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miércoles, 9 de octubre de 2024

La pradera - Cuento de Ray Bradbury


Leído en el programa Qué Grande, en Radio Comunitaria Quimunche.

—George, me gustaría que le echaras un ojo al cuarto de jugar de los niños.

—¿Qué le pasa?

—No lo sé.

—Pues bien, ¿y entonces?

—Sólo quiero que le eches una ojeada, o que llames a un psicólogo para que se la eche.

—¿Y qué necesidad tiene un cuarto de jugar de un psicólogo?

—Lo sabes perfectamente —su mujer se detuvo en el centro de la cocina y contempló uno de los fogones, que en ese momento estaba hirviendo sopa para cuatro personas—. Sólo es que ese cuarto ahora es diferente de como era antes.

—Muy bien, echémosle un vistazo.

Atravesaron el vestíbulo de su lujosa casa insonorizada cuya instalación les había costado treinta mil dólares, una casa que los vestía y los alimentaba y los mecía para que se durmieran, y tocaba música y cantaba y era buena con ellos. Su aproximación activó un interruptor en alguna parte y la luz de la habitación de los niños parpadeó cuando llegaron a tres metros de ella. Simultáneamente, en el vestíbulo, las luces se apagaron con un automatismo suave.

—Bien —dijo George Hadley.

Se detuvieron en el suelo acolchado del cuarto de jugar de los niños. Tenía doce metros de ancho por diez de largo; además había costado tanto como la mitad del resto de la casa. «Pero nada es demasiado bueno para nuestros hijos», había dicho George.

La habitación estaba en silencio y tan desierta como un claro de la selva un caluroso mediodía. Las paredes eran lisas y bidimensionales. En ese momento, mientras George y Lydia Hadley se encontraban quietos en el centro de la habitación, las paredes se pusieron a zumbar y a retroceder hacia una distancia cristalina, o eso parecía, y pronto apareció una sabana africana en tres dimensiones; por todas partes, en colores que reproducían hasta el último guijarro y brizna de paja. Por encima de ellos, el techo se convirtió en un cielo profundo con un ardiente sol amarillo.

George Hadley notó que la frente le empezaba a sudar.

—Vamos a quitarnos del sol —dijo—. Resulta demasiado real. Pero no veo que pase nada extraño.

—Espera un momento y verás —dijo su mujer.

Los ocultos olorificadores empezaron a emitir un viento aromatizado en dirección a las dos personas del centro de la achicharrante sabana africana. El intenso olor a paja, el aroma fresco de la charca oculta, el penetrante olor a moho de los animales, el olor a polvo en el aire ardiente. Y ahora los sonidos: el trote de las patas de lejanos antílopes en la hierba, el aleteo de los buitres. Una sombra recorrió el cielo y vaciló sobre la sudorosa cara que miraba hacia arriba de George Hadley.

—Unos bichos asquerosos —le oyó decir a su mujer.

—Los buitres.

—¿Ves?, allí están los leones, a lo lejos, en aquella dirección. Ahora se dirigen a la charca. Han estado comiendo —dijo Lydia—. No sé el qué.

—Algún animal —George Hadley alzó la mano para defender sus entrecerrados ojos de la luz ardiente—. Una cebra o una cría de jirafa, a lo mejor.

—¿Estás seguro? —la voz de su mujer sonó especialmente tensa.

—No, ya es un poco tarde para estar seguro —dijo él, divertido—. Allí lo único que puedo distinguir son unos huesos descarnados, y a los buitres dispuestos a caer sobre lo que queda.

—¿Has oído ese grito? —preguntó ella.

—No.

—¡Hace un momento!

—Lo siento, pero no.

Los leones se acercaban. Y George Hadley volvió a sentirse lleno de admiración hacia el genio mecánico que había concebido aquella habitación. Un milagro de la eficacia que vendían por un precio ridículamente bajo. Todas las casas deberían tener algo así. Claro, de vez en cuando te asustaba con su exactitud clínica, hacía que te sobresaltases y te producía un estremecimiento, pero qué divertido era para todos en la mayoría de las ocasiones; y no sólo para su hijo y su hija, sino para él mismo cuando sentía que daba un paseo por un país lejano, y después cambiaba rápidamente de escenario. Bien, ¡pues allí estaba!

Y allí estaban los leones, a unos metros de distancia, tan reales, tan febril y sobrecogedoramente reales que casi notabas su piel áspera en la mano, la boca se te quedaba llena del polvoriento olor a tapicería de sus pieles calientes, y su color amarillo permanecía dentro de tus ojos como el amarillo de los leones y de la hierba en verano, y el sonido de los enmarañados pulmones de los leones respirando en el silencioso calor del mediodía, y el olor a carne en el aliento, sus bocas goteando.

Los leones se quedaron mirando a George y Lydia Hadley con sus aterradores ojos verde-amarillentos.

—¡Cuidado! —gritó Lydia.

Los leones venían corriendo hacia ellos.

Lydia se dio la vuelta y echó a correr. George se lanzó tras ella. Fuera, en el vestíbulo, después de cerrar de un portazo, él se reía y ella lloraba y los dos se detuvieron horrorizados ante la reacción del otro.

—¡George!

—¡Lydia! ¡Oh, mi querida, mi dulce, mi pobre Lydia!

—¡Casi nos atrapan!

—Unas paredes, Lydia, acuérdate de ello; unas paredes de cristal, es lo único que son. Claro, parecen reales, lo reconozco… África en tu salón, pero sólo es una película en color multidimensional de acción especial, supersensitiva, y una cinta cinematográfica mental detrás de las paredes de cristal. Sólo son olorificadores y acústica, Lydia. Toma mi pañuelo.

—Estoy asustada —Lydia se le acercó, pegó su cuerpo al de él y lloró sin parar—. ¿Has visto? ¿Lo has notado? Es demasiado real.

—Vamos a ver, Lydia…

—Tienes que decirles a Wendy y Peter que no lean nada más sobre África.

—Claro que sí… Claro que sí —le dio unos golpecitos con la mano.

—¿Lo prometes?

—Desde luego.

—Y mantén cerrada con llave esa habitación durante unos días hasta que consiga que se me calmen los nervios.

—Ya sabes lo difícil que resulta Peter con eso. Cuando le castigué hace un mes a tener unas horas cerrada con llave esa habitación…, ¡menuda rabieta cogió! Y Wendy lo mismo. Viven para esa habitación.

—Hay que cerrarla con llave, eso es todo lo que hay que hacer.

—Muy bien —de mala gana, George Hadley cerró con llave la enorme puerta—. Has estado trabajando intensamente. Necesitas un descanso.

—No lo sé… No lo sé —dijo ella, sonándose la nariz y sentándose en una butaca que inmediatamente empezó a mecerse para tranquilizarla—. A lo mejor tengo pocas cosas que hacer. Puede que tenga demasiado tiempo para pensar. ¿Por qué no cerramos la casa durante unos cuantos días y nos vamos de vacaciones?

—¿Te refieres a que vas a tener que freír tú los huevos?

—Sí —Lydia asintió con la cabeza.

—¿Y zurcirme los calcetines?

—Sí —un frenético asentimiento, y unos ojos que se humedecían.

—¿Y barrer la casa?

—¡Sí, sí…, claro que sí!

—Pero yo creía que por eso habíamos comprado esta casa, para que no tuviéramos que hacer ninguna de esas cosas.

—Justamente es eso. No siento como si ésta fuera mi casa. Ahora la casa es la esposa y la madre y la niñera. ¿Cómo podría competir yo con una sabana africana? ¿Es que puedo bañar a los niños y restregarles de modo tan eficiente o rápido como el baño que restriega automáticamente? Es imposible. Y no sólo me pasa a mí. También a ti. Últimamente has estado terriblemente nervioso.

—Supongo que porque he fumado en exceso.

—Tienes aspecto de que tampoco tú sabes qué hacer contigo mismo en esta casa. Fumas un poco más por la mañana y bebes un poco más por la tarde y necesitas unos cuantos sedantes más por la noche. También estás empezando a sentirte innecesario.

—¿Y no lo soy? —hizo una pausa y trató de notar lo que de verdad sentía interiormente.

