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sábado, 1 de noviembre de 2025

El barrilete del abuelo - Cuento de Eduardo Quintana


Leído en el programa Qué Grande, en Radio Comunitaria Quimunche.

¡Feliz Navidad Futbolera...!

Cuando hace cuatro años Don Jaime quedó viudo, se internó en la tarea de ejercer una protección personal sobre su nieto. Su jubilación, al margen de su subsistencia, estaba destinada a contribuir, con pequeños detalles a la felicidad de Diego. El ejemplo era su biblioteca llena de pequeños libros infantiles y sus juguetes didácticos. El niño, gustoso, pasaba gran tiempo libre escuchando las historias de su abuelo, esos ejemplos simples de la vida. Una mañana leyéndole un cuento a Dieguito, nombró la palabra barrilete. El niño, que llevaba su nombre en homenaje al mejor jugador de la historia del fútbol, preguntó:

-          ¿Barrilete cósmico?

-          No Diego, un barrilete terrenal

-          ¿Y qué es un barrilete…?

-          ¿Nunca viste un barrilete, Dieguito?

-          No abuelo

En ese momento Melina, la nuera de Don Jaime y mamá de Diego, lo llamó para almorzar y prepararse para ir al colegio. Esa tarde, el abuelo, fue a la ferretería del barrio y a la librería, para comprar las cosas y poner manos a la obra. Al volver a su casa, se cruzó con su hijo Hernán que cortaba el pasto.

-          ¿Qué hacés viejo?

-          Bien nene, ¿vos?

-          Todo en orden, arreglando el jardín.

Un silencio

-          ¿Y eso…? Señalando las bolsas.

-          Una sorpresa para Dieguito.

-          ¿Sorpresa? Hmmm, eso suena peligroso

Así se fue Don Jaime a trabajar a su tallercito del fondo, donde no solo guardaba recuerdos, sino que tenía su mesa de trabajo. Vivían en casas separadas, dentro de un mismo terreno y en el fondo, en un lugar impenetrable e intocable, el abuelo Jaime tenía el lugar donde pasaba la mayor parte del tiempo. Había una sola persona que tenía acceso a ese altar privado, Dieguito.

Pasó el viernes entero con Don Jaime inserto en aquella sorpresa. A la hora de la cena, la luz del “galpón” seguía encendida y desde la cocina, Melina le pregunta a Hernán:

-          ¿En qué anda tu viejo?

-          No sé, me dijo que le estaba preparando una sorpresa a Diego.

-          ¿Qué será?

-          No tengo idea, igual es peligroso

Finalizada la cena, con los platos lavados y prestos a dormir, Hernán visitó a su padre, que se asustó con su entrada al taller.

-          Eh viejo, no te asustes…

-          Pensé que era Dieguito y no quiero que vea lo que hago.

-          Epa, te está quedando bien.

-          ¿Te acordás hijo, cuando te los hacía para vos?

-          ¿Cómo me voy a olvidar? El cometa, ¿te acordás del cometa?

-          Sí, con una cola de un metro y medio

-          Los Saucedo, salieron a la calle muertos de envidia. ¡Qué lindo recuerdo viejo…!

-          Era tan grande que hacía sombra…

-          Lo que lloré cuando se cortó el hilo.

-          Me acuerdo Hernán, me acuerdo porque la abuela me pidió que te haga otro.

-          Y me lo hiciste…

-          Claro, te hice el rombo con el escudo de Huracán…

-          Y le pusimos el hilo más fuerte…

-          Me salió carísimo, eran doscientos metros de doscientos cincuenta gramos, un dineral.

-          Ese lo tiramos de grande, viejo. Estuvo acá en el galpón de adorno. ¡Qué hermoso recuerdo…! ¿Querés que te ayude?

-          Dale, ayúdame a tensar el papel y lo termino de pintar armado…

-          Ahí vengo, viejo…

Allí fue Hernán a avisarle a Melina que se quedaba ayudando al Don Jaime y a preparar el termo para el mate. Era una noche larga y de hermosos recuerdos. Terminaron antes del amanecer, el viejo tenía una felicidad enorme, había quedado impecale. Añadieron el hilo con un nudo de pesca perfecto, e hicieron un ovillo de doscientos metros. El trabajo estaba finalizado.

Se fueron a dormir unas horas. A la mañana, como cada sábado, Don Jaime y Dieguito irían a la plaza, junto a la vía muerta; la diferencia era que esa mañana, Hernán y Melina llegarían con el barrilete enorme para sorpresa del niño. Después de unos tiros con la pelota, aparecieron los padres del niño.

-          ¿Cómo andan?

Preguntó Melina ante la sorpresa de su hijo, que corrió a abrazarla.

-          Vení papi, vení a patear que el abuelo ataja.

-          Esperá Diego, ahora vengo.

-          ¿Dónde vas abuelo…?

-          Ya vengo, ya vengo…

Allí fue el abuelo hasta el auto. El viento corría de sur a norte. El cielo estaba limpio y el sol, que se elevaba, brillaba más que nunca. Don Jaime, aseguró el barrilete, desenrolló treinta metros de hilo y comenzó una larga carrera al grito de: ¡Diegoooooo…!

