jueves, 22 de diciembre de 2011

No me lo contaron, yo lo viví

A 10 años del 20 de diciembre.
El estallido social. El papel de los medios de comunicación. El cambio positivo en la mentalidad de la juventud argentina.
Estaba paseando por la feria Mitre. Seguramente aburrido y con plata (léase $20 o $30). A las 5 de la tarde salí de mi casa al centro de Neuquén, y mi recuerdo comienza en ese sitio exacto. Adivino que estaba aburrido y con plata, porque cuando tenía 18 años solo así me iba al centro a comprarme boludeces. Todos los puestos de la feria estaban atendidos delante del mostrador, con los vendedores hablando entre ellos.

- ¿Vos cerrás?
- ¡Y, hay estado de sitio!
Escuché y pensé qué sería eso de “estado de sitio”.

Hasta las heladerías estaban con la reja a medio cerrar. Ese 19 de diciembre todos amagaban con cerrar, pero aún nadie cerraba. Llegué a suponer que había explotado la represa de El Chocón. ¡Y… más o menos! dirá alguno. Igual nos tapó el agua.

Las medidas de Cavallo habían pegado fuerte en la vida social y económica de todo el país. Me informé que el estado de sitio impedía las concentraciones de personas como en la época de la dictadura militar. No entendía o no quería entender, que aquella medida que los militares habían sacado sólo el día de las elecciones que ganó Alfonsín en 1983, sea rescatada por un radical 18 años después.

Me volví a mi casa y no me animé a salir de ahí. Cada hora llegaban peores noticias. El 20 de diciembre todos los canales de noticias estaban llenos de sangre. Desde casa se escuchaban disparos en un supermercado cercano. Mis padres no me dejaban salir al patio por los gases lacrimógenos. Sólo quedaba mirar tele. Crónica anunció la renuncia del ministro Cavallo. TN tituló: “El Estallido”. Crónica, horas después, tituló lo que costaba creer: “Renunció el Presidente De La Rua”.

Cada hora la TV anunciaba más muertes en Plaza de Mayo, y en todos el país. Fueron 39 en total, 39 asesinados a sangre fría por protestar ante un estado corrupto e ineficiente. No es sólo un número, son 39 familias, 39 grupos de amigos, que quedaron marcados trágicamente por ese 20 de diciembre fatal.

La huída del Presidente no calmó las aguas para nada. La gente siguió protestando y saqueando. Hasta que la noticia llegó a la puerta de casa, y salimos a mirarla. El hipermercado La Anónima se debatía entre abrir sus puertas o no, porque cerrado igual perdería mucha mercadería. No las abrió, ni entregó mercadería gratis como hizo Jumbo. Fueron a saquearlo, pero la policía con un camión hidrante y colaboración de los vecinos (mínima, pero colaboración al fin), logró que el hipermercado quede intacto. Después nos enteramos que otros supermercados, como el Topsy que ahora me queda cerca, también fueron salvados por los vecinos y los mismos empleados que defendían su laburo. En el país no mandaba nadie.

A los jóvenes nos gustaba el rock, que como nosotros atacaba y odiaba a la clase política. No creíamos en la política, menos aún en los políticos. Nos parecía imposible que el país se recupere de esa crisis.

Me daba risa que De La Rua se queje de su fracaso culpando a Tinelli y a Crónica. De La Rua había luchado contra el modelo corrupto de la segunda década infame, y la gente que reventó las urnas para cambiar la historia le dio dos años exactos de crédito. No hizo absolutamente nada de lo que prometió en campaña.

Duhalde había perdido contra De La Rua pero apareció como el sucesor, no llamaron a elecciones. Empezó bien, prometió que el que depositó dólares recibiría dólares, y que el 9 de julio de 2002 comenzaría la reactivación económica del país. Él mismo reconoció meses más tarde que ninguna de esas dos promesas podría cumplirse (igual nadie le había creído), al consultársele entonces para la reactivación económica respondió: “Que Dios nos ayude”, una frase que quedaría en la historia por su tácita demostración de ineficiencia, desorientación y pesimismo. Ojalá la presidencia de Duhalde durante “el incendio” se pudiese resumir en promesas inconclusas. También se llevó la vida de dos manifestantes en una protesta: Kosteki y Santillán.

Eran tiempos duros, no había plata. Se inventaron bonos que después perdieron su valor, se imprimieron bonos de moneda nacional (“Argentinos” se llamaban) para no usar el Peso y cuidarlo, pero no se llegaron a implementar. Se pagaron sueldos con vales de comida. Se vendían de a dos litros de leche, de a dos litros de aceite por persona. Nos turnábamos con mi hermano para comprar y esperar afuera del supermercado, había que abastecerse de víveres porque no se sabía qué podía pasar con la economía del país. Sí, hagan memoria, hace apenas diez años.

¿Cómo salir de esa realidad? ¿En quién confiar? ¿A quién utilizar para negociar y descartar para gobernar? ¿Cómo sería la trancisión y con quién? ¿Cuándo y con quién cambiar el modelo de la trancisión a la recuperación? Pregúntenle a Néstor Kirchner, esa es otra historia.

Cuatro años después, en los comienzos de la recuperación, estudié que los multimedios eran demasiado importantes para manejar la cabeza de la gente. Incluso Sasturain nos dio a entender que Clarín tenía un porcentaje de Página 12. Ahora miro las tapas de diciembre, y los diarios Clarín y La Nación minimizaban el shock por las medidas de Cavallo, atacaban a De La Rua evitando perjudicar a ‘Mingo’. ¿Por qué? ¿Qué intereses defendían?

Ah, De La Rua impulsó una ley que perjudicaba los intereses monopólicos de Clarín. Ahí empezaron las tapas y noticias de TN en contra, está bien. Por eso la Alianza perdió las legislativas en octubre de 2001. Si, te lo concedo. Dos meses después tuvo que renunciar De La Rua. Puede ser una lectura. Pero ningún estallido social hubiese sido posible sin el corralito de Cavallo y el estado de sitio de De La Rua. ¿A alguien se le ocurre que mañana salga Cristina Fernández a decir: desde hoy se pueden sacar mil pesos por semana (supongamos), y no puede haber concentraciones de personas en un mismo lugar”? Sería más fácil renunciar, y no tomar medidas para impulsar a que te renuncien.

En 2008 y 2009, el gobierno actual vivió una crisis comparable. No similar, porque contra Cristina Fernández salieron a protestar los que tienen plata, y no los que no tienen para comer. Sin duda la presidenta constitucional pudo seguir en el cargo y soportar las embestidas, porque no fue tan h.d.p. de reprimir con balas de plomo, balas de goma, gases lacrimógenos, camiones hidrantes, caballos, culetazos, en fin. En ocho años, Cristina Fernández y su antecesor Néstor Kirchner jamás reprimieron una protesta social.

El 28 de junio de 2009, el gobierno actual perdió las elecciones legislativas, como la Alianza en octubre de 2001. Pero en 2009 no le dieron tiempo al grupo monopólico de darle al gobierno el empujón definitivo al abismo. En julio de ese año fue impulsada la Ley de Medios Audiovisuales, y con otra lógica mediática, comenzaron a denunciar las contradicciones del grupo Clarín, propias de un grupo empresarial que se amolda a los cambios de la realidad siempre en defensa los mismos mezquinos e inhumanos intereses. ¡Ah, entonces eso era lo que defendían en 2001 cuando no criticaban a Cavallo!

En octubre de 2011, la victoria de Cristina Fernández con el 54% de los votos, significó desde el regreso de la democracia, la primera victoria electoral de un candidato no apoyado por el Grupo Clarín.

Hoy me alegra ver un congreso donde se discuten leyes en las que se puede estar de acuerdo, o no. Pero ya no se le dan “superpoderes” al mismo tipo que, mucho antes de 2001, hizo pública la deuda privada a costa del hambre y la miseria de los argentinos. Se discute el estatuto del peón y no la reforma laboral. Hoy las nuevas canciones de rock salieron de la monotonía de atacar a la política.

Hoy creo en la política como herramienta de cambio y transformación de mi patria. Miles de jóvenes salen a la calle a defender al gobierno, y yo también. Sería desconsiderado de mi parte creer en los milagros, prefiero defender explícitamente al modelo y a las personas que lograron recuperar la política. Hoy estoy formando una familia, analizando opciones para trabajar, administrando la plata, planeando y calculando. Hace diez años, no me imaginaba vivir en un país con trabajo y con plata. Nadie me contó esta historia, yo la viví.
Sebastián Sánchez.
Diciembre de 2011.

martes, 6 de diciembre de 2011

Carta de mi hijo a su mamá

Hola mamita. ¡Feliz cumpleaños!

Tengo muchas ganas de abrazarte, que me beses en la frente, me des la leche. Quiero cobijarme dentro tuyo y convertirme en las persona que más te ame en el mundo.

Vos y papá salen a pasear siempre, yo los siento, y percibo las cosas que hacen y planean por el amor que me tienen, y yo me emociono mucho. ¡Quiero salir y estar con ustedes! Tener el calor de ustedes es lo único que deseo.

También quiero que me perdones mamita, yo te amo y no te quiero hacer llorar de dolor. Te prometo que no lo hago a propósito. Yo quiero que vos estés bien siempre, siempre vas a ser lo más lindo que tengo.

Vos y papá nunca se pelean, se aman mucho y por eso estoy orgulloso de que sean mi familia. ¡Soy tan chiquitito y tan afortunado con ustedes! No puedo creer que se preocupen tanto por mi vida y mi bienestar, y que sacrifiquen todo por mí.

Mamita de mi vida, sé que es tu cumple, 19 añitos, y estas sola, por eso quiero avisarte que estoy acá, dentro tuyo y con vos para siempre. Quiero que sepas mamita querida que yo quiero ser tu mejor regalo de cumpleaños desde ahora en adelante por toda tu vida.

Te amo tanto que no voy a permitir que nada ni nadie perjudique a nuestra familia, chiquita y joven pero con mucho amor, ¡como vos mamita! Tu vida es mi vida mamita, es nuestra vida, y yo te amo mucho y sé que me amas mucho.

¡Feliz cumple!

Tu bebé.
05/12/2011.
Sebastián Sánchez

El chileno y su lugar en el mundo

Allá me decían “el chileno” porque nací acá, en Angol, al pie de la Cordillera de Los Andes del lado chileno. El techo de nuestra casita apenas nos cubría del frío y se agujereaba dos por tres por el viento, dos veces se voló entero y una con habitación incluida. Cansados del trueque, de sobrevivir más que vivir en el medio de la nada, con mi mujer decidimos ir a probar suerte allá, a Villa Regina, el pueblo de la Patagonia Argentina en donde Ivo, mi hermano, decía que le iba tan bien desde principios de la década del ’60. En el 63 nos visitó y nos confirmó el futuro promisorio, que nos vaticinaba en las pocas cartas que nos habían llegado de las tantas que nos escribió.

Mi madre le decía que era un exagerado, un cobarde, que solo andaba con suerte, que ya se iba a arrepentir, que estaba perdiendo el tiempo. Pero cuando Ivo le respondía con una sonrisa luminosa entendíamos que no exageraba. Además, yo pensaba que, si había cruzado la cordillera con unos pocos pesos, y estaba formando una familia en Argentina con una chacarera de allá, no era ningún cobarde. En la alegría de mi hermano se vislumbraba que le iba bien, que había encontrado su vida y su lugar en el mundo.

