Mostrando entradas con la etiqueta Scher Ariel. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Scher Ariel. Mostrar todas las entradas

viernes, 1 de agosto de 2025

Borges, el jugador - Texto de Ariel Scher


Leído en el programa Qué Grande, en Radio Comunitaria Quimunche.

Ni un partido. Ni una vez. "Cuando yo era chico la palabra fútbol era desconocida salvo en los colegios ingleses. En cambio, a casi todo el mundo le gustaban las riñas de gallos", le explicó a la periodista uruguaya María Ester Gilio, en la revista Crisis. No jugaba al fútbol Jorge Luis Borges, el celebérrimo escritor argentino que, paradoja de una nación de paradojas, no sólo no se apropió sino que fustigó al juego entre los juegos del país. No jugaba e insistía en por qué no jugaba: "El fútbol es popular porque la estupidez es popular".

Según miles de analistas de decenas de escuelas, la literatura de Borges es universal y cuenta al universo. Casi nada. O casi todo. Todo, pero sin lugar para la pelota porque hay ausencia de fútbol. "Ya la gimnasia interesaba más que la muerte: los chicos ignoraban el visteo por atender al football, rebautizado por desidia vernácula el foba", escribió en La canción del barrio, dentro de Evaristo Carriego (1930), el libro con nombre de otro escritor argentino en el que Borges desgaja, desde su mirada y desde su prosa fascinante, un tiempo argentino. Aquí, la referencia es a 1912, un año de consolidaciones futbolísticas nacional porque, aunque eso no integrara el vastísimo campo de saberes de Borges, la Asociación Argentina de Football (que así se llamaba y debía esperar veintidós años para tornarse en Asociación del Fútbol Argentino o AFA) se afilió a la Federación Internacional de Asociaciones de Fútbol (FIFA). Sobre las raíces del juego en esta parte del mundo sí esbozaba una erudición propia, como le respondió al periodista Alfredo Serra, en la revista Gente: "Una señora me dijo una vez: 'Pero la gente pobre siempre ha jugado al fútbol en los baldíos'. Estaba equivocada. Cuando yo era chico no se jugaba al fútbol en los baldíos". Y ratificó lo que le había expuesto a Gilio: "Se jugaba a la riña de gallos". Detalle borgeano: la riña de gallos le gustaba más.

Dificilísimo revisar la obra de Borges y detectar más fútbol hasta que otro ejercicio ensayístico, inserto en Otras inquisiciones, resucitó el tema. "Los compadritos de Last Reason emiten metáforas hípicas; el doctor Castro, más versátil en el error, conjuga la radiotelefonía y el football (...) La poesía, la novela y el ensayo lograron allá más de un 'goal' perfecto", sentencia en Las alarmas del doctor Américo Castro, en una aseveración que entra en la historia de su autor menos como apelación al vocablo "goal" que como reconocimiento a la calidad de Máximo Sáenz, Last Reason, periodista y narrador de brillo. Historia de Rosendo Juárez, un texto que apareció en El informe de Brodie (1970), abasteció al breve listado de una mención futbolística más, quizás la más citada de las de Borges: "Aprendí a vistear con los otros, con un palo tiznado. Todavía no nos había ganado el fútbol, que era cosa de los ingleses".

A pesar de semejante distancia, hay un cuento que, de mínima, es un ciencuenta por ciento borgeano y está en el nudo de los lazos entre literatura y fútbol. se trata de Esse est percipi , coescrito con su socio creativo Adolfo Bioy Casares y bajo el apelativo compartido de Honorio Bustos Domecq. Fábula anterior a la televisión y muy anterior a la playstation, plantea que "el último partido real" se disputó el 24 de junio de 1937 y que lo que siguió luego fueron/son puestas de quienes administran las cámaras con imágenes. Entre la literatura fantástica y la metafísica, Borges y Bioy Casares ponen en la escena eso de "Esse est percipi", o sea "Ser es ser percibido", la hipótesis central que le legó al mundo George Berkeley. Coincidencia acaso también metafísica y también de literatura fantástica: en la biografía que le construyen a Bustos Domecq, los autores dicen que nació en Pujato, como si intuyeran que un día parirían allí a Lionel Scaloni. Coincidencia todavía más metafísica y más de literatura fantástica: el 24 de junio de 1937, la fecha del "último partido real", implica pararse justo medio siglo antes del nacimiento de un muchacho llamado Lionel Messi (para todas las otras referencias de lo sucedido los 24 de junio, se sugiere entrarle a Fuegos de junio, el libro que editó el colectivo Lástima a nadie, maestro)

En 1942, el fútbol argentino coronó campeón a River. En su rubro, Borges no pudo ser campeón. A pesar de que en el último día del año anterior se había publicado El jardín de senderos que se bifurcan y que, a la distancia, surge improbable que alguien prefiriera otro libro a ese, el Premio Nacional de Literatura fue para Eduardo Acevedo Díaz. Su obra no estaba dedicada al fútbol ni a nada parecido, pero no podía sonarle simpática a Borges, por lo menos desde el título: Cancha larga.

O sea que lejos o más que lejos de las canchas desde el nacimienrto porteño el 24 de agosto de 1899 hasta la muerte suiza el 14 de junio de 1986 (pleno Mundial campeón de Argentina, a quince días del Diego enarbolando la Copa: ¿para qué aguantar  respirando hasta la vuelta olímpica si el fútbol es una farsa?). "He visto en mi vida como medio partido de fútbol. Una vez fuimos con (Enrique) Amorim a ver un enfrentamiento de selecciones. Jugaban Argentina-Uruguay y yo sentía íntimamente que él –que era uruguayo- deseaba que ganara nuestra selección y a mí me pasaba a la inversa. Tal vez por la amistad y por el respeto por el amigo, que ambos profesábamos", repasó alguna vez, abonando la leyenda de su desinterés con el dato de que el escritor uruguayo y él, en el colmo del desentendimiento, se fueron tras la primera etapa. Antes y después de esa experiencia única, sostuvo un punto de vista innegablemente suyo: "No sé por qué se hizo tan popular ese fútbol inglés. Es raro observar que siendo Inglaterra un país generalmente odiado –aunque yo quiero mucho a Inglaterra- nunca se haya usado ese argumento en su contra, como país generador de deportes puramente físicos. Es que la idea de que alguien pierda o alguien gane me parece esencialmente desagradable. Hay una idea de supremacía, de poder, que me parece horrible".

Tan "horrible" eso del deporte que hasta guarda lógica que en Historia universal de la infamia ( 1935) haya infamias con aroma deportivo, aunque no futbolístico. "El capitán Hernando de Soto, antiguo conquistador del Perú, que distrajo los meses de prisión del Inca Atahualpa, enseñándole el juego de ajedrez", avisa Borges, de entrada, en El atroz redentor Lazarus Morell. Y en El proveedor de iniquidades Monk Eastman introduce el boxeo: "Arribaron a una decisión muy americana: confiar a un match de box la disputa. Kelly era un boxeador habilísimo. El duelo se realizó en un galpón y fue estrafalario. Ciento cuarenta espectadores lo vieron, entre compadres de galera torcida y mujeres de frágil peinado monumental. Duró dos horas y terminó en completa extenuación". Y en la frontera del deporte, llama a la arquería y la esgrima alrededor de otro villano: "Kira Kotsuke no Suke, el odiado maestro de ceremonias, había fortificado su casa y una nube de arqueros y de esgrimistas custodiaba su palanquín".

Si se fuerza la voluntad de ver posibles ligazones con lo deportivo, la esgrima transita en Borges de distintos modos, casi siempre a partir de su condición de perito literario en cuchilleros y en puñaladas. Pero hay más. Ya en Las misas herejes, de Evaristo Carriego, pinta al "guapo antiguo" y rememora que "el comité alquilaba su temibilidad y su esgrima". En El Encuentro, que es parte de El informe de Brodie (1970), Uriarte y Duncan empuñan armas, lo que es asombro: "Pensé que nos habíamos engañado al presuponer que desconocían esa clase de esgrima" en una pelea que no es "un caos de acero" sino "un ajedrez". Y, finalmente, si en su poema El remordimiento, Borges revela que no fue feliz, en los versos de Espadas, que está en El oro de los tigres (1972), comunica que, a diferencia de Lugones, tampoco fue esgrimista: "Dejame, espada, usar contigo el arte;/ Yo, que no he sabido manejarte".

La avanzada sobre los deportes es ancha. En la revista Pájaro de fuego, declaró: "El rugby es más brutal todavía. El cricket, el tenis son más insípidos y tolerables... Pero el fútbol despierta las peores pasiones, despierta sobre todo lo que es peor en estos tiempos, que es el nacionalismo referido al deporte. Porque la gente cree que va a ver un espectáculo, pero no es así. La gente va a ver quién va a ganar. Porque si les  interesara el fútbol, el hecho de ganar o perder sería irrelevante, no importaría el resultado, sino que el partido en sí fuera interesante..." Pese a esa gama de señalamientos, Borges se entrevistó con el entrenador César Luis Menotti, en un duelo de argumentos del que sacó una conclusión:  "Qué raro, ¿no? Un hombre inteligente y se empeña en hablar de fútbol todo el tiempo". Borges y Menotti compartieron, además, títulos de diarios en el mundo por un estremecimiento ni literario ni deportivo. A pesar del histórico sesgo derechista de las opiniones políticas del escritor, en agosto de 1980, Menotti y Borges se calzaron la camiseta del mismo equipo cuando suscribieron una solicitada pionera, avalada por 175 firmantes, en la que se reclamaba la publicación de las listas y el paradero de los miles de desaparecidos que dejaba la acción brutal de una dictadura que, por entonces, pervivía en el poder.