El niño giró su cabeza y señaló a su abuelo. Hernán, abrazado a Melina, con una sonrisa de satisfacción en su rostro y lágrimas en sus ojos, admiraba la escena. Dieguito que sale corriendo detrás de su abuelo, que iba soltando hilo mientras el barrilete se elevaba, logrando en un par de minutos su máxima altura. El niño gritaba de alegría, mientras Don Jaime le explicaba:

-          Ves Diego, eso es un barrilete…

-          Es hermoso abuelo.

-          Tomá, sostené el hilo y mové el brazo así…

El abuelo le explicaba a su nieto como mantener el barrilete en lo alto. El niño repetía el movimiento de su brazo derecho, el viento hacía lo suyo.

-          Mirá papá, mirá mamá, con el abuelo vamos a llegar al cielo

Felicidad plena en el abuelo, adrenalina en su máxima expresión en el nieto y el barrilete volando allá cerca del cielo, con la cara de Diego Armando Maradona dibujada a la perfección, con un número diez acompañando la imagen.

Era el barrilete del abuelo Jaime. Era el barrilete cósmico de Diego…

eduardojquintana.blogspot.com (30/10/2020).

jueves, 28 de noviembre de 2024

lunes, 26 de agosto de 2024

Ángel del infierno - Cuento de Eduardo Quintana


Leído en el programa Qué Grande, en Radio Comunitaria Quimunche.

Noche de intenso calor, cama de dos plazas, ventilador de techo en tercera velocidad y un sueño profundo. Sueño retrotraído a otras épocas, sueño en paz pero con violencia interior; un calabozo, llantos, gritos desgarradores, música fuerte, olor nauseabundo y soledad, esa palabra que se hizo vida en Eduardo, este cincuentón longilíneo de larga barba y pelo cano. Viudo, desde el setenta y pico, padre frustrado de un niño que se gestaba en el vientre de su mujer, cuando este perdió su rastro; cuando engrosó la negra lista de personas buscadas por los organismos de derechos humanos.

Desaparecidos ambos del mundo de las utopías alocadas y de las otras, aquellas de la igualdad y la libertad. Desaparecidos del mundo de las alegrías y de las tristezas. Desaparecidos sin razón.

Y Eduardo en la búsqueda incesante de una respuesta que jamás apareció, esa respuesta a su ingrata pregunta: ¿Porqué ellos y no yo?.

Sueños violentos dentro de la paz de la noche, pesadillas del tiempo a cada hora y por sobre todas las cosas el sueño de no ser.

Noche de verano, noche de impaciencia, malestar, odio y venganza.

Recuerdos de oscuros lugares, de terribles palizas, submarinos y picanas.

Recuerdos del Ángel; comandante del terror. Apodos e imágenes borrosas de un rostro joven, de gesto angelical; impartiendo órdenes de ejecución, terminando con una y hasta con dos vidas a la vez.

Eduardo, el pobre Eduardo, ignoto en la multitud de corazones solitarios y destrozados, pero único a la hora de recordar su vida y su tragedia.

Sólo por pensar distinto, Solo por querer otro mundo.

El Ángel, todopoderoso de antaño, dueño del destino que implicaba que el pobre Eduardo viviera otra vida, en un mundo completamente distinto al que imaginaban en la lucha codo a codo con su esposa Mabel.

El Ángel, gestor de desgracias ajenas, internó a muchísimas personas en un complejo mundo de soledad y apatía.

Corta noche de Enero, sudor a flor de piel, nervios a instancias del pasado.

Las sombras de la noche recorrían cada rincón de la memoria de Eduardo.

Vuelta y otra vuelta, la almohada compañera implacable de los raptos de violencia, las sábanas yacían como nubes de algodón entre tantas espinas y el tiempo que se detiene con imágenes irreproducibles, aunque la noche siga su curso. Y el Ángel siempre allí, con su mirada vengativa, dando y quitando vidas, emulando al gran Dios.

El Ángel, luchador de la tiranía y organizador del exterminio de culpables e inocentes. El Ángel de la muerte; juzgado por la Justicia de turno, libre por obra y gracia del poder dependiente, preso por decisión de un pueblo que no olvida.

Veinte años después y la corta noche de verano que se hace interminable.

Interminable como la agonía de la vida de cientos y cientos de personas que pensaban distinto, tan solo eso.

Sábado de sol profundo, desayuno solitario como cada mañana, día de descanso y noche de amigos.

Eran ellos; los amigos de toda la vida, los que paliaban tanta soledad quienes invitaron ese sábado a Eduardo a tomar algo en un bar de Recoleta.

Ante la insistencia de estos, aceptó el convite, se arregló para la ocasión y partió rumbo al encuentro. 

Noche calurosa de verano, una mesa redonda y cuatro amigos a su alrededor festejando quien sabe que, quizá su amistad, quizá el hecho de estar juntos.

Noche de verano, ruido y música de alto volumen, en un rincón junto al amplio ventanal un grupo de personas comparten otra ronda de amigos, como en otras tantas mesas.

Noche de charlas y tragos, de alegrías y anécdotas, noche como otras tantas de acompañamiento del solitario Eduardo.

En un momento, comenzaron los insultos, gente que abandonó sus propias mesas para retirarse en señal de desagravio, gente que encaró hacia la mesa del ventanal para insultar a uno de sus integrantes.