—¡Oh, George! —Lydia lanzó una mirada más allá de él, a la puerta del cuarto de jugar de los niños—. Esos leones no pueden salir de ahí, ¿verdad que no pueden?

Él miró la puerta y vio que temblaba como si algo hubiera saltado contra ella por el otro lado.

—Claro que no —dijo.

Cenaron solos porque Wendy y Peter estaban en un carnaval plástico en el otro extremo de la ciudad y habían televisado a casa para decir que se iban a retrasar, que empezaran a cenar. Conque George Hadley se sentó abstraído viendo que la mesa del comedor producía platos calientes de comida desde su interior mecánico.

—Nos olvidamos del ketchup —dijo.

—Lo siento —dijo una vocecita del interior de la mesa, y apareció el ketchup.

En cuanto a la habitación, pensó George Hadley, a sus hijos no les haría ningún daño que estuviera cerrada con llave durante un tiempo. Un exceso de algo a nadie le sienta nunca bien. Y quedaba claro que los chicos habían pasado un tiempo excesivo en África. Aquel sol. Todavía lo notaba en el cuello como una garra caliente. Y los leones. Y el olor a sangre. Era notable el modo en que aquella habitación captaba las emanaciones telepáticas de las mentes de los niños y creaba una vida que colmaba todos sus deseos. Los niños pensaban en leones, y aparecían leones. Los niños pensaban en cebras, y aparecían cebras. Sol… sol. Jirafas… jirafas. Muerte y muerte.

Aquello no se iba. Masticó sin saborearla la carne que les había preparado la mesa. La idea de la muerte. Eran terriblemente jóvenes, Wendy y Peter, para tener ideas sobre la muerte. No, la verdad, nunca se era demasiado joven. Uno le deseaba la muerte a otros seres mucho antes de saber lo que era la muerte. Cuando tenías dos años y andabas disparando a la gente con pistolas de juguete.

Pero aquello: la extensa y ardiente sabana africana, la espantosa muerte en las fauces de un león… Y repetido una y otra vez.

—¿Adónde vas?

No respondió a Lydia. Preocupado, dejó que las luces se fueran encendiendo delante de él y apagando a sus espaldas según caminaba hasta la puerta del cuarto de jugar de los niños. Pegó la oreja y escuchó. A lo lejos rugió un león.

Hizo girar la llave y abrió la puerta. Justo antes de entrar, oyó un chillido lejano. Y luego otro rugido de los leones, que se apagó rápidamente.

Entró en África. Cuántas veces había abierto aquella puerta durante el último año encontrándose en el País de las Maravillas, con Alicia y la Tortuga Artificial, o con Aladino y su lámpara maravillosa, o con Jack Cabeza de Calabaza del País de Oz, o el doctor Doolittle, o con la vaca saltando una luna de aspecto muy real —todas las deliciosas manifestaciones de un mundo simulado—. Había visto muy a menudo a Pegasos volando por el cielo del techo, o cataratas de fuegos artificiales auténticos, u oído voces de ángeles cantar. Pero ahora, aquella ardiente África, aquel horno con la muerte en su calor.

Puede que Lydia tuviera razón. A lo mejor necesitaban unas pequeñas vacaciones, alejarse de la fantasía que se había vuelto excesivamente real para unos niños de diez años. Estaba muy bien ejercitar la propia mente con la gimnasia de la fantasía, pero cuando la activa mente de un niño establecía un modelo… Ahora le parecía que, a lo lejos, durante el mes anterior, había oído rugidos de leones y sentido su fuerte olor, que llegaba incluso hasta la puerta de su estudio. Pero, al estar ocupado, no había prestado atención.

George Hadley se mantenía quieto y solo en el mar de hierba africano. Los leones alzaron la vista de su alimento, observándole. El único defecto de la ilusión era la puerta abierta por la que podía ver a su mujer, al fondo, pasado el vestíbulo, a oscuras, como cuadro enmarcado, cenando distraídamente.

—Largo —les dijo a los leones. No se fueron.

Conocía exactamente el funcionamiento de la habitación. Emitías tus pensamientos. Y aparecía lo que pensabas.

—Que aparezcan Aladino y su lámpara maravillosa —dijo chasqueando los dedos. La sabana siguió allí; los leones siguieron allí.

—¡Venga, habitación! ¡Que aparezca Aladino! —repitió.

No pasó nada. Los leones refunfuñaron dentro de sus pieles recocidas.

—¡Aladino!

Volvió al comedor.

—Esa estúpida habitación está averiada —dijo—. No quiere funcionar.

—O…

—¿O qué?

—O no puede funcionar —dijo Lydia—, porque los niños han pensado en África y leones y muerte tantos días que la habitación es víctima de la rutina.

—Podría ser.

—O que Peter la haya conectado para que siga siempre así.

—¿Conectado?

—Puede que haya manipulado la maquinaria, tocado algo.

—Peter no conoce la maquinaria.

—Es un chico listo para sus diez años. Su coeficiente de inteligencia es…

—A pesar de eso…

—Hola, mamá. Hola, papá.

Los niños habían vuelto. Wendy y Peter entraron por la puerta principal, con las mejillas como caramelos de menta y los ojos como brillantes piedras de ágata azul. Sus monos de salto despedían un olor a ozono después de su viaje en helicóptero.

—Llegáis justo a tiempo de cenar —dijeron los padres.

—Nos hemos atiborrado de helado de fresa y de perritos calientes —dijeron los niños, cogidos de la mano—. Pero nos sentaremos un rato y miraremos.

—Sí, vamos a hablar de vuestro cuarto de jugar —dijo George Hadley. Ambos hermanos parpadearon y luego se miraron uno al otro.

—¿El cuarto de jugar?

—De lo de África y de todo lo demás —dijo el padre con una falsa jovialidad.

—No te entiendo —dijo Peter.

—Vuestra madre y yo hemos estado viajando por África; Tomás Swift y su león eléctrico —explicó George Hadley.

—En el cuarto no hay nada de África —dijo sencillamente Peter.

—Oh, vamos, Peter. Lo sabemos perfectamente.

—No me acuerdo de nada de África —le comentó Peter a Wendy—. ¿Y tú?

—No.

—Id corriendo a ver y volved a contárnoslo.

La niña obedeció.

—Wendy, ¡vuelve aquí! —dijo George Hadley, pero la niña ya se había ido. Las luces de la casa la siguieron como una bandada de luciérnagas. Demasiado tarde, George Hadley se dio cuenta de que había olvidado cerrar con llave la puerta después de su última inspección.

—Wendy mirará y vendrá a contárnoslo —dijo Peter.

—Ella no me tiene que contar nada. Yo mismo lo he visto.

—Estoy seguro de que te has equivocado, padre.

—No me he equivocado, Peter. Vamos.

Pero Wendy volvía ya.

—No es África —dijo sin aliento.

—Ya lo veremos —comentó George Hadley, y todos cruzaron el vestíbulo juntos y abrieron la puerta de la habitación.

Había un bosque verde, un río encantador, una montaña púrpura, cantos de voces agudas, y Rima acechando entre los árboles. Mariposas de muchos colores volaban, igual que ramos de flores animados, en torno a su largo pelo. La sabana africana había desaparecido. Los leones habían desaparecido. Ahora sólo estaba Rima, entonando una canción tan hermosa que llenaba los ojos de lágrimas.

George Hadley contempló la escena que había cambiado.

—Id a la cama —les dijo a los niños. Éstos abrieron la boca.

—Ya me habéis oído —dijo su padre.

Salieron a la toma de aire, donde un viento los empujó como a hojas secas hasta sus dormitorios.

George Hadley anduvo por el sonoro claro y agarró algo que yacía en un rincón cerca de donde habían estado los leones. Volvió caminando lentamente hasta su mujer.

—¿Qué es eso? —preguntó ella.

—Una vieja cartera mía —dijo él.

Se la enseñó. Olía a hierba caliente y a león. Había gotas de saliva en ella: la habían mordido, y tenía manchas de sangre en los dos lados.

Cerró la puerta de la habitación y echó la llave.

En plena noche todavía seguía despierto, y se dio cuenta de que su mujer lo estaba también.