Esa convergencia no movió las posiciones de Borges respecto de la pelota, llevadas a lo máximo en su anuncio legendario de que, en el primer día de junio de 1978, cuando se inaugurara el Mundial en Argentina, él, que en El Aleph (1949) había incluido el cuento El inmortal, daría una conferencia exactamente sobre la inmortalidad."Mientras dure el Campeonato Mundial de Fútbol me iré a cualquier parte donde no se hable de fútbol. El Mundial será una calamidad que por suerte pasará", se empecinó. Habrá pensado Borges que si, para semejante crítica, no bastaba con ser Borges, otras fuentes de la literatura podían respaldarlo, como le expresó, más adelante, al periodista y escritor Roberto Alifano, quien lo conoció largamente: "Se está gastando la plata en hoteles y canchas de fútbol. ¡El fútbol!, Una miseria, una cosa tan frívola... 'Los viles (o plebeyos) jugadores de fútbol', dice Shakespeare en El Rey Lear, y Kipling también habla desdeñosamente de ellos, ¡él, un poeta nacido en Bombay, que creía en el Imperio Británico, no en esas cosas tan miserables y bajas como el fútbol!". Alifano también vio cómo, tras almorzar con Borges en la avenida Corrientes, unos hinchas de fútbol le gritaron desde un camión "Borges, sos más grande que Maradona". A lo que el hombre al que nunca le dieron el Nobel contestó redireccionando el eje hacia ese premio: "Bueno, eso estaría bien si lo gritaran en Estocolmo. Tal vez podría influir en los académicos suecos".

Uno de los escasos consuelos para quienes hubieran gozado de un Borges futbolero lo ofreció el actor estadounidense Viggo Mortensen, cuya infancia en Argentina lo volvió hincha de San Lorenzo. Alimentado de las memorias de su club por los especialistas en la materia, le puso al escritor la camiseta de su equipo:  "Cuando él trabajaba en la biblioteca Miguel Cané, no muy lejos de San Juan y Boedo, e iba a almorzar a un café de la zona, los hinchas de San Lorenzo le insistían continuamente que tenía que hacerse hincha del Ciclón, hasta que, aunque no le interesaba nada el fútbol, finalmente aceptó llamarse 'un cuervo más'. Y hasta se dice que su pijama favorito era azulgrana". De pocas citas de Borges, gozan tanto Mortensen y sus compañeros de identidad en la cancha: "Me aprendí de memoria esa contestación y cuando me preguntaban yo decía que era de San Lorenzo de Almagro".

Faltante el fútbol en lo cotidiano, en los libros de Borges lo que hay es ajedrez. Un paseo veloz por Ficciones (1941, 1944) localiza a Herbert Ashe, el ingeniero de los Ferrocarriles del Sur que  juega al ajedrez "taciturnamente" en Tlôn, Uqbar, Orbis tertius y a la propuesta transformadora del ajedrez que se sugiere y se descarta en Pierre Menard, autor del Quijote: "e) Un artículo técnico sobre la posibilidad de enriquecer el ajedrez eliminando uno de los peones de torre. Menard propone, recomienda, discute y acaba por rechazar esa innovación". Siempre en Ficciones, el ajedrez vuelve en Examen de la obra de Herbert Quain: "Todos creyeron que el encuentro de los dos jugadores ajedrez había sido casual". Y en el despertar de Jaromir Hladík en El milagro secreto, cuando el Tercer Reich entra en Praga, porque "soñó con un largo ajedrez. No lo disputaban dos individuos sino dos familias ilustres" y en ese juego "las piezas y el tablero estaban en una torre secreta". Y en El jardín de senderos que se bifurcan, cuando Stephen Albert abre este diálogo:

"-En una adivinanza cuyo tema es el ajedrez, ¿cuál es la única palabra prohibida? Reflexioné un momento y repuse:

-La palabra ajedrez".

Es verdad que, en El Inmortal, se dice que "en un patio de la cárcel de Samarcanda he jugado muchísimo al ajedrez", que en La flor de Colerdige (publicado en Otras Inquisiciones) está escrito ""las piezas de ajedrez con que antes jugaron", que se cuela ajedrez en los poemas Adrogué, Mateo, XXV, 30 y Otro poema de los dones, que en el cuento Guayaquil "dos reyes juegan al ajedrez en lo alto de un cerro" y que en Los cuatro ciclos, cuando Ulises va de vuelta a su Itaca, "hallan perdidas en el césped las piezas de ajedrez con que antes jugaron". Sin embargo, ningún homenaje de Borges al ajedrez se impone a su poema Ajedrez, compuesto por dos sonetos, que reluce en El Hacedor (1960). Así comienza: "En su grave rincón, los jugadores/ rigen las lentas piezas. El tablero/ los demora hasta el alba en su severo/ ámbito en que se odian dos colores". 

Ese Ajedrez vale para los ajedrecistas lo que para los ciclistas implica esta respuesta de Norah, la hermana de Borges, a Rodolfo Braceli: "Viajamos a Ginebra y allí ingresé a la escuela de Bellas Artes. Me agregaron edad para ingresar. Georgie estaba en otra facultad, muchas veces iba en bicicleta a Francia, allí le enseñaban lo que a él le gustaba; tenía que atravesar un puente o la frontera. Iba en bicicleta ¡y él apenas veía! Ya tenía problemas Georgie, pero para no entristecer a mi madre él no se lo decía. Entonces madre lo dejaba ir en bicicleta".

Y vale lo mismo que para los nadadores que leen a Borges este otro segmento de ese reportaje:

"-A Georgie también le gustaba mucho nadar. A nadar aprendió porque lloraba mucho.

-Explíqueme un poquito.

-Cuando estábamos en Ginebra lloraba, estaba triste o neurasténico. El médico dijo que necesitaba mar y entonces fuimos a Lugano. En un botecito salíamos, nos bajábamos a veces y nadábamos como los perros. Georgie no nadaba abajo del agua, de espalda hacía la plancha y murmuraba poemas. Mi madre nos miraba desde el balcón".

¿Habrá prefigurado ahí, en el agua, sus meditaciones sobre las meditaciones de otros en torno del remo y de la muerte que viajan en La metáfora, uno de los textos de Historia de la eternidad (1936)? ¿O habrá preferido imaginar, mientras murmuraba poemas, a Juan Manuel de Rosas en su bote, en "esa navegación tan frugal" que flota en Palermo de Buenos Aires, en las páginas de Evaristo Carriego? No hay respuestas, pero lo cierto es que nadaba.

Nadador de infancia y nunca futbolista, lo que, de ninguna manera, funcionó como obstáculo para que gente que ama al fútbol amara, a la vez, los libros de Borges. Le ocurrió al maestro Juan Sasturain, al cabo heredero de Borges como director de la Biblioteca Nacional, quien, durante una tarde de 2007, percibió que Messi acababa de convertirle al Getafe un gol gemelo al de Maradona a los ingleses en 1986. Se acordó de inmeadiato de Pierre Menard, ese tipo borgeano que quiere reescribir la mayor obra de Miguel de Cervantes, y anudó un texto que se denomina Lionel Messi, autor del Quijote. Le aconteció, además, a Braceli, quien, frustrado porque en cada una de sus charlas mágicas con Borges se topó con una negativa a concederle una oportunidad al fútbol, maquinó un cuento en el que el escritor y su mamá, Leonor, viajan a Avellaneda para palpitar en la popular un Racing-Independiente. 

Y ni vacila en disfrutar a Borges el ex futbolista Santiago Solari, que empujó a la pelota con talento en canchas de todo el planeta y que luego se dedicó a escribir y a entrenar. Y a leer: "Me gusta el Borges de La Biblioteca de Babel, donde el universo esta hecho de palabras y todos los libros tienen su contrario. Me gusta que nos cuestione si nuestra vida pertenece al genero real o al fantástico (el fútbol definitivamente pertenece al genero fantástico, ya que si no no reflejaría tan bien la realidad) y que tal vez porque la vida es fantástica es que nos conmueve tanto la literatura fantástica. Me gusta Borges porque decía que la filosofía era una rama de la literatura fantástica, aunque todos sepamos que la filosofía es una rama del fútbol". 

Gran jugada de Solari. No hay seguridad, pero, en una de esas, si Borges lo leía, terminaba tomándole el gusto al fútbol.

Relatorxs (2023).

lunes, 16 de junio de 2025

Una flor en la casa del Papa - Texto de Ariel Scher


Leído en el programa Qué Grande, en Radio Comunitaria Quimunche.

A las 7 y 55 del lunes de adioses a Francisco, cuatro ruidos, tres cámaras, tres periodistas, una policía y un perro que ni ladra ni mira configuran la escena en las puertas de la casa donde el hombre de los adioses nació. A una cuadra, otro hombre, pero sin famas, duerme en la calle. A una cuadra y media, otro más. A dos cuadras, Francisco saluda hecho cartel y sonrisa, como en los años últimos, en los bordes de la escuela de la Misericordia. Una flor chiquita vive desde hace un rato gracias al agua del frasco que la contiene en la vereda del hogar natal. Nadie en la calle Membrillar, a cincuenta pasos de la placita Herminia Brumana, lo dice, pero plantita y agua constituyen un homenaje. La placa ya no intacta que la Legislatura porteña estampó hace más de un decenio ejerce de testigo. Dos pibitos que aceleran rumbo al cole, acaso con un ritmo que sobre esa tierra fue en un pasado el de Jorge Bergoglio, no registran ni a la placa ni al agua ni a la plantita. Tampoco a una flor blanca, hermosa, entera, inmejorable, que reluce desde la zona externa de un ventanal. "La dejó una vecina", informa uno de los periodistas. De verdad, es difícil  que a esta hora en el planeta brote algo más lindo que esa flor. De lejos, ahora el perro sí ladra. Una señora enfoca desde enfrente. La aguardan la rutina, las preocupaciones, quizás una alegría de lunes. Se detiene, parpadea, se perdona, musita "gracias", balbucea "amén " y se va. La vida, empecinada, continúa. Igual que la flor blanca.

domingo, 23 de marzo de 2025

El fútbol mueve la historia - Texto de Ariel Scher

Leído en el programa Qué Grande, en Radio Comunitaria Quimunche.