Nos fuimos para allá. Lo único que teníamos para perder era yoa mi madre, y mi mujer a su familia. A mí me remordía la conciencia saber que yo la abandonaba igual que Ivo. Porque aunque no lo decía, a mi mamita le dolían dos cosas: que la dejemos en Chile, aunque se negara rotundamente a venir con nosotros y nos recordaba el arsenal de malos augurios que pobres ingenuos no veíamos, y además que sospechaba que nos íbamos con papá. Pero como no nos decía nada, no teníamos la tranquilidad de asegurarle que no, que papá nos abandonó en serio, que no teníamos idea siquiera de si estaba vivo o no. Ni nos importaba, por lo que hizo sufrir a mamita.

Mi amor por River Plate empezó en 1967, cuando jugábamos en los torneos de barrio, más que jugar nos matábamos. Todos idolatrábamos a muchachos que no conocíamos: Carrizo, Delem, Onega, Matosas, Artime, Pinino Más. En Regina se rumoreaba que iba a pasar un tren con todos ellos, algunos buscábamos quién había inventado esa fábula, pero muchos apostaron su locura a ambos lados del ferrocarril, y durante más de treinta horas esperaron al tren riverplatense hasta que llegó. No lo podíamos creer, ahí estaban ellos, les preguntábamos a cada uno qué jugador era, y en las respuestas nos temblaban las piernas. Algunos preguntaban por otros ídolos nacionales y nos contestaban que jugaban en Boca o en Racing, claro que por entonces no conocíamos tantos detalles de los equipos grandes, sólo los admirábamos.

Ellos se mezclaron con nosotros como personas normales. Y lo eran. Pero para nosotros eran seres más grandes que Dios, cuya existencia divina, sólo estaba adentro de la radio ante un comentarista que seguramente habla de cosas que son demasiado lindas para ser ciertas. Como cuando vas a misa y mientras el cura te convence de hermosas historias, te imaginás y admirás a Dios pero no sabés dónde está, hasta que terminás dudando si puede existir algo tan extraordinario. Los jugadores de River almorzaron con nosotros los sanguches y el vino que nos servía para matizar la espera, el almuerzo y las botellas frescas de agua, que ellos bajaron del tren. Ellos parecían más contentos que nosotros, hasta ensayaron un picado, pero fue tal la cantidad de gente que se volcó a jugar que el picadito murió en el intento.

River jugaba con el Colo Colo de Chile en la cancha del Club Cipolletti, era la cancha más linda de la región, y Cipolletti era lo menos malo que teníamos en nuestro magro fútbol regional. Hicimos lo imposible por ir con mi hermano y un amigo, caminamos hasta un poco más allá de Ingeniero Huergo y pensamos que nos sacábamos la lotería cuando se acercó el tren, pero cuando nos fuimos a subir, Ivo se cayó, se rompió un tobillo y el tren no lo pasó por arriba de milagro. Lo socorrimos, buscamos ayuda, algunos se acercaron, pero mucho no nos pudieron ayudar. Entrada la noche un chacarero nos encontró, no lo podíamos creer, había ido a la cancha, “el partido lo ganó River 4 a 1, no saben lo que fue ver a esos maestros” nos dijo, mientras llevaba a Ivo a un hospital en Roca. Después nos invitó a tomar un licor, para él era un día festivo, había jugado en las inferiores de Cipolletti y había sido entrenador campeón de la Liga Confluencia. Era fanático de ese club, y económicamente estaba muy bien, en su camión no hubiésemos tenido problemas para llegar a la cancha y hasta podríamos haber llevado a muchos amigos.

Dormimos en su garaje, menos Ivo que lo hizo más cómodo, como lo merecía. Ivo le prometió retribuirle la gentileza en Regina y no tardó en cumplir. El profe, apodo seguramente burlón, que se ganó el chacarero en su intento de hacerse el intelectual y que lo traicione su incapacidad para hablar con propiedad, pasaba seguido por Regina por laburo y era impostergable su visita en lo de Ivo o en casa. Así durante años. Un día cayó en casa con un recorte del diario Río Negro:

- Mirá esta foto. Se reía.
No la miré, leí el epígrafe. “Julio Felipe Luna, el héroe de la tarde, vive la emoción en andas de los adictos cipoleños”. Miré el título. “Cipolletti al Nacional”. No entendí.

- ¡Mirá José, mirá!
Me repitió el profe adivinando mi desconcierto y señalándome una figura humana borrosa. Era él quien llevaba al tal Luna en andas. Se mataba de risa. Me explicó que Cipolletti había ascendido a primera división. Que la semana venidera me pasaba a buscar para ir a la cancha de River. Ahí me reí yo.

La otra semana efectivamente me pasó a buscar. No sabía si realmente íbamos a la cancha de River, apenas me la imaginaba por las fotos. Me dolió como en el ‘62 pero por mi mujer. Estaba a dos meses de dar a luz, pero me iba a arrepentir toda la vida si no iba. Cuántas veces me había imaginado a esos genios en la cancha de Cipolletti, nunca lo había soñado siquiera en la de River. Si el profe me llevaba, seguro que íbamos al Monumental, pero no me imaginaba a Cipolletti en primera. Me llevó a su casa, dormimos ahí y al otro día temprano salimos para Capital Federal en una camioneta, menos imponente, pero mucho más ágil que el camión. En el camino el profe me contó que por el viaje habían intercambiado vehículos con su primo, que a su vez era su socio.

Yo le conté me acuerdo que cuando Boca pasó en el tren en Regina en 1969 también pararon, pero los jugadores no eran simpáticos como los de River, el profe sonrió y me dijo que mi fanatismo me cegaba, o algo por el estilo, y me contó lo lindo que estuvo aquel Cipolletti contra Boca. No me acuerdo qué me contó, pero le pude responder que a él también lo cegaba su fanatismo.

Hicimos noche en Santa Rosa, provincia de La Pampa, lo recuerdo bien, porque se llama igual que el pueblito de mi señora en la cordillera chilena. Y a la otra nochecita llegamos a Buenos Aires.

Esa ciudad no terminaba nunca, nunca me voy a olvidar. Menos mal que el profe la tenía clara, fuimos directamente a una hostería de Belgrano y de ahí a cenar. Al otro día jugaban River y Cipolletti en el Monumental. A la cena, en un bar barato y muy poco concurrido, invitamos a un muchacho de la mesa de al lado, a comer con nosotros como es costumbre en nuestros pueblitos del valle. Nos miró con pánico, pagó y salió casi corriendo pero disimulando el apuro. Nos miramos con el profe, nos desconcertó. “Así será la gente acá” me dijo y seguimos en lo nuestro.

Cuando llegamos al hotel, nos topamos con el mismo muchacho, dejándolo, hablando casi en secreto con el conserje. Se horrorizó al vernos y el conserje sonrió: “Quedate tranquilo, son de la Patagonia” le dijo en voz alta. El hombre nos miró desconfiado, pero el conserje alentó una mini reunión en la recepción: “¿Qué quieren tomar, whisky, licor, café?”. Yo no paraba de preguntarme qué se traían entre manos, el profe más confiado, se entregó a la reunión.

El hombre se llamaba Miguel. Yo tenía mucho sueño y observaba el hotel minuciosamente, no estaba al tanto de la charla. Miguel comentó que era de una Unidad Básica, no lo entendí, el profe tampoco porque enseguida le preguntó qué era y Miguel soltó rápido: “De la Juventud Peronista”, se hizo un silencio, el profe y yo entendíamos menos, hasta que Miguel agregó, “y el brujo nos la tiene junada”. Me fui a dormir imaginando a un tipo vestido de brujo, con el sombrero, el grano en la nariz y volando con su escoba. El profe se quedó.

Al otro día fuimos a la cancha. El Monumental. Como el estadio, ese día fue "monumental". Primero salió Cipolletti y nos sorprendió que desde la platea, todos vociferaran una voz aguda y se sopapeaban la boca. No entendíamos nada. Un nene que estaba delante de nosotros le preguntó a su papá:

- ¿Qué hacen?
- Es porque los de Cipolletti son unos indios, le respondió el padre, lo más campante.


Nuestra cara se transformó. Compadecí la bronca que guardaba el profe. Me quedé bastante mal por el insulto, hasta que la salida de River me devolvió al paraíso.

Yo no lo podía creer, ahí estaban todos esos genios. Y estaba en la cancha de River. Era el espectáculo que tantas veces imaginé. Tenía mucho miedo de despertarme, miraba para todos lados, tocaba todo, para convencerme que era real, que no estaba soñando. Trataba de no perderme detalle de nada, de no distraerme pensando en cotidianidades. No me importaba el trámite del partido, estar ahí para mí era un momento cumbre en mi vida, y lo estaba disfrutando de lo lindo. Cuando Cipolletti se puso 2 a 1, me llamó un poco más la atención el partido, no quería perderme detalle de los goles de River que faltaban aunque en veinte minutos terminaba el partido, era River y no podía perder. El profe se regodeaba de lo lindo con el penal que atajó su héroe Luna y la victoria histórica que estaba presenciando.

Igual un buen resultado para Cipolletti para mí no era injusto, porque estar ahí ya era un premio, y ese premio se lo debía al profe. Pensé que no me iba a alcanzar la vida para agradecerle haberme llevado. Pero el Beto Alonso todavía no se había metido en el partido. En mi vida vi algo semejante, ¡qué maestro! El Beto metió el empate y le hizo hacer dos goles más a Jota Jota López, ganó mi River 4 a 2.

Salimos con un silencio de estupefacción, por haber presenciado un espectáculo semejante. Inexplicable. Sabía que toda la vida me iba a acordar de ese día. Cuando le agradecí al profe me sonrió. Hizo una mueca negando y enseguida cambió de tema:

- El porteño viene con nosotros.
- ¿Qué porteño?
Le pregunté sinceramente sorprendido.
- Miguel, el de la Juventud Peronista, se quiere venir con nosotros. Yo le doy laburo y puede vivir en la chacra hasta que se acomode. Está muy contento

Yo no entendía nada, ¿tan amigos se habían hecho? ¿Hasta qué hora se quedaron anoche? Y el profe me explicó que “los peronistas lo quieren matar, él es peronista, pero están peleados entre los peronistas o algo así”.

Recordé lo que había llegado a escuchar de boca de Miguel, y le pregunté quién era el brujo. “Así le dicen a López Rega”, me contestó. Yo sabía que ese tipo estaba siempre al lado de Perón pero no me preocupé nunca por ver que pito tocaba, menos después de la muerte de Perón. No me imaginé cómo podían seguir a un líder que estaba muerto, aunque todavía costaba creer su muerte.

El viaje de vuelta fue muy divertido, hicimos buenas migas con el porteño, nos llevábamos muy bien los tres. De vuelta en el valle, nos hicimos inseparables. Ese viaje nos había unido para siempre. Acompañamos muy seguido al profe a la cancha, en realidad nos citaba en su chacra y después nos llevaba. Con tal de pasar más tiempo juntos íbamos con él.

Miguel se olvidó de su nombre, era “el porteño”, porque así hablábamos de él con el profe y regamos su apodo por todos lados, a él no le importaba. Nos quería mucho. Era muy agradecido.

Lo último que hicimos los tres juntos, fue ir a la cancha de Cipolletti a ver un partido de poca expectativa, el local contra el sub 20 de Argentina.

Hasta Ivo nos acompañó, que después de su accidente con el tren, rara vez transigió en salir de Regina. Pero Ivo, quería volver a ver el puente de Cipolletti con Neuquén “es hermoso y es gratis” nos repetía. “¡Qué gratis! Si lo pagamos nosotros con los impuestos” le respondía siempre el profe. “No, si te van a cobrar por pasar por un puente” se burlaba el porteño. A mí me apenaba que Ivo no conozca Buenos Aires, me imaginaba su cara allá, quería inventar una excusa para que el profe lo lleve, pero no me daba la cara.