Cuando el lugar quedó prácticamente vacío y casi sin poder comprender que había ocurrido, el mozo que atendía la mesa se acercó y solicitó las disculpas del caso, explicando que la gente había reconocido a un represor del pasado inmediato.

Todas las miradas apuntaron a Eduardo, quien nervios de por medio, cambió los gestos de su rostro.

Su mirada se dirigió a la mesa del represor como presagiando algo malo.

Sus amigos trataron de calmarlo y hasta intentaron retirarlo del lugar, encontrando por supuesto su respuesta negativa, demostrando actuar mas tranquilo que sus propios acompañantes.

Y llegó el instante crucial, Eduardo se levantó de su silla para poder visualizar la cara del presunto represor, que por la distancia era imposible de reconocer.

Dirigió sus pasos hacia la mesa, en forma pausada pero decidida, sin acatar el pedido de sus amigos.

La tensión fue incrementándose a medida que disminuía la distancia entre Eduardo y la mesa conflictuada.

Infructuosas fueron las súplicas de sus amigos, quienes temían por la integridad y por sobre todas las cosas por la actitud que tomaría Eduardo cuando se enfrente al presunto represor.

Interminable fue el espacio que los separaba, la oscuridad acompañaba la incógnita; tres, dos, un metro y otra vez cara a cara.

El Ángel, mirada penetrante y provocativa, cara angelical y un cerebro diabólico.

Frente a frente Eduardo versus el asesino de su esposa y su hijo, frente a frente Eduardo y el ladrón de su ilusión.

Un metro de distancia, miradas furtivas casi sin pestañear, miradas con odio y sed de venganza.

El desenlace era esperado por los amigos de ambos, el Ángel se levantó de su silla y con tono desafiante preguntó:

- ¿Qué miras, te debo algo?

- Miro tu cara angelical, miro tus ojos y veo mi pasado, y que me debés; me debés solamente una esposa, un hijo y la felicidad de toda una vida.

Pero quedate tranquilo que yo no te voy a insultar, solo me acerqué para decirte algo que quiero que te grabes, esta va a ser la única vez que nos veremos frente a frente, porque hay una cosa de la que estoy seguro, el día que muera mi cuerpo y mi alma descansarán allá en el cielo con Mabel, el nene y los ángeles de verdad; en cambio vos te vas a pudrir allá abajo. Seguro pibe, vos vas a ser El Ángel pero del infierno.

Dio media vuelta, abrazó a sus amigos y partió a disfrutar su primera noche de libertad.

Había vengado su pasado, había aniquilado el terror de su mente.

Noche de intenso calor, noche de verano, noche de libertad.

Libro: Momentos de utopía (1999).

domingo, 25 de agosto de 2024

Fotografía inesperada - Cuento de Eduardo Quintana


Leído en el programa Qué Grande, en Radio Comunitaria Quimunche.

Imágenes que van y vienen. El segundo exacto en que el dedo índice, con esa uña prolijamente decorada por el esmalte celeste y el ángulo perfecto, para una visión clara, que permite tomar la foto inesperada, esa que inimaginablemente cambiará la vida de una fotógrafa. Imágenes que van y vienen. Años siguiendo partido a partido a ese amor heredado por tres generaciones. Juan y aquella fundación un 15 de abril de 1979, su hija Myriam y la pasión futbolera que camina por esa delgada línea entre lo envidiable y lo peligrosamente irracional. La tercera generación era representada por Lucila y su amor por la fotografía, dedicada a retratar momentos disímiles de la vida del Club Social y Deportivo Alianza. Imágenes que van y vienen. Un arco, una jugada como cualquier otra dentro del área, una definición imperfecta del Bambi Flores, un error del arquero visitante y el momento de retratar la imagen perfecta. Victoria final del Gallo y festejos desmedidos en el Coloso de Ruca Quimey, el emblemático estadio de Alianza, con esas fieles trece mil personas que bramaban por la victoria conseguida al final del partido. Imágenes que van y vienen. Para Lucila, los partidos no finalizaban con el silbato final del juez, ni con los festejos post partidos. El producto terminado se editaba y se enviaba a los medios, algunos exclusivos, como los diarios “La Mañana” o “Río Negro”, en los cuales, normalmente ilustraba la tapa, que luego se luciría colgada en distintos puestos de diarios y se haría viral en distintos medios de la zona.

