jueves, 20 de marzo de 2025

Qué Grande! Ep. 62: Abuelos

Cuentos y relatos de abuelos, y más sentimientos. Emitido en vivo el jueves 20 de marzo de 2025 en Radio Comunitaria Quimunche, Las Perlas, Río Negro.

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Lecturas
  • Mi abuelo sabía mucho de fútbol (de Eduardo Sacheri)
  • 20 de marzo de 1994 (de Sebastián Sánchez)
  • El fútbol mueve la historia (de Ariel Scher)
  • Nahiara (de Sebastián Sánchez)

jueves, 13 de marzo de 2025

Qué Grande! Ep. 61: Espeluznante

Cuentos y poemas de terror. Emitido en vivo el jueves 13 de marzo de 2025 en Radio Comunitaria Quimunche, Las Perlas, Río Negro.

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Lecturas
  • Horror tecnológico (de Roberto Sánchez Carrillo)
  • Arañas (de Florencia Sánchez)
  • Bobby (de Diego Fabián Gómez)
  • Ecos en la niebla (de Florencia Sánchez)
  • El hambre (de Patricio Denegri)
  • Poemas de Florencia Sánchez

martes, 11 de marzo de 2025

Si Dios fuera una mujer - Poema de Mario Benedetti


Leído en el programa Tu Lado Romántico, en Radio Comunitaria Quimunche.

¿Y si Dios fuera mujer?
pregunta Juan sin inmutarse,
vaya, vaya si Dios fuera mujer
es posible que agnósticos y ateos
no dijéramos no con la cabeza
y dijéramos sí con las entrañas.

Tal vez nos acercáramos a su divina desnudez
para besar sus pies no de bronce,
su pubis no de piedra,
sus pechos no de mármol,
sus labios no de yeso.

Si Dios fuera mujer la abrazaríamos
para arrancarla de su lontananza
y no habría que jurar
hasta que la muerte nos separe
ya que sería inmortal por antonomasia
y en vez de transmitirnos SIDA o pánico
nos contagiaría su inmortalidad.

Si Dios fuera mujer no se instalaría
lejana en el reino de los cielos,
sino que nos aguardaría en el zaguán del infierno,
con sus brazos no cerrados,
su rosa no de plástico
y su amor no de ángeles.

Ay Dios mío, Dios mío
si hasta siempre y desde siempre
fueras una mujer
qué lindo escándalo sería,
qué venturosa, espléndida, imposible,
prodigiosa blasfemia.

Libro: Las soledades de Babel (1991).

En la cancha, García Márquez - Homenaje de Ariel Scher


Leído en el programa Qué Grande, en Radio Comunitaria Quimunche.

(Gabriel García Márquez nació el 6 de marzo de 1927. Siempre está)

En el pueblo donde mi madre se le declaró a mi padre, había un marcador de punta que repetía, entera, con comas y hasta con puntos, la primera página de Cien años de soledad cada vez que un wing quería desbordarlo. No estaba especialmente loco ni, tampoco, especialmente cuerdo, pero su fundamento era invencible. Decía que, después de esa jugada, alguien en el mundo, el wing o él, iba a quedar desencantado, por lo que darle sonido a esa página emparejaba la existencia y ponía las cosas en su lugar. Acertaba el marcador de punta porque conocía un secreto que le pertenecía a millones de personas, cómplices en el secreto: la vida había dejado de ser una oportunidad para desencantos largos desde que Gabriel García Márquez empezó a contarla.

Aquel marcador de punta jugó en algunos equipos de alto renombre y en otros de ninguna fama, casi todos lejos del pueblo donde mi madre se le declaró a mi padre. Entre esos últimos había uno que, en su acta fundacional, figuraba como el Deportivo no sé cuánto pero al que la lógica tornó primero en Deportivo García Márquez y, luego, bastante rápido, en "el García Márquez". En el triunfo, en la derrota y en cualquier otra circunstancia, el capitán pronunciaba la palabra "mierda" con el énfasis con el que se cantan un himno o un gol. Había árbitros que lo amonestaban, lo expulsaban y hasta se ofendían porque tardaban en entender que hablar "mierda", entonar "mierda" y gritar "mierda" era el homenaje consecutivo que ese capitán le hacía a su abuelo, capitán también de un club de glorias no reconocidas, idéntico en demasiadas cuestiones al viejo de El coronel no tiene quien le escriba, ese libro de abismos y de maravillas que en el final del final, tallándose en las vísceras de cada lector, ponía a la palabra "mierda" en la cumbre de todas las literaturas.

