jueves, 4 de noviembre de 2021

Mi vida y mi muerte

Sos aquella felicidad, y esta tristeza.
Sos el recuerdo, y esta imaginación.
Sos esa emoción, y este llanto.
Sos la ilusión, y el desengaño.
Sos el amor, y estas ganas de nada.
Sos el anhelo de nuestro espacio, y este espacio vacío.
Sos las mariposas en la panza, y este nudo en el pecho.
Sos todo lo que tengo, y todo lo que me falta.
Sos aquel sueño, y esta pesadilla.
Sos mi vida, y mi muerte.
Sos todo.
Pero siempre sos vos.
Allá afuera y acá adentro.

martes, 14 de abril de 2020

Gran jugador, peor persona - Cuento de Sebastián Sánchez

Leído en el programa Qué Grande, en Radio Comunitaria Quimunche.

Me dicen de todo, pero no es justo. ¿En qué manual de periodismo dice que el periodista tiene que defender al ídolo? ¿Defenderlo de qué? El periodista tiene que comunicar y punto. El ídolo se tiene que defender solo. Y ahora los periodistas deportivos me miran con recelo, algunos me saludan por compromiso nomás. Yo hice mi trabajo, los que no son futboleros son los únicos que me bancan. ¡Yo sí soy futbolero! Pero la ética no la negocio. Tuve una materia que se llamaba “Ética y deontología”, me gustaría saber cuántos la cursaron, de esos que ahora me acusan de barbaridades.

Lucas jugaba como los dioses, yo lo admiraba. Todos nos hacíamos los fanáticos del fútbol neuquino, que apoyábamos al club que nos representa, pero en el fondo íbamos a verlo a él. Si Lucas no jugaba, no iba ni la mitad de la gente a la cancha, te lo aseguro. ¡Qué jugador! La pelota siempre al “10”, como dice la canción. Y el “10” le pegaba como los dioses. Metía unos pases que no vi en mi vida. Con un solo movimiento de cintura, los hacía pasar a todos de largo. Aparte era guapo, le pegaban y seguía firme. Un crack con todas las letras, de esos que marcan una época. Metió goles de tiro libre, desde todos los perfiles, colocándola donde quería. Acomodaba la pelota, la soltaba a medio metro del piso y la dejaba reposar liviana en el pasto. Cuando retrocedía midiendo la distancia al arco, ya todos palpitaban el gol. Hizo goles desde la mitad de la cancha. Y tres o cuatro golazos olímpicos, sabían que iba a probar, y los metía igual.

De los nueve campeonatos de liga neuquina que consiguió “la academia” en los últimos quince años, no sé si hubiese ganado dos o tres sin Lucas Pardal. Lo vinieron a buscar de todos lados, del Torneo Argentino, un par de veces del Nacional B, pero no quiso saber nada. No lo corrían con plata. Tenía su laburo en la muni, y su familia, y no se quiso aventurar a irse. Le sobraban condiciones para el fútbol de ascenso.

El tema de la lesión fue en un momento bárbaro, no parecía de 36 años, lo veías jugar y le dabas 30, estaba impecable. Y como ese partido contra Limay no tenía demasiada importancia, no había tanta gente en la cancha. El pibe que lo lesionó tenía 17, apenas si había jugado, después el entrenador diría que se venía sacrificando mucho para estar en ese partido y por eso le dio la chance. Al minuto que entró, justo recibió Pardal, se acomodó en dos trancos y metió un pase cruzado a un delantero. Un segundo después llegó Milton Yañez, con los pies para adelante. Y lo destrozó.

En las tribunas nos pusimos todos de pie. Porque veíamos que los que se acercaban a Lucas Pardal, se retiraban con las manos en la cabeza. Algo malo estaba pasando. Decí que las filmaciones son en baja definición y había mucha gente alrededor. Porque no sé si la gravedad del momento me distorsiona el recuerdo, pero yo vi hasta el hueso blanco. Y debe ser así, porque uno de los que ayudó a subirlo a la ambulancia se puso a vomitar.

Por más crack que seas, una fractura expuesta a los 36 años retira a cualquiera. Encima en la zurda. Nadie pensó que podría volver a jugar. Pero se recuperó, se entrenó, y lo fueron a buscar para aquellas semifinales del Federal, no les costó mucho convencerlo. Ya tenía 38 pero todos los neuquinos queríamos que se retire campeón. ¡Qué mejor que verlo ascendiendo a un club neuquino al Nacional B por primera vez!

