«Mi tenue disculpa se escribe así: recopilar textos propios es acaso soberbio, pero también melancólico. Mira uno viejas fotos de su alma y siente muchas veces esa mezcla de ternura e indignación que producen las antiguas piruetas, ya desechadas por la desconfiada madurez». Alejandro Dolina
Esa tarde leí en tus ojos una sutil lejanía. Tu gesto me asombró cuando lo apartaste sin probar. Yo no tomo eso -dijiste-. "Eso" era el mate compartíamos desde los quince. Desde aquel día que en casa de tu hermano, mi amigo, cuando guitarreada por medio, intercambiamos miradas de estaremos juntos para siempre
Me enamoraron e inmediato tus trenzas oscuras, tu hoyuelo en la barbilla, tu entusiasmo llamando al futuro. Nos tomamos de la mano y quedamos prendados en silencio mirando el mar. De ahí en más iniciamos un camino juntos.
Ahora es otra etapa. Me había programado para la del Jubileo. Los chicos ya grandes y ubicados. Podríamos viajar, hacer nuestros planes sin horarios ni obligaciones. ¡Qué felicidad! Nadie me alertó que esto podía pasar. Sí, claro que escuché y bromeaba incluso: es el alemán, cuando olvidaba un nombre, una calle, un detalle...
¿Pero esto? Esto nunca lo imaginé, ni mi desesperación, ni mi impotencia. Después de lo del mate avanzó tu desmemoria y cómo.
Al despertar me visto con una coraza para recibir la peor de las estocadas:
-¿Usted quién es?
Fui aprendiendo a ser paciente, a trascender mi dolor, a imbuirte de toneladas de amor, a imaginar qué harías vos si la situación fuese al revés. No tengo dudas, harías lo mismo y mucho más.
Sin desistir, respiro coraje, y te cuento. Te cuento bonitas historias que compartimos en otro tiempo. Fueron tantas en tantos años. Aguardo una señal -mínima-, estás tomando los remedios, haciendo los ejercicios cognitivos en el Centro de Salud, ese que te brinda tanto apoyo y cuidados.
Acompaño los relatos con pilas de fotos en blanco y negro. Como los claroscuros de tu cerebro, pienso. Acá de novios, acá de luna de miel. En esta está Marisa de bebita, en esta se agregó Santi y en esta el cumpleaños de... Aquel paseo en canoa ¿Te acordás?
Estoy tratando de olvidar mis propios recuerdos, los trozos más placenteros, es que es demasiado triste no poder recorrerlos con vos. Anhelo un parpadeo, una sonrisa, un "soy yo, volví". Nuestra vida, después de todo, era presente fundada en un pasado que construimos los dos. Ahora de qué me agarro, y me doy uenta que retomo mi egoísmo. Me enojo tanto, lloro, me falta el aire, maldigo, puteo, soy humano.
Espero un milagro. La ciencia progresa sin freno. El ser álmico tiene vericuetos incomprensibles.
¿De qué profundidad habrás emergido para que tus pupilas se alumbraran con una repentina luz? ¿Fue al mirar la foto del secundario, los dos sonrientes?
¿O fue al escuchar los acordes de la canción de aquel nuestro primer encuentro? "Yo vendo unos ojos negros... larala larala la".
¿Qué laberinto de misterio y lucha surcará tu mente que hizo que tu mano decidida buscara la mía?
Esta mañana por fin no me preguntaste quién era, quién era yo y tu voz pronunció con antiguo dulzor:
¿Qué decís, pibe? Llegaste temprano. Vení, acomodate. “¡Hey, jefe: dos cafés!”. Dejate de jorobar, pibe, yo invito”. El sábado pasado convidaste vos. ¿Y qué tiene que ver que hoy sea el clásico? El café sale lo mismo. Van uno a cero.
Miralo bien al petisito que juega de nueve. Lo vi en el entrenamiento del jueves, no sabés cómo la lleva. Se mezcló bárbaro con la Primera. Lo acaban de traer. De Merlo, creo. Una maravilla. Aparte ahora que nos cagó Zabala nos hacen falta delanteros. Es una fija, pibe. La única que nos queda es sacar pibes de abajo. Y sacarlos como si fueran chorizos, ¿eh? Si no, te pasa como con Zabala. El club se rompe el alma para retenerlo cuatro, cinco años, y a la primera de cambio cuando le ofrecen dos mangos se te pianta a cualquier lado y te desarma el plantel. Sí, seguro. Si no les importa nada. ¿La camiseta? No pibe, ésa te calienta a vos o a mí, pero ¿a éstos? ¿No fue el imbécil éste y firmó para Chicago? Ya sé que es un traidor, pero fijate lo que le importa.