Además del marcador de punta y del capitán, el García Márquez era un equipo que honraba a un entrenador que imbuía de místicas a sus jugadores y a su público asegurándoles que cada partido era un acontecimiento tan intenso como Los funerales de la Mamá Grande. Si, a pesar de eso, las sombras del desastre se posaban sobre su plantel, el entrenador proponía una cita colectiva, elegía a uno de los personajes de La mala hora o de Crónica de una muerte anunciada, lo retrataba, casi a la manera de García Márquez, en sus agobios y en sus debilidades y les sugería a sus muchachos que, al revés, recuperaran las esperanzas de respirar, de jugar y de pelear contra lo injusto como hacía García Márquez no sólo cuando escribía sino cuando, sin fisuras, se paraba en el costado correcto en la cancha de la realidad. Una vez, otra vez y otra vez, el entrenador cerraba esas convocatorias con la misma frase: "Sin embargo, frente a la opresión, el saqueo y el abandono, nuestra respuesta es la vida". Para él, en esas dieciseis palabras residía la esencia de La soledad de América Latina, el discurso con el que colombiano recibió el Premio Nobel en 1982. También entreveía ahí la esencia de García Márquez.

Tanta identidad germinaba bien. Un poco tosco pero mucho más tenaz que tosco, el mediocampista central del García Márquez pedía que lo llamaran Florentino Ariza, como uno de los protagonistas de El amor en los tiempos del cólera. La pelota, esa fascinación, se le volvía esquiva en muchos partidos, pero perseveraba, no se resignaba, se susurraba con él como oyente único que, así como Florentino Ariza había terminado a los abrazos con Fermina Daza tras décadas de no consumar un amor hecho paciencia, la pelota, al concluir el camino, se rendiría a la voluntad de sus pies y sobrevendría una infinita felicidad. Florentino Ariza (el mediocampista central, no el del libro) había aprendido de García Márquez que cada gente es un universo y que, en consecuencia, no todos advertían con las mismas señales eso de que "el más terrible de los sentimientos es el sentimiento de tener la esperanza perdida". El arquero, por caso, se había educado en el arte de no extraviar las esperanzas con Memoria de mis putas tristes, una obra que instruye sobre cómo un amor imposible no tiene por qué ser imposible para todos los tiempos o, más que eso, sobre cómo lo imposible, el imposible que sea, esconde alguna llave para abrir las puertas de la posibilidad. En el vestuario en el que los futbolistas del García Márquez cobijaban sus ilusiones, de tanto en tanto brotaban ejemplares de Memorias de mis putas tristes. Muchos creían que los repartía el arquero. Falso: esos ejemplares viajaban en la mochila de un defensor suplente, tan tímido como el propio García Márquez cuando respiraba su juventud y nadie estaba enterado de que era García Márquez.

El marcador de punta del pueblo en el que mi madre se le declaró a mi padre cautivaba audiencias con sus memorias que, en ciertas confesiones, portaban putas tristes, pero en general articulaban al fútbol con García Márquez. De su paso por el equipo al que llamaban García Márquez albergaba tantas experiencias como para armar otros doce cuentos peregrinos como los Doce cuentos peregrinos que nucleó García Márquez en una construcción deslumbrante. No obstante, afirmaba que los rastros de ese escritor se esparcían en otros equipos y en otras personas. En una semifinal lo había dirigido un árbitro que concebía lo justo y lo injusto según los trazos del Simón Bolívar que García Márquez había diseñado en El general en su laberinto. En un club hundido había padecido a un dirigente que ejercía su despotismo fotocopiando, al principio, las hojas de El otoño del patriarca y, apenas más adelante, fotocopiando el comportamiento de ese patriarca tiránico. Una más: en un equipo muy defensivo ese marcador de punta había descubierto a Luis Alejandro Velasco, un delantero abandonado, al que jamás le llegaba la pelota, que sostenía ser Luis Alejandro Velasco, náufrago de fútbol tras ser náufrago en el revelador Relato de un náufrago con el que García Márquez alcanzó su graduación número mil como maestro de periodismo y de todo lo que tuviera que ver con narrar y con percibir a los demás.

De cualquier modo, en el pueblo en el que mi madre se le declaró a mi padre todavía perdura la convicción de que la historia preferida del marcador de punta ocurrió en el cuarto minuto de descuento de un clásico en el que enfrentaba a un wing admirable. Ambos habían trajinado un duelo de los más exigentes y, en el que sería su cruce del final, el marcador de punta insistió en su ritual de repetir la primera página de Cien años de soledad. El wing ensayó un amague, soltó la pelota y le pidió, si no era molestia, que, después de la primera página, siguiera con la segunda, en una de esas con la tercera, ojalá que con la cuarta. El partido se acabó y, según recuerdan en el pueblo, la voz del marcador de punta retumbaba, unas cuantas horas más tarde, haciendo que en el aire del estadio volara la frase "porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tienen una segunda oportunidad sobre la tierra". El wing, como todos los lectores de García Márquez en cualquier pasado y en cualquier futuro, lloraba, reía, aplaudía, vivía.

lunes, 10 de marzo de 2025

El ahogado más hermoso del mundo - Cuento de Gabriel García Márquez


Leído en el programa Qué Grande, en Radio Comunitaria Quimunche.