“La academia” tenía un equipo firme, pero en la semifinal fue Pardal más diez. Intacto volvió. Hecho un pibe. Nadie se acordó que venía de tremenda lesión. Gracias a él, todos nos empezamos a imaginar a Neuquén en el Nacional B. En el diario estábamos como locos. En la tapa todos los días nos pedían algo de la final. Los de política, los de policiales, todos dale que dale con qué íbamos a poner al otro día. Había una manija tremenda porque por primera vez la gente leía más las notas del fútbol de Neuquén que las de Boca y River.

Y se me ocurrió ir a ver Milton Yañez, y preguntarle si iba a ir a la cancha a ver la final. Era una linda nota de color. Al pibe lo habían destrozado por lesionar al ídolo. Jugó algunos partidos más, bah, fue al banco, pero le gritaban delincuente, mala leche, anti fútbol, y todos los insultos que te puedas imaginar. Entraba y los mismos rivales le daban duro, de bronca nomás. Y aunque parecía no importarle mucho lo que le gritaban, dejó el fútbol. Así que de paso, me parecía una buena manera de redimirlo al pibe. Que diga que llegó tarde, que fue sin querer, que va a ver el partido, que le desea lo mejor para el ascenso, y punto. Nunca me imaginé que sería la nota más fuerte en mis 30 años en los medios.

El pibe vive con la madre en una casita de dos ambientes, cerca de una toma. Me costó encontrarlo, no tiene redes sociales. Fui al club donde jugaba, y preguntando conseguí su teléfono. Pero recién a la noche vio mis mensajes y llamadas perdidas. Me dijo que no quería hablar, que estaba laburando. De a poco le fui sacando data, y largó en qué supermercado trabaja. Al otro día lo fui a ver ahí, y me dijo que se estaba yendo para la casa. Me esquivaba todo el tiempo, me pareció raro, pero ya era un objetivo personal conseguir esa nota aunque no tenga tanta relevancia. Así que le pregunté si lo podía acompañar a la casa, de mala gana me dijo que sí.

Entré, y la madre me miró torcido. La saludé cordialmente, y cuando me empecé a presentar, me restó importancia y me dejó hablando solo. Muy precaria la vivienda, como te decía, pero se notaba que todo lo tenían por esfuerzo propio. Le pregunté a Milton y me dijo que la casa la construyó el con su mamá y algunos vecinos y amigos, de a poco me fui ganando su confianza.

Para entrar en el tema, le dije, “así que no te veo enchufado con el fútbol, no vas a ir a la cancha, ¿no?”. Esperé que me conteste para ver cómo armar mi nota, pero me sorprendió. Me miró fijo y me dijo “odio el fútbol, ya hice todo lo que tenía que hacer y listo”. Adiós a mi título: “No quise lastimar a Pardal, le deseo lo mejor”:

- Me estás diciendo que lo lesionaste a propósito.
- Sí, me preparé años para eso, sabía que Dios es justo y me iba a poner frente a él.

Me quedé mudo, y Milton siguió:

- ¿Vos sabés lo que es el frío?
- Sí.

Contesté rápido pero totalmente descolocado, Milton ya no esperaba mi respuesta.

- Sabés lo que lo es el frío a la mañana en la puerta del supermercado, en la Catedral, en la terminal. Sabés lo que es sufrir durante horas el frío y terminarte acostumbrando cuando no tenés mucho abrigo.

Solo lo miré.

- Bueno yo sí sé lo que es el frío. Me acuerdo y lo siento todo el tiempo. Pidiendo con mi mamá porque no teníamos para comer, porque no podía trabajar, porque no tenía con quién dejarme, ¿no tenés ni idea lo que es la humillación, no? Que pasen abrigados y comiendo frente a vos, y te miren mal, y vos retorciéndote del hambre y del frío.

Lo seguí mirando. Empecé a suponer que la lesión a Pardal, al ídolo, era una patada a la ciudad como reclamo de justicia por el frío, el hambre, y la humillación. Pero Milton continuó su monólogo.

- Encima esa basura pasaba con el bolso y nos miraba de reojo, apuraba el paso, le sonreía a sus hijos, ni vergüenza le daba.