Ya estábamos en otoño del ’77. El profe se agrandaba por la calidad de rivales que Cipolletti llevaba a la zona, y con "el porteño" le decíamos que los de Argentina eran unos pendejos que no conocía nadie. Yo sólo me desvivía por ver una vez más al Beto Alonso, y lo hacía saber. El porteño me insistía con el pibe nuevo de Argentinos Juniors, que era mejor que el Beto, creo que lo decía más por burlarse de mi sentimiento que por convicción. Yo le decía que ese pibe no iba a llegar a nada. ¡Cómo nos sorprendió verlo cuando entró a jugar contra Cipolletti en ese partido de morondanga! Y metió un gol, ¡para qué! "El porteño" se puso insoportable.

Se pasó con las gastadas y me fui con bronca a casa. Yo lo amaba al Beto, “¡sí es lo más grande que hay!” me repetía a mi mismo en voz alta. Creo, que supuso que yo había quedado mal, porque al otro día me invitó a tomar unos mates en el departamentito de mala muerte que el profe tenía en la chacra, pero que él con razón tomó como propio. No podía creer que el porteño viviese con tanto gusto en un lugarcito así, se notaba por lo que contaba, que él era de otro nivel económico, pero igual estaba loco de contento. Nunca se comunicaba con nadie de Buenos Aires.

Me llamó justo a tiempo para decirme que tenía una reunión con sus “compañeros” y que postergábamos los mates para otro día. Le dije que no se hiciera problema, que estaba todo bien. A la noche me llamó el profe asustado, el departamentito del porteño estaba todo revuelto, con la puerta rota, y el porteño no estaba. Le dije lo de la reunión y lo desconcerté peor, “si el porteño no conoce a nadie” me dijo.

Seis días después apareció el profe por casa, destruido:
- ¿No sabés nada del porteño? Le pregunté, a modo de saludo, y se me largó a llorar desconsolado.
- Lo dejaron en la chacra… muerto… desnudo… tiene quemaduras por todos lados… le faltan los dientes… le faltan dedos… lo hicieron mierda los hijos de puta… balbuceó ¿Quién le puede hacer una cosa así? ¿Quién es tan hijo de puta? Estaba aterrorizado, yo también, “en el pecho le pegaron un panfleto, con una convocatoria a los compañeros por la democracia, no sé qué mierda”, me detalló un rato después más tranquilo.

- Estaba en política, lo de “compañeros” es muy peronista, ¿fueron los milicos? ¿No sabés quién lo delató?.
- ¡Que se yo!
Me respondió, y volvió a llorar desconsolado.

Yo estaba muerto, no destruido, muerto. En el corto y austero velorio del porteño, nos enteramos que no se llamaba Miguel. Tenía un nombre raro, o por lo menos no lo recuerdo. El profe no podía creer que la policía aceleró los trámites del deceso pero no tomó la denuncia. “No se puede” le repitieron una y otra vez, sin abundar en detalles. No entendíamos nada. Como cuando lo conocimos al porteño cuatro años atrás. Pobre.

El mes siguiente, o un par de meses después, no me acuerdo, a mi mujer le diagnosticaron un cáncer fulminante y quiso ir a Chile a despedirse de sus seres queridos. Yo tenía la esperanza que sea una mentira para sacarme a mí del infierno en que se había convertido mi vida en el Alto Valle. Todos los días, ya en el pueblito de Santa Rosa, esperaba que me vuelva a acomodar el mundo diciendo que se curó milagrosamente. Todos me decían que el cáncer en el páncreas es mortal. Mi mujer murió en septiembre de 1977. Ese horrible 1977.

Vino Ivo a acompañarme, sin su mujer. Me contó asustado, que el profe estaba destrozado, muy deprimido, con barba, sucio, su chacra era un desastre, la había desatendido y era imposible convencerlo para que vuelva a su vida normal. “Está irreconocible” me resumió. Lo llamé, le iba a decir lo de mi mujer, para que nos demos ánimo mutuamente pero no pude, ese ser humano daba lástima, era imposible sacarlo de su cueva depresiva. El odio y el rencor que guardaba, le salían por los poros.

En las fiestas hablé con Ivo por teléfono:
- ¿Que sabés del profe? Esperé otra vez un alivio milagroso.
- Nada, es raro que atienda el teléfono. Supe que lo amenazan por lo del porteño.
- ¿Por qué lo amenazan, si él no hizo nada?
- Y que se yo. Me enteré que está por venir Boca a jugar contra Cipolletti por el campeonato, pensé en acompañarlo.
- Bueno, al menos me das una excusa para llamarlo.


Después de probar varias veces, me atendió.
- ¿Vas a ir a ver el partido? Traté de devolverlo a su vida.
- ¿Qué partido? Era la peor respuesta que me podía dar.
- ¿No vas a ver a Cipolletti? ¿No juega contra Boca?
- Ah, creo que sí, hace rato que no voy a la cancha. Siempre lo mismo, llegamos ahí y perdemos contra los grandes.

El profe no se preocupó por prolongar mucho la charla.

Dos o tres días después de año nuevo me llama mi hermano, con una voz de destrucción que lamentablemente ya conocía bien: “se mató el profe, se ahorcó”. No me sorprendió ya. Casi estaba esperando que me lo confirme. Dos días después, estaba en Cipolletti saliendo del cementerio y me puse a llorar como un nene cuando vi la pila de diarios con el título: “Cipolletti apabulló a Boca y le ganó 4 a 2”.

Me sentí culpable de la muerte del profe. No podía dejar a mi mujer en su enfermedad, pero abandoné a mi amigo y se mató. Trataba de consolarme pensando que no había un camino alternativo, o iba con mi mujer o me quedaba con el profe. Pero después pensaba que al profe, lo dejé solo en la angustia y se mató.

Volví a Chile y elegí mi pueblo para vivir por lo menos cerca de mi madre, no quería volver a abandonar a nadie. Mi madre murió en 1998, tranquila, en paz, agradecida por mi compañía. Dos años después, mirando en un bar un partido de River contra Cerro Porteño por la Libertadores, se me acercó un hombre alto de unos cincuenta años de edad:

- Veo que usted es fanático de River, ¿es argentino? Me preguntó con un acento chileno falso, que demostraba que ese hombre vivía ahí hace muchos años pero era de otro país.
- No, soy de acá, pero viví muchos años en Argentina, en la Patagonia.

Abrió los ojos muy grandes y se invitó solo a sentarse en mi mesa. Era sorprendente que nos encontremos tan lejos del valle, pero a la vez era razonable si los dos estábamos en el mismo pueblo, ya que somos menos de 50 mil habitantes.

- Yo también viví en la Patagonia, jugué al fútbol ahí y jugué contra River.
- ¿Usted es chileno?
Fue lo único que me salió para evitar el silencio de mi sorpresa, y pensé quién sería ese hombre, mientras esperaba su evidente respuesta negativa.
- No, argentino. Jugué el Nacional para Cipolletti, y jugué dos veces contra River.
- En el ‘73 en la cancha de River y en el ‘75 de local, ¿no?
Me anticipé sonriendo y le pregunté: ¿Quién es usted? ¿De qué jugaba?
- Era el arquero. No salía de su asombro.
- ¡Mire dónde lo vengo a encontrar! ¡Luna! ¿No?
- Si, el mismo.

El mismo del recorte, que el profe llevó en andas pensé yo.
- ¿Me cree si le digo que yo estuve en la cancha en los dos partidos que usted jugó contra River? Yo lo vi atajar el penal a Daulte en el Monumental.
- No me acordaba que era Daulte.
- Si. Y estuve en la cancha el día del gol de Pedro González.

Apenas hablé me quise morir. Siempre me pasa eso de decir algo, y darme cuenta que hiere a la otra persona cuando lo estoy terminando de decir y no hay vuelta atrás.
- Si (me dijo con una mueca triste, resignada), ese fue mi partido despedida, el fútbol es muy ingrato, ese gol me costó el puesto.
- ¿En serio?
(me hice el sorprendido). ¡Pero si fue un error involuntario! (traté de minimizar el asunto).
El loco prefirió meterse en el partido. No se que me comentó de Trotta y Berizzo, los marcadores centrales de River.

Nos hicimos compadres, hasta que ayer se suicidó. Estaba deprimido. Maldita depresión. Si la habré sufrido y ni siquiera tuve la cobardía de mis amigos para decir basta. Tengo que reconocer que me salvó mi hijo que me trae a mis nietos desde Regina en el tren trasandino, y me devuelven las ganas de vivir. Siempre pienso que el tren, fue lo único bueno que impulsaron los genocidas chilenos y argentinos, y concluyeron los gobiernos constitucionales de ambos países. Pero ahí está, cuando me acuerdo de los genocidas inevitablemente me acuerdo del porteño y del profe.

La muerte del loco me hizo acordar a la del profe, a la de mi señora, a la del porteño. ¡No se puede sufrir tanto! Ni pensar de volverme a Regina con mi hijo como él me lo implora. Pero me entiende, esa región donde él se recibió de ingeniero industrial y tuvo cuatro hijos, a mí me destruye moralmente. Ya no es mi lugar en el mundo, ninguno lo será, eso pienso mientras imagino un tren fantástico que me lleve con mis amigos, a ese profundo cielo negro de luna y estrellas blancas.

Sebastián Sánchez.
Octubre de 2011.
Agradecimiento a mi amigo Enrique Vázquez por su inclemente corrección al texto.

jueves, 10 de noviembre de 2011

Ni La Visera nos queda

¿Qué Cipo se nos cae? ¿Por qué ni La Visera nos queda?

En qué momento pasamos de reventar las tribunas en la final de una liga o en el Argentino B, a armar campañas extraordinarias para intentar que los albinegros vayan a ver a Cipo.

Es cierto que nos caminaron, que después del Nacional 85 nos correspondía un repechaje por jugar en primera y no en el Nacional B. Pero cómo fue que siendo lo mejorcito de la categoría descendimos. Siendo el más grande, lejos, del Torneo del Interior no ascendimos.

Cómo pasamos del equipazo del 98 a la agonía del 2000. Por qué la gente que le dio la espalda durante años al equipo de los pibes lo salvó del abismo en 2002. Si fuimos 700 a Córdoba en 2003, por qué descendimos dos años y medio después. De qué manera la gente volvió a alentar en el Argentino B. Qué le pasó al digno rival de Atlético en Tucumán para ser vapuleado por Sunchales en La Visera siete días después.

Godoy Cruz, San Martín de San Juan, Juventud Antoniana, Racing de Córdoba, Patronato por dos. Cómo se hace para perder finales con rivales cada vez más intrascendentes. Brown, Olimpo, Aldosivi, Independiente Rivadavia. Cómo nos pueden pasar por encima equipos que derrotábamos, después nos hicieron partidos, más tarde nos ganaron, y ahora soñamos con volver a enfrentar. El mundo evoluciona y lo miramos desde la luna.

En qué momento pasamos del fútbol-arte de Mingo Perilli a la irregularidad de Lalo Porra. De la magia de Pablo Parra a idolatrar el oportunismo del goleador del momento. De deleitarnos con los equipazos de Cadars, Celoria, Tempesta mal que nos pese, a aplaudir y gozar con tres pases seguidos.

¿A dónde nos estamos cayendo? Por qué nos conformamos con llevar mil personas a Allen. Dónde nos vamos a lamentar si ni La Visera nos queda. Y los años de gloria y de reconocimiento del fútbol nacional están perdidos en la lejanía.

Por qué le echamos la culpa de todo a los pocos que le ponen el pecho, a los "dirigentes", si solíamos solucionar los contratiempos y necesidades con agrupaciones multitudinarias de hinchas. Llegamos al extremo hasta de pedirle a los "dirigentes" que nos pongan traffic para viajar.