Los primeros niños que vieron el promontorio oscuro y sigiloso que se acercaba por el mar, se hicieron la ilusión de que era un barco enemigo. Después vieron que no llevaba banderas ni arboladura, y pensaron que fuera una ballena. Pero cuando quedó varado en la playa le quitaron los matorrales de sargazos, los filamentos de medusas y los restos de cardúmenes y naufragios que llevaba encima, y solo entonces descubrieron que era un ahogado.

Habían jugado con él toda la tarde, enterrándolo y desenterrándolo en la arena, cuando alguien los vio por casualidad y dio la voz de alarma en el pueblo. Los hombres que lo cargaron hasta la casa más próxima notaron que pesaba más que todos los muertos conocidos, casi tanto como un caballo, y se dijeron que tal vez había estado demasiado tiempo a la deriva y el agua se le había metido dentro de los huesos. Cuando lo tendieron en el suelo vieron que había sido mucho más grande que todos los hombres, pues apenas si cabía en la casa, pero pensaron que tal vez la facultad de seguir creciendo después de la muerte estaba en la naturaleza de ciertos ahogados. Tenía el olor del mar, y solo la forma permitía suponer que era el cadáver de un ser humano, porque su piel estaba revestida de una coraza de rémora y de lodo.

No tuvieron que limpiarle la cara para saber que era un muerto ajeno. El pueblo tenía apenas unas veinte casas de tablas, con patios de piedras sin flores, desperdigadas en el extremo de un cabo desértico. La tierra era tan escasa, que las madres andaban siempre con el temor de que el viento se llevara a los niños, y a los muertos que les iban causando los años tenían que tirarlos en los acantilados. Pero el mar era manso y pródigo, y todos los hombres cabían en siete botes. Así que cuando se encontraron el ahogado les bastó con mirarse los unos a los otros para darse cuenta de que estaban completos.

Aquella noche no salieron a trabajar en el mar. Mientras los hombres averiguaban si no faltaba alguien en los pueblos vecinos, las mujeres se quedaron cuidando al ahogado. Le quitaron el lodo con tapones de esparto, le desenredaron del cabello los abrojos submarinos y le rasparon la rémora con fierros de desescamar pescados. A medida que lo hacían, notaron que su vegetación era de océanos remotos y de aguas profundas, y que sus ropas estaban en piltrafas, como si hubiera navegado por entre laberintos de corales. Notaron también que sobrellevaba la muerte con altivez, pues no tenía el semblante solitario de los otros ahogados del mar, ni tampoco la catadura sórdida y menesteroso de los ahogados fluviales. Pero solamente cuando acabaron de limpiarlo tuvieron conciencia de la clase de hombre que era, y entonces se quedaron sin aliento. No solo era el más alto, el más fuerte, el más viril y el mejor armado que habían visto jamás, sino que todavía cuando lo estaban viendo no les cabía en la imaginación.

No encontraron en el pueblo una cama bastante grande para tenderlo ni una mesa bastante sólida para velarlo. No le vinieron los pantalones de fiesta de los hombres más altos, ni las camisas dominicales de los más corpulentos, ni los zapatos del mejor plantado. Fascinadas por su desproporción y su hermosura, las mujeres decidieron entonces hacerle unos pantalones con un pedazo de vela cangreja, y una camisa de bramante de novia, para que pudiera continuar su muerte con dignidad. Mientras cosían sentadas en círculo, contemplando el cadáver entre puntada y puntada, les parecía que el viento no había sido nunca tan tenaz ni el Caribe había estado nunca tan ansioso como aquella noche, y suponían que esos cambios tenían algo que ver con el muerto. Pensaban que si aquel hombre magnífico hubiera vivido en el pueblo, su casa habría tenido las puertas más anchas, el techo más alto y el piso más firme, y el bastidor de su cama habría sido de cuadernas maestras con pernos de hierro, y su mujer habría sido la más feliz. Pensaban que habría tenido tanta autoridad que hubiera sacado los peces del mar con solo llamarlos por sus nombres, y habría puesto tanto empeño en el trabajo que hubiera hecho brotar manantiales de entre las piedras más áridas y hubiera podido sembrar flores en los acantilados. Lo compararon en secreto con sus propios hombres, pensando que no serían capaces de hacer en toda una vida lo que aquel era capaz de hacer en una noche, y terminaron por repudiarlos en el fondo de sus corazones como los seres más escuálidos y mezquinos de la tierra. Andaban extraviadas por esos dédalos de fantasía, cuando la más vieja de las mujeres, que por ser la más vieja había contemplado al ahogado con menos pasión que compasión, suspiró:

—Tiene cara de llamarse Esteban.