Pobre Pardal, pensé, qué podría hacer. No puede ayudar a todos los que ve en situación de calle. Y ser ídolo lo pone en la lupa. Pero pensé eso porque no tenía ni idea de lo que estaba por escuchar.

Por fin se sentó Milton, me miró de frente, y agachó su cabeza como para adentrarse en mi mirada, y que me quede claro lo que me iba a decir:

- Ese sorete dejó embarazada a mi mamá hace 19 años, y nunca se hizo cargo. Nos dejó tirados a los dos. Y todos lo tienen como ídolo.

Me quedé helado. Rápidamente calculé que Milton es su hijo.

- Pero Pardal es casado.

Repliqué asombrado, sabiendo que eso no le hacía perder credibilidad al relato de Milton.

- Sí, una tía me contó que ese forro se estaba por casar, por eso abandonó a mi mamá cuando se enteró que estaba embarazada.

Abrí grandes los ojos y la boca. No tuve otra respuesta.

- Y ustedes los periodistas que no le dan ni bola a la gente que sufre y se muere de frío en la calle, todos los días hablando de Pardal como el rey, como el ídolo. Sabes las veces que vi a mi mamá llorando por no tener para darme de comer. Las veces que la vi retorcerse del dolor de panza por no comer, por darme de comer a mí, las veces que la vi rompiendo la tapa del diario en las que salía tu ídolo.

Entendí el resentimiento de Milton a mi trabajo, pero de alguna manera me había ganado su confianza y busqué terminar de atar cabos. El objetivo ya era otro, dentro del impacto por la terrible revelación, me concentré en cerrar la historia.

- ¿Pardal sabe que es tu papá?
- Pff, papá, ponele. Lo sabe, por qué te crees que cuando en el diario le preguntaron por mí, no quiso responder nada.
- Ah claro, no me acordaba de eso.
- Bueno yo me acuerdo de todo.
- Y si no te gusta el fútbol, ¿cómo llegaste a jugar en Limay?

La respuesta de Milton me la fui imaginando en la medida que la comprobaba con su relato.

- En el barrio me encaró un tipo diciendo que siempre me veía en la calle, y que vaya al club si me gustaba jugar al fútbol. Que necesitaban jugadores con mi contextura física y lo demás se aprende. Al principio no le di pelota. Pero después me di cuenta que podía romperlo como tantas veces había pensado, y sin que me metan en cana. Y que no juegue más. Y vos me venís a preguntar si voy a ir a verlo salir campeón.

- ¿Jugaste al fútbol solamente para eso?
- Sí, sabía que Dios me iba a dar esa revancha. No la desaproveché. Y lo volvería a hacer.
- ¿El técnico y tus compañeros sabían quién es tu padre, y lo que le ibas a hacer?
- Lo de padre, es un decir. Mi vieja fue la madre que correspondía y todo lo que el padre no fue. Y no, no se lo dije a nadie, porque sino no me iban a dejar jugar. Usted es la primera persona que le cuento esto. Porque me insistió. Pero creo que necesitaba decírselo a alguien.

Me saqué los lentes, me froté la frente, ya tenía todo lo que necesitaba. Sin dudas, Pardal iba a volver a la tapa pero esta vez iba a revolucionar el mundo del fútbol, y a solo tres días del partido más importante del fútbol neuquino.

- Lucas, no tenés que desconfiar así del periodismo, este tipo podrá jugar bárbaro y salir campeón. Pero los periodistas contamos las cosas como son, no nos casamos con nadie.

Ni colorado me puse hablando de mis principios, como si los compartiera con todos mis compañeros periodistas.

Llegué al diario a las 20 h. Solo estaban Cristian y Evangelina, cerrando todo. Cuando les conté lo que tenía, les pareció fantástico, ya que ellos lo vieron como noticia y no como fanáticos. Fue tapa principal, tapa de deportes, y se imprimió.

Sabía que la noticia era fuerte. Pero el revuelo en general era imposible suponerlo. La gente lo iba a mirar distinto, lógico, pero de ahí a que no juegue, y que se pierda una chance única para ascender al Nacional B, no estaba dentro de lo imaginable.

Igual para mi, lo más difícil fue sacarle la camiseta número 10 con el nombre de Pardal a mi nene, que la lucía orgulloso. No me animé. Se la escondí, la buscó un par de veces, y se entristeció, pero se le pasó por suerte. Pero no merezco que me diga “papá”, si permito que mi hijo tenga como referente a un tipo que no se hizo cargo de su hijo.