En Argentina, hinchas de muchos equipos generaron un hecho político fuerte al que el gobierno contestó con represión; un camino abierto frente a los límites de la época.

Leonel Readigos todavía paladea feo. El regusto de los gases esparcidos por las fuerzas represivas le invade la garganta y el fluir de malos humos le vence los ojos. La Argentina de la represión anda en el cuerpo de Readigos un miércoles en la mitad de la tarde en la que miles de hinchas de fútbol y él, que también es hincha, se citan frente al Congreso de la Nación bajo la propuesta de evitar que los jubilados y las jubiladas, que una vez por semana se congregan allí en reclamo de un haber no miserable, sean molidos a palos. Asombra Readigos, de Racing desde la cuna, porque, entre espanto y espanto, evalúa una a favor. Paladea, de nuevo, el regusto horrible y dice: “Siento que le encontramos una nueva función a nuestra identidad futbolera”.

Así lo palpitan –otra vez: siempre entre espanto y espanto– hinchas de incontables equipos. Porque antes, durante y después de la más flamante expresión atemorizadora y armada del gobierno de Javier Milei contra su propia población lo que ocurre es una expresión policromática de rechazo. Frente a los silencios recurrentes de la política tradicional y del sindicalismo también tradicional, fueron los y las hinchas de fútbol quienes convocaron a pararse de cara al salvajismo. Una semana antes, un núcleo de Chacarita Juniors acudió a respaldar a un anciano que también quiere a ese club. Y a partir de ese gesto, todo: la cadena, la respuesta que mueve otras respuestas, las proclamas en las redes sociales digitales, la frase recuperada de Diego Maradona, una frase que es de 1992 y es inevitablemente de ahora y que gira hecha pañuelo, grito, emoción, bandera: “Hay que ser muy cagón para no defender a los jubilados”.

Tos sobre tos y lágrima sobre lágrima, Readigos lo trata de desentrañar: “Pasan cerca las balas, de verdad. Pero, entre palo y palo, hablando con un viejo de Rulli y de Pizzuti [jugador y entrenador del Racing campeón de la Libertadores y del mundo en 1967], charlando de fútbol y de política, vienen unos hinchas de Independiente, el rival de siempre, y nos proponen una foto colectiva. Creo que sucede algo que todavía no comprendemos del todo”.

Quizás acaricie una contestación el sociólogo Diego Sztulwark, en un artículo en Página 12: “El miércoles 12 de marzo, los hinchas de todos los equipos de fútbol se convocaron para apoyar el reclamo. El gobierno, que hace del aguante un llamado a tolerar la motosierra (poda del gasto público) y la licuadora (pérdida de ingresos populares) choca de frente con el sentimiento y el habla de la hinchada, que vive el aguante no como sumisión indigna, sino como banque popular a los colores amados. Vote a quien vote, el hincha no es mileísta, sino maradoniano”.

Sergio Smietniansky, tenaz hincha de Banfield y uno de los motores de la Coordinadora de Derechos Humanos del Fútbol Argentino, viaja rumbo al Congreso abrazando a algunos de los compañeros con los que lo une la camiseta y a otros que se desplazan vestidos con las ropas de Temperley, de Lanús y de Los Andes, sus adversarios más tradicionales. Así, conforman una caravana que se integra a la que eslabonan gentes de Gimnasia y de Estudiantes desde La Plata, de Quilmes, de Talleres, de Tristán Suárez, todos provenientes del sur bonaerense. Mientras el eco de las balas de goma resuena en el aire y silba cerca de los cuerpos, Smietniansky disecciona lo que le hace acelerar los latidos: “Resulta tan hermoso como incrédulo que la identidad futbolera haya sido la chispa que vino a romper la naturalización de que se les pegue a las y los jubilados. En la movilización, confluyen la espontaneidad de una autoconvocatoria en redes con cierta organicidad que es fruto de las diversas coordinadoras y subcomisiones que hace años trabajan en pos de clubes con perspectivas sociales, inclusivas, solidarias y humanistas. Ahora más que nunca resulta imprescindible no naturalizar el desprecio a la vida”.

Ningún teórico célebre diría que el fútbol es el partero de la historia, pero más de un analista deberá empezar a observar que, no por primera vez, la réplica política –por supuesto que muy política– y social surge lejos de la institucionalidad política clásica. Ya hubo más de una muestra en esta edad triste. Y quizás no sólo como un territorio de resistencia, sino como un campo de construcción de algo diferente, algo que atienda a los problemas populares dejando atrás recetas que no invitan ni a la ilusión ni al involucramiento. El llamamiento de hinchas expone, en ese sentido, presencias y ausencias. O lo que desgrana Claudio Morresi, pupilas enrojecidas, pañuelo recubriéndole los labios para que los gases entren menos, diferente a aquel muchacho que él era cuando vociferaba goles en la delantera de River de los ochenta junto con Enzo Francescoli, ex secretario nacional de Deportes: “Esto evidencia que la capacidad de respuesta de nuestro pueblo, tantas veces manifestada en la historia, busca caminos. Y no se agota. Surgirán cosas nuevas”. Unos hinchas de Deportivo Morón, Almirante Brown y Nueva Chicago, antagonistas fuertes de las canchas del ascenso, se escurren juntos de la lluvia que lanzan los camiones policiales hidrantes. Como pueden, saludan a Morresi, quien, hincha también, se señala el pecho desde el que brilla el escudo de Huracán.

Las noticias taladran. Un policía fusiló a un reportero gráfico, otro tumbó a una señora de 80 y pico, el viento reparte más y más efluvios de esos gases tan penetrantes. La movida de los hinchas se convierte, por ahora, en retirada por las veredas sin mansedumbre del Centro de Buenos Aires. En un rincón, sobre una reja, plasmando la certeza de que las represiones no pueden reprimir todo y para todos los tiempos, queda una pancarta con el escudo del club, que flamea una leyenda: “Que no se quede mi pueblo dormido”.

La Diaria (marzo, 2025).

martes, 11 de marzo de 2025

En la cancha, García Márquez - Homenaje de Ariel Scher


Leído en el programa Qué Grande, en Radio Comunitaria Quimunche.

(Gabriel García Márquez nació el 6 de marzo de 1927. Siempre está)

En el pueblo donde mi madre se le declaró a mi padre, había un marcador de punta que repetía, entera, con comas y hasta con puntos, la primera página de Cien años de soledad cada vez que un wing quería desbordarlo. No estaba especialmente loco ni, tampoco, especialmente cuerdo, pero su fundamento era invencible. Decía que, después de esa jugada, alguien en el mundo, el wing o él, iba a quedar desencantado, por lo que darle sonido a esa página emparejaba la existencia y ponía las cosas en su lugar. Acertaba el marcador de punta porque conocía un secreto que le pertenecía a millones de personas, cómplices en el secreto: la vida había dejado de ser una oportunidad para desencantos largos desde que Gabriel García Márquez empezó a contarla.

Aquel marcador de punta jugó en algunos equipos de alto renombre y en otros de ninguna fama, casi todos lejos del pueblo donde mi madre se le declaró a mi padre. Entre esos últimos había uno que, en su acta fundacional, figuraba como el Deportivo no sé cuánto pero al que la lógica tornó primero en Deportivo García Márquez y, luego, bastante rápido, en "el García Márquez". En el triunfo, en la derrota y en cualquier otra circunstancia, el capitán pronunciaba la palabra "mierda" con el énfasis con el que se cantan un himno o un gol. Había árbitros que lo amonestaban, lo expulsaban y hasta se ofendían porque tardaban en entender que hablar "mierda", entonar "mierda" y gritar "mierda" era el homenaje consecutivo que ese capitán le hacía a su abuelo, capitán también de un club de glorias no reconocidas, idéntico en demasiadas cuestiones al viejo de El coronel no tiene quien le escriba, ese libro de abismos y de maravillas que en el final del final, tallándose en las vísceras de cada lector, ponía a la palabra "mierda" en la cumbre de todas las literaturas.

Además del marcador de punta y del capitán, el García Márquez era un equipo que honraba a un entrenador que imbuía de místicas a sus jugadores y a su público asegurándoles que cada partido era un acontecimiento tan intenso como Los funerales de la Mamá Grande. Si, a pesar de eso, las sombras del desastre se posaban sobre su plantel, el entrenador proponía una cita colectiva, elegía a uno de los personajes de La mala hora o de Crónica de una muerte anunciada, lo retrataba, casi a la manera de García Márquez, en sus agobios y en sus debilidades y les sugería a sus muchachos que, al revés, recuperaran las esperanzas de respirar, de jugar y de pelear contra lo injusto como hacía García Márquez no sólo cuando escribía sino cuando, sin fisuras, se paraba en el costado correcto en la cancha de la realidad. Una vez, otra vez y otra vez, el entrenador cerraba esas convocatorias con la misma frase: "Sin embargo, frente a la opresión, el saqueo y el abandono, nuestra respuesta es la vida". Para él, en esas dieciseis palabras residía la esencia de La soledad de América Latina, el discurso con el que colombiano recibió el Premio Nobel en 1982. También entreveía ahí la esencia de García Márquez.