Se muda al Centro y listo, si te he visto no me acuerdo. Igual no te preocupés. Hoy no la va a tocar. A ese matungo no le da el cuero para amargarnos la vida. Ya sé que con Chicago la cosa se puede poner fulera. Clásicos son clásicos. Pero quedate tranquilo. Es un amargo y no se va a destapar ahora.
Si vos hubieras vivido en la época de Gatorra sí que te hubieses chupado un veneno de aquéllos. Vos no habías nacido, ¿no? Si fue hace una pila de años... ¿Y cómo sabés tanto del asunto? Ah, tu viejo estuvo en la cancha. Bueno, entonces no tengo que recordarte mucho. Fue algo como lo de Zabala pero peor. Porque Gatorra era nuestro, pero nuestro, nuestro. Desde purrete había jugado con los colores gloriosos. Pero resulta que en el pináculo de su carrera, cuando nos dejó a tres puntos del ascenso en una campaña de novela, va y firma con Chicago. Fue el acabose, pibe, el acabose. No lo lincharon porque en esa época la gente se tomaba las cosas con más calma. Porque en Chicago la siguió rompiendo. Y para peor, en el primer clásico en el que jugó contra nosotros, con ese harapo bicolor puesto en el lugar donde hasta entonces había estado “la gloriosa”, nos metió tres goles y nos los gritó como un loco. Así, pibe, sin ponerse colorado. Lo putearon de lo lindo, pero el resentido parece que cuanto más lo insultaban más se enchufaba. Escuchame un poco: el tercer gol lo metió de taco, con las manos en la cintura, sonriendo para el lado en que estaba la hinchada del Gallo. Ni te imaginás, pibe.
Así que tu viejo lo vio, fijate un poco. Si hubieses estado, nene. No sabés lo que fue aquello. Pero 10 mejor, lo mejor...
¿Te cuento una historia rara? ¿Seguro? Tiempo tenemos: van cinco minutos del segundo tiempo. Falta como una hora para que empiece. Bueno, entonces te cuento: ¿qué me decís si te digo que ese partido de los tres goles de Gatorra con la camiseta de Chicago yo lo vi en medio de la tribuna de ellos, rodeado por esos ignorantes que gritaban como enajenados? ¿Qué me dirías si te digo que los dos primeros goles hasta tuve que alzar los brazos y sonreír como si estuviera chocho de la vida?
¿Sabés qué pasa, pibe? La verdad es que Gatorra no era el único traidor de aquella tarde: yo también estaba del lado equivocado. Sí, flaco, como te cuento. Y todo, ¿sabés por qué?: por una mina. Todo por una mina, ¿te das cuenta? No, ya sé que no entendés ni jota. No te apurés. Dejame que te explique.
A veces la vida es así, pibe, te pone en lugares extraños. La cosa vino más o menos de este modo: un año antes más o menos de ese partido de la traición de Gatorra, les ganamos en Mataderos, encima con un gol de él, fijate un poco. A la salida me desencontré con los muchachos de la barra, así que entré a caminar por ahí, cerca de la cancha, pero me desorienté feo. Muy tranquilo no andaba, qué querés que te diga. Ya era de tardecita, y terminar a oscuras rodeado de gente de Chicago no me hacía ninguna gracia, sabés. Pero en una de ésas doy vuelta una esquina y la veo. No te das una idea, pibe. Era la piba más linda que había visto en mi vida. Llevaba un trajecito sastre color grisecito. Y zapatitos negros. Mirá si me habrá impactado: jamás de los jamases me fijaba en la pilcha de las minas. Y de ésta al segundo de verla ya le tenía hasta la cantidad de botones del chaleco. Era menudita pero, ¡qué cinturita, mama mía, y qué piernas! Bueno, pibe, no te quiero poner nervioso. Y cuando le vi la cara... ¡Qué ojos, Dios Santo! No sabés los ojos que tenía. Cuando me miró yo sentí que me acababa de perforar los míos, y que el cerebro me chorreaba por la nuca. Qué cosa, la pucha. Estaba apoyada contra un auto, con un par de fulanos a cada lado. Dudé un momento. Si me paraba ahí y la seguía mirando capaz que esos tipos me terminaban surtiendo. Pero, ¿si me iba? ¿Cómo iba a verla de nuevo? No tenía ni idea de dónde cuernos estaba. Era entonces o nunca. Así que enfilé para donde estaban. Sí, como lo oís. Mirá que me he acordado veces, pibe. ¿Cómo me animé a encarar hacia el grupito ése, de nochecita, en Mataderos, después de llenarles la canasta? Y fue por amor, pibe. No hay otra explicación posible ¿Qué vas a hacerle?
