. Y la definición por penales con Lanús, Dios santo. Lo había ido a ver con Clarisa. Al final del partido él se había desmayado y habían tenido que sacarlo de la popular entre cinco tipos bien grandotes. Pero quién te quita lo bailado. Y el desempate con Temperley, mama mía, cómo habíamos sufrido. Cortala. Cortala, Gordo palurdo, con la primera persona del plural. ¿Ma qué “nosotros”, enfermo? Si vos seguís tan pobre como cuando vinimos de España. ¿Qué hizo Platense por vos? ¿A ver?

Al pasar el peaje no pudo evitar la tentación. Se mintió que sería la última, como esos fumadores que escatiman los puchos del primer atado que compran luego de una larga abstinencia. El cobrador estaba escuchando los partidos en la cabina. ¿Cómo va River?, preguntó. Hincha de cuadro chico, sabía que la gente no tiene ni idea si uno le pregunta por Platense, Banfield o Ferro. Decime que va perdiendo, decime que va perdiendo, pensó. “Va ganando”, informó el fulano, con cara de gallina agradecida a la vida.

Cuando se levantó la barrera se alejó de allí sintiéndose perdido, perplejo, como si la noticia lo hubiese dejando navegando en aguas desconocidas.

Al pasar por Francisco Alvarez sus dedos comenzaron a tamborilear sobre el volante mientras silbaba inconscientemente, entre dientes, la melodía de un viejo estribillo que decía “Partirá, la nave partirá, donde llegará, nunca se sabrá”, o algo así. Una letra de porquería que tenía que ver con el arca de Noé. Pero, ¿por qué?

Eran las 11:31. Una canción del año del pedo. Cosa rara. Abelardo Tagliaferro se derrumbó a las 11:35 cuando se dio cuenta de que lo que había estado tarareando los últimos diez kilómetros no era ninguna canción pasada de moda, sino la perpetua melodía del “No se va, Platense no se va, Platense no se va, Platense no se va”, y las lágrimas se le desbarrancaron por la mejillas en dos torrentes tibios.

Cuando entrevió que toda resistencia era inútil, y como los chicos cuando se apuestan a sí mismos que si logran determinada proeza la vida les concederá premios impresionantes (al estilo de: si logro saltar toda la cuadra sobre el pié derecho sin trastabillar, entonces la rubiecita de la panadería gusta de mí), Tagliaferro se convenció de que si llegaba a la Capital Federal y encendía la Motorola antes de que terminara el partido, el Calamar iba a lograr dar vuelta su destino y los demás partidos se le iban a acomodar para seguir con chances.

Apretó el pie derecho contra el piso del auto y éste saltó hacia adelante a una velocidad francamente peligrosa. Era digna de verse la imagen de ese gigante que volaba aferrado con ambas manos al volante como un piloto de carrera, cuya cara bañada de lágrimas recientes se enrojecía por el esfuerzo de cantar a los alaridos un viejo estribillo con la letra cambiada.

A la altura de Moreno tuvo miedo de que la promesa de llegar a tiempo para oír el final no fuese suficientemente grandiosa como para lograr el conjuro. De modo que prometió dejar de fumar a las cuatro de la tarde y para siempre. Temeroso de que los hados lo consideraran débil de espíritu, agregó la promesa de una dieta estricta que lo llevara treinta y cinco kilos debajo de su peso actual en un plazo máximo de tres meses.

Mientras encendía la radio para ir ganando tiempo, y mientras volaba a la altura de Morón, las promesas se iban acumulando sobre sus espaldas. Prometió volver a misa todos los domingos. Prometió no volver a madrugarle un pasajero a ningún colega por un plazo se seis meses que luego extendió a dos años. Prometió dejar de construir fantasías eróticas con la peluquera de la vuelta. Prometió regalarle flores a Clarisa todos los viernes hasta que la muerte los separase. Estuvo a punto de prometer que no iba a joderlos más a los nietos para hacerlos de Platense, pero se contuvo a tiempo porque Dios no podía pedirle sacrificio semejante y porque supuso que ya había acumulado suficientes méritos con las promesas anteriores.

A la altura del Hospital Posadas, en Haedo, levantó el volumen de la radio hasta darle su máxima potencia. Sintonizó la emisora que siempre lo acompañaba para los partidos. Por detrás del ruido de la fritura se adivinaban voces de relato. Descolgó el rosario que llevaba anudado al retrovisor y empezó a rezar en voz alta. A la altura de Ciudadela la radio recuperó por completo sus funciones. Tagliaferro interrumpió el Ave María y entrecerró los ojos. Estaba bañado en sudor y parecía diez años más viejo que en la mañana.