Tanta identidad germinaba bien. Un poco tosco pero mucho más tenaz que tosco, el mediocampista central del García Márquez pedía que lo llamaran Florentino Ariza, como uno de los protagonistas de El amor en los tiempos del cólera. La pelota, esa fascinación, se le volvía esquiva en muchos partidos, pero perseveraba, no se resignaba, se susurraba con él como oyente único que, así como Florentino Ariza había terminado a los abrazos con Fermina Daza tras décadas de no consumar un amor hecho paciencia, la pelota, al concluir el camino, se rendiría a la voluntad de sus pies y sobrevendría una infinita felicidad. Florentino Ariza (el mediocampista central, no el del libro) había aprendido de García Márquez que cada gente es un universo y que, en consecuencia, no todos advertían con las mismas señales eso de que "el más terrible de los sentimientos es el sentimiento de tener la esperanza perdida". El arquero, por caso, se había educado en el arte de no extraviar las esperanzas con Memoria de mis putas tristes, una obra que instruye sobre cómo un amor imposible no tiene por qué ser imposible para todos los tiempos o, más que eso, sobre cómo lo imposible, el imposible que sea, esconde alguna llave para abrir las puertas de la posibilidad. En el vestuario en el que los futbolistas del García Márquez cobijaban sus ilusiones, de tanto en tanto brotaban ejemplares de Memorias de mis putas tristes. Muchos creían que los repartía el arquero. Falso: esos ejemplares viajaban en la mochila de un defensor suplente, tan tímido como el propio García Márquez cuando respiraba su juventud y nadie estaba enterado de que era García Márquez.

El marcador de punta del pueblo en el que mi madre se le declaró a mi padre cautivaba audiencias con sus memorias que, en ciertas confesiones, portaban putas tristes, pero en general articulaban al fútbol con García Márquez. De su paso por el equipo al que llamaban García Márquez albergaba tantas experiencias como para armar otros doce cuentos peregrinos como los Doce cuentos peregrinos que nucleó García Márquez en una construcción deslumbrante. No obstante, afirmaba que los rastros de ese escritor se esparcían en otros equipos y en otras personas. En una semifinal lo había dirigido un árbitro que concebía lo justo y lo injusto según los trazos del Simón Bolívar que García Márquez había diseñado en El general en su laberinto. En un club hundido había padecido a un dirigente que ejercía su despotismo fotocopiando, al principio, las hojas de El otoño del patriarca y, apenas más adelante, fotocopiando el comportamiento de ese patriarca tiránico. Una más: en un equipo muy defensivo ese marcador de punta había descubierto a Luis Alejandro Velasco, un delantero abandonado, al que jamás le llegaba la pelota, que sostenía ser Luis Alejandro Velasco, náufrago de fútbol tras ser náufrago en el revelador Relato de un náufrago con el que García Márquez alcanzó su graduación número mil como maestro de periodismo y de todo lo que tuviera que ver con narrar y con percibir a los demás.

De cualquier modo, en el pueblo en el que mi madre se le declaró a mi padre todavía perdura la convicción de que la historia preferida del marcador de punta ocurrió en el cuarto minuto de descuento de un clásico en el que enfrentaba a un wing admirable. Ambos habían trajinado un duelo de los más exigentes y, en el que sería su cruce del final, el marcador de punta insistió en su ritual de repetir la primera página de Cien años de soledad. El wing ensayó un amague, soltó la pelota y le pidió, si no era molestia, que, después de la primera página, siguiera con la segunda, en una de esas con la tercera, ojalá que con la cuarta. El partido se acabó y, según recuerdan en el pueblo, la voz del marcador de punta retumbaba, unas cuantas horas más tarde, haciendo que en el aire del estadio volara la frase "porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tienen una segunda oportunidad sobre la tierra". El wing, como todos los lectores de García Márquez en cualquier pasado y en cualquier futuro, lloraba, reía, aplaudía, vivía.

miércoles, 27 de noviembre de 2024

Justo ahora - Cuento de Ariel Scher


Leído en el programa Qué Grande, en Radio Comunitaria Quimunche.

Ahora, justo ahora, cumplo cinco años y mi papá me da la camiseta de Perfumo. Y quiero devolverle la mirada de hombre encantado que le brota porque ve mi felicidad con esa camiseta y, lo juro, aunque quiero, no puedo. No puedo devolverle la mirada a mi papá y no a causa de que ya soy abuelo y me quedan lejos los cinco años. Ocurre que ahora, también justo ahora, tengo la existencia abrazada al pie derecho de Roger, y porque disfruto de los oídos endulzados por el eco de una multitud que afinan la palabra campeón, y porque conservo todavía mi cuerpo cansado, pero el corazón se me fuga y ya no le pertenece a mi cuerpo, no le pertenece a nada, es un corazón libre que vuela como si la felicidad consistiera en ser corazón y volar en este día. Y, aun así, aunque inclusive Costas viene hasta el pie de la tribuna en la que respiro hace infinitas horas, mi papá me sigue mirando con mi camiseta de Perfumo de pibito de cinco años mientras Racing, mi Racing que es mi Racing desde los días de esa camiseta, celebra, en Asunción, la Sudamericana, y mientras mis gentes amadas me envían mensajes que condensan la ternura del mundo y mientras mis hijos me lloran en los hombros sus llantos mejor soñados. Y mientras tiemblo. Tiemblo como en el estreno de la camiseta de Perfumo. O tiemblo porque mi mamá me besa los rulos canosos como lo hacía cuando no eran canosos y mi Racing perdía un partido. Tal vez los besa en este instante porque me ve un brillo que no es mi brillo sino el reflejo de lo que brilla la copa que alza mi club. O porque ahora, justo ahora, tampoco puedo devolverle esos besos. Pasa que canto: "Los momentos que viví, todo lo que yo dejé, por seguir a la Academia". Y cuando canto eso canto sin parar. Pero mi mamá me besa igual. Y me enfoca y me dice "Dale, campeón". Y yo, entonces, me acerco a mi papá y de nuevo estreno la camiseta de Perfumo. Y les grito gracias a mi papá, a mi mamá, a Perfumo, a los jugadores que festejan la gloria acá adelante, a la multitud que afina, al aire de Asunción, al corazón libre, a la vida que se hermosea y me guiña un ojo, a mi Racing y a mis hijos, que ahora, justo ahora, me prestan los hombros para que yo también me ponga a llorar.

Facebook, 24 de noviembre de 2024.

miércoles, 7 de agosto de 2024

Para que Apo lo lea - Cuento de Ariel Scher


Leído en el programa Qué Grande, en Radio Comunitaria Quimunche.

Detrás de sus lentes cósmicos, Ray Bradbury parpadea. Y después de parpadear, carraspea. Y después de carraspear, dice:

-Yo escribí «La mujer ilustrada» para que lo leyera Alejandro Apo.

Apo no lo oye. Apo está encendiendo la voz. La voz, claro, siempre, un manjar en los tímpanos esa voz que es sinónimo de la radio. Apo enciende la voz en la radio para pronunciar cuentos o para pronunciar fútbol o para pronunciar historias pequeñas y mayúsculas que provocan un efecto tan extraordinario como necesario: quien recibe a esa voz encendida, más lejos o más cerca, se siente mejor.

Apo no oye a Bradbury, pero el que lo oye es el Negro Fontanarrosa. Y el Negro Fontanarrosa, que tiene encumbrado a Apo en su rosarineidad más cariñosa, contesta:

-Usted no me lo va a creer, míster Bradbury, pero andamos a mano. Se lo confieso: yo escribí «Los heraldos negros» para que lo leyera Apo.

No oye Apo. No oye aunque es un escuchador más que amable y más que generoso de las miles de personas que lo admiran, que lo registran, que lo sienten propio, que lo quieren. Medio siglo haciendo eso Apo. De nuevo: medio siglo haciendo eso Apo. De nuevo: medio siglo haciendo eso. Habría que reiterarlo en cincuenta ocasiones para honrar al medio siglo y para honrar a Apo. Y a eso que hace Apo: encender la voz para que la existencia cotidiana sea más cálida, más rica, más buena, más profunda. Pero no oye ahora, justo ahora, porque, durante ese medio siglo, Apo interpretó en cada día y ejerció en cada día el compromiso de concentrarse en el trabajo y en la pasión. Y hacer esa tarea, encender la voz para que su encendido desate luces y fuegos, exige no distraerse en lo colateral, exige un respeto invulnerable hacia los seres humanos que laten del otro lado de la radio, los seres humanos que completan a Apo porque si algo conoce Apo, entre todo lo que conoce, es que la radio no funciona a causa de un solo lado. Domina como un mandamiento Apo, tal cual le vio a su viejo – a quien rebautiza «el verdadero Apo»- y tal cual lo instruyó el maestro Mario Trucco -a quien reconoce como su «segundo papá»-, que la radio es lo que es porque hay otras y hay otros con quienes se viaja en un itinerario de ida y de vuelta, de vuelta y de ida. Entonces, Apo, que ama las letras de Bradbury y las imaginerías del Negro Fontanarrosa, no los oye en este instante porque, en cada instante del medio siglo que lleva eslabonando oraciones en la radio con la voz encendida, entrega, más que a pleno, el cuerpo grandote, y el paladar afinado y grave, y el silencio, y las pausas, y las ideas a su condición de laburante convencido y entusiasmado. Un laburante convencido y entusiasmado medio siglo antes. Un laburante convencido y entusiasmado medio siglo después.