¿Fútbol era el de antes? ¿Cipo era el de antes? En qué momento la realidad nos hizo festejar un torneo cada 20 años.

Estamos golpeados por La Visera. Humillados por 90 minutos de Copa Argentina. Perdimos con Roca y Ramallo en Allen dos años después de batir el récord histórico de victorias de visitante. Pagamos sueldos en míseras cuotas a los pibes del club, trece años después de traer jugadores de jerarquía de Nacional B.

¿La culpa es de Arriaga? ¿La culpa es de Chelía? ¿La culpa es de Frutos? ¿La táctica, un par de jugadores, todos los jugadores? ¿La gente? O un poquito de cada uno.

Qué hacemos mal aparte de culpar al "otro". Qué no hacemos. Si potencial tenemos. Seguimos siendo el mejor club de la Patagonia y con más gente. Con más gente de la que nosotros suponemos. Si volvemos a La Visera y ganamos dos partidos ahí están todos otra vez. Miles y miles soñamos con sacudir de alegría los alambrados de La Visera.

Ni La Visera nos queda. Lo que nos queda no se compra con plata. Cuando descendimos al Argentino B, en la primera fecha apareció una bandera impecable que resumía: "Nos sobran los motivos". Sí, estamos golpeados y humillados. Pero ser grande no es un rendimiento futbolístico. Nos sobran las ganas, la pasión, la esperanza, los ejemplos, y la certeza de saber que se puede.

Sebastián Sánchez
Noviembre de 2011

martes, 8 de noviembre de 2011

“Cipolletti es parte gigante de mi vida y de mi corazón”

Hermosa tarde de sol en La Visera. Henry Sáez encara sin marca al arco de calle O’Higgins, persistente, incansable, falta poco para que termine el partido. Hace dos partidos que lo ponen de titular y no puede convertir un gol. Está nervioso, fastidioso, pese a la tranquilidad que le transmite el técnico Perilli y el goleador Padua. Quiere meter un gol en Cipolletti, es el sueño de su vida. Le sale el negro Pereyra, un monstruo dispuesto a impedir con su imponente presencia el sueño del ‘Goldo’. Cipolletti le gana 2 a 0 a Real Arroyo Seco y Sáez quiere su gol de una vez por todas. La tiene fácil pero no se decide a colocar el balón sobre la salida de Pereyra, engancha para afuera y enfrenta tres nuevos obstáculos: Pereyra es muy grandote y se va a arrojar al balón como un tigre a su presa, cierra un defensor rival por atrás de Pereyra, y el ‘Goldo’ se acomodó para definir con la derecha que es su pierna menos hábil. Parece un siglo hasta que Sáez define, parece que uno de los dos rivales va a dejar al ‘Goldo’ sin sueño por esta noche. Pero la pelota entra y La Visera estalla. Henry Sáez lo grita con el alma, los compañeros corren a abrazarlo pero él se dirige directamente a su amigo Julio Ibáñez. La 69 corea “olé olé olé olé, Goldo, Goldo”, seguramente muchos de ellos jugaron con él los torneos infantiles, el resto de La Visera se contagia en el canto gozoso. El ‘Goldo’ llora, no puede parar de llorar. Emoción, desahogo, alegría. El partido se sigue jugando y el ‘Goldo’ sigue llorando. Esa noche igual no podrá dormir, tendrá insomnio de felicidad. Ese gol será un resumen perfecto de su juego y su carrera futbolística: perseverancia, sacrificio, angustia, esperanza y gloria.

De lustrar los botines de los jugadores y barrer el vestuario para que no lo echen del club, a ídolo popular. De jugar en un equipo infantil de la hinchada, a cumplir el sueño de su vida. De no poder jugar en Cipolletti por ir a misa, al debut en el Argentino A. De los préstamos a Roca e Independiente, al optimismo de Raúl Ruiz para su consagración en Cipolletti.

La amistad con Julio Ibáñez, la paternidad de Luciano Vázquez, la devoción por el sacrificio y los goles de Germán Alecha, el entusiasmo de recibir el cariño de la gente. Con ustedes el goleador de Cipolletti, el ‘Malevo’, el ‘Goldo’, Henry Nicolás Sáez íntimo. De dónde viene, cómo llegó, qué piensa, y cómo vive el fútbol el nuevo jugador del pueblo, “el último jugador romántico”.

Su nuevo compañero de ataque y amigo, Luciano Vázquez, lo dejó en la puerta del club. Henry Sáez entró sonriente, tímido, se acercó a la mesa de Cipo Pasión y se entregó al reportaje. “Es un honor para mí” nos adelantó por teléfono. Postergó una semana el encuentro porque hizo un viaje de placer con Vázquez y sus respectivas novias aprovechando el receso. “¡El viernes que viene sin falta!” Se comprometió desde el paraíso cordillerano, “ustedes díganme a qué hora y en donde” se prestó.

Elegimos un sitio escondido del bar para evitar que los saludos lo dispersen. Entrando en la noche, el bullicio del club se fue apagando al igual que la semana de actividades. Henry está muy sereno sentado en Sport Var, sólo pide una botella de agua y nos entrega más de una hora de anécdotas, confesiones, y declaraciones de amor al club.

El ‘Goldo’ es hincha de Cipolletti desde que tiene uso de pasión. Desde los ocho años de edad iba a la popular con la familia. Su ídolo, el primero que tuvo como hincha, fue Rodrigo San Martín, el ‘Metra’, aquel pibe de 17 años que en 1999 fue figura contra Chicago en el equipo de Celoria, y en la temporada siguiente le entregaron un problemita disfrazado de camiseta “10” y cinta de capitán. Más allá de idolatrar al ‘Metra’, la devoción del ‘Goldo’ y todos sus amigos siempre fue el gran capitán Henry Homann.

Dicen que en Fiorito, ‘Goyo’ Carrizo era el mejor jugador del potrero y el segundo era Maradona. Es ley, el futbolista que llega deja atrás a uno que era mejor que él. En el caso de Henry Sáez fue su hermano Denis, “el ‘Estu’ (Gutiérrez) me gasta, me dice que yo no tendría que haber llegado, y le cuenta a todos que mi hermano era mejor”.

“Mi hermano siempre vino a la cancha, pero tranquilo. Cuando yo empecé a jugar faltó que se pinte la cara nomás”. Se refiere a Denis de 25 años, su hermano más cercano y el único por parte de padre y madre. También menciona con cariño a Diego (16) y Karen (14) por parte de su papá, y Matías (14) por parte de su mamá.

Cuando Henry habla de su abuela Juana se le llena cara de amor, se nota que es uno de los seres que más ama en el mundo. El ‘Goldo’ no puede referirse a la abuela sin sonreír, ni siquiera cuando recuerda el problema que representó conseguir los permisos de la abuela cuando él lo único que quería era jugar al fútbol. La religión puso trabas en las carreras de Henry y Denis: “Todos los domingos la abuela nos llevaba a la iglesia. Nosotros entrenábamos toda la semana, y el domingo en vez de jugar la abuela nos quería llevar a misa. Desde las nueve de la mañana hasta las tres de la tarde estábamos peleando y negociando”. Ganaban Denis y Henry y se iban a jugar al club, pero con miedo por la última advertencia de la abuela: “¡Cuando vengan con una pierna en la mano no vayan a llorar a la iglesia eh!”.

Perilli y Sícolo tuvieron que ir a hablar con Juana para que sus nietos vivan en la pensión del club, el objetivo era que se dediquen de lleno al fútbol, sobre todo Denis que pintaba mejor. No lo lograron, pero consiguieron los permisos definitivos para que el fútbol le gane la pulseada a la religión todos los domingos.

Le sobra paz al ‘Goldo’ cuando confiesa: “Como yo me crié con mis abuelos, con mi viejo siempre me llevé más o menos, pero ahora me llevo de diez con mis dos viejos. Ya pasó mi rebeldía típica de la etapa de adolescente”. Arma un podio con sus manos y ubica: “Mi abuela estaba arriba, mi hermano ahí, y el club porque estaba todo el día acá, me gustaba estar acá siempre aunque yo no juegue, miraba todos los partidos de inferiores, los mundialitos, por eso me tatué mis tres amores”.

Efectivamente, en la adolescencia se tatuó las tres cosas más importantes en su vida. Cuando lo decidió, Denis trató de hacerlo desistir del objetivo, “la abuela te va a matar, no te va a dejar, además si el que te lo hace no tiene un negocio, es malísimo”, pero nada pudo detener el ímpetu del ‘Goldo’: “Le dije que me lo iba a hacer en la espalda y la abuela no lo iba a ver”.

El tatuaje tiene las iniciales de Denis Adrián Sáez (el hermano) y Juana Carmen Espinoza (la abuela), que se sentirán orgullosos. Sin embargo durante dos años Henry le esquivó a la marca pegajosa de los ojos de la abuela, aún viviendo con ella: “Un verano mi hermano me mandó a despertarla y yo estaba sin remera, me olvidé, le digo ‘abuela despertate’, me doy vuelta y me grita ‘¡vení para acá!’… anduvo enojada como un mes”.

Cuando empezaba a jugar en las inferiores de Cipolletti, repartía los fines de semana entre la escuelita y el bloque menor del club, y el equipo de su barrio “Los cachorros de la 69”. “Me crié con todos los chicos que ahora en la popular se ven grandes, jugaba con ellos. Se jugaba por vaquillonas. Nuestro técnico era el jefe de la 69, ¡jugaba cada delincuente! Éramos todos vándalos, yo también. Mi abuela se volvía loca, no quería saber nada que juegue con ellos. Jugábamos en El Chañar, Añelo, encima jugabamos todo el domingo. Los sábados yo jugaba en el club y los domingos ahí. Cuando crecí ya no pude ir más. Yo no les contaba que jugaba en Cipolletti, algunos sabían que entrenaba nomás. ¡Cuando me vieron adentro de la cancha! Ahora se vuelven locos si no los saludo, los conozco a todos”, el recuerdo le encanta a Sáez, lo divierte haberse divertido tanto con el fútbol.

Juan Rastellini fue el único compañero de inferiores que llegó a jugar con Henry Sáez en primera. El ‘Goldo’ jugaba en la ’87 aunque es ’88. En la ’87 estaba Alan Yorno, con quien debió jugar el Mundialito Infantil pero le quedó la espina: “Me fui de vacaciones cuando tenía que jugar el Mundialito, un boludo bárbaro, me llevó mi abuelo y yo me quería matar”. Años después llegó el cordobés Ávila y fue su compañero desde quinta división.

No compuso ningún recordado equipo del semillero albinegro. Jugó en la ’87 hasta que se lesionó una rodilla, y cuando volvió Julio Torres le respetó su categoría ’88: “Éramos la peor categoría de la historia de Cipolletti, no le ganábamos a nadie, no teníamos nada, perdíamos todos los partidos. Cuando llegué a quinta división mezclaron las categorías, nosotros nos juntamos con la ’87 y limpiaron la ’88, quedamos Fernando Castro y yo”, el recuerdo es malo pero el ‘Goldo’ igual lo disfruta, sabe que los éxitos y las frustraciones lo prepararon para jugar al fútbol con tanto sentimiento.

En primera división de Liga Confluencia también tuvo su día de gloria, el 10 de julio de 2005 metió dos goles (el segundo exquisito), en la final contra Pillmatun para que el albinegro se corone tricampeón de liga en La Visera. En esos equipos donde se gestó la vuelta olímpica del Argentino B, Henry Sáez formó una sociedad ideal con Julio Ibáñez, que traspasó los límites del campo de juego: “Somos muy amigos, más que nada por amigos en común del barrio. Aparte yo me anotaba con mis amigos en el torneo de fútbol que me entere, y así lo conocí. Después él se fue a Renato Cesarini, cuando me lo encontré de vuelta en el club éramos los más chicos del plantel, en la época de Jorge Julio”.