Habían perdido. Habían perdido por robo. Estaban jugando el descuento, pero no había manera de remontar esa catástrofe. Las conexiones con las otras canchas hablaban de la algarabía de los cuadros que se habían salvado. En un arrebato de amargura infantil se sintió despechado porque Dios hubiese hecho caso omiso de sus promesas de regeneración absoluta.

Mientras tomaba la salida de la autopista hizo un último esfuerzo para que no le importara. Se detuvo en una cuadra desierta, llena de galpones en las dos veredas. Se dijo que no podía ponerse así. Que un dolor de ese tamaño solo podía sentirse por la pérdida de un ser querido. Que no podía tirar a la basura los esfuerzos de los últimos meses. Y todavía le faltaba sobreponerse a la escenita que iban a hacerle los muchachos en la parada. Control, Gordo, control. Mejor seguir haciéndose el distante, el superado, tal vez así lo dejaran en paz.

Tardo quince minutos en arrancar de nuevo rumbo a la parada.

Abelardo Celestino Tagliaferro dobló en la esquina sin prisa. Apretó suavemente el embrague, puso la palanca de cambios en punto muerto, con las manos levemente posadas sobre el volante arrimó el auto a la vereda y lo detuvo sin brusquedad al final de la hilera de autos amarillos y negros. Apagó el motor, quitó la llave del tambor, aspiró profundamente y dirigió la mano izquierda hacia la puerta.

Cuando logro incorporarse no se dirigió inmediatamente hacia la esquina. Fue a la parte trasera del taxi y abrió el baúl. Hurgó un momento bajo la caja de herramientas y encontró lo que buscaba. Desplegó la enorme tela rectangular con ademanes tiernos. Se anudó la bandera blanca con la franja central marrón en el cuello y la extendió sobre su espalda como si fuera una capa. Tanteo otra vez y encontró el gorrito tipo Piluso. Se lo plantó hasta las orejas. Cerró el baúl. Levantó los ojos hacia la esquina. Abiertos en un semicírculo los otros se pasaban el mate y le clavaban a la distancia siete pares de ojos inquisitivos.

Tagliaferro no caminó enseguida, porque acababa de entender que todos los hombres son cautivos de sus amores.

Uno no entiende porque ama las cosas que ama.

El intelecto no alcanza para escapar de los laberintos del afecto. Por eso es tan difícil enfrentar el dolor: porque uno puede engañarse inundando con argumentos razonables las llagas que tiene abiertas en el alma, pero lo cierto es que esas llagas no se curan ni se callan.

Y por eso un hombre puede amar a una mujer que a los otros hombres les parezca funesta, o puede poner su corazón al servicio de amores que a los otros se les antojen inútiles o intrascendentes.

Abelardo Tagliaferro estiró los brazos, prendió las manos a la tela, como un extraño superhéroe excedido de peso, y supo que lo importante no es a quién o a qué uno ama, sino el modo en que uno ama lo que ama. Recién entonces camino hacia la parada.

Libro: Lo raro empezó después (2003).

sábado, 10 de mayo de 2025

Hoy sí - Cuento de Eduardo Sacheri


Leído en el programa Qué Grande, en Radio Comunitaria Quimunche.

Son casi las tres de la tarde del 18 de diciembre de 2022, hace calor, me incorporo de la silla que ocupo y le aviso a mi familia que no voy a ver la definición por penales. 

Hace apenas un minuto que el árbitro polaco dio por terminado el tiempo suplementario en el partido entre Argentina y Francia. Hace dos minutos Lautaro Martínez tuvo la oportunidad, tras el centro de Montiel, de poner el 4 a 3 y desatar una fiesta inolvidable. Hace tres minutos que el francés Randal Kolo Muani tuvo un mano a mano escalofriante que el Dibu Martínez tapó con el pie. Hace diez minutos que Mbappé empató 3 a 3 un partido que hace menos de veinte minutos Messi puso 3 a 2 a favor de Argentina. Y así. 

Llevo, llevamos, más de dos horas viendo cómo la Selección Argentina acariciaba la gloria y cómo esa misma gloria, huidiza, se le escurría entre los dedos.