Y bueno, como te decía al principio, ahí me señalaron a mi como el culpable por el campeonato perdido. Fueron menos diez sin Pardal. En la redacción me miran mal a mí, ¡me echan la culpa a mí! Me da una bronca. ¿Está bien que haya abandonado a su hijo? ¡Nunca se hizo cargo! Ya sé que no jugó por los escraches, las minas lo escracharon por todos lados, pernoctaron en la puerta de la casa, pero ¿qué es peor? ¿eso o no hacerse cargo de un hijo? A nadie le importa lo más importante, me di cuenta de eso.

Me acusaron de apoyar a las “feminazis”, ¿podés creer? Primero, no fui a hacer esa nota a propósito, solo descubrí la verdad, o sea, hice mi trabajo. Y segundo, les dicen nazis a las minas por justicieras, y tratan de salvar a ese imbécil solo porque juega bien al fútbol. ¿Tan torcidos pueden estar los valores? ¿Se escucharán cuando opinan? Hasta un tarado usó ese término en la radio.

Todos esos días que siguieron a la final me tuve que bancar un ambiente de porquería, una hostilidad muy fea y muy injusta contra mí. El fútbol parecía más importante que una basura abandonando a su hijo. Fue muy triste. Me decían que eso de Pardal es personal, que no hay que darle bola, ¿podes creer? Me comí cada escena, cada planteo. Parece que nunca hubieran pisado una facultad de comunicación.

Pero después me di cuenta que es mejor que me haya pasado. Pude ver bien a quienes tengo a mi alrededor, sin caretas. Y la verdad que todos somos compañeros de laburo. Pero como amigos, ahora puedo elegir a los que me apoyaron por hacer mi trabajo, y no a los hipócritas que prefieren que el equipo de la ciudad salga campeón para vender mejores notas, y se hacen los moralistas después con otras cuestiones.

Neuquén es grande, puede y merece poner un equipo en el Nacional B. Tarde o temprano lo va conseguir, el fútbol siempre da revancha. Yo duermo tranquilo, con la ética intacta. Y Pardal se fue a vivir no sé adónde. El fútbol es lo de menos. Milton salió en el diario por pegar una patada, y Pardal tiene mil tapas. Pero ese chico tiene toda la dignidad que siempre le va a faltar al ídolo.

domingo, 5 de enero de 2020

Tu abrazo

Me rodea un brazo de azúcar y un brazo de fuego,
es un abrazo que me acerca a tu corazón,
un corazón que me dicta lo importante que sos para mi,
y me confía que la adversidad no va a poder.

Es tu abrazo que une todas las piezas rotas,
el abrazo de la persona correcta,
tu abrazo cura sin receta,
y es lo que necesito para seguir adelante.

Tu abrazo me hace cerrar los ojos,
detiene el mundo, sin palabras y sin preguntas,
tu abrazo es más fuerte que los miedos,
y escribe este poema en tu piel.

Tu abrazo hierve tan fuerte,
cocina con sabor a eternidad,
me rejuvenece el corazón,
y me enseña a contar con vos.

sábado, 14 de diciembre de 2019

Milagros Pinchas


Leído en el programa Qué Grande, en Radio Comunitaria Quimunche.

A Arnaldo César del Intento, el "Nono".

Algunos familiares comentaron por lo bajo que fui el único que no lloró en tu velorio. Es que el duelo venía desde hace tiempo, extrañando las charlas de fútbol, la merienda y terminar la tarde con juegos de cartas. Pasar las horas en ese departamento del Fonavi son refucilos de felicidad completa. De grande se reconocen las pequeñas cosas como milagros en vida. Milagros que el paso del tiempo sepultan. Como agarrar el billete de dos pesos, correr a comprar leche chocolatada mientras la abuelita prepara las tostadas, y hablar de Estudiantes. Pasaron más de dos décadas y todo eso conllevó enseñanzas y aprendizajes imperceptibles para mi niñez y adolescencia.

En tardes repetidas y ahora irrepetibles, me contabas que tu papá era de Gimnasia, pero vos y tu hermano querían ir a la cancha, y los llevó a la de Estudiantes. Y ese era el puntapié para aprender historias. Siempre comenzabas por el primer equipo que viste: «Los Profesores», los primeros en ser campeones en La Plata.