—¿Crees que Wendy la habrá cambiado? —preguntó ella, por fin, en la habitación a oscuras.

—Naturalmente.

—¿Ha cambiado la sabana africana en un bosque y ha puesto a Rima allí en lugar de los leones?

—Sí.

—¿Por qué?

—No lo sé. Pero seguirá cerrada con llave hasta que lo averigüe.

—¿Cómo ha llegado allí tu cartera?

—Yo no sé nada —dijo él—, a no ser que estoy empezando a lamentar que hayamos comprado esa habitación para los niños. Si los niños son neuróticos, una habitación como ésa…

—Se suponía que les iba a ayudar a librarse de sus neurosis de un modo sano.

—Es lo que me estoy empezando a preguntar —George Hadley clavó la vista en el techo.

—Les hemos dado a los niños todo lo que quieren. Y ésta es nuestra recompensa… ¡Secretos, desobediencia!

—¿Quién fue el que dijo que los niños son como alfombras a las que hay que sacudir de vez en cuando? Nunca les levantamos la mano. Son insoportables…, admitámoslo. Van y vienen según les apetece; nos tratan como si los hijos fuéramos nosotros. Están echados a perder y nosotros estamos echados a perder también.

—Llevan comportándose de un modo raro desde que hace unos meses les prohibiste ir a Nueva York en cohete.

—No son lo suficientemente mayores para ir solos. Se lo expliqué.

—Da igual. Me he fijado que desde entonces se han mostrado claramente fríos con nosotros.

—Creo que deberíamos hacer que mañana viniera David McClean para que le echara un ojo a África.

Unos momentos después, oyeron los gritos.

Dos gritos. Dos personas que gritaban en el piso de abajo. Y luego, rugidos de leones.

—Wendy y Peter no están en sus dormitorios —dijo su mujer.

Siguió tumbado en la cama con el corazón latiéndole con fuerza.

—No —dijo él—. Han entrado en el cuarto de jugar.

—Esos gritos… suenan a conocidos.

—¿De verdad?

—Sí, muchísimo.

Y aunque sus camas se esforzaron a fondo, los dos adultos no consiguieron sumirse en el sueño durante otra hora más. Un olor a felino llenaba el aire nocturno.

—¿Padre? —dijo Peter.

—¿Qué?

Peter se observó los zapatos. Ya no miraba nunca a su padre, ni a su madre.

—Vas a cerrar con llave la habitación para siempre, ¿verdad?

—Eso depende.

—¿De qué? —soltó Peter.

—De ti y de tu hermana. De que mezcléis África con otras cosas… Con Suecia, tal vez, o Dinamarca o China…

—Yo creía que teníamos libertad para jugar a lo que quisiéramos.

—La tenéis, con unos límites razonables.

—¿Qué pasa de malo con África, padre?

—Vaya, de modo que ahora admites que has estado haciendo que aparezca África, ¿es así?

—No quiero que el cuarto de jugar esté cerrado con llave —dijo fríamente Peter—. Nunca.

—En realidad estamos pensando en pasar un mes fuera de casa. Libres de esta especie de existencia despreocupada.

—¡Eso sería espantoso! ¿Tendría que atarme los cordones de los zapatos yo en lugar de dejar que me los ate el atador? ¿Y lavarme los dientes y peinarme y bañarme?

—Sería divertido un pequeño cambio, ¿no crees?

—No, sería horripilante. No me gustó que quitaras el pintador de cuadros el mes pasado.

—Es porque quería que aprendieras a pintar por ti mismo, hijo.

—Yo no quiero hacer nada excepto mirar y oír y oler. ¿Qué otra cosa se puede hacer?

—Muy bien, vete a jugar a África.

—¿Cerrarás la casa pronto?

—Lo estamos pensando.

—Creo que será mejor que no lo penséis más, padre.

—¡No voy a consentir que me amenace mi propio hijo!

—Muy bien —y Peter penetró en el cuarto de jugar.

—¿Llego a tiempo? —dijo David McClean.

—¿Quieres desayunar? —preguntó George Hadley.

—Gracias, tomaré algo. ¿Cuál es el problema?

—David, tú eres psicólogo.

—Eso espero.

—Bien, pues entonces échale una mirada al cuarto de jugar de nuestros hijos. Ya lo viste hace un año cuando viniste por aquí. ¿Entonces no notaste nada especial en esa habitación?

—No podría decir que lo notara: la violencia habitual, cierta tendencia hacia una ligera paranoia acá y allá, lo normal en niños que se sienten perseguidos constantemente por sus padres; pero, bueno, de hecho, nada.

Cruzaron el vestíbulo.

—Cerré la habitación con llave —explicó el padre—, y los niños entraron en ella por la noche. Dejé que estuvieran dentro para que pudieran formar los modelos y así tú los pudieras ver.

De la habitación salían gritos terribles.

—Ahí lo tienes —dijo George Hadley—. Veamos lo que consigues.

Entraron sin llamar.

—Salid afuera un momento, chicos —dijo George Hadley—. No, no cambiéis la combinación mental. Dejad las paredes como están.

Con los niños fuera, los dos hombres se quedaron quietos examinando a los leones agrupados a lo lejos que comían con deleite lo que habían cazado.

—Me gustaría saber de qué se trata —dijo George Hadley—. A veces casi lo consigo ver. ¿Crees que si trajese unos prismáticos potentes y…?

David McClean se rió.

—Difícilmente —se volvió para examinar las cuatro paredes—. ¿Cuánto hace que pasa esto?

—Algo más de un mes.

—La verdad es que no me causa ninguna buena impresión.

—Yo quiero hechos, no impresiones.

—Mira, George querido, un psicólogo nunca ve un hecho en toda su vida. Sólo presta atención a las impresiones, a cosas vagas. Esto no me causa buena impresión, te lo repito. Confía en mis corazonadas y mi intuición. Me huelo las cosas malas. Y ésta es muy mala. Mi consejo es que desmontes esta maldita cosa y lleves a tus hijos a que me vean todos los días para someterlos a tratamiento durante un año entero.

—¿Es tan mala?

—Me temo que sí. Uno de los usos originales de estas habitaciones era que pudiéramos estudiar los modelos que dejaba la mente del niño en las paredes, y de ese modo estudiarlos con toda comodidad y ayudar al niño. En este caso, sin embargo, la habitación se ha convertido en un canal hacia… ideas destructivas, en lugar de una liberación de ellas.

—¿Ya has notado esto con anterioridad?

—Lo único que he notado es que has echado a perder a tus hijos más que la mayoría. Y ahora los has degradado de algún modo. ¿De qué modo?

—No les dejé que fueran a Nueva York.

—¿Y qué más?

—He quitado algunos de los aparatos de la casa y les amenacé, hace un mes, con cerrar el cuarto de jugar como no hicieran los deberes del colegio. Lo tuve cerrado unos cuantos días para que aprendieran.

—Vaya, vaya.

—¿Significa algo eso?

—Todo. Donde antes tenían a un Papá Noel, ahora tienen a un ogro. Los niños prefieren a Papá Noel. Dejaste que esta casa os reemplazara a ti y a tu mujer en el afecto de vuestros hijos. Esta habitación es su madre y su padre, y es mucho más importante en sus vidas que sus padres auténticos. Y ahora vas y la quieres cerrar. No me extraña que aquí haya odio. Se nota que brota del cielo. Se nota en ese sol. George, tienes que cambiar de vida. Lo mismo que otros muchos, la has construido en torno a las comodidades. Mañana te morirías de hambre si en la cocina funcionara algo mal. Deberías saber cascar un huevo. Sin embargo, desconéctalo todo. Empieza de nuevo. Llevará tiempo. Pero conseguiremos obtener unos niños buenos a partir de los malos dentro de un año, espera y verás.

—Pero ¿no será un choque excesivo para los niños cerrar la habitación bruscamente, para siempre?

—Lo que yo no quiero es que profundicen más en esto, eso es todo. Los leones estaban terminando su festín rojo.

Los leones se mantenían al borde del claro observando a los dos hombres.