Salgo del departamento de mi hijo. El primer partido, contra Arabia Saudita, lo vimos los cuatro juntos (mi mujer, mi hija, mi hijo y yo) en nuestra casa. Después de la derrota decidimos cambiar de sede. Las cábalas son inútiles y son imprescindibles. ¿Qué relación existe entre lo que sucede durante un partido de fútbol jugado en Qatar y la ropa que yo tengo puesta, el asiento que ocupo, la composición del grupo reunido frente al televisor, a quince mil kilómetros de distancia de ese estadio? Ninguna. Pero al mismo tiempo no podemos asistir, simplemente asistir inermes, pasivos, a algo que nos importa mucho, sabiendo y aceptando eso: que no tenemos arte ni parte en el asunto. Necesitamos convencernos de que estamos haciendo algo valioso, algo útil, que estamos ayudando de alguna manera, que estamos intentando gobernar de algún modo el caos del universo, orientándolo hacia el logro de eso que tan fervientemente deseamos y, por qué no, necesitamos.

Soy de los que en la previa de los partidos se deja gobernar por el fatalismo y piensa que no, que ningún rito minúsculo sirve para nada. Y me prometo que no voy a cumplir ninguna cábala. Pero cuando la pelota está rodando todas mis defensas se hacen trizas, dejo caer todas las armas de mi raciocinio y me paso al bando de la magia y la superchería. No está ni bien ni mal: sencillamente hay situaciones en las que nuestra fragilidad o, más bien, la fragilidad de nuestras esperanzas se vuelve tan intolerable que necesitamos rodearla de certezas. Son certezas mágicas, hechas de viento o de humo. Pero no podemos prescindir de ellas.

Bajo los dos pisos que me separan de la calle. Ahí está el auto estacionado. Mi hijo vive en el centro de Castelar, aunque eso de centro pueda llamar a confusión. Castelar sigue siendo un pueblo de casas bajas, pero desde hace algunos años las manzanas cercanas a la estación de trenes se llenaron de edificios. Lo normal para un domingo casi veraniego, tanto en el centro como en las calles más lejanas, sería que todo estuviese sumido en la modorra de la siesta. Pero hoy no es el caso. En la calle, en los balcones, hay un movimiento inusual. La gente ha salido a tomar aire, a estirar las piernas, sabiendo que falta poco, poquísimo, para que se defina qué país es campeón del mundo. Yo no. Yo no voy a mirar los penales. Voy a encender el auto y a recorrer esas calles de nuevo desiertas. 

¿Existe una medida para la intensidad de nuestros deseos más profundos? Una primera respuesta sería que no: cuando deseamos lo hacemos con todo el corazón, con todas las ganas y sin medida. Pero si lo pienso un poco más, no estoy tan de acuerdo. Creo que los seres humanos sabemos distinguir lo justo de lo injusto. Y que sabemos, en el fondo de nuestra conciencia, si lo que deseamos es justo o no es justo. ¿Podemos desear algo que, al mismo tiempo, consideramos injusto? Sí. Creo que podemos, y con frecuencia lo hacemos. Pero cuando consideramos que el deseo que sentimos es justo, nuestra ansia se multiplica. No es lo mismo desear algo que sentir que tenemos derecho a satisfacer ese deseo. En ese caso el deseo se vuelve más urgente, más definitivo. Y más definitiva, más pesada, se vuelve la sensación que nos agobia si las cosas no terminan como soñamos. No es lo mismo renunciar a un deseo que renunciar a un deseo al que nos sentíamos con derecho, porque lo que experimentamos no es sólo una desilusión sino también una injusticia.

¿A qué viene todo este párrafo plagado de pomposidades pseudo filosóficas? A que desde hace un par de semanas no solo quiero que la Selección Argentina gane el mundial porque lo deseo, sino porque se lo merece. Antes del Mundial yo me conformaba con que Argentina estuviese entre los ocho mejores del torneo. Me parecía un premio aceptable para un cuerpo técnico y un plantel que habían hecho un gran esfuerzo. Tengo muy presente la imagen que había dejado la Selección en el mundial de Rusia de 2018. Confusión, rencillas, cabildeos, ademanes desaforados al otro lado de la línea de cal. Estos chicos han dejado atrás esa imagen. Han edificado un equipo en el que veo reflejados ciertos valores que comparto y que defiendo. El esfuerzo, el compañerismo, la humildad, el apego al trabajo. Son cosas en las que creo, en una cancha, en un aula, en una familia, en un país. Por eso, antes del Mundial, pensé que quería que les fuese bien. Y llegar a cuartos de final era, para mí, suficiente. No un éxito rutilante. Pero sí una tarea cumplida. Lo suficiente como para ponerlos a salvo de críticas estúpidas y malintencionadas. O bueno, un poco a salvo, por lo menos.