Pero Caniggia, Claudio, el Pájaro, sí recibe, muy atento, las confidencias de Bradbury y de Fontanarrosa. Y, audaz como cuando aceleraba más que los vientos sobre todos los pastos, suscribe:

-Estoy en la misma, muchachos. Igualito que usted, Bradbury. Igualito que vos, Fontanarrosa. Jugué al fútbol para que un día, en un partido bien mundialista y bastante más que chivo contra Brasil y en Italia, Apo avisara que yo, sí justo yo, una iba a tener. Soltó algo así o más o menos así, Apo, aunque, cuando lo soltó, parecía un milagro o dos milagros juntos. Y tuve una, una que fue gol y ganamos, que era importante. Aunque para mí, se los juro, lo importante era lo mismo que les importaba a tantos jugadores de fútbol como yo: pisar el césped, hacer lo máximo posible y que Apo, en alguna cabina, donde fuera, pronunciara nuestro apellido y hasta asegurara que jugábamos bien.

Sin embargo, Apo, nada. Persiste en otra cosa. Construye radio, desmenuza fútbol, encandila gentes. Medio siglo así. Otra vez, otra vez: convencido y entusiasmado. Así que desparrama una memoria del Feo Labruna en algún rincón futbolero, repone una anécdota bella de Carlitos Bianchi en vaya a saber qué copa, encadena las huellas de los grandes de la radiofonía argentina y cataloga sus sustantivos preferidos, sus entrevistas más gravitantes, sus cadencias para acurrucar al lenguaje y acariciarlo. O no: o lo que despliega Apo es un acontecimiento anterior a su medio siglo de radio pero justificador de su medio siglo de radio. Porque Apo reivindica que la raíz del medio siglo habita en las sobremesas de su familia de origen, en Dorita, su mami, invitando a cada miembro de la tribu a sugerir una buena lectura, en la misma Dorita, siempre mami, educando en el arte de leer para los adentros más hondos y para los afueras más queribles, esos afueras que explican que la existencia es un acto que requiere compartirse del modo en que, con las amistades y con la oyentada, suele compartir Apo.

Apo les detalla a sus audiencias por qué «El corazón delator», de Edgar Allan Poe, es un cuento como ninguno y, de inmediato, como si lo citaran Bradbury, Fontanarrosa y Caniggia, brota Poe y revela que enhebró esa maravilla apenas con el propósito de que, en un día futuro, Apo le pusiera la garganta. Apo les transparenta a esas audiencias que nadie hizo de la radio un instrumento tan sonoro como el peruano Hugo Guerrero Marthineitz y, enseguida, Guerrero Marthineitz carcajea desde alguna parte y trasluce que está enterado de que Apo era el único de los pibes oyentes de su programa «El show del minuto» que entregaba las orejas desde el saludo inicial con «Hola, hola, camarón con cola» hasta la despedida de «Hasta mañana, si Dios y los omnibuses lo permiten». Apo les vuelca a esas mismas audiencias una conversación con Bochini, otra con el Bocha Maschio, otra más con Pedro González y otra y otra y otra, luego de lo cual esos talentos asumen lo lindo de ser futbolistas no olvidados porque todos se ilusionaron con no ser olvidados y Apo los rescata de cualquier vecindad con el olvido.

-Yo también, yo también -afirma, dicción impecable, Víctor Hugo, alguien hermanado con Bradbury, con Fontanarrosa, con Caniggia, con todos los demás. Y se explaya: «Qué formidable ser relator y tener al lado, como analista, a alguien como Alejandro Apo. Seguro que quise relatar para que me ocurriera eso».

Muy metido en la lectura, por ejemplo, de «La música de los domingos», de Liliana Heker, o en la de «Réquiem de Marcial Palma», de Abelardo Castillo, o en la de «Esperándolo a Tito», de Eduardo Sacheri, Apo ni se frena por semejante elogio de semejante relator. A lo sumo, como orgullo de la profesión que tan bien desarrolla, enuncia que el más brillante de los comentaristas que acompañaron a la brillantez de Víctor Hugo fue Néstor Ibarra. Y nada más porque, en este momento, transcurre el entretiempo de un partido cualquiera y Apo disecciona vaivenes, se compenetra en la riqueza inatrapable del fútbol y edifica un parlamento tan poético como barrial en el que quedan sintetizados los sucesos de la cancha, desde luego, con la voz encendida, encendida en la temperatura exacta.

-¿Y yo?

Ese eco faltaba. Faltaba pero ya no. Retumba: Diego

-Eh, Bradbury, Negrito, Cani, Víctor Hugo, yo soy del club de ustedes. No me dejen afuera que me caliento. ¿Saben quién soy yo? Saben, sí que saben: «El inventor de la pelota». Apo me puso esa medalla, Apo lo dijo. ¿Quién no se hubiera vuelto Maradona si le anticipaban que un periodista así, que una voz así, que un tipo así, te iba a llamar de ese modo? Yo jugué por muchos motivos, pero ese que me dio Apo, es enorme. «El inventor de la pelota…» Y después creen que el crack soy yo…

En lo suyo, con un amor por Diego que incluye y excede eso de «El inventor de la pelota», Apo persevera en su labor. Ahora, eternamente ahora. Larga tres consideraciones excelsas sobre Messi, susurra una metáfora para evocar las atajadas del Pato Fillol, introduce su recuerdo para el hallazgo del periodismo deportivo que le representaron los relatos que nunca envejecen de Fioravanti o de Félix de Alcázar. Y, luego, deja correr la voz, la voz invariablemente encendida, que desgrana capítulo a capítulo de «Pedro Páramo», del mexicano Juan Rulfo, o de «La aventura de Miguel Littín clandestino en Chile», del colombiano Gabriel García Márquez. Cuando acaba, en los teléfonos de la radio se articulan los mensajes de ciegos a los que Apo les permite ver un libro, de señores que admiten que Apo los condujo a llorar, de señoras que susurran que Apo las encaminó rumbo a un descubrimiento que ya no podrán extraviar.

Bradbury y Maradona, emocionados, se permitan volar con cada palabra. Y se abrazan. Se abrazan entre ellos y con los otros y con las otras. Y, también, con tanto y con tantísimo oído anónimo que, a través del tiempo, se regaló reflexiones y encantos gracias a esa voz encendida. Apo, la radio. Apo, el fútbol. Apo, un recorrido. Apo, lo que fue. Apo, lo que viene. Apo, que sigue y sigue engalanando al aire y a la Tierra. Como durante medio siglo. Como toda la vida.

Revista Meta (2024).

miércoles, 24 de julio de 2024

El rey de la milonga - Cuento de Ariel Scher


Leído en el programa Qué Grande, en Radio Comunitaria Quimunche.

(Para el Negro Fontanarrosa, que siempre está)

No tenía ni una sola duda. Era él. El Negro Fontanarrosa me miraba con sus ojos mitad tristeza y mitad misterio, con su barba irrompible, con su frente siempre alta, con su rostro de ídolo involuntario. Era él, el Negro Fontanarrosa, que, contra sus mansedumbres de todas las veces, en un momento subía y bajaba frenéticamente, y en otro momento se hamacaba hacia la izquierda y hacia la derecha como si fuera a abarcar el ancho de este mundo. En ese movimiento imparable y asombroso, lo que no hacía el Negro Fontanarrosa era pestañear. Ni tampoco traer de regreso alguna memoria luminosa del fútbol. Ni tampoco estirar o achicar su sonrisa de tipo noble. Ni tampoco hablar.

De golpe, el Negro Fontanarrosa se quedó quieto. Y detrás de él emergió un pibe, veinte años, veintiuno si hubiera voluntad de exagerar, el flequillo cortado según alguna moda, las manos todavía indemnes de las exigencias de existir. Y la cara: la cara hecha una felicidad. Leía “El rey de la milonga”, el último de los libros de cuentos del Negro Fontanarrosa, y lo leía con tanta fe, con tanta fuerza y con tanta risa que no podía leer quieto como se leen casi todos los libros desde que uno ingresa en la escuela primaria o desde que uno ingresa en la lectura. Leía descajetado y desbordado, mientras los efectos de esa lectura lo hacían mover, sin que se diera cuenta y sin que le importara nada que no fuera la lectura, los brazos para arriba, los brazos para abajo y los brazos para todos los costados. El, el pibe, era la explicación de que el Negro Fontanarrosa se desplazara, sin sudores, hacia el norte y hacia el este, y también hacia el oeste y hacia el sur del universo. El Negro Fontanarrosa, ese que estaba sin pestañear, sin rememorar jugadas y sin hablar, era una foto grande, hasta grandísima, que forraba el ejemplar de “El rey de la milonga”.

-Disculpe, pero no puedo parar de reírme-, dijo, al detectarme, el pibe, que inclusive se reía mientras argumentaba que no podía parar de reír.

-No hay problemas -le contesté-, se ve que te gusta mucho Fontanarrosa.