Imágenes que van y vienen. La foto elegida era perfecta, con la jugada del gol de la victoria y la nítida expresión de la parcialidad visitante detrás del alambrado. Sin saber que, con esa imagen, comenzaría otra historia. La primera llamada fue al teléfono fijo. Preguntaron por Lucila Márquez y cortaron. Nada anormal, solo una llamada. Ese mismo día por la noche, la llamada fue al celular y el mensaje fue claro: “No sigas publicando la foto con el gol del Gallo porque sos boleta”. Lucila pensó que el mensaje provenía de algún hincha del equipo perdedor que se sintió ofendido por la foto, el título o la nota que se publicó en el periódico. Otra cosa totalmente normal a la cual los periodistas y fotógrafos estaban acostumbrados. El folklore del fútbol tiene esas cosas que, normalmente, no pasan a mayores. La sensación de Lucila no fue tal. Sintió miedo. Imágenes que van y vienen. Al mediodía llegó un email con el mismo mensaje. Lucila decidió ir al club a ver el entrenamiento de la tarde y a comentar a los directivos lo ocurrido. En las adyacencias de su casa, un vehículo extraño, en un lugar que todos se conocían y que, evidentemente, la estaba vigilando. Había comenzado a perseguirse y eso era preocupante para su profesión. En el club tomaron una decisión: hacer la denuncia a la policía. Alianza era una gran familia y Lucila era parte de ella. Desde muy chica siguió las campañas del “Gallito de la Patagonia” por esa herencia materna, primero como hincha y luego como fotógrafa. El abuelo Juan, hincha de Juventud Unida, y la abuela Cecilia, socia del Club Centro Cultural y Deportivo Cutral Co, vieron formalizado aquel matrimonio personal, en la fusión de los dos clubes en uno de los grandes de Neuquén: El Club Social y Deportivo Alianza. La policía recibió la denuncia y comenzó la investigación, con muy pocos elementos. Lucila era muy querida en el club, pero también respetada entre los participantes de la Liga de Fútbol de Neuquén. No había motivos que pudieran llevar a una pista y si no fuese por la citación a los periodistas de ambos diarios, que escribieron la nota, hubiese sido muy difícil develar la incógnita. Mientras la investigación se desarrollaba, las hostilidades pasaron de ser verbales a ser físicas. Caminando por la Avenida Carlos Rodríguez rumbo a la sede del Club y justo en el momento de cruzar Avenida del Trabajo, casi es atropellada por una 4x4. La quisieron asustar y lo lograron. Estuvo dos horas en shock, sentada en la secretaría de la sede. Las cosas se habían tornado complicadas y no entendía el motivo. El partido siguiente, Alianza jugó de visitante en Rincón de los Sauces y allí fue Lucila a cumplir con su trabajo. Recibió la solidaridad de los jugadores propios, del rival Deportivo Rincón y de la terna arbitral. El periodismo la entrevistó y fue otra vez tapa del periódico local que decía: “Lucila Márquez, la fotógrafa perseguida”. Todos se preocupaban por ella, quien, dentro de la cancha sentada detrás de la línea de cal, retratando el avance de Alianza, de espaldas a la tribuna local, recibió un proyectil en la cabeza, que le provocó un corte por el que fue hospitalizada. No pasó de ello, pero el tema se agravaba cada vez más. Por la mañana, los investigadores le solicitaron un original de la foto que había salido en la tapa de los diarios, en aquel gol de Alianza. Esa misma noche, en todos los canales informativos del país, se conocía la imagen, con un círculo rojo sobre el rostro de un masculino que, con uno de sus brazos apoyados en el alambrado de la tribuna visitante del Coloso de Ruca Quimey, observaba impávido cómo el disparo del Bambi Flores se colaba en un ángulo del arco. El titular afirmaba: “Cayó el delincuente más buscado”. Era un conocido narcotraficante colombiano, buscado desde al menos dos años por Interpol. Tras varios allanamientos y una docena de detenciones, se dio con el paradero de Mario “el Frío” Pimentel, un narco bogotano, fugado de su país y que se había afincado en Plaza Huincul, con otro nombre y fisonomía, haciéndose hincha y seguidor de Petrolero Argentino. Dicho amor por el club fue la trampa con la cual fue atrapado, juzgado y deportado. El fin de semana siguiente, en un acto de homenaje de la comunidad de Cutral Co a la fotógrafa Lucila Márquez, le fue entregado un premio por la invalorable colaboración para la lucha por una sociedad mejor y el club, en sintonía, colocó una gigantografía con la imagen del ídolo Bambi Flores, definiendo en forma imperfecta ante la mirada atónita del arquero de Petrolero Argentino y de ese hincha hasta el momento desconocido, junto a una frase inmortalizada por Lucila: “Imágenes que van y vienen”. Y el fútbol como testigo…

(La fotógrafa Lucila Márquez salió de su casa, un martes por la mañana rumbo al entrenamiento del Gallito y jamás llegó a destino. Fue buscada intensamente por la policía y los vecinos. Su cuerpo apareció en el Río Limay con un balazo en la frente. Fue velada en la sede del Club, ante una conmovida multitud cutralquense. Su féretro fue envuelto con una bandera celeste con el escudo de Alianza. La foto retratada ilustró la tapa de los principales diarios. Imágenes que van y vienen…)

Libro: Con la ilusión en ascenso. Entretiempo (2024).

viernes, 23 de agosto de 2024

El ahijado de Dios - Cuento de Eduardo Quintana


Leído en el programa Qué Grande, en Radio Comunitaria Quimunche.