Pero resulta que a lo largo del Mundial, y muy a pesar de mi esencial pesimismo, me he ido entusiasmando. Porque salvo en el primer partido contra Arabia Saudita la Selección Argentina ha jugado bien, muy bien. Ha intentado ganar cada uno de los otros seis partidos. Y lo ha intentado apelando a un recurso muy simple y muy noble (si se me permite relacionar algo tan sencillo como un deporte con un concepto tan complejo como la nobleza): atacando, atacando mucho, intentando meter todos los goles posibles en el arco rival. ¿Es la única manera legítima de jugar al fútbol? No. Creo que hay varias. Pero esta es una manera que, además de legítima, es bella. Y los seres humanos no andan haciendo tantas cosas bellas como para que uno, al ser testigo de alguna, la pase abiertamente por alto. 

Así ha sucedido contra México, y contra Polonia y contra Australia. Y después contra Países Bajos (me genera mucha nostalgia saber que de aquí en adelante ya no puedo llamarlos Holanda), contra Croacia y hoy mismo, contra Francia. A todos esos equipos Argentina le ha convertido dos o tres goles. A todos, sin excepción. 

De modo que no sólo quiero que Argentina salga campeón porque quiero. Lo quiero porque siento que es lo más justo. Por su cuerpo técnico y por sus jugadores. Y sobre todo, por Messi. Llevo muchos años deseando que Messi sea campeón del mundo. Porque esa, que Messi sea campeón del mundo, es otra cosa que me parece justa. No sólo porque se trata de un jugador extraordinario. Sino porque llevo muchos años discutiendo con numerosos compatriotas que han preferido juzgar a Messi desde la cima de esa forma espuria de la nostalgia que es el resentimiento. «Será bueno, pero en la Selección es un desastre». «Será grandioso, pero no tiene nada que hacer al lado de Maradona». Estoy harto de esas frases. Más de un asado se me ha quedado atragantado en las discusiones que he sostenido al no estar dispuesto a dejar pasar afirmaciones como esas. El mío es un país de duelos irresueltos, de machaconerías patológicas, de idolatrías rancias. Somos así en la política, en la historia, en el arte… ¿por qué no lo seríamos también en el fútbol? Pero que seamos así no me resulta consuelo suficiente. Llevo muchos años compadeciéndome de ese chico por las comparaciones estériles que ha tenido que tolerar. Muchos años deseando que salga campeón del mundo como para que pueda decirle a esos que lo denigran (que pueda decirles es una figura retórica, porque es un chico más bien callado, y no me lo imagino discutiendo con sus detractores) «si conseguí salir campeón del mundo, tan malo no debo ser». Esa es la respuesta final que le atribuyo. Sé que no va a decirla. Pero me gustaría verlo sonreír mientras lo piensa. 

Cierro la puerta del auto. ¿Pienso todo eso mientras enciendo el motor en esta calle que está volviendo a quedarse desierta? No estoy seguro. Muchas veces nuestros pensamientos se repiten. Se hacen eco, unos con otros, y pensar en algunos eslabones de una cadena de pensamientos es como pensar en la cadena entera. Y lo mismo sucede con los sentimientos que nos despiertan esos pensamientos. Pensar en cierta cadena de cosas nos despierta un conjunto de sentimientos, que nos asaltan al unísono.

Ya no queda nadie en las calles ni en los balcones. Todos, naturalmente, han vuelto adentro para no perder detalle de lo que viene. ¿Cuánto dura una tanda de penales? ¿Siete minutos? ¿Quince? No lo sé. ¿Cuánto durará esta tanda en particular? Nunca he sido capaz de medirlas. Ni las que he mirado ni las que he padecido sin verlas.

La definición contra Países Bajos -que para mí sigue siendo Holanda- la seguí sentado en un banco de la plaza, mirando pasar un par de trenes. Viendo trenes pero escuchando a mi alrededor. Los gritos de júbilo con las atajadas de Martínez, los gritos de gol de cada penal de Argentina, los silencios angustiados que se intercalaron entre los unos y los otros. Me sentí como el personaje de La observación de los pájaros, ese cuento inmortal de Roberto Fontanarrosa, cuyo protagonista interpreta las minúsculas señales del universo para comprender el incierto resultado de un partido de fútbol. 