Cuando me acerqué medio que entre dos de los fulanos me salieron al paso. Ahí un poco me quedé: los medí y me avivé de que me llevaban como una cabeza. Atorado, voy y les pregunto para dónde queda Avenida de los Corrales. Apenas hablé me quise morir. Ahí nomás se iban a apiolar: ¿qué hacía un tarado caminando solo por Mataderos el sábado a la nochecita, preguntando por Avenida de los Corrales, si no era un hincha de Morón que venía de llenarles la canasta y no tenía ni idea de dónde estaba parado? Tranquilo, Nicanor, me dije. Capaz que estos tipos ni bola con el fútbol. Pero la esperanza me duró poco. Uno de los tipos me encara y me pregunta de mal modo: “¿Vos no serás uno de esos negros de Morón, no?”. Yo me quedé helado. Iba a empezar a tartamudear una excusa cuando la oí a ella: “Alberto, cuidá tus modales, querés”. Dijo cinco palabras, pibe. Cinco. Pero bastó para que yo supiera que tenía la voz más dulce del planeta Tierra. Casi me la quedo mirando de nuevo como un bobo, pero el instinto de conservación pudo más y me encaré con el tal Alberto. Yo sé que ahora te lo cuento, cuarenta años después, y parece imperdonable. Pero ubicate en el momento. La piba ésta. Yo con el amor quemándome las tripas. Y esos cuatro camorreros listos para llenarme la cara de dedos. La boca puede caminarte más rápido que la mente, sabés: “¿Qué decís? ¿De Morón? Ni loco, enterate”. Y volví a mirarla. A esa altura ya me quería casar, sabés. Así que no se me movió un pelo cuando seguí: “De Chicago hasta la muerte”.
Los tipos sonrieron, y a mí me pareció que ella se aflojaba en una expresión tierna. El único que siguió mirándome con dudas fue el tal Alberto: “Y decime, si sos de Chicago, ¿cómo cuernos no sabés dónde queda la Avenida de los Corrales?”. Era vivo, el muy turro. Los demás me clavaron los ojos, repentinamente apiolados del dilema. Pero yo andaba inspirado. Y la miraba de vez en cuando a la piba y el verso me salía como de una fuente: “Resulta... -me hice el que dudaba si exponer semejante confidencia-, resulta que es la primera vez que puedo venir a la cancha”. Los tipos me miraron extrañados. Yo ya andaba por los treinta, así que no se entendía mucho semejante retraso. “Yo vivo en Morón -seguí-, es cierto, pero... -los tipos me clavaban los ojos-, pero volví a caminar recién hace cuatro meses”.
Te la hago corta, pibe. Arranqué para donde pude, y lo que se me ocurrió fue eso. Supongo que fue por los nervios. Pero no vayas a creer. Después fui hilvanando una mentira con otra, y terminó tan linda que hasta yo terminé emocionado. Les dije que de chiquito me había dado la polio y había quedado paralítico. Y que por eso nunca había podido ir a la cancha. Agregué que me hice fanático de Chicago por un amigo que me visitaba y que después murió en la guerra (no sé en qué carajo de guerra, dicho sea de paso, pero les dije que en la guerra). Y que me había enterado de que en Estados Unidos había un doctor que hacía una operación milagrosa para casos como el mío. Y que había vendido todo lo que tenía para pagarme el tratamiento. Terminé diciendo que había sido todo un éxito. Que había vuelto hacía dos semanas, después de la rehabilitación, y que apenas había podido me había lanzado a Mataderos a ver al Chicago de mis amores. Tan poseído del papel estaba que cuando conté mi tristeza por los dos goles recibidos en la tarde se me quebró la voz y se me humedecieron los ojos. Cuando terminé los cuatro energúmenos me rodeaban y el tal Alberto me apoyaba una mano en el hombro.
“Me llamo Mercedes, encantada”. Me alargó la diestra, y mientras se la estrechaba pensé que cuando llegara a casa me iba a cortar la mano y la iba a poner de recuerdo sobre la repisa. Tenía la piel suave, y me dejó en los dedos un aroma de flores que me duró hasta la mañana siguiente. Después se presentaron los tipos. Tres eran hermanos de ella, “gracias a Dios”, pensé. Y el coso ése, Alberto, era un amigo. “Me cacho en diez, será posible, el muy maldito”, me lamenté.