Hay cosas en la vida que se llevan eternamente, muchas de ellas, impuestas por los padres. Los nombres y apellidos, los familiares, la religión y el club de fútbol, entre tantos ejemplos Es muy raro que dichos mandatos se cambien, más aún, cuando son herencia de los viejos. En los pueblos grandes o ciudades pequeñas, y en algunas ocasiones, los nombres son todo un problema. Por costumbres familiares, por el santoral, por el nombre de un cacique o bien por algún personaje de novela, el niño es castigado con un apelativo para toda la vida. El caso de Sandro, si bien no era extremo, se ubicaba dentro de las variantes de elección compartida. Sandro Diego Armando Ruiz Sotelo era rionegrino y había nacido en la ciudad de General Roca. Hijo único del matrimonio formado por Amalia Sotelo y Felipe Ruiz, ambos roquenses e hinchas desde el primer día del Club Social y Deportivo General Roca, algo que heredó naturalmente Sandro, el sentimiento puro del Naranja y de nadie más. General Roca es una ciudad ubicada en la margen norte del Río Negro, en el Alto Valle; el lugar elegido por los antecesores de ambas parentelas para desarrollar sus vidas. Amalia provenía de una familia hincha y socia del Club Río Negro y los Ruiz eran fanáticos de Italia Unida. Unos meses antes de la fecha de la fundación, directivos de ambas instituciones, sumados a dirigentes de Tiro Federal, sentaron las bases de la fusión y juntos participaron en la fundación, que fue un 1° de septiembre de 1974, ciento cinco años después del nacimiento de la ciudad; adquiriendo como colores para los símbolos, el naranja con vivos azules y como localía, el estadio aportado por Italia Unida, que lleva el nombre de uno de los dirigentes que más hizo por la fusión: Luis Maiolino. Sandro llegó a la familia en 1979, justo con la Selección Argentina campeona juvenil y ahí parte de su nombre. Amalia, y su locura por “Sandro de América”, logró imponerse ante el Diego Armando, “maradoniano”, de Felipe. La vida iba a recordar que ese momento, por lo largo de la conjunción, no encontraba lugar en ningún formulario y que fue obviado en la firma. Cuando creció y preguntó el porqué de lo largo de su nombre, la respuesta de Felipe fue sencilla: “Vos te llamás así porque Diego Armando Maradona es tu padrino”. Ni Amalia, ni el mismo Felipe entendían el motivo de aquella mentira. Había salido de adentro y no había forma de volver atrás. Todo comenzó con una foto, sacada con una vieja Kodak, un frío viernes de septiembre de 1980, por la tarde, cuando Felipe y Amalia, con Sandro en brazos, caminaban por la Avenida 25 de Mayo rumbo al pediatra. Esa noche, la Asociación Atlética Argentinos Juniors visitaba el estadio Luis Maiolino en un partido amistoso frente al Naranja. El Bicho de La Paternal contaba en sus filas con un tal Diego Armando Maradona. Cuando Felipe vio al Pelusa, que paseaba junto otros jugadores, se acercó a saludarlo y a presentarle a Amalia, que cargaba con el pequeño Sandro. Un fotógrafo que merodeaba el plantel de Argentinos Juniors, tomó una foto en el momento que Maradona le daba un beso en la cabecita al niño. Esa foto recorrió los diarios del país, ante la sorpresa de las familias Ruiz y Sotelo, con un título que decía “Sandro, ya tiene padrino”. Allí se generó ese mito que Felipe siguió por muchos años. Sandro fue creciendo con la figura de Diego como padrino, sin saber siquiera que no había sido bautizado. Cada cumpleaños invitaba a “su padrino” y a la postre recibía una carta debajo de la puerta, que prolijamente escribía Felipe, excusándose y enviándole saludos. Así fueron pasando los años y sosteniéndose la mentira.

A la participación en el Nacional ’78, se le sumó la de 1982, en los cuales ambas familias estuvieron presentes; en realidad todos menos Martín, el hermano menor de Amalia, hincha furioso de Argentinos del Norte. El Carcelero y el Depo dirimían el clásico de la ciudad. Pero no era el único partido que Sandro y su familia esperaban. Deportivo Roca y Cipolletti jugaban el duelo más importante del Alto Valle y cada encuentro era un gran peregrinar de unos y otros, de ciudad a ciudad. En la crisis del 2001, Sandro con veintidós años mudó sus sueños a Italia, donde unos años después se recibió de Ingeniero en Sistemas y forjó una familia junto a una bella napolitana. El mito del “ahijado” de Diego siguió normalmente su curso, sabiendo que Nápoles y Maradona eran denominador común en el amor mutuo. La foto con la nota que los diarios replicaron, formaba parte de los adornos que engalanaban una de las paredes del estudio de su casa del “Golfo de Nápoles”, más precisamente en Sorrento. A medida que fue mejorando la situación económica, Sandro comenzó a viajar anualmente a ver a su familia, visitar su ciudad y a reencontrarse con la pasión por Deportivo Roca. Su sentido de pertenencia lo demostraba a diario, vistiendo la camiseta naranja o estando al tanto de las participaciones en los Torneos Federales y semana a semana, por internet, siguiendo las incidencias de la Liga Confluencia. El idioma italiano y sobre todo el dialecto napolitano fueron comprendidos, asumidos y hablados en la nueva familia, que sumó en seis años dos hijas y un hijo. Al sentimiento por la Societá Sportiva Calcio Napoli que, indudablemente, todo napolitano siente, Sandro les inculcó el amor por el Club Social y Deportivo General Roca y, ni hablar, la veneración como napolitanos y argentinos por el jugador más grande de todos los tiempos: Diego Armando Maradona. Las vacaciones del año 2010, no fueron en el Alto Valle; la familia completa decidió ir a ver el Mundial de Sudáfrica. Mucho tiempo antes compraron el paquete turístico para los cinco integrantes y las entradas hasta la final. En uno de los días libres de la Selección Nacional, se encontraron con muchos jugadores, entre ellos con Messi, a quienes sus hijos idolatraban. Buscaron la foto y la consiguieron. Unos metros más atrás el director técnico de la selección, el mismísimo Maradona, caminaba tranquilo charlando con sus colaboradores, y ahí fue cuando Sandro le gritó: ¡Padrinooo…! Diego giró la cabeza y lo miró extrañado. —¿Deportivo Roca, no…? Preguntó, ante la alegría del roquense. —Sí, Diego… Sigue caminando y Sandro le dice: —¿No te acordás de mí, padrino? Diego que se ríe y acota: —Por lo menos me encajaron un ahijado y no un hijo… Sandro se quedó helado y con la mano temblando sacó de su bolsillo la foto del diario y le dijo: —¿No te acordás de esto? Diego que lee el encabezado. —“Sandro ya tiene padrino”. ¿Vos sos el bebé? —Sí, tenía un año. —Sí, me acuerdo, perdimos con Roca dos a uno, una noche de frío. —Sí, mi viejo siempre me cuenta que Graneros hizo los dos goles del Depo. —Claro —interrumpe Diego— y Pedro Pablo Pasculli hizo el nuestro. Mirá vos, qué lindo recuerdo. ¿Me lo regalás…? —Por supuesto, es tuyo, padrino. Maradona se aleja y le pide algo a un colaborador, que sale al trote. Mientras Sandro le contaba sobre la admiración que junto a su padre le tenían desde siempre. —¿Sandro te llamás? Le pregunta Diego. —Sí, mi vieja me puso el primer nombre. —¿Por Roberto Sánchez? —Sí claro, mi mamá me puso el primer nombre y mi viejo los otros.