Nunca lo había visto y nunca lo volví a ver, pero en ese único cruce en la historia, el pibe me dio dos clases simultáneas e inolvidables, una sobre lo que es la literatura y otra sobre lo que es el Negro Fontanarrosa, en una sola respuesta. Una sola respuesta porque, cuando le dije “se ve que te gusta mucho Fontanarrosa”, me contestó:

-Cuando leo a Fontanarrosa, el mundo se acaba. No sé si estoy en mi casa, si extraño a mi novia, si hay fecha de fútbol, si tengo o no tengo trabajo, si pasa algo más que lo que estoy leyendo. No sé nada ni del pasado ni del presente ni del futuro. Bah, del futuro, sí. El futuro, cuando leo a Fontanarrosa, es seguir leyendo a Fontanarrosa.

Una inhibición que jamás sabré si fue justa o estúpida evitó que me pusiera a llorar. Pero evitar llorar me recordó, precisamente, al llanto. Y el llanto me trajo una historia breve que le detallé al pibe, tal vez sintiéndome en la obligación de entregarle algo después de haber sido receptor de su confesión generosa y genial.

“Tengo un amigo -le conté- que es feliz y se siente feliz. No tengo demasiados amigos en esa situación permanente pero a este lo creo y lo veo feliz. Se le nota cuando me abraza al despedirnos en las siete o nueve cenas en las que nos encontramos durante el año, se le nota también cuando cuenta las películas que ve con su mujer antes de dormirse o se le nota cuando repasa las hazañas escolares de sus hijos. Mi amigo dice que se siente tan feliz que a veces le da miedo olvidarse de lo que es llorar. Por eso se inventó una fórmula: cuando lo domina el miedo a olvidarse de lo que es llorar, agarra cualquiera de los libros de su colección completa de Fontanarrosa. Y lee. Lee sin parar de leer y lee sin parar de reír. Y se ríe tanto, pero tanto, que al final termina llorando de risa. Entonces se le va el miedo porque recuerda lo que es el llanto y, además, como leyó al Negro Fontanarrosa, está todavía más feliz que antes”.

Con la mano derecha sobre su ejemplar de “El rey de la milonga”, o sea con la mano derecha sobre la imagen del rostro del Negro Fontanarrosa, el pibe se rió por la historia de mi amigo. Se rio mucho, aunque un poco menos que lo que lo hacía reír cada palabra de “El rey de la milonga”. Enseguida me informó que había sido su papá el que le había sugerido leer al Negro Fontanarrosa. “Mi papá lee pocos libros -dijo-, pero lee mucho a Fontanarrosa. Sabe, es raro. El se ríe cuando lo lee, pero se ríe bastante menos que yo. Mi papá esta convencido de que Fontanarrosa es un humorista buenísimo, pero repite que lo mejor del Negro es que entiende al mundo y que hasta entiende, así dice mi papá, que hay cosas que no se entienden. Mi mamá dice que, para mi papá, Fontanarrosa es la Biblia. Cuando escucha esa frase de mi mamá, mi papá dice que sí”.

Por segunda vez tuve ganas de llorar y. también por segunda vez, no resolví si frenarme era justo o estúpido. De todos modos, me pareció una buena determinación porque empezaba a despedirme del pibe y quería hacerlo con la alegría que me provocaba descubrir que, cerca de las lluvias y del sol, de las flores y de los autos, de los aires contaminados y de los lugares donde se toma café, todavía crece gente como él.

Lo miré y no me miró. Seguro que ese papá y esa mamá de los que supo hablarme lo habían educado con todas las cortesías sencillas, formales y humanas que hacen más agradables los días. Pero en ese momento no me podía contestar ni una mirada ni un saludo. Otra vez, como un imán, “El rey de la milonga” lo había captado.

Me alejé dos, tres, creo que diez pasos, y volví a girar la cabeza. Las risas frescas del pibe sobrevolaban el espacio y amagaban con contagiar hasta a las manchas de las paredes que había alrededor. Entonces, lo vi de nuevo. Lo vi en esa foto que funcionaba como envoltorio de sus cuentos grandiosos. Estaba como lo que era: alguien igual al honor y a la ternura. Lo vi y quise decirle algo, no sé bien qué, pero me ganó de mano, maestro de los maestros, el Negro Fontanarrosa que, juro, me guiñó un ojo mientras, de fondo, la risa del pibe seguía sonando.

Libro: La hinchada te saluda jubilosa (2008).

miércoles, 17 de julio de 2024

Fontanarrosa, Argentina y Colombia - Texto de Ariel Scher


Leído en el programa Qué Grande, en Radio Comunitaria Quimunche.

El Negro Fontanarrosa era capaz de jugarle un partido a la tristeza y ganarle. Más que eso: era capaz de ganarle y de que la tristeza acabara despatarrada de risa. Pero a veces, humanísimo, sufría. Sufría de fútbol, por ejemplo. Sufría, específicamente, cuando sus equipos más queridos no generaban aquello que él esperaba como un gusto, como un placer o como un sueño. Algo así lo atravesó, en ciertos tiempos, con la Selección Argentina, a la que siguió primero como hincha, gozando o rabiando ecos en su casa, y luego como cronista para parir unas columnas que, amasando humores y ternuras, resultaban un golazo. Una rabia entre las rabias y un sufrimiento entre los sufrimientos lo recorrían en la mitad de la década del noventa: quería que Argentina jugara como Colombia.

Dejó constancia Fontanarrosa. A lo Fontanarrosa, claro. En una columna rotulada sin vaivenes: "Hay que obligarlos a que nos devuelvan la pelota". Y no cualquier día sino el 10 de febrero de 1997, cuando la Selección que orientaba Daniel Passarella debía enfrentar, como visitante, a los colombianos en el camino hacia el Mundial de Francia: "Es el momento de notificarles a los colombianos que llegó la hora de devolver la pelota. No podemos aceptar esa ingratitud de que no quieran compartirla con nosotros olvidando que este es un juego colectivo".

Difícil medir cuánto modificó los estados anímicos-futbolísticos de Fontanarrosa la victoria de Argentina por 1 a 0, con gol de Claudio López, de la que fue testigo en el estadio Metropolitano de Barranquilla, 48 horas después de anudar esas líneas. Lo que surge certero es que sus textos de esa etapa, igual que otros muchos que escribió antes y después, forman parte del rico cuerpo literario que modelan los cruces futbolísticos entre argentinos y colombianos.

Si Fontanarrosa le envidiaba a Colombia la apropiación de un estilo que, en otras épocas, distinguía a la argentinidad futbolera era, sobre todo, a causa de la exhibición de belleza y contundencia que Colombia le había dado a la Argentina, el 5 de septiembre de 1993 y sobre el césped de River, en un memorable partido de las Eliminatorias a través de las que se llegaba o no al Mundial de los Estados Unidos. Aquel 5 a 0 mítico gravitó alto en Fontanarrosa, pero no sólo en él. También empujó más expresiones escritas sobresalientes (de las puteadas al aire que suscitó no hay registro numérico posible). Entre ellas, la de Osvaldo Soriano, compañero de generación y de pasión deportiva de Fontanarrosa, a quien ese tropezón lo motivó a poner las palabras de punta. "No se vayan que hay más", tituló, con el sacudón del Monumental en el alma y evocando que ya había advertido sobre los déficits que observaba en el ciclo que conducía Alfio Basile luego del partido de ida, en el que Colombia se había impuesto por 2 a 1.

"Nadie imaginaba semejante humillación -manifestó Soriano, abrazado por una furia en la que se mezclaban el pibe hecho de fútbol que había sido y el escriba famoso que se había vuelto-, pero el partido se había perdido hacía mucho, el día que Ruggeri y los otros se empecinaron en no escuchar las críticas. Yo, que no abundo en sentido común, lo di por perdido el martes pasado a sabiendas de que estos colombianos son maravillosos. Eso desató muchas broncas. Gente que me escribía y me dejaba mensajes. En el fútbol, si uno no está en el negocio, mejor no opinar".

"Humillación", ese término que eligió Soriano todavía retumba potente, pero posee una tradición en la literatura referida al deporte. Julio Cortázar, a quien Soriano primero quiso como admirador y luego como admirador y amigo, lo usó, con ritmo de boxeo, en "Circe", uno de sus cuentos clásicos: "Vino la pelea Firpo-Dempsey y en cada casa se lloró y hubo indignaciones brutales, seguidas de una humillada melancolía casi colonial”. Verdad que ahí no hay ni fútbol ni Colombia, pero es Cortázar y eso justifica todo. También desde el boxeo hizo arte el periodista y escritor colombiano Alberto Salcedo Ramos con una de sus obras más conocidas, "El oro y la oscuridad. La vida gloriosa y trágica de Kid Pambelé", biografía de un campeón que supo perder y vencer a Nicolino Locche. Menos notoria es una de sus crónicas de fútbol a la que bautizó "La humillación de Araújo", a partir de un duelo entre el Junior de Barranquilla y Once Caldas. Tributo a un maestro, ese relato comienza con una cita de Fontanarrosa, así, de nuevo, ligado con Colombia: "Es cierto. De un tiempo a esta parte vengo jugando mal. Pero digo yo… ¿quién no tiene una década mala?”.