Estaban en la vereda de la casa de ella. Y acababan de volver del partido. El corazón me dio un vuelco cuando me enteré de que el papá de ella era miembro de la comisión directiva, y que el más grande de los hermanos era vocal de la asamblea. No sólo eran de Chicago: ya era una cosa como Romeo y Julieta, ¿viste?.
Resulta que iban todos los sábados a ver a Chicago, pero Mercedes iba sólo cuando jugaban de locales. Y al palco, junto con el padre. Los hermanos y el otro tarado iban a la popular, con algunos amigos. Se ofrecieron a llevarme a casa. Traté de disuadirlos, diciéndoles que en Morón tal vez no fueran bien recibidos, pero insistieron. “Tendrás que descansar”, decían.
Yo fui rezando todo el viaje para no cruzarme con ninguno de los vagos de mis amigos. Llegué sano y salvo. Tuve el cuidado de cojear levemente al bajar delante del portón de casa. Los saludé efusivamente. Ellos se dijeron algo mientras yo me alejaba. “¡Nicanor!”, me llamó el hermano grande. “¿Querés venir el sábado con nosotros?”. Mi alma estaba vendida definitivamente al diablo. Me di vuelta. Y algo vi en los ojos de ella que me decidió. “Seguro -contesté-. Pero no se molesten hasta acá. Los veo en la sede”. Los miré alejarse creyendo entender a San Pedro cuando escuchó cantar al gallo el Viernes Santo.
Cuando entré a casa la encaré a mi vieja y le di rápido el resumen de mi nueva vida. Pobre viejita, no entendía nada. Cuando le dije que me habían traído unos hinchas de Chicago rajó para la heladera para prepararme unos paños fríos. “Vos te insolaste”, diagnosticó. Pero la seguí hasta la cocina y con paciencia le expliqué varias veces el asunto. “¿Tan rica es esa chica, Nicanor?”, me preguntó. “No me pregunte, mamita”, contesté turbado. Se ve que entendió, porque nunca más me dijo nada.
Con los muchachos la cosa iba a ser distinta. ¿Cómo explicarles semejante agachada? No me animé a hablar. Tuve que apilar una mentira sobre la otra, y sobre la otra, y así hasta formar una torre interminable. En el barrio dije que me había salido un laburito de contabilidad en una empresa de colectivos, los sábados. Y los muchachos, lógicamente, se quejaron. Decían: “¿Para qué lo querés Nicanor? Si con el sueldo del banco para vos y tu vieja te alcanza y te sobra”. Y yo que “no, sabés que pasa, que quiero ahorrar unos manguitos”, y toda esa sanata. La vieja resultó de fierro. Tan entregado me veía a mí que hasta colaboró con alguna mentirita menor para darme más coartada.
Cuando salía a hacer las compras comentaba que el pobre Nicanor estaba deslomándose con dos trabajos, para comprarle los remedios para el asma. “¿Y desde cuándo tiene asma, Doña Rita?” “Es ‘asma muda’, por eso”, contestaba. Pobre viejita, se ve que en la familia nunca fuimos demasiado brillantes para el verso.
El asunto es que en ese año emprendí una doble vida de Padre y Señor nuestro. Durante la semana hacía mi vida normal: después del banco pasaba por la sede del Deportivo a tomar una copita y jugar naipes con los muchachos. Cara de póker, como si nada. Una vez sola estuve a punto de pisar el palito. Se habían trenzado en una discusión de las habituales, pero ese día se les había dado por lucirse citando equipos en cuya formación se repitieran ciertos nombres de pila. No sé, Carlos, Artemio, el que fuera. Y voy yo como un pelotudo y digo que en la primera de Chicago juegan cuatro tipos que se llaman Roberto. Me miraron como si fuera un extraterrestre. Salí del paso levantando el dedo y con voz solemne: “Y, viejo, conoce a tu enemigo” o alguna imbecilidad por el estilo. Pero transpiré la gota gorda. ¿Qué querés? Pasaba lo evidente. Todos los sábados a ver a Chicago. Chicago para acá, Chicago para allá, como si fuese el hincha más fiel del planeta. Ya me conocía hasta las mañas del aguatero suplente. Pero ¿cómo no iba a ir? Si a la vuelta los hermanos me insistían para que me quedara a un vermouth en casa de Mercedes. Por supuesto me los tenía que bancar al viejo y a los hermanitos, pero también estaba ella, que se prendía a las conversaciones futboleras con elegancia pero sin remilgos.