—¿Y cómo son tus otros nombres? —Sandro Diego Armando Ruiz Sotelo. De la emoción su “padrino” le dio un abrazo que quedó retratado por Ornella, ya no por una máquina Kodak de rollo, sino por una sofisticada cámara digital Diego lo mira y le dice: —Tomá “ahijado” esta es para vos. Y le regaló la celeste y blanca con el diez en la espalda. Instintivamente, Sandro se sacó la “Naranja” y se la obsequió en el mismo momento. —Esta es para vos, Diego. Y Diego no tiene mejor idea que colocársela y decirle: —Vení que nos sacamos una foto. Mientras Ornella sacaba con su máquina, el fotógrafo oficial de la selección lo hacía con la suya. Ahí llegaron los chicos y juntos con Ornella incluida se fotografiaron con el jugador más grande de todos los tiempos Se abrazaron fraternalmente y allí se fue Diego junto a sus colaboradores, luciendo la camiseta naranja del Depo. Sandro quedó feliz, rodeado por su familia, con los ojos llenos de lágrimas y una acongojada emoción. Seguramente, ya no le importaría todo lo que quedaba por vivir en Sudáfrica. Haber visto al diez con la camiseta de Roca era el sueño de todo hincha del Depo. Lucir la celeste y blanca de Maradona, con toda la magia que ello implicaba, debería ser el logro más grande de cualquier hincha de fútbol. Caminaron un rato por Johannesburgo, visitaron lugares turísticos y volvieron a cenar al hotel. Antes de acostarse, en una de las computadoras de la recepción, Sandro les escribió a Amalia y Felipe para contarles la historia vivida. La mañana siguiente, como era previsible, la ciudad de Roca amaneció convulsionada con el título de tapa del periódico, que decía: “Diego Maradona se reencontró en Johannesburgo con su ahijado roquense Sandro Ruiz Sotelo”. Ilustrado con una foto en la que aparecía Sandro vestido con la camiseta oficial de la selección, abrazado a un sonriente Diego Armando Maradona, que lucía la tradicional camiseta naranja, con vivos azules, del Club Social y Deportivo General Roca. Padrino y ahijado. La albiceleste y la naranja. Argentina y el Depo. Diego y Sandro. El amor y el fútbol. Simplemente eso, el fútbol…

Libro: Con la ilusión en ascenso Entretiempo (2014).

miércoles, 21 de agosto de 2024

Un amor y nada más - Cuento de Eduardo Quintana


Leído en el programa Qué Grande, en Radio Comunitaria Quimunche.

Cuando me preguntan cuál es mi lugar en el mundo, siempre respondo “El Coliseo de Valle Grande” sin pensarlo, sin estudiar la respuesta, sólo por el dictado de mi corazón y el legado de mis viejos. Ese sitio signado en mi vida por acumulación de minutos y pasión, era ni más ni menos que el alambrado lateral de la cancha del Club Social y Deportivo Estudiantil de Valle Grande, el equipo más grande del universo, mi club.

Cada domingo luego de las pastas de la vieja, mi lugar en el mundo me esperaba para pasar una tarde de sol, de lluvia, una tarde de fútbol. Ver el partido desde el alambrado quita perspectiva, es verdad, pero te acerca mucho más a los jugadores, al juego, a la pelota y por sobre todo al juez de línea. Tenía a dos de punto: a Juan Carlos López y a Maximiliano Cúneo. Ya me conocían, me saludaban cuando llegaban, sabían de mis puteadas, de mis pedidos; conocían mis gritos y sobre todo admiraban mi pasión. Me había hecho un personaje conocido, ahí junto al alambrado y entre alegrías y tristezas del Estudiantil me manejé siempre igual, con una pasión inusitada que rozaba la locura.