—Ahora estoy sintiendo que me persiguen —dijo McClean—. Salgamos de aquí. Nunca me gustaron estas malditas habitaciones. Me ponen nervioso.

—Los leones no son reales, ¿verdad? —dijo George Hadley—. Supongo que no habrá ningún modo de…

—¿De qué?

—… ¡De que se vuelvan reales!

—No, que yo sepa.

—¿Algún fallo en la maquinaria, una avería o algo?

—No.

Se dirigieron a la puerta.

—No creo que a la habitación le guste que la desconecten —dijo el padre.

—A nadie le gusta morir… Ni siquiera a una habitación.

—Me pregunto si me odia por querer desconectarla.

—La paranoia abunda por aquí hoy —dijo David McClean—. Puedes utilizar esto como pista. Mira —se agachó y recogió un pañuelo de cuello ensangrentado—. ¿Es tuyo?

—No —la cara de George Hadley estaba rígida—. Pertenece a Lydia.

Fueron juntos a la caja de fusibles y quitaron el que desconectaba el cuarto de jugar. Los dos niños estaban histéricos. Gritaban y pataleaban y tiraban cosas. Aullaban y sollozaban y soltaban tacos y daban saltos por encima de los muebles.

—¡No le puedes hacer eso al cuarto de jugar, no puedes!

—Vamos a ver, chicos.

Los niños se arrojaron en un sofá, llorando.

—George —dijo Lydia Hadley—, vuelve a conectarla, sólo unos momentos. No puedes ser tan brusco.

—No.

—No seas tan cruel.

—Lydia, está desconectada y seguirá desconectada. Y toda la maldita casa morirá dentro de poco. Cuanto más veo el lío que nos ha originado, más enfermo me pone. Llevamos contemplándonos nuestros ombligos electrónicos, mecánicos, demasiado tiempo. ¡Dios santo, cuánto necesitamos una ráfaga de aire puro!

Y se puso a recorrer la casa desconectando los relojes parlantes, los fogones, la calefacción, los limpiazapatos, los restregadores de cuerpo y las fregonas y los masajeadores y todos los demás aparatos a los que pudo echar mano.

La casa estaba llena de cuerpos muertos, o eso parecía. Daba la sensación de un cementerio mecánico. Tan silenciosa. Ninguna de la oculta energía de los aparatos zumbaba a la espera de funcionar cuando apretaran un botón.

—¡No les dejes hacerlo! —gritó Peter al techo, como si hablara con la casa, con el cuarto de jugar—. No dejes que mi padre lo mate todo —se volvió hacia su padre—. ¡Te odio!

—Los insultos no te van a servir de nada.

—¡Quisiera que estuvieses muerto!

—Ya lo estamos, desde hace mucho. Ahora vamos a empezar a vivir de verdad. En lugar de que nos manejen y nos den masajes, vamos a vivir.

Wendy todavía seguía llorando y Peter se unió a ella.

—Sólo un momento, sólo un momento, sólo otro momento en el cuarto de jugar —gritaban.

—Oh, George —dijo la mujer—. No les hará daño.

—Muy bien… muy bien, siempre que se callen. Un minuto, tenedlo en cuenta, y luego desconectada para siempre.

—Papá, papá, papá —dijeron alegres los chicos, sonriendo con la cara llena de lágrimas.

—Y luego nos iremos de vacaciones. David McClean volverá dentro de media hora para ayudarnos a recoger las cosas y llevarnos al aeropuerto. Me voy a vestir. Conecta la habitación durante un minuto. Lydia, sólo un minuto, tenlo en cuenta.

Y los tres se pusieron a parlotear mientras él dejaba que el tubo de aire le aspirara al piso de arriba y empezaba a vestirse por sí mismo. Un minuto después, apareció Lydia.

—Me sentiré muy contenta cuando nos vayamos —dijo suspirando.

—¿Los has dejado en el cuarto?

—También yo me quería vestir. Oh, esa espantosa África. ¿Qué le pueden encontrar?

—Bueno, dentro de cinco minutos o así estaremos camino de Iowa. Señor, ¿cómo se nos ocurrió tener esta casa? ¿Qué nos impulsó a comprar una pesadilla?

—El orgullo, el dinero, la estupidez.

—Creo que será mejor que baje antes de que esos chicos vuelvan a entusiasmarse con esas malditas fieras.

Precisamente entonces oyeron que llamaban los niños.

—Papá, mamá, venid enseguida… ¡enseguida!

Bajaron al otro piso por el tubo de aire y atravesaron corriendo el vestíbulo. Los niños no estaban a la vista.

—¿Wendy? ¡Peter!

Corrieron al cuarto de jugar. En la sabana africana no había nadie a no ser los leones, que los miraban.

—¿Peter, Wendy?

La puerta se cerró dando un portazo.

—¡Wendy, Peter!

George Hadley y su mujer dieron la vuelta y corrieron a la puerta.

—¡Abrid esta puerta! —gritó George Hadley, tratando de hacer girar el picaporte—. ¡Han cerrado por fuera! ¡Peter! —golpeó la puerta—. ¡Abrid!

Oyó la voz de Peter fuera, pegada a la puerta.

—No les dejéis desconectar la habitación y la casa —estaba diciendo. George Hadley y su mujer daban golpes en la puerta.

—No seáis absurdos, chicos. Es hora de irse. El señor McClean llegará en un momento y…

Y entonces oyeron los sonidos.

Los leones los rodeaban por tres lados. Avanzaban por la hierba amarilla de la sabana, olisqueando y rugiendo.

Los leones.

George Hadley miró a su mujer y los dos se dieron la vuelta y volvieron a mirar a las fieras que avanzaban lentamente, encogiéndose, con el rabo tieso.

George Hadley y su mujer gritaron.

Y de repente se dieron cuenta del motivo por el que aquellos gritos anteriores les habían sonado tan conocidos.

—Muy bien, aquí estoy —dijo David McClean a la puerta del cuarto de jugar—. Oh, hola —miró fijamente a los niños, que estaban sentados en el centro del claro merendando. Más allá de ellos estaban la charca y la sabana amarilla; por encima había un sol abrasador. Empezó a sudar—. ¿Dónde están vuestros padres?

Los niños alzaron la vista y sonrieron.

—Oh, estarán aquí enseguida.

—Bien, porque nos tenemos que ir —a lo lejos, McClean distinguió a los leones peleándose. Luego vio cómo se tranquilizaban y se ponían a comer en silencio, a la sombra de los árboles.

Lo observó con la mano encima de los ojos entrecerrados.

Ahora los leones habían terminado de comer. Se acercaron a la charca para beber.

Una sombra parpadeó por encima de la ardiente cara de McClean. Parpadearon muchas sombras. Los buitres bajaban del cielo abrasador.

—¿Una taza de té? —preguntó Wendy en medio del silencio.

Libro: El hombre ilustrado (1950).

miércoles, 3 de enero de 2024

Todo el verano en un día - Cuento de Ray Bradbury

 
Leído en el programa Qué Grande, en Radio Comunitaria Quimunche.

—¿Ya?

—Ya.

—¿Ahora?

—En seguida.

—¿Sabrán los sabios, realmente? ¿Sucederá hoy?

—Mira, mira y verás.

Los niños se amontonaban, se apretujaban como muchas rosas, como muchas flores silvestres, y miraban hacia afuera buscando el sol oculto.

Llovía.

Llovía desde hacía siete años; miles de días sobre miles de días que la lluvia había tejido de extremo a extremo, con tambores y cataratas de agua, con el estrépito de tempestades que inundaban las islas como olas de una marea. La lluvia había triturado mil bosques que habían crecido mil veces para ser triturados de nuevo. Y así era para siempre la vida en el planeta Venus, y aquélla era, la escuela de los hijos de los hombres y mujeres del cohete que habían venido a un mundo de lluvias, a traer la civilización y a vivir sus vidas.

—¡Para! ¡Para!

—¡Sí, sí!