El ‘Guante’ y el ‘Goldo’ se mueren por jugar juntos mucho tiempo en primera: “Siempre lo soñamos, cuando estábamos en el banco, cuando jugábamos la liga, decíamos que por lo menos un torneo nos toque jugar juntos. Cuando sos amigo compartís todo más allá del juego”. Juegan de memoria juntos, pero el ‘Goldo’ agrega que el Manuel Gutiérrez también es un socio que le cae muy bien: “Pasa que con el ‘Estu’ jugamos dos millones de prácticas para los suplentes, Julio jugaba siempre de titular, y cuando el ‘Mono’ (Estu) levantaba la cabeza ya sabíamos que íbamos a hacer, hasta hoy nos entendemos muchísimo”.

Cuando empezó a alternar en primera división era muy común verlo en la popular de La Visera. Sin embargo cuando Cipo Pasión lo entrevistó en el 2007 eligió a la platea como mejor ubicación para ver a Cipo, “porque en la popular putean a mis compañeros y no me gusta” alegó. Cuatro años después aclara más tranquilo: “Estaba re caliente. Tenía mucha afinidad con Manolo (Berra) y cuando llegó se lo insultaba muchísimo. Pero cuando me enojaba mucho mucho mucho mucho era cuando lo insultaban a Germán (Alecha). Yo de chico lo miraba a Germán y lo veía re agrandado, y cuando me tocó compartir el plantel con él era un fenómeno en todo sentido, como persona, como jugador, como compañero, con todo. Es un tipazo, es increíble lo buena persona que es. Yo veía todo el esfuerzo que hacía para entrenar, todas las ganas que le ponía, todas las dificultades que tenía porque es muy propenso a lesiones, todo el sacrificio que hacía, y jugaba cinco minutos y a los cinco minutos lo estaban puteando” se agarra la cabeza en la bronca del recuerdo, y agrega indignado: “¡Y me acuerdo de una entrada en calor que yo estaba atrás del arco y lo empezaron a putear! Me volvía loco, y mi novia me atajaba para que no responda. Yo soy re calentón encima, contaba hasta diez mil para no responder”.

Se desprende la admiración del ‘Goldo” a Alecha cuando agrega que uno de los goles de Cipolletti que más gritó fue el de Germán a Patronato: “Me quedé con la garganta en la mano. No me acuerdo si yo estaba en Independiente o en Catriel, pero estaba ahí atrás del arco, la cancha explotaba, y entra Germán y mete un gol. Cada vez que entraba Germán yo esperaba que meta un gol por todo lo que lo insultaban, me volvía loco”.

Es buen compañero. Todas las mañanas entra a Cipo Pasión, y no se cansa de pedirle a familiares y amigos que borren mensajes contra sus amigos del club. “He tenido cada quilombo con eso” sonríe. Sabe que es la ley del fútbol pese a que una y otra vez se define como “re calentón”.

En plena pretemporada en El Chocón llegó la propuesta de Deportivo Roca. Apenas había jugado en el Argentino A y Argentino B. El entusiasmo de Perilli por darle continuidad al ‘Goldo’ en un torneo competitivo, se transformó en misión imposible de convencer a un hincha fanático de Cipolletti para que defienda los colores de su máximo rival: “El ‘Mingo’ (Perilli) me preguntó si me animaba a ir a Roca y le dije que no, me dijo que había llegado el ‘Chicho’ Vogliotti, estaban Bruno (Weisser) y Hugo (Prieto), yo no iba a tener muchas chances, y yo era muy chico pero prefería quedarme peleando en Cipolletti”.

Perilli insistió, le dijo que le iba a hacer bien, le citó el ejemplo de los préstamos de Weisser y Prieto a Alianza, “¡pero nadie fue a Roca!” contestó el Goldo. “Parecía un pibe de cinco años en la pretemporada, estaba todo el día con puchero, corría haciendo puchero, comía haciendo puchero”, se hizo la cabeza, pensó que Perilli se lo quería sacar de encima, hasta que el entrenador le demostró sinceridad en sus augurios que era lo mejor para él: “Parecía mi viejo, me dijo que me iba a llamar todos los días para ver cómo me iba, que cualquier cosa que me pase que lo llame, que si quería volver él me iba a buscar”.

En la primera práctica se topó con hinchas de Roca comiendo un asado, Henry pasaba corriendo y escuchaba “acá hay que transpirar la camiseta eh”, “y eso que tenés en la espalda te lo vamos a sacar con esto” levantando un cuchillo. El ‘Goldo’ sigue disfrutando de los recuerdos aunque no sean los mejores: “El profe me había mando a trotar y el vago me dice eso. Me lo dijo serio, todavía no sé si fue un chiste. Encima yo era chico, tendría 18 años”.

El padre aprobó el convencimiento de Henry, el abuelo también, pero la abuela Juana pronosticó: “Te hiciste esa cosa en la espalda ahora vas para allá, mirá si te pasa algo”, “no abuela cuando uno va a sumar es distinto que si voy en contra” tranquilizó el nieto goleador.

Sólo al principio tuvo problemas con el tatuaje, algunos compañeros le pedían que no se saque la remera, que se bañe con remera, pero ya pasó todo y ahora reflexiona que era todo en chiste: “La gente me trató re bien, yo sabía que en la primera cagada que me mandaba me iban a putear, pero me trataron re bien, todos, la verdad que no me lo esperaba, los dirigentes, la gente que trabaja en el club, los chicos ¡todos! Aparte como yo llegaba de Cipolletti me tenían bien pese que había jugado poco. Me hice amigo de algunos, con el ‘Titi’ (Villanueva) me llevaba re bien, después de todo lo que lo odié porque en los clásicos me pegaba hasta debajo de las muelas, y ahora tenemos una amistad copada, con todos”. Y concluye dándole la derecha al ‘Mingo’: “¡Me re sirvió ir a Roca al final!”.

Henry siempre cantó bien, desde que jugaba en la liga sus compañeros lo aseguraban. “Mi viejo siempre tocó la guitarra re bien y cantó. De chiquito nos llevaba en los asados a hacernos cantar, a mí y a mi hermano. Después empecé a cantar en la escuela, en los actos, y en un canto bar le dediqué una canción a mi novia. A un vago le gustó y me llevó a un estudio de grabación”. Le propusieron grabar algún tema en estudio y él aceptó para dedicárselo a su novia Carina.

El asunto se le fue de las manos cuando le propusieron hacer un CD, y el apodo “el último jugador romántico” que utilizan los relatores para darle color al relato, viene del título del disco que le impusieron sus compañeros. El ‘Goldo’ califica de increíble la situación que derivó en el disco: “El del estudio de grabación era el que hizo la canción ‘Vamos Cipo todavía’, cuando me vio a mí se volvió loco, quería que yo grabe un CD, yo le quería cantar un tema a mi novia nomás”.

En un viaje para jugar de visitante, el ‘Goldo’ le contó a Nahuel que estaba grabando un par de canciones, y que le insistían para hacer un CD. Adrián Nahuel al ver que le costaba convencerlo para que acepte, le contó a Germán Alecha, quien se encargó de hacer marketing en todo el plantel pese al descontento general por el género romántico. En eso trataron de persuadirlo, “mirá si los defensores rivales se enteran que cantas romántico, me decían”. Todos querían cumbia sino rock, Alecha tomó la posta y convocó a todos para elegirle un nombre al disco: “Ni había sacado el CD, había grabado dos temas nomás, eligieron ‘el último jugador romántico’ y me dijeron que si no le ponía ese nombre no me lo compraba ninguno de los jugadores. Me lo compraron y ni lo deben haber escuchado, lo deben haber escuchado dos o tres para hincharme los huevos nomás. El ‘Estu’ me carga y me dice que lo tiene para apoyar la pava”. Para colmo un par de viajes después Henry llevó un demo con dos canciones y lo pusieron en el colectivo, Cipolletti empató después de una serie de derrotas de visitante. La voz del goleador quedó como cábala.

Su primer apodo en el club fue el ‘Malevo’, cuando en infantiles viajaba con décima, primera y tercera división, en ese entonces la décima jugaba entre primera y tercera. ‘Mingo’ Colantuono gestionaba el permiso todos los domingos incansablemente: “Mi hermano no quería que yo vaya, pero si no me llevaba mi abuela no lo dejaba a él. Cuando llegué al club para el primer viaje me siento al lado del ‘Mingo’ Perilli, todo el viaje hablando con él, lo volví loco. Me portaba re mal y el ‘Pato’ (Amorone), el ‘Metra’ y Nahuel me pusieron ‘Malevo’, los jugadores de ese equipo hasta el día de hoy me conocen por ‘Malevo’”.

Después se acostumbró la mayoría a llamarlo por ‘Goldo’, porque de chico al hermano no le salía la erre, y le decía ‘Goldo’ en lugar de gordo.

Volvió de Roca y le tocó reemplazar nada menos que a Oscar Padua, a quien lo traicionó una hepatitis tóxica. Para las finales volvió el ‘Loco’ y Henry Sáez quedó relegado. En la pretemporada volvió al club Germán Alecha a pelear por la “9”. El ‘Goldo’ arregló con Deportivo Madryn, pero los aurinegros cambiaron de técnico antes de hacer la pretemporada, y el nuevo entrenador no quiso un delantero joven.

Llegó el peor momento de la carrera del ‘Goldo’. El club que lo acunó en la escuelita, lo mamó en inferiores, y lo desarrolló en primera, lo dejó en la vereda de Mengelle al 200 con el pase en su poder. La expresión en el rostro y la tonalidad de la voz de Sáez cambian drásticamente cuando rememora esos días. No hizo pretemporada esperando ir a Madryn y no le quisieron renovar contrato en Cipolletti: “Tuve una discusión muy fuerte con los dirigentes, y me terminé peleando con todos. Era jueves y el viernes a las ocho cerraba el libro de pases, el torneo empezaba el domingo. No me querían arreglar, después me querían arreglar por dos pesos, me pelié mal, me ofrecieron el pase y yo vuelto loco lo agarré y me fui. Cuando crucé la puerta del club casi me desmayo, caminaba llorando y pensaba ¡que cagada que me mandé! Pensando que la culpa era mía, pero después cuando me tranquilicé me di cuenta como había sido todo”.
Lo llamó Perilli pero el ‘Goldo’ no lo quiso atender, estaba moqueando demasiado, muy deprimido y no quería que su ya ex entrenador lo escuche con la voz quebrada. Por suerte lo atendió más tarde y el ‘Goldo’ le contó todo: “Me dijo que me quede tranquilo, que él iba a hablar con un representante para que me consiga club y yo no me iba a quedar sin jugar”.

Llegó llorando a la casa y la abuela lo interrogó muy preocupada. No le quiso contar, ese orgullo del pibe que no le quiere contar a nadie por qué llora. Sin embargo el dolor y la pasión del ‘Goldo’ eran tan grandes que se permitía llorar. “¡Cuando le conté a mi abuela estaba que agarraba el palo de amasar y se venía para acá eh!”, mencionar a su abuela le vuelve a arrancar una sonrisa automática, pese a que la expresión por recordar su peor momento anímico en el club ya no es la misma.