Era verdad. A la mayoría le bastó con mirarlo otra vez para comprender que no podía tener otro nombre. Las más porfiadas, que eran las más jóvenes, se mantuvieron con la ilusión de que al ponerle la ropa, tendido entre flores y con unos zapatos de charol, pudiera llamarse Lautaro. Pero fue una ilusión vana. El lienzo resultó escaso, los pantalones mal cortados y peor cosidos le quedaron estrechos, y las fuerzas ocultas de su corazón hacían saltar los botones de la camisa. Después de la media noche se adelgazaron los silbidos del viento y el mar cayó en el sopor del miércoles. El silencio acabó con las últimas dudas: era Esteban. Las mujeres que lo habían vestido, las que lo habían peinado, las que le habían cortado las uñas y raspado la barba no pudieron reprimir un estremecimiento de compasión cuando tuvieron que resignarse a dejarlo tirado por los suelos. Fue entonces cuando comprendieron cuánto debió haber sido de infeliz con aquel cuerpo descomunal, si hasta después de muerto le estorbaba. Lo vieron condenado en vida a pasar de medio lado por las puertas, a descalabrarse con los travesaños, a permanecer de pie en las visitas sin saber qué hacer con sus tiernas y rosadas manos de buey de mar, mientras la dueña de casa buscaba la silla más resistente y le suplicaba muerta de miedo siéntese aquí Esteban, hágame el favor, y él recostado contra las paredes, sonriendo, no se preocupe señora, así estoy bien, con los talones en carne viva y las espaldas escaldadas de tanto repetir lo mismo en todas las visitas, no se preocupe señora, así estoy bien, solo para no pasar vergüenza de desbaratar la silla, y acaso sin haber sabido nunca que quienes le decían no te vayas Esteban, espérate siquiera hasta que hierva el café, eran los mismos que después susurraban ya se fue el bobo grande, qué bueno, ya se fue el tonto hermoso. Esto pensaban las mujeres frente al cadáver un poco antes del amanecer. Más tarde, cuando le taparon la cara con un pañuelo para que no le molestara la luz, lo vieron tan muerto para siempre, tan indefenso, tan parecido a sus hombres, que se les abrieron las primeras grietas de lágrimas en el corazón. Fue una de las más jóvenes la que empezó a sollozar. Las otras, asentándose entre sí, pasaron de los suspiros a los lamentos, y mientras más sollozaban más deseos sentían de llorar, porque el ahogado se les iba volviendo cada vez más Esteban, hasta que lo lloraron tanto que fue el hombre más desvalido de la tierra, el más manso y el más servicial, el pobre Esteban. Así que cuando los hombres volvieron con la noticia de que el ahogado no era tampoco de los pueblos vecinos, ellas sintieron un vacío de júbilo entre las lágrimas.

—¡Bendito sea Dios —suspiraron—: es nuestro!

Los hombres creyeron que aquellos aspavientos no eran más que frivolidades de mujer. Cansados de las tortuosas averiguaciones de la noche, lo único que querían era quitarse de una vez el estorbo del intruso antes de que prendiera el sol bravo de aquel día árido y sin viento. Improvisaron unas angarillas con restos de trinquetes y botavaras, y las amarraron con carlingas de altura, para que resistieran el peso del cuerpo hasta los acantilados. Quisieron encadenarle a los tobillos un ancla de buque mercante para que fondeara sin tropiezos en los mares más profundos donde los peces son ciegos y los buzos se mueren de nostalgia, de manera que las malas corrientes no fueran a devolverlo a la orilla, como había sucedido con otros cuerpos. Pero mientras más se apresuraban, más cosas se les ocurrían a las mujeres para perder el tiempo. Andaban como gallinas asustadas picoteando amuletos de mar en los arcones, unas estorbando aquí porque querían ponerle al ahogado los escapularios del buen viento, otras estorbando allá para abrocharse una pulsera de orientación, y al cabo de tanto quítate de ahí mujer, ponte donde no estorbes, mira que casi me haces caer sobre el difunto, a los hombres se les subieron al hígado las suspicacias y empezaron a rezongar que con qué objeto tanta ferretería de altar mayor para un forastero, si por muchos estoperoles y calderetas que llevara encima se lo iban a masticar los tiburones, pero ellas seguían tripotando sus reliquias de pacotilla, llevando y trayendo, tropezando, mientras se les iba en suspiros lo que no se les iba en lágrimas, así que los hombres terminaron por despotricar que de cuándo acá semejante alboroto por un muerto al garete, un ahogado de nadie, un fiambre de mierda. Una de las mujeres, mortificada por tanta insolencia, le quitó entonces al cadáver el pañuelo de la cara, y también los hombres se quedaron sin aliento.