Margot no miraba con aquellos niños que no podían acordarse de un tiempo en que no todo era lluvia y lluvia y lluvia. Tenían todos nueve años, y si había habido un día, siete años atrás, en que había salido el sol una hora, mostrando su cara a un mundo sorprendido, no podían recordarlo. A veces, de noche, Margot oía cómo se movían en sueños, y ella sabía entonces que recordaban el oro, o un lápiz amarillo, o una moneda tan grande que con ella uno podía comprarse el mundo. Sabía que creían recordar un calor, un ardor en las mejillas, en el cuerpo, en los brazos y las piernas, en las manos temblorosas. Pero luego despertaban siempre al tamborileo trepidante, al interminable tintineo de unos collares de perlas trasparentes sobre el tejado, el sendero, los jardines, los bosques…, y los sueños se desvanecían.

Todo el día anterior, en clases, habían leído acerca del sol. De cómo se parecía a un limón, y de cuán caliente era. Y habían escrito cuentos o ensayos o poemas a propósito del sol.

El sol es una flor

que sólo se abre una hora.

Eso decía el poema de Margot, leído en voz baja en el aula silenciosa, mientras afuera caía la lluvia.

—¡Bah! ¡No lo escribiste tú! —protestó uno de los chicos.

—¡Sí! —dijo Margot—. ¡Yo!

—¡William! —dijo la maestra.

Pero eso había sido ayer. Hoy la lluvia amainaba y los niños se apretaban contra los gruesos cristales del ventanal.

—¿Dónde está la maestra?

—Ya viene.

—Pronto, o no veremos nada.

Los niños eran como una rueda febril de rayos que subían y caían.

Margot no se acercaba a ellos. Era una niña frágil y parecía que hubiese andado muchos años perdida en la lluvia, y que la lluvia le hubiese desteñido el color azul de los ojos, el rojo de los labios y el oro del pelo. Era como la vieja fotografía de un álbum, polvorienta, borrosa, y hablaba poco, y con una voz de fantasma. Ahora, alejada de los otros, miraba la lluvia y el turbulento mundo líquido más allá de los vidrios.

—¿Qué miras? —dijo William.

Margot no respondió.

—Contesta cuando te hablan.

William le dio un empujón. La niña no se movió; es decir, dejó que el empujón la moviera, y nada más.

Siempre la apartaban así. Margot no jugaba con ellos en los túneles sonoros de la ciudad subterránea, y nunca corría con ellos y se quedaba atrás, parpadeando. Cuando la clase cantaba canciones que hablaban de la felicidad, de la vida, de los juegos, apenas movía los labios. Sólo cantaba cuando los cantos hablaban del verano y del sol, y entonces clavaba los ojos en los ventanales húmedos.

Y además, por supuesto, había otro crimen, más grave. Margot había llegado de la Tierra hacía sólo cinco años y aún se acordaba del sol. Recordaba que cuando tenía cuatro años el sol aparecía en el cielo de Ohio todas las mañanas. Ellos, en cambio, habían vivido siempre en Venus, y sólo tenían dos años cuando el sol había salido por última vez, y ya se habían olvidado de su color, su tibieza, y de cómo era en realidad. Pero Margot recordaba.

—Es una moneda —dijo una vez Margot, cerrando los ojos.

—¡No, no! —gritaron los niños.

—Es como el fuego de la chimenea —dijo Margot.

—¡Mientes, no! —gritaron los niños.

Pero Margot recordaba, y lejos de todos, en silencio, miraba las figuras de la lluvia en los vidrios.

Una vez, un mes atrás, no había querido bañarse en la ducha de la escuela, se había cubierto la cabeza con las manos, y había gritado que no quería que el agua la tocase. Luego, oscuramente, oscuramente, había comprendido: era distinta, y los otros notaban la diferencia, y se apartaban.

Se decía que los padres de Margot se la llevarían de nuevo a la Tierra el año próximo, pues era para ella cuestión de vida o muerte, aun cuando la familia perdería por ese motivo varios miles de dólares. Por eso la odiaban los niños, por todas esas razones, de mucha o poca consecuencia. Odiaban aquel pálido rostro de nieve, su silencio ansioso, su delgadez, y su futuro posible.

—¡Vete! —William la empujó de nuevo—. ¿Qué esperas?

Entonces, y por primera vez, Margot se volvió y lo miró. Y lo que esperaba se le vio en los ojos.

—¡Bueno, no te quedes ahí! —gritó William, furioso—. No verás nada.

Margot movió los labios.

—¡Nada! —gritó William—. Fue todo una broma, ¿no entiendes? —Miró a los otros niños—. Hoy no pasará nada, ¿no es cierto?

Todos lo miraron pestañeando, y de pronto comprendieron y se echaron a reír, sacudiendo las cabezas.

—¡Nada, nada!

—Oh —murmuró Margot, desconsolada. Pero si es hoy. Los sabios lo anunciaron, y ellos saben. Hoy el sol…

—Fue una broma, nada más —dijo William tomándola bruscamente por el brazo—. Eh, vamos, será mejor que la encerremos en un armario antes que vuelva la maestra.

—No —dijo Margot, retrocediendo.

Todos se le fueron encima, y entre protestas y luego súplicas y luego llantos, la arrastraron a un túnel, a un cuarto, a un armario, cerraron la puerta, y le echaron llave. Se quedaron un rato mirando cómo la puerta temblaba con los golpes de la niña y oyendo sus gritos sofocados. Después, sonriendo, dieron media vuelta, y salieron del túnel en el momento en que llegaba la maestra.

—¿Listos, niños?

La maestra miró su reloj.

—¡Sí!

—¿Estamos todos?

—¡Sí!

La lluvia menguaba cada vez más.

Fue entonces como si en la película cinematográfica de un alud, de un tornado, de un huracán, de una erupción volcánica, la banda de sonido se hubiera estropeado de pronto, y todos los ruidos, todas las ráfagas, todos los ecos y truenos se hubiesen apagado bruscamente, y como si en seguida hubiesen arrancado el film del aparato, que proyectaba ahora una apacible fotografía tropical que no se movía ni trepidaba. El mundo se había detenido. El silencio era tan inmenso, tan inverosímil que parecía que uno se hubiese puesto algodones en los oídos, o que uno se hubiera quedado sordo. Los chicos se llevaron las manos a los oídos.

La puerta se abrió, y el olor del mundo silencioso, expectante, entró en la escuela.

Salió el sol.

Tenía el color del bronce fundido, y era muy grande. Alrededor, el cielo era un deslumbrante mosaico azul. El hechizo se quebró al fin, y los niños se precipitaron gritando hacia el verano. La selva ardía bajo el sol.

—Bueno, no vayan muy lejos —les gritó la maestra—. Tienen sólo dos horas. Que la lluvia no los sorprenda afuera.

Pero los niños corrían ya con los rostros vueltos hacia el cielo, sintiendo que el sol les quemaba las mejillas como un hierro candente, y ya se quitaban los abrigos para que el sol les dorara los brazos.

—Es mejor que las lámparas de sol, ¿no es cierto?

—¡Oh, mucho, mucho mejor!

Dejaron de correr. Estaban en la enorme selva que cubría Venus, esa selva que nunca dejaba de crecer, tumultuosamente, que crecía mientras uno la miraba. La selva era un nido de pulpos y extendía unos tentáculos de zarzas carnosas, temblorosas, que florecían en la breve primavera. Tenía el color del caucho y de la ceniza esta selva, luego de tantos años sin sol. Tenía el color de las piedras, del queso blanco y de la tinta.

Los niños se echaban riéndose en el colchón de la selva, y oían cómo crujía y suspiraba, elástica y viva. Corrían entre los árboles, resbalaban y caían, se empujaban, jugaban; pero sobre todo miraban el sol con los ojos entornados hasta que las lágrimas les rodaban por las mejillas. Tendían las manos hacia el resplandor amarillo y el asombroso azul y respiraban el aire puro y escuchaban el silencio y descansaban en él como flotando en un mar inmóvil. Todo lo miraban, todo lo disfrutaban. Luego, impetuosamente, como animales que han escapado de sus madrigueras, corrían y corrían en círculos, gritando. Corrieron toda una hora.

Y de pronto…

En plena carrera, una niña gimió.

Todos se quedaron quietos.

De pie, en la selva, la niña extendió una mano.

—Oh, miren, miren —dijo.

Todos se acercaron lentamente y miraron la mano abierta.