Al otro día lo llamó Rómulo Severini para que juegue en Bella Vista de Bahía Blanca, pero sólo le ofrecieron casa y comida. Decidió buscar trabajo y dejar el fútbol cuando falleció su tío, horas después de terminar su vínculo con Cipolletti y quedarse sin club. Juana fue la única que intentó persuadirlo. “Empecé a buscar trabajo y a la semana me llama Rogger (Morales) que estaba en Fernández Oro, me pidió que vaya a entrenar unos días para no quedarme parado y si me salía algo él me dejaba irme. Fui porque además había un par de amigos míos, me llevé bien con todos los chicos y la cancha es muy linda para entrenar”.

Otra vez el asunto se le fue de las manos, su presencia en los entrenamientos del trueno verde revolucionó Oro, la gente se entusiasmó, y lo llamaban de las radios locales. Sáez no quería jugar, pero se sintió en la obligación para devolverle a Morales la posibilidad que le dio de salir de la cueva de silencio de su habitación.

Henry Sáez debutó en Oro y le metió tres goles al campeón de la liga: “Quedé como el mejor, estaban chochos, y jugué ahí hasta que me desgarré. Un mes después volví y me volví a desgarrar, porque no había hecho pretemporada y además estaba mal de la cabeza con todo lo que me había pasado”.

Terminó el torneo y no lo pudo jugar por las lesiones. Llamó a Perilli para entrenar en Cipolletti mientras buscaba club, y ‘Mingo’ consultó con los dirigentes: “El ‘Mingo’ me dijo que Luis (Boschi) no quería, pero después me aconsejó que lo llame yo, lo llamé y me citó en su oficina. Me dijo que podía entrenar con la condición de que deje el pase en el club. Yo, hincha de Cipo de toda la vida, lo que más quería era estar acá y ni lo dudé”. El ‘Goldo’ levanta la mano, se frota el dedo índice con el pulgar una y otra vez simbolizando el dinero, y agrega: “¡Nada! Gratarola”.

Cipolletti había terminado una pretemporada corta, y lo llamó Rogger Morales citándolo a jugar en Independiente de Neuquén. El ‘Goldo’ no estaba bien entrenado pero al técnico no le importó porque estaba a punto de comenzar la pretemporada. Le dijo que le tenía una confianza bárbara y lo convenció, Lorenzo Frutos le dio el visto bueno al préstamo ya que le iba a hacer bien jugar seguido, y seguía con pocas chances en Cipolletti.

En Independiente le fue muy bien desde el punto de vista profesional, jugó casi todos los partidos y se adaptó muy bien al grupo de trabajo. Pero se fue mal porque hubo problemas económicos que pegaron duro en el plantel neuquino: “Nos debían mucha plata, me fui enojado con los dirigentes, no con Rogger porque es una persona bárbara que conmigo se portó re bien”.

Volvió a Cipolletti y enseguida lo llamó José Valledor, el ‘Churrero’. Le pidió que vaya a Catriel porque estaban armando algo lindo pero Henry Sáez se despidió del fútbol otra vez: “Le dije que no porque no quería jugar más, quería buscar laburo. Me convenció (Adrián) Nahuel que me pidió que vaya así él no iba solo, así que fuimos y nos trataron de diez. Tenía la expectativa que me consigan laburo, ni pensamos que nos iba a ir como nos fue, armamos un lindo equipo y empezamos a ganar sin parar”.

Llegó a Catriel y le consiguieron casa, el ‘Goldo’ se despegó de su ciudad natal. Le gustó el ambiente familiar del club y la calidad de gente que encontró en esos pagos. “Jugamos el primer partido contra Cipolletti”, cierra los ojos demostrando el dolor que le significa jugar contra el club de sus amores, “y todos me decían que tenía que hacer un gol. Ganamos 2 a 0 y no metí ninguno, ¡metió un gol Nahuel! Empezaron a gastarme, decían ‘¿trajimos un goleador o que trajimos?’. Esos chistes macabros en los que el aludido duda si es chiste o es en serio. En el segundo partido Sáez dejó en claro que clase de jugador contrató Catriel, ¡y metió seis goles!: “Y ahí empecé a hacer goles, andaba con una racha impresionante, me pegaba en a pestaña y entraba. Era tremendo”.

El ‘Goldo’ terminó el torneo como hombre gol de Catriel, y fue el jugador del campeonato. Convirtió 27 goles en 14 partidos. Catriel le ofreció trabajo, el bendito laburo que él buscaba, para retener al goleador, “justo me lo encontré en la calle al ‘Ruso’ (Homann) y me dijo que en el club se hablaba de mí, que estaba la posibilidad de volver. Le dije que sí, que yo quería volver. Al otro día me fue a ver un vago de Catriel y me dijo que ya estaba el laburo, que me tenía que hacer el preocupacional y me endulzó diciendo cuánto iba a ganar”.

El abuelo y el padre, preocupados por el bienestar del nene, infringieron contra el regreso del ‘Goldo’ a Cipolletti. Le dijeron que ya estaba más grande y que tenía que aprender de lo que le había pasado en el Club Cipolletti, pronosticaron que le iban a pagar su esfuerzo con la misma moneda de la vez anterior, y Catriel le estaba ofreciendo otra recompensa por el esfuerzo. La abuela esta vez se acercó al corazón de Henry: “Lo que vos decidas para mí está bien, yo te voy a apoyar siempre”, justo las palabras que el nieto necesitaba.

No se conformó con éxito inmediato de Catriel, estaba muy fuerte anímicamente y eligió la revancha personal en Cipolletti. Se había despejado el panorama, ya no estaban Padua, Alecha, ni Prieto, y había decidido irse del club el reciente goleador Petti. Bruno Weisser era número puesto, Mario Avila y Jeremías Attadía se disputaban la “9”, y en eso volvió Henry Sáez. “Si lo vas a hacer, hacelo al máximo porque lo estás haciendo más con el corazón que con la cabeza” le aconsejó su papá Adrián, y vaya si el hijo cumplió.

El ‘Goldo’ fue feliz sólo con volver a entrenar en Cipolletti. Cuando entró al vestuario sintió que renacía. Se miraba la ropa de entrenamiento puesta y no cabía en sí de la alegría. Se acordó de Ruiz que también estaba muy feliz con él. El ‘Oreja’ lo llamaba cada vez que terminaba un partido de Catriel y le preguntaba cuántos goles había metido. Después le recordaba que si seguía así volvería a Cipolletti, y que iba a ser titular.

Los entrenamientos lo confundieron, Frutos probaba variantes y mezclaba equipos. En los amistosos contra Alianza y Unión Alem Progresista no sólo quedó claro que él sería titular, sino que metió un gol en cada partido.

“Cuando me tocó jugar estaba más feliz que no se…” No es necesario que el ‘Goldo’ cierre la comparación, su cara es otra vez la de una persona feliz que siente que la vida le sonríe.

Hoy el ‘Goldo’ mete un gol en Cipolletti y se besa el escudo una y otra vez, señala a todos los puntos de la tribuna albinegra: “Es que tengo amigos por todos lados, tengo a mi novia con mi suegro, mi vieja, mi viejo, y mis amigos, y me acuerdo de todos por lo que me apoyan cada vez que meto un gol. Más allá que son hinchas de club, yo creo que van porque soy feliz jugando en Cipolletti”. Asegura que las que más sufrieron por él fueron su abuela Juana y su novia Carina, que lo apoyaron incondicionalmente en el peor momento cuando se fue del club.

Resulta extraño entonces que también tenga tantos amigos en la hinchada de Roca, ya que cuando le hizo el gol en la Copa Argentina se besó la camiseta frente a la hinchada visitante: “No, ahí porque me insultaban, desde que entré a precalentar me insultaban, todo el partido me dijeron de todo y me pasé de revoluciones. Encima me tiraron con agua caliente de un termo. Me acercaba un poco y me decían camisetero”, se ríe mucho y confiesa, “ahí un poco de razón tenían, me faltó la de Olimpo y la de Aldosivi nomás”.

El ‘Goldo’ tenía muchas ganas de jugar ese partido, se declara inimputable por ese festejo ya que Cipolletti tenía un jugador menos y el partido estaba muy caliente. El día anterior lo había pasado muy mal porque su mamá estaba internada y la trasladaron a Buenos Aires. Henry abre las dos manos y reconoce: “Llegué con la cabeza así a ese partido. Cuando terminó se me había acalambrado todo, en el colectivo Julito Ibáñez me ayudaba a elongar de lo acalambrado que estaba”. Explicado el entorno, vuelve el festejo del gol: “Fue un descargo tremendo, llegué a la mitad de la cancha y lo grité de vuelta, se me salía la garganta gritando el gol, de bronca, de impotencia. Nosotros sabíamos que teníamos más equipo (que Roca), pero no nos salían las cosas, estábamos nerviosos, y así y todo, jugando más o menos, igual íbamos para adelante, los queríamos pasar por arriba”.

Henry Sáez no sólo ya jugó en césped sintético como el que tendrá La Visera, ¡metió un gol de tiro libre!, ¿repetirá en su casa?: “Llego a acomodar para patear un tiro libre y me limpian mis compañeros” se ríe.

Levanta los codos de la mesa, mira al cielo y pega un fuerte aplauso sin soltarse las manos y sin dejar de mirar al cielo, el ‘Goldo’ implora: “¡Ojalá que terminen la cancha! Te hablo como jugador y como hincha, queremos que terminen la cancha. Que la terminen rápido y que quede lindo, que la gente pueda venir a su cancha. Yo quiero venir a jugar en mi cancha, no allá, con respeto a la gente de Unión, yo quiero mi cancha, extraño todo, la voz del estadio, la gente, ¡todo!”.

Los chicos se quieren sacar fotos con el ‘Goldo’, la gente lo quiere al ‘Goldo’, cualquier cosa que haga el ‘Goldo’ adentro de la cancha es mucho más trascendente a la que puedan hacer sus compañeros. Sobre todo los goles. Es el ídolo de Cipolletti en la actualidad, el referente que eligieron los hinchas, como en épocas anteriores eligieron a otros que quedaron para siempre en las retinas. ¿Henry Sáez será conciente del lugar de privilegio que se ganó?: "No se, capaz que tiene que ver que soy de acá…”.

Es imposible enumerar la cantidad de jugadores cipoleños repudiados por la gente de Cipo, incluso el ‘Goldo’ citó una época de Alecha: “Es que jugar con la “9” es un desafío importante, estas en el ojo de la tormenta. No soy conciente, no caigo todavía, yo sigo haciendo mi vida normal. Me vuelvo loco con los halagos, siempre leo las cosas que me escriben en facebook y me emociona. Por ahí estoy leyendo y le digo a mi novia ‘¡mirá, mirá lo que me escribieron!’ soy un nene. Trato de responderles a todos y mi novia me dice que mande un mensaje solo agradeciendo en general".

Su estilo de juego debe ayudar mucho al fervor del público: "Siempre jugué así, desde chico en todos los partidos, en el club de barrio y en todos los equipos que me tocó. Por ahí en Cipolletti se nota un plus por lo que significa y por lo que quiero esta camiseta. Más allá de jugar bien, mal o regular, la actitud y las ganas de querer ganar es de siempre”.

Ser hincha de Cipolletti es un estilo de vida para muchas personas, evidentemente para Henry Sáez también: “El Club Cipolletti forma parte gigante de mi vida y de mi corazón. Pasé toda mi vida acá, en mi adolescencia pasé épocas re jodidas, muy jodidas, en las que me costó mucho recuperarme como persona. Y gracias al club pude salir adelante y volver a jugar al fútbol. Estuve a punto de dejar todo por un montón de cosas que me pasaron, y por eso te digo que significa muchísimo el club. A cada parte del club, a cada pedazo del club lo quiero como si fuera mi casa, lo amo al club. Siempre que paso por acá y lo veo me infla el pecho, veo esto (Sport Var) y cuando voy con alguien le digo ‘¡qué lindo que es el club!’ y me sale de adentro”.