Pero no quiero repetir exactos mis ritos de hace ocho días. ¿Y si malinterpreto alguna señal? ¿Y si me alegro cuando debería entristecerme? ¿Y si concluyo que hemos salido campeones cuando, en realidad, hemos sido derrotados? No podría perdonarme semejante error. La equivocación inversa, sí. No tengo problema en entristecerme primero y que la realidad me desmienta después. Es un camino que vale la pena transitar. Porque tiene un final feliz. El problema es el camino inverso. ¿Cómo voy a sentirme si por un segundo me creo campeón del mundo, y después resulta que ganó Francia? No. No puedo permitirme una decepción de ese tamaño. 

Enciendo el motor mientras pienso cómo ponerme a salvo de esos errores de interpretación. La respuesta: voy a aislarme de todo, hasta que las señales del exterior sean absolutamente inequívocas. Que sea lo que Dios quiera, pero que sea sin vuelta atrás, sin falsas expectativas, sin alegrías muertas al nacer. 

Voy a conducir por una Castelar desierta, pero al mismo tiempo necesito evitar cualquier sonido exterior. El modo de aislarme será la música. Música a todo volumen. Pero acá surge otro problema: ¿qué música voy a escuchar? No puede ser cualquier canción. No puede ser una canción que me guste mucho, por una razón simple: si al final de la aventura resulta que perdemos, el resto de mi vida voy a asociar esa canción con la peor de las derrotas y la mayor de las desilusiones. No hay tantas canciones hermosas. Por lo tanto, no puedo malgastar una de ellas en la fogata de este proyecto estúpido en el que acabo de embarcarme. No señor. Se me ocurre una solución: una música que me guste tanto, pero tanto, y que haya escuchado tantas, pero tantas veces, a lo largo de mi vida, que pueda estar blindada frente a todos los desengaños. Aún frente a éste posible desengaño monumental. Será música clásica, porque es la música de mi niñez, la que mi mamá escuchaba a todas horas mientras trajinaba en el trabajo de mi casa. Cocinaba con música clásica, cosía con música clásica, limpiaba con música clásica. Esa es la música de mi niñez. Esa es la música de mi vida. No es casual que hoy, mientras escribo, siempre lo haga escuchando música clásica.

Abro en el teléfono la aplicación de Spotify. Será entonces música clásica. No puede ser Mozart. No sé por qué, pero no puede serlo. Tampoco Brahms. Ni hablar de Bach o de Vivaldi. No me decido. Tengo que apurarme porque necesito empezar a moverme. Ya deben haber empezado los penales. Beethoven. Bien. Vamos con el bueno de Ludvig. Elegido Beethoven me resulta fácil definir el resto: el primer movimiento de la quinta sinfonía. Algo que a la vez es bellísimo, y tremendo, y absoluto y categórico. 

Arranco envuelto en esa música. El volumen es tan alto que los vidrios vibran. Avanzo en una cápsula de sonido por calles completamente desiertas. Al alejarme de la estación de trenes, el centro y sus edificios, mi soledad es absoluta. Es cierto que detrás de las paredes de cada casa hay personas mirando el desenlace. Pero no las veo. No las oigo. A mis espaldas, a diez, a doce, a quince cuadras, mi mujer y mis hijos están mirando también. Qué ganas enormes siento de que ellos salgan campeones del mundo. Que sumen éste al resto de sus recuerdos felices. Como me sucede a mí, y a los de mi generación, que vimos dos veces campeón a la Argentina. Y de nuevo me asalta la ansiedad de la desilusión. Yo los vi entristecerse en 2014. ¿Y si ahora vuelve a burlarlos un capricho del destino? 

El primer movimiento de la 5ta. sinfonía sigue adelante. El mundo, a mi alrededor, sigue desierto. ¿Qué significa eso? ¿Y si pongo la radio para saber qué sucede en Qatar? No. No se cambia de caballo en mitad del río. ¿Pero por qué nadie sale a la calle? ¿Puede ser que todavía estén pateando penales? ¿Cuánto tiempo lleva esta definición? ¿Cinco minutos? ¿Siete? ¿Quince? 