En el centro de la palma, como una ventosa, una gota de lluvia.

La niña se echó a llorar, mirando la gota.

Todos alzaron rápidamente los ojos al cielo.

—Oh, oh.

Unas gotas frías les cayeron en las narices, las bocas, las mejillas. El sol se apagó tras una ráfaga de niebla. Alrededor de los niños sopló un viento frío. Todos se volvieron y echaron a caminar hacia la casa subterránea, con los brazos caídos, las sonrisas muertas.

El estampido de un trueno los estremeció, y como hojas arrastradas por un viento que se levanta echaron a correr tropezando y tambaleándose. Un rayo estalló a diez kilómetros de distancia, a cinco kilómetros, a dos, a uno. Las tinieblas de la medianoche cubrieron el cielo.

Se quedaron un momento en la puerta del subterráneo hasta que la lluvia arreció. Luego cerraron la puerta y escucharon el ruido de las toneladas de agua, la catarata que caía en todas partes y para siempre.

—¿Otros siete años?

—Sí, siete años.

De pronto un niño gritó.

—¡Margot!

—¿Qué?

—Está aún en el armario.

—Margot.

Los niños se quedaron como estacas clavadas en el suelo. Se miraron y apartaron los ojos. Miraron de reojo el mundo donde ahora llovía, llovía y llovía, inmutablemente. Tenían unas caras solemnes y pálidas. Cabizbajos, se miraron las manos, los pies.

—Margot.

—Bueno —dijo una niña.

Nadie se movió.

—Vamos —murmuró la niña.

Lentamente, recorrieron el pasadizo bajo el ruido de la lluvia fría, entraron en la sala bajo el estrépito de la tormenta y el trueno, con unas caras azules, terribles, iluminadas por los relámpagos. Se acercaron al armario, lentamente, y esperaron.

Detrás de la puerta sólo había silencio.

Abrieron la puerta, más lentamente aún, y dejaron salir a Margot.

Libro: The Magazine of Fantasy and Science Fiction (1954).

jueves, 28 de diciembre de 2023

La bruja de abril - Cuento de Ray Bradbury

 
Leído en el programa Qué Grande, en Radio Comunitaria Quimunche.

En el aire, sobre los valles, bajo las estrellas, sobre un río, un estanque, un camino, volaba Cecy. Invisible como los nuevos vientos de la primavera, fragante como el aroma de los tréboles que se alzaba en los campos a la tarde, ella volaba. Se deslizaba en palomas suaves como el armiño blanco, se detenía en los árboles y vivía en los capullos, abriéndose en pétalos cuando soplaba la brisa. Se posaba en una rana verde, fresca como la menta, a orillas de un charco brillante. Trotaba en un perro zarzoso y ladraba para oír ecos que venían de graneros lejanos. Vivía en las nuevas hierbas de abril, en suaves y claros líquidos que se alzaban de la tierra de almizcle.

Es primavera, pensaba Cecy. Esta noche estaré en todas las cosas vivas del mundo.

Ahora vivía en grillos claros en los arroyos de alquitrán de los caminos, ahora caía como el rocío en una verja de hierro. Era la suya una mente que se adaptaba con rapidez, y volaba invisible en los vientos de Illinois esta noche única de su vida. Acababa de cumplir diecisiete años.

-Quiero enamorarme -dijo.

Lo había dicho a la hora de la cena. Y sus padres habían abierto los ojos y se habían reclinado tiesamente en sus sillas.

-Cuidado -le habían aconsejado-. Recuerda que eres una criatura notable. Toda nuestra familia es rara y notable. No podemos mezclarnos o casarnos con gente ordinaria. Perderíamos nuestros poderes mágicos si lo hiciésemos. No te gustaría no poder “viajar” por medios mágicos, ¿no es verdad? Entonces, cuidado. ¡Cuidado!

Pero en su alto dormitorio, Cecy se había perfumado la garganta, y se había tendido temblorosa y aprensiva en su carruaje de cuatro caballos, como una luna de leche que se alza sobre los campos de Illinois, transformando los ríos en cremas y los caminos en platino.

-Sí -suspiró-. Soy de una familia rara. Dormimos de día y volamos de noche como cometas negras en el viento. Si lo deseamos, podemos dormir en un topo durante el invierno, en la tibia tierra. Puedo vivir en cualquier cosa: un guijarro, una flor de azafrán o una manta religiosa. Puedo abandonar mi cuerpo simple y huesudo y lanzar mi mente a la aventura. ¡Ahora!

El viento la llevó sobre campos y praderas.

Cecy vio las cálidas luces primaverales de mansiones y granjas que brillaban con colores crepusculares.

Yo no puedo enamorarme porque soy sencilla y rara, pero me enamoraré por medio de alguna otra forma, pensó.

En los campos de una granja, en la noche de primavera, una muchacha de pelo oscuro, de no más de diecinueve años, sacaba agua de un profundo pozo de piedra y cantaba.

Cecy cayó -una hoja verde- en el pozo. Se tendió en el tierno musgo del pozo, mirando hacia arriba en la sombría frescura. Luego se animó en una palpitante e invisible ameba. ¡Luego en una gota de agua! Al fin, en un tazón frío, se sintió llevada a los tibios labios de la muchacha. Se oyó un suave y nocturno sonido; la muchacha bebía.

Cecy miró el mundo desde los ojos de la muchacha.

Desde el interior de la oscura cabeza, desde los ojos brillantes, miró las manos que tiraban de la tosca cuerda. Escuchó a través de las orejas de caracol el mundo de la muchacha. Olió un particular universo por la delicada nariz, sintió que aquel corazón especial batía y batía. Sintió que aquella lengua extraña se movía cantando.

¿Sabrá que estoy aquí? pensó Cecy.

La muchacha abrió la boca. Miró fijamente los prados nocturnos.

-¿Quién está ahí?

No hubo respuesta.

-Sólo el viento -murmuró Cecy.

La muchacha se rió de sí misma, pero se estremeció.

-Sólo el viento.

Era un buen cuerpo, el cuerpo de la muchacha. Tenía huesos del más fino y delicado marfil, envueltos redondamente en carne. El cerebro era como una pálida rosa té, que colgaba en la oscuridad, y había un aroma de manzanas en la boca. Los labios se apoyaban firmemente en los blancos, blancos dientes, y las cejas se arqueaban nítidamente ante el mundo, y el pelo caía hermoso y suave en la nuca de leche. Los poros se apretaban diminutos y cerrados. La nariz apuntaba a la luna y las mejillas brillaban con pequeños fuegos. El cuerpo se movía con el equilibrio de una pluma y parecía como si siempre se cantase a sí mismo. Estar en este cuerpo, esta cabeza, era como calentarse en una estufa, vivir en el ronroneo de un gato dormido, dejarse llevar por las tibias aguas de un arroyo que corría de noche hacia el mar.

Me gustará estar aquí, pensó Cecy.

-¿Qué? -preguntó la muchacha como si hubiese oído una voz.

-¿Cómo te llamas? -preguntó Cecy cuidadosamente.

-Ann Leary. -La muchacha se estremeció-. ¿Pero por qué digo esto en voz alta?

-Ann, Ann -murmuró Cecy-. Ann, vas a enamorarte.

Como si fuese una respuesta, un trueno estalló en el camino, un repiqueteo y un retumbar de ruedas en la grava. Apareció un nombre alto que manejaba un carro, sosteniendo las riendas en los brazos monstruosos, y con una sonrisa brillante que cruzaba el patio de la granja.

-¡Ann!

-¿Eres tú, Tom?

-¿Quién otro podía ser?

Tom saltó del carro y ató las riendas a la verja.

-¡Yo no hablo contigo!

Ann dio media vuelta con el balde en la mano, salpicando el suelo.

-¡No! -gritó Cecy.

Ann se detuvo. Miró las lomas y las primeras estrellas de la primavera. Miró al hombre llamado Tom. Cecy le hizo dejar caer el balde.

-¡Mira lo que has hecho!

Tom corrió.

-¡Mira lo que me has hecho hacer!

Tom le limpió los zapatos con un pañuelo riéndose.

-¡Apártate!