Qué siente alguien que ama profunda e incondicionalmente al club desde chico, al defender la camiseta desde adentro de la cancha: “Siempre que me pongo la camiseta de Cipolletti trato de sentirla como si fuera el último día que me la pongo, es re contra especial. Es por eso también que me tatué el escudo, para devolverle o reconocerle al club por todo lo que me pasó, todo lo que me pasa, y me marcó en mi vida”.

La nota se cierra, se fue más de una hora pero el ‘Goldo’ la disfrutó mucho, demasiado, él mismo no la quiere terminar y pide agregar una anécdota: “Dejame agradecer a (Mauricio) Serenelli, que soy jugador de fútbol gracias a él. Yo jugaba en quinta y en sexta, era típico que falte a entrenar y Serenelli me hacía lustrar los botines de todos los jugadores, sino me echaban del club”.

El profe lo quería echar pero ‘Mingo’ lo tranquilizaba, entonces “yo llegaba y enseguida el ‘Mauri’ le decía a ‘Miguelón’ que me de todos los botines del plantel para lustrar. También me hacía barrer el vestuario, y yo aceptaba para que no me echen, hasta que entendí y no falté más a entrenar. Serenelli es un fenómeno como persona y como profe”.

Bianchi definió a Palermo como ‘el optimista del gol’. Henry Sáez será ‘el romántico del gol’, porque en su juego se desprende el amor absoluto a la camiseta de Cipolletti. El sacrificio por cualquier camiseta que se ponga. Y la humildad de un ídolo de la gente que no se la cree, al extremo de afirmar con orgullo que lustró botines y barrió el vestuario del club.


Sebastián Sánchez
Noviembre de 2011

viernes, 30 de septiembre de 2011

Titán del gol y de la vida

Autor: Martín Palermo.
Editorial Planeta 2011.

La cabeza en primera persona de quien supo salir adelante de las peores atrocidades en su trabajo y en su vida. La historia de película de un ídolo.

domingo, 31 de julio de 2011

El Flaco

Autor: José Pablo Feinmann.
Editorial Planeta (2011).

Que los opositores lo tilden de kirchnerista, y que algunos kirchneristas lo acusen de traidor, demuestra un compromiso del filósofo con sus propias convicciones que maduraron durante más de cuatro décadas de incuestionable experiencia en militancia política.

Un presidente desconocido del sur que llegó a la Casa Rosada con el porcentaje mas bajo de la historia de las elecciones presidenciales, vulnerable a todos los poderes económicos y oscuros que hasta le presentaron un pliego de condiciones y le pronosticaron un año de duración, buscó desplegar su vuelo a partir de negociaciones políticas, acuerdos sindicales, y una plataforma ideológica que buscó reforzar rodeándose de grandes valores de la filosofía y la cultura.

Desde ese círculo íntimo, José Pablo Feinmann repasa uno a uno sus "diálogos irreverentes con Néstor Kirchner", con pormenorizados detalles de los encuentros, pequeñas situaciones que explican la evolución del matrimonio presidencial, el análisis filosófico de la realidad del país en aquellos años y de las ideas del peronismo, las diferencias con el naciente kirchnerismo; y hasta la ruptura de la relación directa del autor como fuente de consulta del Presidente. La negativa a formar parte activa del gobierno. Los últimos mails que cruzaron. Y el último encuentro.

Ni oficialista ni opositor, El Flaco ayuda a entender la realidad del cambio de la Argentina desde 2003 en adelante, desde la intimidad del Presidente hasta las conclusiones filosóficas de una forma de gobierno ratificada años después por la mitad de los argentinos.

jueves, 7 de julio de 2011

A la Abuela Chola

Desde que tengo memoria, 7 u 8 años, era horrible dormir con los pies fríos. Ella me tejía una especie de botitas de tela que no recuerdo cómo las llamaba ella. A mí y a mis hermanos, estimo que también a mis primos. ¡Cuánto alivio en los polares fríos de Neuquén dormir con esa especie de escarpines para grandes!. Se rompían fácil, por lo menos a mí, que los usaba hasta para jugar con la pelota de goma tal como lo hace el hoy el Tomy. A los 8 años hasta un par de ojotas son botines profesionales. Los míos eran de Maradona, los del Tomy son de Messi. Por eso no me duraban nada, pero ella me volvía a tejer otros además un poco menos chicos que los anteriores.

El cine hoy es una de mis pasiones, me refiero al cine en su esplendor, a ir a ver una película a un cine. Incluso fue uno de mis mejores refugios en mis años más oscuros. Si la película es nacional mejor, si el cine no tiene cultura yanqui mejor. El que más me gusta es el Cine Teatro Español, fue el primer cine que conocí ¿será casualidad? Lo conocí cuando mi abuela me llevó a ver Las Aventuras de Chatrán, y años después Jurassic Park. En la fila ella me convenció que yo era grande y valiente y no me iba a asustar la película. No sólo no me asustó, aprendí de memoria las tres películas de la saga porque me fascinaron. También comparto con el Tomy la alucinación por las películas y todo lo que tenga que ver con dinosaurios.

Cuando iba a la primaria, una vez a la semana iba a almorzar a su casa, me iba a buscar a la escuela justo los días que tenía plástica, y le mostraba las cosas que hacía en esa materia que odiaba. Jamás me llevé bien con las acuarelas, las pinturas, las tijeras, ni siquiera servía para colorear los libros que me regalaban. Era un mamarracho. Me hubiese gustado mostrarle trabajos dignos de ser exhibidos pero nunca me llevé bien con las manualidades. Después tenía que sacarme el guardapolvo, lavarme las manos, y cumplir con la misión imposible de terminar un plato de fideos, en ese momento me parecía que mi abuela había cocinado para todo el edificio pero había puesto todo en el plato para que lo coma yo. Las caras mías que habrá tenido que soportar, sobre todo cuando me sorprendió con un mondongo.

Después mirábamos tele, siempre me encantó acostarme en su cama, años después y a escondidas de ella jugaríamos con Jere a dar vueltas al carnero en la cama. A veces nos quedaba tiempo para jugar a las cartas, previa cátedra de hombría: “Mirá que yo no te voy a dejar ganar como tus abuelos, así que si perdés ¡a no llorar!”.

Hasta que me acompañaba a la parada de colectivo y me hacía acordar unas ocho veces por minuto que me asegure que el Cono Sur 105 se dirija al Fonavi y no a La Sirena. Hasta que el colectivo no doblaba en Antártida Argentina ella no se movía de la parada. Siempre pensé qué haría si el colectivo seguía por Avenida Argentina para ir al barrio La Sirena. Ni ella ni mis padres tenían teléfono fijo, y mucho menos yo un celular. Pero igual le servía para irse tranquila.

Reconozco algo. Al día de hoy me duele ir a la peluquería, me da vergüenza, no se cómo explicar el corte que quiero porque no se nada del asunto. Hasta la adolescencia la que me cortó el pelo fue ella. Mi solución es salomónica. Me rapo y vuelvo al suplicio de la peluquería en tres meses. Me parece no correspondido ir a una peluquería existiendo ella, pero fue ella la que dimitió con grandeza, reconociendo que ya no tenía fuerza ni pulso para hacerlo.

Esta es mi historia, y ese amor que ella me profesó no lo dividió, lo multiplicó por cuatro hijos, diez nietos, y siete bisnietos. Mas la pena sin nombre de perder a un nieto en un accidente absurdo. Ella se repuso a todo, y me emociona comprobar que sus bisnietos la aman como la amaba yo a su edad. Nueve décadas de amor son demasiadas, qué más podemos pedirle si hasta no dio la posibilidad de festejar su cumpleaños número 90 en familia. Tuve la oportunidad de presentarle al amor de mi vida.

Hacé lo que quieras y cuando quieras abuela, te sobra paz para hacerlo. Nunca te vas a ir, aunque suene a una frase hecha yo la puedo fundamentar. Cuando mi hermana me abrace y me de besos le voy a pedir que “no me vuelva maricón”. Cuando jugando con el Tomy me pregunte algo que me haga acordar a vos, te voy a evocar con alegría. Y cada noche de mi vida me voy a asegurar de tener los pies calentitos.

Sebastián Sánchez.

domingo, 3 de julio de 2011

Me criaron kirchnerista

Nací en 1983, Bignone era Presidente de la Nación y Kirchner un militante que soñaba ser intendente de Rio Gallegos. Me crie escuchando que Evita era una yegua, por no decir malas palabras, porque le repartía cosas a los pobres pero con la plata de otros.

Me enseñaron que la empresa Mu Mu quebró porque la obligaron a donar caramelos a los pobres y no se los pagaron. Aprendí que la Revolución Libertadora armó una comisión para investigar los fondos de la Fundación Eva Perón. Ni caramelos Mu Mu, ni ninguna empresa denunció en el gobierno de facto ni en la comisión investigadora haber sido presionados para donar, ni víctimas de impuestos impagables. Los militares que cometieron las mismas atrocidades que le atribuían al gobierno peronista, pero con más gravedad, con gusto hubiesen recibido esas denuncias que nunca llegaron, ni siquiera con Perón exiliado y prohibido.

Los libros me enseñaron que esas empresas nacionales eran lo que eran gracias a la política de industria nacional del peronismo, subsidios incluidos. Nadie me había explicado que los militares desde el 30 hasta el 43 habían hecho pactos absurdos y entreguistas a los ingleses que destruyeron la industria nacional. Y lo defendieron al extremo de querer asesinar a Lisandro de la Torre en el mismísimo Senado, por señalar lo vergonzoso que era para nuestro país someterse al imperio británico.

La puta oligarquía, acá no me sale un sinónimo más suave que 'puta', impuso su ley a beneficio propio y contra la mayoría popular que había votado a Yrigoyen, pero lo derrocaron porque lo votaron los humildes que encima pretendían derechos.

Me enseñaron que Yrigoyen era un genio, un Presidente humilde, y que Perón era un dictador nazi. Los libros no dicen lo contrario, pero ahí aprendí que los yrigoyenistas votaron a Perón en 1945 porque la UCR ya estaba contaminada de conservadurismo militar, y por eso los mismos milicos ya habían dejado que el partido ahora centenario retorne a las elecciones, aunque fraudulentas en un principio.

“Perón era nazi”. Tardé mucho en aprender que los mejores nazis se los repartieron entre los yanquis y los rusos, que esas mentes brillantes incluso permitieron que el hombre llegue a la luna si es que realmente esto sucedió. Que Perón pudo traer a los nazis que pudo. Y nadie me quiso explicar que los símbolos nazis más nefastos como la discriminación sistemática, las torturas, y los campos de concentración (en su defecto Centros Clandestinos de Detención) fueron importados a nuestro país por los milicos que derrocaron a Perón, y no por el peronismo.

Me enseñaron que Perón era un miserable, y ojo que los libros no me enseñan otra cosa. Pero me enseñaron a criticar a Perón por armar su poder a partir de la clase humilde trabajadora, por darle comida y derechos a los desposeídos, por ese afán demagógico de otorgar los mismos derechos a los pobres que a los ricos, en toda la historia los miserables jamás perdonaron esas políticas tan audaces. “Los negritos aparecieron en el centro” me dijeron. En resumen, me enseñaron a odiar a Perón por lo que hizo bien, y no por lo que hizo mal: como volver viejo y enfermo con un aparato represor de las ideas revolucionarias que indefectiblemente lo sucedería en el poder.