Salcedo Ramos nació en Barranquilla, la urbe donde Gabriel García Márquez, la más planetaria de las plumas colombianas, fecundó su contribución a la asociación literaria entre el fútbol de su patria y el de la Argentina. Transcurría 1950, un año en el que Colombia no sólo no intervino en el Mundial de Brasil sino que estaba a doce calendarios de estrenarse en la más famosa de las convocatorias del fútbol. Encima, en el Campeonato Sudamericano de la temporada anterior, también en Brasil, la selección nacional había concluido en el último puesto. Los memoriosos del fútbol de Colombia afirman que el escenario empezó a revertirse en esas latitudes en ese período, gracias al desembarco de una lluvia de cracks argentinos como Adolfo Pedernera, Néstor Rossi, Oscar Basso o Julio Cozzi. Eso detalló, además, Fontanarrosa en su proclama humorística de 1997: "¡Recordarles que ellos aprendieron a jugar con nosotros!". En ese marco, García Márquez se entusiasmó con el fútbol y lo comunicó en "El juramento", una de sus magias en El Heraldo de Barranquilla. La caricia rumbo a la Argentina consistió en un elogio para un muchacho que brilló en Millonarios, esa tarde adversario de Junior, y que brillaría mucho más en el Real Madrid unos años más adelante. Lo abrevió impecable: "El gran Di Stéfano".

Sin embargo, inclusive más que en García Márquez, Barranquilla conquistó protagonismo futbolero por un esencial narrador argentino. Esencial narrador, se insiste, pero en su edad de piernas frescas más delantero que narrador y, ni hablar, un esperanzado en gritar goles y no en dirigir la Biblioteca Nacional entre 2020 y 2023. Es que Juan Sasturain, el individuo que va siendo todo eso en una sola vida, coloreó unas cuantas pinturas de las Eliminatorias en las hojas de un diario o en sus volúmenes futboleros ("El día del arquero", "Wing de metegol", "La patria transpirada"), pero para la Barranquilla de fútbol abrió el espacio de su novela "La lucha continúa" y por medio de las desventuras del Che Pirovano, un arquero que lee al austríaco Peter Handke, tan premio Nobel de Literatura como García Márquez: "En el '85 yo jugaba en el Unión de Barranquilla desde hacía dos temporadas. Un equipo chico y sin pretensiones, de media tabla para abajo. Antes había estado en el América de Cali, cuando me trajeron del Espanyol de Barcelona, en el ochenta; pero no anduve bien y me vendieron. Lo notable fue que en ese año el Unión de Barranquilla hizo una campaña bárbara y yo nunca atajé mejor. Incluso Bilardo me llevó al banco en unos amistosos de la preselección para México 86, aunque no llegué jugar las Eliminatorias".

Carlos Bilardo no apeló al arquero que fabuló Sasturain pero sí a Jorge Valdano, quien convirtió el gol con el que Argentina festejó un 1 a 0 sobre Colombia, el 16 de junio de 1985 en el Monumental, como parte del bravo recorrido de Eliminatorias hacia México 86. Cuando ya no hizo goles así, Valdano profundizó su tentación por escribir y por leer. Como escritor, firmó un cuento que compartió el libro "Pelota de papel 1" con uno de Jorge Bermúdez, el central colombiano que participó de aquel partido en el que Fontanarrosa ansiaba que la Argentina recuperara la pelota, y con otro de Juan Pablo Sorin, que chocó con los colombianos en las Eliminatorias hacia el Mundial del 2002 y les metió un tanto en la Copa América del 2004. Como lector, a Valdano le encantaron las páginas del colombiano Daniel Samper, un devoto del fútbol con cuentos impecables como "Dele duro, monseñor". Realidad digna de una ficción: Samper asistió al estadio de River en el junio de aquel partido y, desde ese momento, año tras año, le insistió a Valdano con que su gol por las Eliminatorias había sido en posición adelantada, lo que trasluce que el fútbol es capaz, entre un millón de consecuencias, de colarse en el vínculo entre alguien que lee y alguien que escribe.

De ese gol y de muchos otros departieron largo Samper y dos amigos suyos, muy talentosos y muy futboleros: uno, Fontanarrosa; el otro, Joan Manuel Serrat. A los miembros de ese trío los hermanaba ser hinchas del Independiente Santa Fe en Colombia ("espíritus sensibles, como Joan Manuel Serrat y el Negro Fontanarrosa, prefieren perder con Santa Fe que ganar con cualquier otro equipo de Colombia", reveló Samper), del Barcelona en España y de Rosario Central en Argentina. Samper fue el cálido anfitrión del Negro en su último viaje a tierras colombianas, para el Carnaval de las Artes de Barranquilla, pero nada pudo hacer para frenar una réplica contra esas identidades futboleras durante el último periplo de Fontanarrosa a España. Ocurrió que la Editorial Alfaguara lanzaba un ancho libro con cuentos del autor rosarino entre los que relucía el clásico "El mundo ha vivido equivocado". Revancha tierna, en ese contexto emergió Valdano, ex jugador de Newell's y por entonces trabajando en el Real Madrid, y le entregó una camiseta precisamente del Real Madrid que incluía una inscripción labrada entre la gracia y el cariño: "El Negro ha vivido equivocado".

El novelista colombiano Santiago Gamboa pareció heredar, en marzo del 2021, algo de la atmósfera frustrante que respiraba Fontanarrosa en el febrero de 1997 cuando Colombia desplegaba lo que a la Argentina le costaba. Pero, claro, cambiando la camiseta. "Nuestro triste fútbol" se llamó una nota suya reveladora de desencantos con lo que germina en los pastos futbolísticos de su tierra. "¿Qué silenciosa catástrofe supondrá para esos jugadores argentinos, por ejemplo, que se sepa en sus familias o en su barrio que se van a jugar a Colombia?", se interroga, quejándose, sobre todo, de la presencia de equipos sin pasado que carecen de hinchada. Gamboa llamó a uno de sus libros "Perder es cuestión de método", pero sería extraño que se estancara en la resignación ahora, con el porvenir regalando otra cumbre por las Eliminatorias. Por las dudas, dispone de una receta insólita para recuperar la capacidad de creer: Borges. Ojo: Jorge Luis Borges, despreciador hasta gracioso del fútbol, jamás anotó media coma sobre las Eliminatorias. No obstante, en su cuento "Ulrica", el protagonista, Javier Otálora, sentencia: "Ser colombiano es un acto de fe". Vaya a saber si eso no vale para el fútbol.

Tal vez esa fe borgeana recubrirá a los jugadores colombianos de cara a este partido con Argentina. Un antecedente no los ayuda. En Barranquilla, el 17 de noviembre del 2015, perfilando cómo sacar boleto al Mundial de Rusia, la selección celeste y blanca triunfó por 1 a 0, con gol de Lucas Biglia. Casualidad o documento para la ciencia, en ese episodio floreció otra huella literaria. Justo el 17 de noviembre, pero de 1929, el maestro Roberto Arlt vio su único partido internacional de fútbol, un Argentina-Uruguay que le inspiró su célebre artículo "Ayer vi ganar a los argentinos".

El plantel argentino, por su parte, seguro apoyará sus suelas en la final de Copa América de 2024 con una bibliografía obligatoria. Obvio: aquella columna de Fontanarrosa de 1997. Y con énfasis indispensable en este párrafo: "¡Es más, hay que agarrar la redonda y no dejárselas tocar en todo el partido! Y eso es lo que haremos, señores. El encuentro se definirá en el sorteo del saque. Allí don Julio Grondona deberá estar muy atento y controlar la moneda. Si ganamos el sorteo, elegimos sacar. ¡Y no se las dejamos tocar por 45 minutos!".

Sería útil. Aunque nada es garantía. Entre Colombia y Argentina, la historia está siempre por jugarse.

Y también por escribirse.

miércoles, 5 de junio de 2024

Norita - Homenaje de Ariel Scher a Nora Cortiñas


Leído en el programa Qué Grande, en Radio Comunitaria Quimunche.

Cuando las cosas se ponían bravas, no sabíamos qué iba a pasar. Sólo sabíamos que iba a estar Norita.

Y cuando las cosas se ponían mucho más que bravas, tampoco sabíamos qué iba a pasar. Sólo sabíamos que iba a estar Norita.

Y cuando las cosas se ponían mucho más que bravas y el mundo se ponía vacío porque el futuro se ponía vacío, no sabíamos qué iba a pasar. Sólo sabíamos que iba a estar Norita porque Norita nunca dejaba vacío al mundo y nunca dejaba al mundo sin futuro.

Y cuando las que se quedaban vacías eran las palabras y, entonces, sonaba hueco decir coraje, o decir igualdad, o decir derechos, o decir corazón, o decir pueblo, no sabíamos qué iba a pasar pero creíamos y sentíamos que iba a pasar lo peor. Y, sin embargo, sensación extraordinaria, a la vez sólo sabíamos que, igual que en la plaza más grande, igual que en las plazas chiquitas, igual que en cada camino que casi nadie se animaba a recorrer y delante de cada individuo y de cada organización que necesitara luces y compañía, iba a estar Norita y, si estaba Norita y si hablaba Norita, las palabras recuperarían sentido y la vida recuperaría la esperanza.

Y cuando la que se vaciaba era la lucha o la voluntad de luchar, nosotros -los corrientes, los cualquiera, sueltos o juntos- no sabíamos qué iba a pasar aunque intuíamos que nada bueno podía pasar. Sólo sabíamos que, chiquitísima y gigante, hermosamente empañuelada e invariablemente invencible, desde alguna esquina brotaría Norita para luchar y para hacer recordar que la verdadera derrota era (es) dejar de luchar.

Y cuando llegaban malas noticias, noticias como la que ahora estremece porque se murió Norita, no sabíamos qué iba a pasar, salvo que cerrábamos los ojos por la plenitud de la tristeza. Y, sin embargo, al abrir los ojos, no por milagro y sí por su historia, sólo sabíamos y sólo veíamos la sonrisa de Norita.