Ann le pateó las manos, pero Tom se rió otra vez, y desde kilómetros de distancia, Cecy le miró la forma de la cabeza, el tamaño del cráneo, la línea de la nariz, el ancho de los hombros, y la dura fuerza de las manos que hacían esa cosa delicada con el pañuelo. Asomándose a la secreta bohardilla de la encantadora cabeza, Cecy tiró de un oculto alambre de ventrílocuo, y la hermosa boca se abrió y dijo:

-¡Gracias!

-Oh, entonces eres cortés -dijo Tom.

El olor de cuero de sus manos, el olor del caballo en sus ropas se elevaron hasta la tierna nariz, y Cecy, lejos, muy lejos, sobre prados nocturnos y campos florecidos, se movió como en sueños.

-¡No! ¡No contigo! -dijo Ann.

-Vamos, habla suavemente -dijo Cecy.

Movió los dedos de Ann hacia la cabeza de Tom. Ann echó atrás la mano.

-¡Me he vuelto loca!

-Así es -asintió Tom, sonriendo, pero sorprendido-. ¿Ibas a tocarme entonces?

-No sé. ¡Oh, vete!

En las mejillas de Ann brillaban rosados carbones.

-¿Por qué no corres? No te retengo. -Tom se incorporó-. ¿Has cambiado de parecer? ¿Irás al baile conmigo esta noche? Es un baile especial. Te diré por qué más tarde.

-No -dijo Ann.

-¡Sí! -gritó Cecy-. Nunca bailé. Quiero bailar. Nunca llevé un largo vestido susurrante. Quiero bailar toda la noche. No sé qué es estar en una mujer, bailando. Papá y mamá nunca me lo permitirían. He conocido perros, gatos, langostas, hojas, todo lo que hay en el mundo en un tiempo o en otro, pero nunca una mujer en primavera, nunca en una noche como la de hoy. Oh, por favor… debemos ir al baile.

Cecy extendió sus pensamientos como dedos dentro de un guante nuevo.

-Sí -dijo Ann Leary-. Iré. No sé por qué, pero iré contigo al baile esta noche, Tom.

-¡Ahora adentro, pronto! -gritó Cecy-. Debes lavarte, avisar a tu gente, preparar el vestido, calentar la plancha. ¡A tu cuarto!

-Mamá -dijo Ann-, ¡he cambiado de parecer!

El caballo de Tom galopó a lo largo de la cerca, los cuartos de la granja volvieron a la vida, el agua hirvió para un baño, la estufa de carbón calentó la plancha que plancharía el vestido, la madre corrió, corrió con una hilera de alfileres en la boca.

-¿Qué te ha pasado, Ann? ¡Tom no te gusta!

Ann se detuvo en medio de aquella gran fiebre.

-Es cierto.

¡Pero es primavera! pensó Cecy.

-Es primavera -dijo Ann.

Y es una hermosa noche para bailar, pensó Cecy.

-… para bailar -murmuró Ann Leary.

La muchacha se metió en la bañera y la espuma le cubrió los blancos hombros de delfín, y el jabón hizo pequeños nidos bajo sus brazos, y la carne de sus pechos tibios se movió en sus manos, y Cecy movió la boca, modelando la sonrisa, guiando los movimientos de Ann. No podía permitirse una pausa, ni un titubeo, ¡o toda la pantomima se haría pedazos! Había que obligar a Ann Leary a moverse, a actuar, a lavarse aquí, a enjabonarse allá. Ahora, ¡afuera! ¡Sécate con una toalla! ¡Ahora perfume y polvo!

-¡Tú! -Ann se vio en el espejo, toda blanca y rosada como lirios y claveles-. ¿Quién eres esta noche?

-Soy una muchacha de diecisiete años. -Cecy la miró desde los ojos violetas-. No puedes verme. ¿Sabes que estoy aquí?

Ann Leary sacudió la cabeza.

-Le he alquilado el cuerpo a alguna bruja de abril.

-¡Cerca, muy cerca! -rió Cecy-. Bueno, ahora con tu vestido.

¡El placer de sentir una hermosa ropa sobre un gran cuerpo! Y luego el saludo afuera.

-¡Ann! ¡Llegó Tom!

-Dile que espere. -Ann se sentó de pronto-. Dile que no voy al baile.

-¿Qué? -dijo su madre en la puerta.

Cecy volvió rápidamente a su puesto. Había sido un descuido fatal, había dejado el cuerpo de Ann un fatal instante. Había oído el ruido lejano de los cascos del caballo y el carro que traqueteaba cruzando el campo primaveral iluminado por la luna. Durante un segundo había pensado: Iré a buscar a Tom y me instalaré en su cabeza y veré qué es ser un hombre de veintidós años en una noche como ésta. Y se había lanzado a cruzar rápidamente un campo de brezos. Regresó volando, como un pájaro a su jaula, y susurró y batió en la cabeza de Ann Leary.

-¡Ann!

-¡Dile que se vaya!

Cecy se calmó y extendió sus pensamientos.

-¡Ann!

Pero Ann se había rebelado.

-¡No, no, lo odio!

No debía haberme ido, ni siquiera un momento. Cecy derramó su mente en las manos de la muchacha, en el corazón, en la cabeza, suavemente, suavemente.

De pie, pensó.

Ann se incorporó.

Ponte el abrigo.

Ann se puso el abrigo.

Ahora, ¡en marcha!

¡No!, pensó Ann Leary.

¡En marcha!

-Ann -dijo la madre-, no hagas esperar a Tom. Sal y déjate de tonterías. ¿Qué te pasa?

-Nada, mamá. Buenas noches. Volveremos tarde.

Ann y Cecy corrieron juntas hacia la noche de primavera.

Una sala de palomas que bailaban suavemente rizando sus silenciosas y arrastradas plumas, una sala de pavos reales, una sala de ojos y luces de arco iris. Y en el centro, dando vueltas, y vueltas, y vueltas, bailaba Ann Leary.

-Oh, es una hermosa noche -dijo Cecy.

-Oh, es una hermosa noche -dijo Ann.

-Estás rara.-dijo Tom.

La música los hacía girar en la oscuridad, en ríos de canciones; flotaban, asomaban, se hundían, se alzaban en busca de aire, jadeaban, se tomaban el uno del otro como si estuviesen ahogándose, y giraban otra vez, con movimientos de abanico, con murmullos y suspiros al compás de Hermoso Ohio.

Cecy tarareó. Los labios de Ann se abrieron y salió música.

-Sí, estoy rara -dijo Cecy.

-No eres la misma -dijo Tom.

-No, no esta noche.

-No eres la Ann Leary que conozco.

-No, de ningún modo, de ningún modo -murmuró Cecy, a kilómetros y kilómetros de distancia-. No, de ningún modo -dijeron los labios de Ann.

-Tengo una sensación rarísima -dijo Tom.

-¿Acerca de qué?

-Acerca de ti. -Tom apoyó la mano en la espalda de Ann y la hizo bailar mirando la cara resplandeciente de la muchacha, buscando algo-. Tus ojos -dijo-, no puedo verlos realmente.

-¿Me ves? -preguntó Cecy.

-Una parte tuya está aquí, Ann, y otra parte no está.

Tom la hizo girar cuidadosamente, perturbado.

-Sí.

-¿Por qué viniste conmigo?

-Yo no quería venir -dijo Ann.

¿Por qué, entonces?

-Algo me obligó.

-¿Qué?

-No sé. -La voz de Ann era casi histérica.

-Bueno, bueno, bueno -susurró Cecy-. Tranquila. Da vueltas, da vueltas.

Murmuraron y susurraron y se alzaron y cayeron en la sala oscura, con la música que se movía y le hacía girar.

-Pero has venido al baile -dijo Tom.

-Sí -dijo Cecy.

-Vamos.

Y Tom la llevó bailando ligeramente hacia una puerta abierta y la hizo caminar en silencio alejándola de la sala y la música y la gente.

Subieron al carro y se sentaron juntos.

-Ann -dijo Tom, tomándole las manos, temblando-. Ann. -Pero dijo el nombre de ella como si no fuese su verdadero nombre. Se quedó mirando aquel rostro pálido. Ann había abierto otra vez los ojos-. Yo te quise siempre, lo sabes -dijo.