Me enseñaron, y estoy leyendo, comprobando, que durante la dictadura se vivía con miedo. Lo dudé cuando me dijeron, mirando la noticia de un asesinato, que “ahora se quejan de los militares pero con los militares no pasaban estas cosas”. Me enseñaron que Alfonsín fue un genio porque instauró la democracia y enjuició a los militares. Después estudié que 1180 represores y torturadores fueron liberados por las miserables leyes de Obediencia Debida y Punto Final. Menem apenas terminó con el laburito unos años después.

Me enseñaron que Menem era el mafioso más grande de la historia argentina, y que no le podían hacer nada porque la Corte Suprema había sido reformada para darle inmunidad. Quebraron empresas. Arrasaron privatizando. Eso y la convertibilidad estaban mal porque destruían la industria nacional. Se aniquilaba la educación pública. Y todo estaba barato pero más del 20% de mis compatriotas no tenía trabajo. Los libros me enseñaron que a ese mafioso Alfonsín le permitió ser reelecto en 1995. Yo tenía 12 años pero no me lo explicaron, me vine a enterar tantos años después.

En la facultad de periodismo estudié que el Grupo Clarín dominaba todo, incluso los pensamientos de la gente. Estudié el papel estelar de Clarín en la caída de De La Rúa, un presidente brillante que se la pasó dos años diciendo que no sabía cómo solucionar los problemas de la década menemista, simplemente porque “le gustó ese modelo corrupto que pese a todo funcionaba”, según reconoció su vicepresidente Álvarez. En ese ensayo con mis compañeros expusimos que era imposible disolver el Grupo Clarín porque a todos los políticos de turno les convenía alinearse con el mismo, o con otros multimedios paralelos. “Nadie resiste cinco tapas de Clarín” aprendimos. Y De La Rúa era un claro ejemplo.

Se necesitaba una revolución, la Alianza la prometió y no la hizo. En el 2003 asumió Néstor Kirchner con el 22% de los votos y el 27% de desocupación. “Vengo de una generación diezmada” reconoció en su asunción, “voy a gobernar aprendiendo no sólo de los errores ajenos sino también de los propios” prometió.

Y cumplió. El kirchnerismo modificó la Corte Suprema. Anuló las leyes de protección a los torturadores. Le declaró la guerra al Grupo Clarín al extremo de separar el poder político del poder económico por primera vez en la historia argentina. Estatizó Aguas Argentinas, Aerolíneas Argentinas, Correo Argentino, terminó con el curro clarinista-menemista de las AFJP. En el 2007 asumió Cristina Fernández con el 45% de los votos , el 8% de desocupación, y 364 tapas en contra de Clarín por año porque el 1 de mayo no sale el diario.

De chiquito me explicaron que con Alfonsín había inflación pero los sueldos también subían, que incluso así se pudo construir el techo que me albergaba. Como ahora, que mi sueldo sube tres veces por año, hay construcciones por todos lados, y también hay inflación. Veinte años después quieren hacerme creer que eso está mal. Lo siento, me educaron de otra manera, yo no cambié.

El kirchnerismo no es perfecto, el país no está impecable, pero dejen de criticar al kirchnerismo por las cosas que hizo bien, no cometan el mismo error que con Perón e Yrigoyen. Nunca me enseñaron a respetar la voluntad popular y proponer con criterio para sumar, sino a criticar con furia para restar.

Veinte años y medio después de mi nacimiento, Néstor Kirchner asumió su cargo de Comandante en Jefe e hizo bajar el cuadro de Bignone de la Escuela Militar. Convirtió en Museo de la Memoria el principal campo de concentración de la dictadura más sangrienta de nuestra historia, que a través de leyes, pasividad o simple omisión, pretendieron hacer olvidar Alfonsín, Menem, De La Rúa y Duhalde.

Sin libros y sin facultad, yo solito, aprendí que el odio siempre es derrotado por el amor. Y yo tengo amor porque me inculcaron ser buena persona, y me enseñaron a defender el amor que uno profesa. Nadie nace kirchnerista, pero a mí sin querer me enseñaron a ser kirchnerista, y aprendí a respetar y defender al kirchnerismo.

Sebastián Sánchez.
 

viernes, 1 de julio de 2011

Al Nono y Kika

Ellos me enseñaron a sonreír. Jugando a las cartas, contándome chistes, anécdotas, mitos, mintiéndome diciendo que Belgrano invento la bandera mirando al cielo, y al día de hoy prefiero creerlo para que ellos no estén equivocados.

Ellos se dejaron ganar y se divirtieron dejándome ganar a cuanto juego de cartas o de mesa fue necesario "para que no llore" como, escondido, los escuchaba confesar sonriendo. Ellos son los momentos inolvidables, tardes completas, noches que dormí en su departamento, esperar los viernes para salir temprano de la escuela e ir a pasar la tarde con ellos. Y hasta el año y medio de vecinos en el que les habrá dolido que los visite sólo una vez, porque nadie les quiso decir: “Entendelo, Sebastián está enfermo, tiene problemas de salud difíciles”, y lo bien que hicieron porque les hubiese dolido más que a mi.

Igual en mi recuerdo y en el de ellos quedarán los momentos lindos, como la primera vez que fui a ver a Cipo, que hoy es mi gran pasión. El Nono cumplía 79 años y fue la última vez que fue a la cancha. Justo él, que toda su vida siguió con toda su pasión a Estudiantes de La Plata. Que hace emocionar a cuanto pincha se le cruce relatándole el gol del Nolo Ferreyra, emocionando al interlocutor que lo mira incrédulo cuando le dice “yo estaba en la cancha” y sigue contando los detalles que no están en los libros pese a que ese gol hasta es cuento corto del maestro Eduardo Galeano.

Y sin rencores ni odio porque sus hermosos corazones no lo permiten. Así como cada uno se confiesa radical de toda la vida pero hoy “votaría a Cristina si pudiera, porque me gusta la presidenta”, los dos lamentan hoy el descenso de su enemigo Gimnasia “porque es de La Plata”.

Sin embargo nunca me voy a olvidar el “querido, escuchamos el partido de Cipo con La Plata, ¿sabes quien queríamos que gane? ¡Cipo mi amor! ¡Por ustedes!”. Tampoco olvidaré jamás cuando volvía de la cancha y Andrea me contaba que tras cada gol de Cipo, el Nono pegado a la radio cerraba los puños y gritaba “¡Leonardo y Sebastián! ¡Leonardo y Sebastián!”.

Nosotros se lo pudimos devolver regalándoles la camiseta del pincha firmada por Luciano Galletti, con dedicatoria y todo, tuvimos mucha suerte en conseguir la reliquia hay que confesarlo. Hoy la tienen en un cuadro que le muestran con orgullo a todos los que entran a su departamento. ¿Y saben qué? Señalan que dice “para Arnaldo con cariño, Galletti”, pero los ojos les brillan más cuando dicen “me la regalaron los chicos”.

Por eso mi hermana Andrea, fanática de Boca, y yo, queríamos que Estudiantes le gane a Boca la final del Apertura 2006. Para que el Nono lo vea campeón una vez más. Si hago memoria creo que hasta recuerdo que lo empujé a Pavone para que salte un poco más que el arquero de Boca, y mi hermana lo sostuvo de la cintura a Bobadilla, y todos acompañamos ese interminable camino de la pelota hacia la alegría grandiosa de mis abuelos, que con el puño cerrado gritaban “¡y dale pincha dale!” frente a un televisor tan viejo como los anteriores milagros pincharratas.

Después vino la Copa Libertadores del 2009 con vuelta olímpica en Brasil, y la consagración nacional otra vez en el Apertura 2010. Cuánta alegría sentir y saber que Estudiantes es el mejor, que mis abuelos son los mejores de todos, que nadie es superior a ellos. Aunque ellos no se acuerden. Aunque la memoria prodigiosa del Nono a largo plazo lo haga evocar una y otra vez al Pincha tricampeón de América y único equipo en salir campeón del Mundo en el mítico Old Trafford ante el Manchester United. Esa memoria prodigiosa ahora es inversamente proporcional a su memoria a corto plazo, que le impide hablar del equipo de Sabella que le cambió el tri por el tetracampeón de América y dos campeonatos más en Primera división. Pero aunque ellos no lo sepan ni se acuerden, todos sabemos que son los mejores, tanto ellos como su querido Estudiantes. ¿Cómo no voy a querer a Juan Sebastián Verón si les dio tanto? Y ellos que todas las tardes me contaban algo lindo de su papá Juan Ramón.

Tal vez por eso mi rencor eterno a Lío Messi, que es un buen pibe, impecable jugador, pero le impidió a mis abuelos ser los mejores del mundo. El no lo sabe y le importa tanto como cantar el himno, pero nunca se lo voy a perdonar. Juega en uno de los mejores equipos de la historia del fútbol, el actual Barcelona, pero la mística pincharrata los hizo asustar y transpirar mucho más de la cuenta, hasta que Messi definió el título mundial para los españoles y Estudiantes volvió a La Plata con un dignísimo subcampeonato. Con la frente bien alta, ya no invencibles pero igualmente los mejores de todos, como ellos.

Entre tanto amor nos enteramos que no eran nuestra sangre. ¿A mi me lo quieren hacer creer? Ellos me enseñaron a vivir, a amar y a ser bueno. A ellos los tengo en mi sangre le guste a quien le guste. Hoy estoy acá, en el medio de la nada y escribiendo mis sentimientos en el celular. Trabajando para la petrolera más grande del país pero solo. Acá hay muchos Sánchez, a mi me dicen “del Intento” y recibo el nombre con orgullo.

Estoy haciendo el esfuerzo lejos de todos ya no para escaparme de mis problemas, sino para ir ahorrando por el futuro que planeo con Mariana, el amor de mi vida desde hace 6 meses y para siempre. Aprendiendo de los errores propios y perdonando los errores ajenos que me llevaron a caer en mi más profunda depresión en el 2008, y con una tragedia en 2009 que no me ayudó en nada. Agradecido a personas que hice sufrir con mis problemas y me demuestran que me perdonaron. Como ellos, que no lo saben capaz, pero les falle como nieto y como vecino y me perdonaron. Ellos siempre me van a perdonar.

Hoy el Nono está viejo. Y digo hoy porque el Nono a los 79 recién cumplidos en la popular de La Visera, a los 80, a los 85, a los 90, era un pibe, pero hoy está viejo. Y no quiero explicar los síntomas que lo demuestran porque me duelen más a mi.

A mi novia no le apasiona el futbol, pero me explicó que le duele que le hablen mal de River porque siente que se lo están diciendo a su querido abuelo que ya no puede defenderse. Como en tantas cosas, ella me hizo entender algo que estaba oculto en mi. Esa camiseta de Estudiantes que me puse con orgullo desde chico no es la camiseta del club de La Plata tetracampeón de América y Campeón del Mundo. Es la camiseta del amor mutuo de mis abuelos. Ese amor que a ellos los lleva a decir con firmeza “yo soy del pincha y también quiero que gane el Cipo”. Y que a mi me lleva a defender cada vez más a Estudiantes, en la medida que ellos no pueden hacerlo por el incesante avance de su vejez.

La camiseta de mi pasión futbolera es y será solamente albinegra, como el escudo que siempre voy a tener tatuado en mi corazón. Y toda la vida me voy a poner y defender la camiseta de Estudiantes, sí, me voy a poner y defender la camiseta del amor interminable del Nono y Kika. Porque les aseguro que si hoy se cruzaran Cipolletti contra Estudiantes, ellos irían por Cipo “por Leonardo y Sebastian”. Y yo les confieso que no me dolería perder ese partido por el club de mis amores, sino porque ellos también ahí querrían dejarme ganar para que esté contento.

Sebastián Sánchez.