Decido que la demora de las señales es la peor de las señales. Si hubiésemos ganado la gente ya estaría saliendo de las casas. Es así. Punto. Pienso en mi familia frente al televisor y decido que tengo que volver a estar con ellos. Doy vuelta en la siguiente esquina mientras me desborda la tristeza. Tengo que volver rápido a la casa de mi hijo. Abrazarlos a él, a su hermana y a su madre, teniendo el cuidado de no decir nada. Abrazarlos y estar juntos en este momento de tristeza. Desde chico sé que hay momentos en los que sobran las palabras. Las palabras son algo bueno, casi siempre. De hecho me gano la vida con las palabras. Las de la Historia, en la escuela, y las de la ficción en los libros. Para recorrer las sinuosidades de la vida las palabras son algo bueno. Algo que sirve para entender mejor lo que sucede y lo que sentimos. Pero en los extremos, en algunas experiencias decisivas, las palabras dejan de ser útiles. En la cúspide de la felicidad y en el abismo de la tristeza, no sirven. Lo aprendí de muy chico, y trato de no olvidarlo. Hay situaciones en las que hay que callar. El lenguaje, frente a ciertos abismos, es casi una falta de respeto. Los seres humanos somos una especie edificada sobre el lenguaje, pero existen fronteras, ahí donde la vida es más vida, y cuando la vida es más muerte, en las que volvemos a ser lo que fuimos cuando nuestro cerebro no había aprendido a balbucir. Y el único modo de transitar esos senderos extremos es la compañía y el silencio. Por eso voy a volver, voy a estacionar, voy a estrechar a mi familia en un abrazo y a callar.

Beethoven sigue atronando en el auto. Media cuadra más allá, sobre mi izquierda, veo por fin trazos de vida humana. Un muchacho joven que lleva una bandera anudada como una capa, está abriendo el portón de reja de su casa. No salta, no grita, no festeja. Se limita a salir a la vereda y mirar alrededor. Me aproximo a ese chico. No puedo decir que aminore la velocidad, porque desde que salí vengo manejando a veinte o treinta kilómetros por hora. Mi viaje, mi viaje inútil, era un viaje para avanzar en el tiempo, no para recorrer una distancia. 

Detrás del muchacho salen de la casa otros tres. Van igual de circunspectos. Alguno mira el suelo. Alguno mira las casas o el cielo. Me detengo a su altura. Bajo el volumen. Gracias, Ludvig. No hay desgracia humana que me haga dejar de escucharte. Nos vemos pronto, pero ahora tengo que preguntarle algo a estos chicos. Bajo la ventanilla.

El que lleva la bandera como capa me mira. Le hago un gesto de interrogación con la cabeza. Creo que no lo entiende. Hablo. «¿Cómo salimos?», pregunto, aunque estoy seguro de la respuesta. «¿No te enteraste?», me pregunta. Y la calma con que lo pregunta me reafirma en lo que sé, en lo que creo que sé, en lo que temo saber, en lo que odio saber.

El flaco se aproxima a mi ventanilla. Son ocho, diez, doce los pasos que camina. Pienso en mis hijos y en mi mujer. En que tengo que volver rápido, para asumir la tristeza todos juntos.

Pero de repente el mundo cambia. Porque las palabras son otras. No son las que espero. No son las que he anticipado. Los seres humanos estamos hechos para comunicarnos, pero eso no significa que estemos hechos para entendernos, o para interpretar de manera infalible los gestos de los otros. Ni los de un pueblo desierto a las tres de la tarde. Ni los de cuatro muchachos que salen a la calle, extenuados, a intentar entender lo que están sintiendo por primera vez desde que nacieron. El muchacho de la bandera como capa ya ha llegado a la altura de mi ventanilla. Nos miramos. Adelanta un brazo a través de mi ventanilla abierta y me apoya la mano en el hombro. Dice cuatro palabras. «Somos campeones del mundo». Eso es todo lo que dice. 

Me largo a llorar. Los cuatro muchachos, como si mis lágrimas los sacasen del pasmo, empiezan a cantar cantitos de cancha. Sonrío entre mis lágrimas y me despido con un gesto. Subo el volumen. Empiezo a tocar bocina, pero ahora con las ventanillas abiertas. Necesito volver pronto a abrazarme con los míos. Acompañarlos en este día que, ahora sí, se convierte en una de las cimas de su vida y de la mía. Y de repente el mundo ha hecho click y se ha ajustado. Casi nunca las cosas son como sabemos que deberían ser. Hoy sí. 

Revista: Lengua (2023).