-Lo sé.

-Pero tú fuiste siempre veleidosa y yo no quería sufrir.

-No tiene importancia, somos muy jóvenes.

-No, quiero decir lo siento -dijo Cecy.

-¿Qué quieres decir?

Tom dejó caer las manos de Ann y se endureció.

La noche era cálida y el olor de la tierra subía estremeciéndose alrededor del carro, y el aliento de los árboles frescos empujaba las hojas unas contra otras con una sacudida y un susurro.

-No sé -dijo Ann.

-Oh, pero yo lo sé -dijo Cecy-. Eres alto, y el hombre más atractivo del mundo. Esta es una hermosa noche; recordaré siempre que he pasado esta noche contigo.

Cecy extendió una mano fría y extraña hacia la mano temerosa de Tom, y la acercó y la apretó y calentó.

-Pero -dijo Tom, parpadeando- esta noche estás aquí, estás allí. En un instante de un modo, y en el siguiente de otro. Yo quería traerte al baile esta noche en recuerdo de los viejos tiempos. No pensaba en nada al principio, cuando te lo pedí. Y luego, cuando estábamos junto al pozo, supe que en ti algo había cambiado, realmente. Estás distinta. Hay en ti algo nuevo y blando, algo… -Tom buscó a tientas la palabra-. No sé. No puedo decirlo. El modo en que miras. Algo en tu voz. Y ahora sé que estoy enamorado de ti otra vez.

-No -dijo Cecy-, de mí, de mí.

-Y temo estar enamorado de ti -dijo Tom-. Me harás daño otra vez.

-Sí -dijo Ann.

No, no, ¡te quiero de veras! pensó Cecy. Ann, díselo, díselo por mí. Dile que lo quieres de veras.

Ann no dijo nada.

Tom se acercó suavemente un poco más y alzó la mano para tomarle la barbilla.

-Me voy, Ann. Conseguí un trabajo a ciento cincuenta kilómetros de aquí. ¿Me extrañarás?

-Sí -dijeron Ann y Cecy.

-¿Puedo despedirme de ti con un beso, entonces?

-Sí -dijo Cecy antes de que ningún otro pudiese hablar.

Tom apoyó los labios en aquella extraña boca. Besó la extraña boca, temblando.

Ann parecía una estatua blanca.

-¡Ann! -dijo Cecy-. ¡Mueve tus brazos, abrázalo!

Ann era como una muñeca de madera a la luz de la luna.

Tom la besó otra vez.

-Te quiero -susurró Cecy-. Estoy aquí. Me ves a mí en los ojos de Ann, a mí. Y yo te quiero a pesar de ella.

Tom se apartó y pareció un hombre que hubiese corrido una larga distancia.

-No sé qué pasa -dijo-. Durante un momento…

-¿Sí? -preguntó Cecy.

-Durante un momento pensé… -Se llevó las manos a los ojos-. No importa. ¿Te llevo ahora a tu casa?

-Por favor -dijo Ann Leary.

Tom le cloqueó al caballo, sacudió cansadamente las riendas y el carro se alejó. Iban en las sacudidas y crujidos y movimientos del carro iluminado por la luna, en la todavía temprana -eran sólo las once- noche primaveral, y los campos brillantes y los suaves prados de trébol pasaban deslizándose.

Y Cecy, mirando los campos y prados, pensaba: daría cualquier cosa, sí, lo daría todo por estar siempre con él desde esta noche. Y oyó otra vez la voz de sus padres, débilmente: “Cuidado. No querrás perder tus poderes mágicos, casándote con un simple mortal. Cuidado.”

Sí, sí, pensó Cecy, hasta a eso renunciaría, ahora mismo, si él me tuviese en cambio. No necesitaría entonces pasear en las noches de primavera, no necesitaría vivir en pájaros y perros y gatos y zorros. Sólo necesitaría estar con él. Sólo con él. Sólo con él.

El camino pasaba debajo de ellos, suspirando.

-Tom -dijo Ann al fin.

Tom miraba fríamente el camino, el caballo, los árboles, el cielo, las estrellas.

-¿Qué?

-Si estás alguna vez en los años próximos, alguna vez, en Green Town, Illinois, a unos pocos kilómetros de aquí, ¿me harías un favor?

-Quizás.

Ann Leary habló con una voz vacilante y torpe:

-¿Me harías el favor de ver a una amiga mía?

-¿Por qué?

-Es una buena amiga. Te he hablado de ella. Te daré su dirección. Un momento. -El carro se detuvo ante la casa de Ann y la muchacha sacó lápiz y papel de su pequeño bolso y escribió a la luz de la luna, apoyando el papel en la rodilla-.Toma. ¿Se lee bien?

Tom miró el papel y asintió aturdido.

-Cecy Elliot. Calle de los Alamos, 12. Green Town, Illinois -leyó.

-¿La visitarás algún día? -preguntó Ann.

-Algún día -dijo Tom.

-¿Me lo prometes?

-¿Qué tiene que ver esto con nosotros? -gritó Tom furiosamente-. ¿Para que quiero papeles y nombres?

Apretó el papel y se metió la arrugada pelota en el bolsillo de la chaqueta.

-¡Oh, por favor, promételo! -suplicó Cecy.

-…promételo -dijo Ann.

-¡Muy bien, muy bien, déjame en paz! -gritó Tom.

Estoy cansada, pensó Cecy. No aguanto más. Tengo que ir a casa. Me siento débil. Mi poder sólo alcanza para pasar unas pocas horas como éstas, de noche, viajando, viajando. Pero antes de irme…

-… antes de irme…. -dijo Ann.

Besó a Tom en la boca.

-Soy yo quien te besa -dijo Cecy.

Tom se apartó y miró a Ann Leary, adentro muy adentro. No dijo nada, pero se le ablandó la cara, lentamente, muy lentamente, y los rasgos se le desdibujaron, y la boca perdió su dureza, y miró otra vez el interior de aquel rostro bañado por la luna.

Luego bajó a Ann del carro y sin siquiera unas buenas noches se alejó rápidamente camino abajo.

Cecy dejó a Ann.

La muchacha, gritando, como si saliese de una cárcel, corrió por el sendero lunar hacia su casa y cerró de un portazo.

Cecy se demoró allí cerca unos instantes. En los ojos de un grillo vio el nocturno mundo primaveral. En los ojos de una rana se quedó un momento a solas junto a un estanque. En los ojos de un ave nocturna miró desde un olmo alto, hechizado por la luna, y vio cómo se apagaban las luces en dos granjas, una allí, y otra a un kilómetro. Pensó en sí misma, su familia, y sus extraños poderes, y en que nadie de su familia podía casarse con ninguna de las gentes de aquel vasto mundo, más allá de las colinas.

-¿Tom? -Su mente cada vez más débil voló con un ave nocturna bajo los árboles y sobre los campos de mostaza silvestre-. ¿Tienes todavía el papel, Tom? ¿Vendrás algún día, algún año, alguna vez, a verme? ¿Me conocerás entonces? ¿Me mirarás a la cara y recordarás entonces cuando me viste por última vez, y sabrás que me quieres como yo te quiero, de verdad y para siempre?

Se detuvo en el fresco aire de la noche, a un millón de kilómetros de pueblos y gentes, sobre granjas y continentes y ríos y montañas.

-¿Tom? -preguntó suavemente.

Tom dormía. Era tarde; las ropas estaban colgadas en sillas, u ordenadamente plegadas a los pies de la cama. Y en una mano inmóvil, puesta con cuidado sobre la almohada blanca, junto a su rostro, había un trozo de papel escrito. Lentamente, lentamente, una fracción de centímetro cada vez, los dedos se fueron plegando y se cerraron sobre el papel. Y Tom ni siquiera se movió cuando un ave negra, débilmente, maravillosamente, aleteó con suavidad unos instantes contra los vidrios de la ventana, claros a la luz de la luna, y luego, abriendo en silencio las alas, se alejó volando hacia el este, sobre la tierra dormida.

Libro: La bruja de abril y otros cuentos (1994).