En mi vida particular fuera de la cancha, era un ser tranquilo, muy sereno y sumamente romántico. Hacía tiempo que estaba sólo y sabía que una novia me vendría bien. Pero se cumplía la regla que cuando buscás y necesitás no se acerca nadie. Por eso cuando conocí a Jazmín, me enamoré a primera vista, fue en un barcito del centro cuando unas amigas me presentaron a esa rubia perfecta, que recién se había afincado en el pueblo y provenía de la Capital. Me gustó ni bien la vi, me enamoré ni bien le di un beso y sentí el roce de sus rizos rubios y el perfume de su piel. Simplemente me enamoré.

Muy pocas veces me había sentido así con el corazón flechado, el romanticismo me serenaba. Mis amigos decían que me ponía como un boludo; por eso resultó muy raro lo que me pasó el domingo en el Coliseo, junto al alambrado, en ese lugar que había elegido desde pibe para ver al Estudiantil. Y digo que fue raro, porque pese a mi fanatismo nunca había tenido problemas graves como lo tuve ese día. Se habían dado varias circunstancias, los jueces de líneas eran desconocidos y el que estaba junto a la línea de cal de mi lado era un gringo, alto de ojos claros y una soberbia poco común en el pueblo. El árbitro el conocido y temible Félix Avenamar Iturraspe, árbitro nacional de enorme trayectoria y múltiples clásicos en su lomo. Garantía de imparcialidad.

Jugábamos contra Gimnasia y Tiro de Vladimir Pinto, un pueblo cercano que si bien no era el clásico, era un partido picante. Todo se desarrollaba normalmente y el primer tiempo el rubio juez de línea, del cual no conocía el nombre, marcó el ataque de Gimnasia y lo hizo con solvencia, pero en el segundo tiempo a los veinticinco minutos, cuando el flaco Salsari remató al arco clavándola en un ángulo, el “linesman” levantó el banderín cobrando un offside totalmente inexistente y allí empezó todo.

Comencé a putear al gringo de una forma tal, que dos veces giró la cabeza para mirarme, cosa que respondí con gestos y más insultos. Se había puesto nervioso de tal forma que Félix Avenamar Iturraspe se acercó y algo le murmuró porque me miró y me hizo un gesto de silencio que fue respondido con un repertorio de puteadas. Todo siguió igual, el juez de línea errando en jugadas claves y yo completamente nervioso, insultando, gritando y gesticulando. Tal fue el ida y vuelta con el linesman, que en un momento Félix Avenamar Iturraspe se acercó al alambrado, mi lugar en el mundo y me gritó:

-       Si no se calla suspendo el partido

Y cuando lo tuve cerca, a tiro, cometí un grave error, algo que jamás había hecho en mi vida y de lo que me arrepentí en ese mismo instante, le lancé un “gargajo” que pegó de lleno en su rostro. Nunca vi algo igual, se limpió con la remera, salió corriendo y en tres trancos llegó al alambrado, lo subió como un mono y saltó hacia el otro lado. Cuando estábamos frente a frente comenzamos con los golpes que fueron apaciguados por los mismos hinchas que pararon la pelea y alejaron a Félix Avenamar Iturraspe que suspendió el partido a los cuarenta y dos minutos.

Me retiré avergonzado y directamente me fui a casa. Mi reacción no tenía justificación y lo sabía perfectamente. Me di un baño, me metí en la pieza y medité el error. En un pueblo chico todos se sabe y si bien la gente del Estudiantil había aplaudido mi gesto, la suspensión del partido trajo sentimientos encontrados. Ante los hechos acaecidos, nunca recordé que tenía que encontrarme con Jazmín en el centro, por cuanto una hora después el timbre y el llamado de mi vieja me alertaron que Jazmín y una pareja de amigos estaban en la puerta, Ya estaba duchado, así que me cambié y salí. La rubia charlaba en el jardín con mi mamá y mi papá que no se habían enterado todavía de lo ocurrido en “El Coliseo de Valle Grande” En realidad, ninguno de los cinco lo sabía y charlaban del día estupendo y de la futura salida. Saludé a mis viejos, le di un beso a Jazmín y le pedí disculpas.

Fuimos los cuatro a la Parque Independencia y luego al cine. Al finalizar la película, fuimos a tomar algo y luego a acompañar a las chicas a sus respectivas casas. Cuando llegamos al chalecito de Jazmín, en la parte residencial del pueblo y en el momento que la iba a saludar con un cálido beso, la puerta se abrió apareciendo la madre en escena. Me presenté educadamente ante su mamá, una mujer muy bella de similares características a su hija, saludo que devolvió afectuosamente con una invitación a pasar a tomar un cafecito. Obviamente, no tuve alternativa, Jazmín me gustaba mucho y el amor todo lo puede.

Ingresamos a la casa, muy bien ambientada, con muy buen gusto y mucho dinero invertido. Pasamos a un gran patio trasero lleno de plantas y flores, con una hermosa pileta y un quincho admirable. Nos sentamos junto a una mesa de hierro forjado y vidrio, mientras la madre preparaba el café. A los pocos minutos se acercó a saludar la hermana de Jazmín, tan bella como la madre y la hija. La simpática rubia llamada Tatiana, dos años menor que Jazmín y muy parecida, con una simpatía plena se sentó con nosotros y se puso a charlar:

-       ¿Papá está?