Era Esteban. No hubo que repetirlo para que lo reconocieran. Si les hubieran dicho Sir Walter Raleigh, quizás, hasta ellos se habrían impresionado con su acento de gringo, con su guacamayo en el hombro, con su arcabuz de matar caníbales, pero Esteban solamente podía ser uno en el mundo, y allí estaba tirado como un sábalo, sin botines, con unos pantalones de sietemesino y esas uñas rocallosas que solo podían cortarse a cuchillo. Bastó con que le quitaran el pañuelo de la cara para darse cuenta de que estaba avergonzado, de que no tenía la culpa de ser tan grande, ni tan pesado ni tan hermoso, y si hubiera sabido que aquello iba a suceder habría buscado un lugar más discreto para ahogarse, en serio, me hubiera amarrado yo mismo un áncora de galón en el cuello y hubiera trastabillado como quien no quiere la cosa en los acantilados, para no andar ahora estorbando con este muerto de miércoles, como ustedes dicen, para no molestar a nadie con esta porquería de fiambre que no tiene nada que ver conmigo. Había tanta verdad en su modo de estar, que hasta los hombres más suspicaces, los que sentían amargas las minuciosas noches del mar temiendo que sus mujeres se cansaran de soñar con ellos para soñar con los ahogados, hasta esos, y otros más duros, se estremecieron en los tuétanos con la sinceridad de Esteban.

Fue así como le hicieron los funerales más espléndidos que podían concebirse para un ahogado expósito. Algunas mujeres que habían ido a buscar flores en los pueblos vecinos regresaron con otras que no creían lo que les contaban, y estas se fueron por más flores cuando vieron al muerto, y llevaron más y más, hasta que hubo tantas flores y tanta gente que apenas si se podía caminar. A última hora les dolió devolverlo huérfano a las aguas, y le eligieron un padre y una madre entre los mejores, y otros se le hicieron hermanos, tíos y primos, así que a través de él todos los habitantes del pueblo terminaron por ser parientes entre sí. Algunos marineros que oyeron el llanto a distancia perdieron la certeza del rumbo, y se supo de uno que se hizo amarrar al palo mayor, recordando antiguas fábulas de sirenas. Mientras se disputaban el privilegio de llevarlo en hombros por la pendiente escarpada de los acantilados, hombres y mujeres tuvieron conciencia por primera vez de la desolación de sus calles, la aridez de sus patios, la estrechez de sus sueños, frente al esplendor y la hermosura de su ahogado. Lo soltaron sin ancla, para que volviera si quería, y cuando lo quisiera, y todos retuvieron el aliento durante la fracción de siglos que demoró la caída del cuerpo hasta el abismo. No tuvieron necesidad de mirarse los unos a los otros para darse cuenta de que ya no estaban completos, ni volverían a estarlo jamás. Pero también sabían que todo sería diferente desde entonces, que sus casas iban a tener las puertas más anchas, los techos más altos, los pisos más firmes, para que el recuerdo de Esteban pudiera andar por todas partes sin tropezar con los travesaños, y que nadie se atreviera a susurrar en el futuro ya murió el bobo grande, qué lástima, ya murió el tonto hermoso, porque ellos iban a pintar las fachadas de colores alegres para eternizar la memoria de Esteban, y se iban a romper el espinazo excavando manantiales en las piedras y sembrando flores en los acantilados, para que los amaneceres de los años venturos los pasajeros de los grandes barcos despertaran sofocados por un olor de jardines en altamar, y el capitán tuviera que bajar de su alcázar con su uniforme de gala, con su astrolabio, su estrella polar y su ristra de medallas de guerra, y señalando el promontorio de rosas en el horizonte del Caribe dijera en catorce idiomas: miren allá, donde el viento es ahora tan manso que se queda a dormir debajo de las camas, allá, donde el sol brilla tanto que no saben hacia dónde girar los girasoles, sí, allá, es el pueblo de Esteban.

Libro: La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada (1968).