El milagro de recibir relatos históricos que viviste en carne propia fue demasiado. Tal vez por eso conseguí llevarte a una radio para que los cuentes, y vi la cara de esos periodistas pinchas cuando describiste el gol del Nolo Ferreyra porque estuviste en la cancha. Lo narraste con detalles estupendos y desconocidos, lo recuerdo desde las caras de asombro y emoción de los periodistas cuando te pusiste de pie y aplaudiste imitando a todos los hinchas en ese estadio. Todos vivimos ese maravilloso milagro del Nolo en un texto de Eduardo Galeano que no conociste, pero lo contaste porque fuiste testigo.

Ahí te presentaron a una señora de apellido Ignomiriello y enseguida rememoraste a «La Tercera que mata», como lo hacías en las meriendas entre interrupciones de la abuelita ofreciendo las últimas tostadas, y vos concentrado entre el relato y sacar los naipes para jugar. Esa milagrosa alineación de reserva le dio a Estudiantes uno de los grandes y exitosos equipos de la historia del fútbol argentino. Siempre había tiempo para que me cuenten de los festejos de las Copas Libertadores conquistadas, y las brujas que se vendían en el centro de La Plata. Como si estuvieran ahí, y como si el tiempo no existiera, vos y Kika musicalizaban la merienda cantando: «Si hay una bruja montada en una escoba, ese es Verón, es Verón que está de joda».

Tras la oda a Juan Ramón llegaban mis preguntas acerca de Bilardo, y me reconocían que como jugador era medio patadura, pero como técnico salió campeón con Estudiantes y después fue a la selección. Me contabas de los cabezazos del Tata Brown para ser bicampeones, y recordaba que fue a cebar mate a la delegación Argentina en México. Milagrosamente terminó jugando, y ganando de cabeza en el área alemana del estadio Azteca, y con un hombro salido. Se agujereó la camiseta, se acomodó la mano para no forzar el hombro y siguió jugando, a las órdenes de Bilardo por supuesto. Destellos de la milagrosa escuela Pincha, base y catapulta que llevó a Argentina a la cima del planeta.

El dulce de las tostadas no fue suficiente para endulzar aquellas tardes de 1994, cuando veíamos cada vez más cerca el descenso al Nacional B. Pero después nos sorprendíamos juntos con ese equipazo de Russo y Manera que aplastando al rival de cada sábado, volvió a Primera caminando. Fue en un solo año, en que a la merienda le sumamos la lectura del diario El Día, y me aprendí de memoria la alineación pincharrata. Ahí se empezó a destacar el hijo de aquella Bruja: Juan Sebastián. Para tu posterior aclaración: «Está muy bien pero el padre era mucho mejor». Y volvía la anécdota de la Bruja y el cantito junto a Kika.

La Brujita Verón se fue a Boca, a Europa, a los Mundiales, y volvió en 2006 para retirarse en su casa. El año del 7 a 0 al Lobo, y de diez triunfos consecutivos para buscar un nuevo milagro ante un Boca que iba para tricampeón. Un familiar te gastó antes de tiempo y para vos mismo respondiste: «Y vos sabés que si jugamos una final se la ganamos». Y lo sabíamos todos. Si tres mil hinchas fueron a Vélez sin entrada solo para participar de la caravana del campeón desde Villa Luro hasta el corazón de La Plata, diagonales mediante. Seis puntos abajo de Boca a dos fechas del final. «Al cabo de una de las más fabulosas gestas, epopeyas, episodios heroicos, que el fútbol pueda dar cuenta en los tiempos modernos, si acaso, en toda su historia» relató eufórico Víctor Hugo Morales.

Hasta mi hermana bostera hinchó por el pincha porque quería que lo veas campeón. Y ahí fui corriendo al departamento a abrazarte. Tardaste diez minutos en escuchar el timbre. Desde afuera los sentía eufóricos con Kika viendo los festejos a todo volumen, la entrega de la copa, la vuelta olímpica, y el reconocimiento con aplausos de los hinchas de Boca. Un nuevo milagro y a todo color, rojo y blanco.

Con mi hermano pudimos devolverte un milagro y te regalamos la camiseta firmada por Luciano Galletti. Justo en un amistoso de Estudiantes en Neuquén que el Pincha perdió por robo, pero entramos como periodistas y el delantero que después brilló en Europa tuvo la deferencia de quedarse a dedicarte la casaca con un «Para Arnaldo con cariño», que está encuadrada en mi pieza, como te prometí que lo haría cuando ya no estés.