-       Sí contestó Tatiana, se esta bañando. Parece que hoy no tuvo un buen día.

Instantáneamente Jazmín se levantó y fue hacia el interior de la casa.

-       Ahí fue a ver a papá, ella es la única que lo calma cuando no tiene un buen día. Es su preferida.

Contaba Tatiana los pormenores de amor y preferencia entre padre e hija. Minutos después aparecía la mamá con una bandeja con los cafecitos y unas facturas.

-       ¿Y Jazmín? Preguntó la madre

-       Fue a buscar a papá, seguramente ya viene.

Y mientras esperábamos a la otra parte de la familia seguimos charlando, cuando un ratito después salió de la casa Jazmín que al pasar me dio un dulce beso, ante la cara de alegría de su madre y su hermana. Al mismo tiempo que hacía su aparición en el patio trasero que daba al garaje, donde estaba estacionada una cuatro por cuatro de poco uso, el padre de Jazmín, ante mi sorpresa y su cara que se desfiguró inmediatamente. Félix Avenamar Iturraspe era el padre de Jazmín, esa rubia divina de la que me había enamorado perdidamente.

Un amor fugaz que apenas duró un poquito más que lo que tardé en levantarme y encarar una loca carrera para saltar el portón de garaje, ante los manotazos que me tiraba el árbitro.

Un amor fugaz y nada más…

Libro: Corazón futbolero y otros cuentos (2020).

jueves, 25 de julio de 2024

Me permito escribirte... - Carta de Eduardo Quintana


Leído en el programa Qué Grande, en Radio Comunitaria Quimunche.

 Buenos Aires, 25 de Abril de 2001

Estimado Roberto:

Me permito escribirte estas líneas, aunque no tengo el placer de conocerte personalmente; sólo te he visto en algunas oportunidades por televisión, en la Feria del Libro o en alguna que otra revista.

Sí,  tengo el gusto de sentirme uno más en esa hermosa legión de admiradores de la literatura futbolera.

Cuando me pongo a escribir estas líneas, siento la necesidad imperiosa de contar un sentimiento interno. Ese de mezclar la pelota con un libro, el vértigo del gol con la paz de una lectura, la camiseta y el señalador.

No nos unen los colores futbolísticos, sí el mismo sobrenombre “Academia”. Creo que uno de los motivos por los cuales a Central no le tengo “bronca”, es por la admiración que siento por hinchas renombrados como vos, el Negro Olmedo, Fito, el Flaco Menotti y hasta los mismísimos Chelo Delgado y el Sifón Úbeda.

Un cosquilleo me corre por la espalda, del sólo hecho de saber que esta carta algún día podrá llegar a tus manos.

Quizá la misma sensación que sentiría al tirar un caño, hacer un sombrero o meter una rabona. Esa magia que fluye en una prosa dedicada a tal o cual persona.

Tal vez porque Central sea el Racing de Rosario, así como la Lepra es el Rojo.

Quizá porque cada Sábado cuando escucho a Alejandro Apo en “Todo con Afecto”, siento la misma sensación que en épocas de secundaria, cuando escuchaba al Gordo Muñoz relatando un gol en medio de una comunicación con la Base Vicecomodoro Marambio. 

¿Cómo creés que conocí algo de la Antártida? ¿Cómo creés que tuve una pintura de la bohemia Ciudad de Rosario?

El escrito es una idea, muchas veces imaginaria, que se ve plasmada en letras. Algo así como la táctica empleada por el director técnico que imagina un determinado desarrollo de un partido, lo piensa, lo explica y el Domingo intenta llevarlo a cabo.

La magia de la interpretación de cada lector, es similar a la exhibida por el hincha, que con toda la adrenalina de la pasión juega un partido singular desde la tribuna.

Es cierto que me une a vos el “fóbal” y la “literatura”; pero en realidad eso es una visión superficial. Me une a vos una cuota importante de admiración.

¿Sabés a veces que me pasa? Me carteo o me encuentro con otros escritores semi desconocidos y en charlas informales, realizan la pregunta típica:

¿Qué escritor te gusta?

Yo ahí recito casi de memoria, Benedetti, el Gordo Soriano, algo de Coehlo, de Sábato, mucho de Galeano, de Roberto Arlt.

Me gusta –también les respondo- un escritor joven llamado Sacheri, que tiene un talento enorme y Roberto Fontanarrosa (siempre te dejo para el final).

¿Y con cuál de ellos te identificás como escritor?  Y ahí no dudo, siempre respondo.

Me identifico con el Negro Fontanarrosa, porque ve el fútbol como yo, con el barrio en la cabeza, con el potrero en el pensamiento y la pulpo de goma en su corazón.

Esa mezcla de barrio y prosa, botín y lapicera, césped y papel, imaginación e inspiración; con el broche final de la firma con seudónimo, como una larga corrida con los brazos abiertos en la búsqueda de miles de bocas que gritan un gol.

Me permito escribirte estas líneas con cierto pudor, producto de la admiración a un grande. Robarte un minuto de tu humildad para ponerte de referente de mis escritos futboleros.

Admitiendo que día a día, con el pasar de los minutos y aunque sea en tiempo de descuento, se generará esa situación de gol que inspirará otro cuento.

Roberto, me permito escribirte estas líneas...

Libro: Pasiones de pibe (2004).