Esa sonrisa que vemos en este instante, mientras seguimos sin saber qué va a pasar con las cosas bravas, pero sí sabemos que, donde alguien resista y donde alguien construya, ahí va a estar ella, Norita imprescindible, hasta las Madres siempre, hasta la memoria siempre, hasta la victoria siempre, hasta la humanidad siempre.

martes, 2 de enero de 2024

El próximo cuento de Fontanarrosa - Cuento de Ariel Scher


Leído en el programa Qué Grande, en Radio Comunitaria Quimunche.

  1. Mis amigos de la cancha están convencidos de que nadie nunca escribió o escribirá como el Negro Fontanarrosa.
  2. Mis amigos de la cancha aseguran que eso es así porque, bajo la máscara de un humor que abriga a la risa que es risa y a la risa que de tan risa migra a lágrimas, el Negro Fontanarrosa sabía escuchar los ecos de la gente con unos oídos que un poco le residían en las orejas y otro poco en el corazón.
  3. Mis amigos de la cancha se olvidan de dormir cuando leen cuentos del Negro Fontanarrosa o cuando se entrecruzan en larguísimos debates sobre cuál es el más grandioso cuento del Negro Fontanarrosa y, últimamente, hasta confluyen en que Lo que se dice un ídolo parece enhebrado para Messi y que Viejo con árbol inspiró a un viejo sin árboles que, de ve en vez, nos acompaña -dónde sino- a la cancha.
  4. Mis amigos de la cancha suelen concluir, aunque provisoriamente, porque de tanto en tanto el final de las noches los adormece o los enfervoriza, que ningún cuento del Negro Fontanarrosa es tan extraordinario como 19 de diciembre de 1971: allí están, en cada letra, la chispa, la identidad, la pasión, la exageración, la cordura y la locura de quienes no necesitan explicar ni explicarse nada para vivir con el fútbol como algo muy importante entre lo muy importante que ocurre en un asunto al que llamamos vida.
  5. Mis amigos de la cancha coinciden en que el único mal chiste del Negro Fontanarrosa es que ahora no ande paseando por estos jardines para inyectarnos carcajadas como lluvias, para disfrutar de que la Selección Argentina tire besos desde el cielo del mundo y para convocar a lo mejor de la risa y a lo mejor de la humanidad con otro cuento hermoso. No le costaría demasiado, ya que apenas algo más de medio siglo después, el título le arroparía la imaginación enseguida. Dale, Negro, dale, hay un solo día de diferencia y está enterado el planeta: 18 de diciembre de 2022.

Libro: Apuntes del mundial (2023).

jueves, 21 de diciembre de 2023

Argenmessi - Cuento de Ariel Scher

 
Leído en el programa Qué Grande, en Radio Comunitaria Quimunche.

Messi se la da a Messi, que se despega de Messi y le pide a Messi que pique bien adelante, allá donde anda Messi acelerando frente a la persecución de Messi y con los oídos llenos de las voces de Messi, de Messi y de Messi que le gritan: "Messi, Messi, Messi". Marca Messi a Messi mientras, al costado de la cancha, Messi le dice a Messi: " Sacásela, dale" y Messi le dice a Messi: "Vamos, que lo pasás". Messi saca un derechazo firme y con destino de gol, pero Messi se estira desde un palo formado con una campera de Messi en la Selección hasta el otro constituido por una camiseta de Messi en el PSG y la manda al córner, un córner que Messi estará listo para patear en cuanto Messi proteja un paquete de churros envuelto con papeles de Messi, retire la sombrilla debajo de la que descansa una biografía de Messi y desplace una bolsa que luce la palabra Messi. Cuando Messi impacta en una hermosa número 5 -muy parecida a la de la final del Mundial de Qatar en la que relumbró Messi- que tiene la cara de Messi, el nombre de Messi y el 10 de Messi, Messi brama en el centro del área porque está seguro de que Messi acaba de hacerle un penal al amarrarse de su pantalón de Messi. Messi, que dirige a escasa distancia, convence a Messi de que Messi no le agarra el pantalón de Messi y de que, en efecto, no hay penal, una determinación por la que Messi protesta recubierto de una crema protectora y a la que Messi aprueba mientras sostiene un salvavidas infantil en el que relumbran los ojos de Messi. Cerca, un vendedor se desgañita subastando los choclos que le gustan a Messi a precio de dos por uno. Messi y Messi abandonan el juego, le piden un billete a Messi y aprovechan la oferta.

La escena involucra a niños, niñas, abuelas, bisabuelos, mamás, tíos, papás, primas, laburantes, conocidos y desconocidas que confluyen en un partido tan intenso como informal en una playa de la costa atlántica argentina de enero de 2023. Un viejo al que tempranamente abrigan con un buzo de Messi apostrofa: "Antes, a los compañeros de fulbito en la playa les decíamos 'verde', 'alto' o 'rubio'. Ahora, los de adentro y los de afuera usan algo de Messi". El sol, encantador, es testigo. Está majestuoso, radiante y capaz de abarcar todo. Aunque acaso no sea el sol. Acaso, también, sea Messi,

Libro: Apuntes del Mundial (2023).

lunes, 30 de octubre de 2023

Todo mientras Diego - Cuento de Ariel Scher

 
Leído en el programa Qué Grande, en Radio Comunitaria Quimunche.

El 22 de junio de 1986, mientras casi el universo se quedaba quieto detrás de una sola imagen y de un solo hombre, el Gordo no sabía que estaba a punto de encontrar una pasión. No lo sabía el Gordo porque durante esa sola imagen y durante ese solo hombre quedó dominado por una corriente de fuegos y de sangres que le viajó desde el coxis hasta la lengua y desde la lengua hasta el aire para terminar gritando gol. Pero después sí. Después y mucho después, y también cada sábado, sobre las mesas áridas del Bar de los Sábados, el Gordo se definió una misión en el mundo y preguntó a unas gentes y a todas las gentes la gran pregunta de su historia. Esta pregunta: ¿qué le pasó a usted cuando Diego Maradona, en la mejor jugada de cualquiera de los tiempos, le hacía el segundo gol de Argentina a los ingleses en el Mundial de México?

“Una tarde, no hace tanto —narró el Gordo con el Bar de los Sábados vuelto una quietud que lo oía—, una mujer me dijo que mientras Diego zigzagueaba personas, ella colgaba ropa mojada y que, cuando la pelota entró al arco, la ropa, de golpe, se secó”. El Alto, un racionalista intenso que no se ausenta del bar ni en los sábados sin destino, le apuntó que eso era imposible. Pero el Gordo ni lo consideró. Y siguió: “Otro hombre me contó que estaba viendo ese partido dentro de una pensión sin nombre y prisionero de la más fea de las soledades, pero que cuando el gol fue por fin gol, corrió hasta un cuadro que colgaba torcido en una pared sucia, lo estrechó en un abrazo, y uno de los personajes del cuadro, a la vez, lo abrazó a él”.

El Roto, otro feligrés del Bar de los Sábados que venía atendiendo fascinado, no fue insensible a las búsquedas del Gordo y le añadió su experiencia: “Por discreción o por vergüenza, no suelo contarlo, pero en el momento justo en el que Maradona terminó de armar ese camino de jugadores ingleses frustrados, yo me levanté de mi silla y le acaricié las mejillas a mi abuelo, que lloraba y que reía. Fue extraordinario, fueron mi vida, mi infancia, mi identidad y mi memoria desplegadas en una sola circunstancia. Tardé cuatro o cinco minutos en recordar que mi abuelo había muerto hacía diez años. Pero yo sé, lo sé claramente, que ahí lo acaricié”.

El Gordo aseguró que la historia del Roto era posible. Con el labio superior, apretó entusiasmado los contornos de su taza de café y volvió a llenar de detalles al Bar de los Sábados. Afirmó que a un pueblo campesino de economías malogradas se le acabó la más larga de sus sequías no bien Diego empezó su fiesta, y que, también cuando Diego transformaba en nada el esfuerzo del arquero inglés, un sobrino suyo que tropezaba cada día con los desafíos escolares entendió súbitamente la lógica de la suma algebraica, y que un amigo enfermo que se arrimaba a la muerte distinguió las formas de ese avance irrepetible y extendió su agonía hasta que Maradona cantó el gol.

Vencido por tanta demostración contundente, el Alto se sintió en el deber de sumar una evocación bien suya que jamás había confesado. Lo hizo tan racional como siempre pero conmovido desde la primera palabra: “Vi ese Mundial, ese partido y ese gol junto con mi papá en el comedor de su casa. Cuando Diego eludió al segundo rival, el corazón no me latió más. Me acuerdo mucho mejor de los anteojos asombrados de mi padre, de mi propio asombro porque el corazón no me latía y de la sensación plácida de una felicidad en ascenso que de la secuencia del gol. Era curioso: el corazón no me latía, como si se hubiera ido todo entero detrás de esa jugada, y, sin embargo, yo estaba más vivo que nunca. Recuperé la normalidad recién cuando los ingleses sacaron del medio. Mi papá sonreía…”.

Una emoción igual a un campeonato atrapaba los rincones viejos del Bar de los Sábados. Cuando el Alto pidió café, las puertas en vaivén del lugar se abrieron por un viento y una mujer de pestañas como bosques enfocó una mirada de amor directa hacia el Gordo. El Roto quiso decir que nunca fallaba, que así era, que ese gol lo seguía pudiendo todo. Pero el Gordo lo interrumpió sin registrarlo y, deslumbrado por esa hermosura que tenía enfrente, alcanzó a balbucear la única frase que le cabía en la boca:

—Gracias de nuevo, Diego.

Libro: Todo mientras Diego (2018).