Ese cuadro que miraste fijo tantas veces, asintiendo por el valor, y le mostraste orgulloso a todas las visitas exclamando: «¡Me lo regalaron mis nietos!». Para el repaso después de la exitosa carrera de Galletti, y en tu memoria brillante el recuerdo de su papá Rubén, goleador de una pegada milagrosa que rompió redes en los ’70 y volvió para ser campeón en 1982.

Pasaron los años, y esa lucidez que todos te envidiaban te fue dejando paso a paso, en esa cuenta regresiva que llevaste día a día hasta los cien años. Ya no hablábamos de cosas puntuales. Era vernos, sonreír los dos, y tus puños en alto como si la visita de los nietos fuera un gol de Calderón. Siempre nos abrazabas, pero a lo último te costaba reconocer qué nieto era el que te saludaba. Después te ponías contento mirando a los bisnietos. «¿De quién es?» y «¿Cómo se llama?» preguntabas varias veces por hora.

De lo que nunca te olvidaste fue de Estudiantes de La Plata. Nunca tardaste en preguntar: «Cuándo juega el Pincha». Y como era lo único que te importaba, te tomabas todo tu tiempo en buscar un papel, y anotar la fecha, la hora, y el canal. Ya era imposible analizar la táctica, o qué jugador se destacaba. Simplemente gritabas: «¡Tricampeón de América! ¡Único campeón del mundo en Ol Tráfor!». Quién te podía hablar de milagros a vos, si tenías en la cabeza la Copa Intercontinental de visitante contra el Manchester United.

Me costaba cada vez más hacerte entender que Estudiantes ya era tetracampeón de América, que Juan Sebastián Verón levantó la copa de nuevo en Brasil en 2009. Me ponías atención y me entendías, pero tu cabeza ya no retenía por más de unos minutos. Empate en La Plata contra Cruzeiro. Gol de Henrique para los brasileños en el segundo tiempo en el Morumbí, y yo sufriendo en un restaurant en el centro de Neuquén por perder la posibilidad de un nuevo milagro.

Pero me acordé de aquel milagro que me contabas de la Copa Libertadores de 1983, en julio. Yo estaba naciendo y Estudiantes de La Plata con siete jugadores perdía 3 a 1 contra Gremio. ¡Y lo empató! Y después recordé la copa de 2006, cuando tu Pincha terminó el primer tiempo perdiendo 3 a 0 contra Sporting Cristal, y en el segundo lo ganó 4 a 3. Así que fue relajarme, seguir cenando, y esperar el nuevo milagro que llegó con los goles de la Gata Fernández y Boselli ante 60 mil brasileños. Y volví a mi casa transpirando con la emoción contenida a pesar del frío patagónico de las 11 de la noche, cubierto con una bufanda de Estudiantes Campeón.

Era tu memoria cada vez más extinta, o selectiva, pero esa cuarta Copa Libertadores no te importó tanto, o ya estabas acostumbrado a los milagros. Yo que se. Solo querías ver jugar a Estudiantes mas allá de los éxitos y las derrotas. ¡Mirá qué enseñanza tantos años después!

Cuando el recordatorio en papelitos no fue suficiente. Con la familia nos la ingeniamos para hacerte llegar la noticia. Costaba mucho explicarte que tenías que prender el televisor y poner tal canal. Pero podías porque lo único que querías en la vida era ver a tu Pincha y llegar a los cien años.

Cumpliste 99 y te homenajearon desde el club de tus amores. No te enteraste, claro, fue en la indescifrable internet. Pero eras el socio vivo más viejo de la institución. Y miles de pinchas te felicitaron y te agradecieron tu pasión con mensajes hermosos de todo el mundo. Otro bello milagro que disfrutamos mucho en familia.

El arquero Rulli, Jara, Correa, Schunke, y algunos jugadores más, te grabaron un feliz cumpleaños. Cuando logré hacerte entender que te saludaron tus jugadores, te paraste abruptamente y pasito a pasito te acercaste a la computadora para que te lo muestre. Ahí fuimos todos a ver como reaccionabas. No podíamos saber qué sentías. Te poníamos los saludos de los jugadores de Estudiantes una y otra vez y te decíamos que te decían feliz cumple a vos. Hasta que te cansaste y nos gritaste enojado: ¡Sí, estoy muy contento, pero qué quieren, que llore! Para las risas de todos. Mi hermano te acercó una camiseta de piqué roja y blanca del bicampeonato de 1983, y con un profundo beso sentenciaste el agradecimiento por una vida ligada a esos colores. Hasta el mismísimo Juan Sebastián Verón te deseó 99 años más de vida. Pero vos querías uno solo, siempre hablabas de llegar a los cien años, y preguntabas otra vez cuándo juega el Pincha. 

Cómo no amar y respetar a esa camiseta roja y blanca si fue la que te mantuvo vivo. Qué culpa tiene Messi si yo no lo puedo querer del todo, porque solo su genialidad fue capaz de evitar tu último milagro en vida, el de hacerte campeón del mundo de nuevo, en Dubai contra el Barcelona. Pero viste cómo tuvo que transpirar hasta el alargue uno de los mejores equipos de la historia del fútbol.

Imposible creer en casualidades cuando vi por la tele a miles de hinchas de Estudiantes poniéndose de pie para aplaudir y ovacionar a Gustavo Del Prete. Siento fuerte tu presencia cada vez que un pincha declara su admiración por el cipoleño. A Tuti lo vi meter goles desde adolescente, formándose en mi club. Y estaba ahí, con la 10 albirroja, tan arriba, tan querido, tan cerca de vos y tan cerca de mi. Fue el milagro pincha más nuestro. Nació en junio 1996, estoy seguro que nosotros estábamos merendando en tu departamento.

Será verdad que nadie muere del todo si vive en recuerdos. Qué hacía yo en Cutral Co alentando a Estudiantes de La Plata, en un partido ignoto de Copa Argentina. Un platense me preguntó confundido: «¿Por qué viniste si no sos hincha?». Algo le dije, de tu agonía en tu última semana de vida a los 100 años y 6 meses, sin reconocer a ningún familiar, pero cantando a cada rato «Borom bombón, borom bombón, es el equipo del Narigón». Será que en el final, la cabeza vuelve al momento más feliz para quedarse definitivamente ahí. Entendí que las lágrimas emocionadas de ese fana desconocido son las que me faltaron en tu velorio. Son lágrimas de pasión, no de dolor.

Entendí también que cuando te acomodé la camiseta de Estudiantes en el cajón para que se quede en tu pecho, no terminó nada. Ni siquiera acudí al milagro que no conociste, al bellísimo estadio nuevo en 1 y 57 que construyó el pueblo pincha. Lejísimos, en Cutral Co, en una cancha chica del interior, alentando a esas camisetas rojas y blancas pude vivir el milagro pincha más lindo de todos. El milagro de sentirme cerca tuyo de nuevo.

Sebastián Sánchez

domingo, 15 de abril de 2018

Cierro los ojos

Cierro los ojos y te veo,
Transparente, radiante,
Sonriente y compañera.

Cierro los ojos y te descubro,
Segura,
frenando balas con la mirada,
Calmando ansiedades con simpleza.

Cierro los ojos y escucho,
Teros, pájaros, ladridos,
Siento la bondadosa curiosidad de los perros,
La ternura de tus manos en mi pecho.

Cierro los ojos y revivo,
Noche oscura, luna gris,
Animales que siguen descubriendo
cuando el mundo es sólo nuestro.
Soledades que se esfuman,
Caricias de amor,
Largos besos.

Cierro los ojos y calculo,
Cómo detener el tiempo,
Cómo detener el río,
Quedarme contigo en silencio,
Bichitos de amor pican,
Recuerdan que estoy despierto.

Cierro los ojos y te siento,
Mía, tuyo, piel con piel,
Me queman los sentimientos.
Tus curvas en claroscuro,
La perfección de tu cuerpo,
La sensibilidad de tus ojos,
Siento que aquí me quedo.

Cierro los ojos y respiro tu perfume,
me sorprende tu frente en mi cuello,
El paseo de tu tacto,
La belleza de tu sonrisa libre,
Muerdo mi lengua para retener "te quiero".

Te quiero y quiero mirarte,
Te deseo y deseo escucharte,
Te admiro y admiro tu alma.

Abro los ojos y te extraño,
Y te quiero,
y te deseo,
y te admiro.

Destruiré los relojes y las alarmas,
No quiero despertar de este sueño.