Todo tenía sus ventajas: si perdía Chicago yo disfrutaba como un príncipe heredero las caras de culo de mis acompañantes, mientras fingía certeras palabras de consuelo y pronosticaba futuras abundancias. Si ganaban, la algarabía del papá solía redundar en una invitación para comer afuera, todos juntos, Merceditas incluida. Así que no podía quejarme. Es cierto que la conciencia a veces me remordía mientras saboreaba la picada con el Gancia rodeado de mis enemigos de sangre. Pero de inmediato se acercaba Mercedes, precedida por su sonrisa de arco iris y su mirada de incendio; Mercedes rodeada por su fragancia de mujer inolvidable, ofreciéndome la última aceituna antes de que se la deglutieran aquellos mastodontes, y la sensación de culpa se disolvía en una egoísta gratitud a Dios y a la creación en general.
Pero lo bueno dura poco, pibe. Ese es el asunto. Ya iba para un año de mi traición inconfesa cuando se me vino encima el choque del siglo. Morón versus Chicago, con el malparido de Gatorra estrenando los trapos verdinegros luego de venderse a Lucifer por unos pocos pesos. Yo ya tenía decidido enfermarme de algo incurable ese fin de semana y ver el clásico desde la tribuna correcta de la vida. Ya había anunciado en la sede del Deportivo que en la empresa de colectivos había pedido un adelanto de vacaciones para disfrutar de esa tarde impostergable, en la cual con justa razón los simpatizantes del Gallo harían naufragar al 'vendido' en un océano de insultos que perseguiría su memoria por el resto de la eternidad. Los muchachos habían recibido mi anuncio con alborozo. En el campamento enemigo abrí el paraguas aludiendo a cierta enfermedad incurable de una cierta tía mía residente en Formosa (que súbitamente se agravaría y me llamaría a su lado para no despedirse del mundo en soledad).
El problema surgió el martes anterior al partido. Debo confesar que para ese entonces yo asistía los martes a la nochecita a un vermouth en la sede de Mataderos. No me mirés así, pibe. Yo estaba compenetrado de mi papel, y Mercedes me tenía totalmente enajenado. Pero los cuatro brutos ésos me la marcaban de cerca. De alguna manera tenía que verla entre semana, aunque fuera de pasadita. Además, estaba ese fulano Alberto, el “amigo”, que no la dejaba ni a sol ni a sombra. En verdad, nunca los había visto en actitud de noviecitos. Nada que ver. Pero el tipo se la comía con los ojos. Y al viejo de ella lo seguía como un perro, el muy guacho. Le chupaba las medias que daba asco: le llevaba los papeles, le hacía de chofer, le tenía la puerta vaivén de la sede. Lástima que yo siempre fui tan bueno. Porque si no, en algún amontonamiento en la popular lo empujo y termina veinte escalones más abajo con cuarenta huesos rotos, viste. Pero siempre fui un romántico bobalicón, qué le vas a hacer.
Pero ese martes anterior al clásico se me vino el mundo abajo. El muy imbécil va y anuncia en la mesa de café que el viejo de Merceditas lo ha autorizado a llevarla al cine el sábado a la noche, como festejo especial del previsible triunfo de Chicago en el clásico vespertino. Los hermanos de Mercedes lo palmearon complacidos; y yo tuve que fingir algo parecido a una sonrisa aprobatoria.
Ahora no tenía salida. O lo mataba el sábado en la cancha o el tipo me ganaba definitivamente de mano. Justo ahora, que Mercedes prolongaba las miradas que cruzábamos furtivas en el vermouth de la nochecita, y me buscaba tema de conversación cuando nos encontrábamos a la salida del palco y caminábamos todos juntos hasta el auto. ¿O era una impresión mía, inducida por el embotamiento del amor que le tenía? El hecho, pibe, es que tuve que dar media vuelta en el aire y cambiar de planes.
A los muchachos les dije que en la empresa de colectivos me habían denegado el permiso, bajo amenaza de echarme. Ellos ofrecieron quemar la terminal con mis jefes adentro, pero los disuadí entre sonrisas, convenciéndolos de que no era para tanto. A los hermanos de Mercedes les dije que mi tía la que se estaba muriendo en Formosa se había curado de repente.
Celebraron y brindaron a mi salud y a la de mi tía. Al único que se lo vio medio arisco fue al tal Alberto, como si sospechara algo turbio, o como si lo hubiese desilusionado mi permanencia en Buenos Aires. Por supuesto que verlo así me llenó de alegría.
Con todas esas complicaciones de última hora no tuve tiempo de detenerme a pensar seriamente en las dificultades de presenciar ese clásico histórico en la tribuna visitante. ¿Entendés, chiquilín? Primera dificultad: que me reconociera la gente del Gallo. Solución: anteojos negros, cuatro días sin afeitarme y un amplio sombrero para protegerme del sol. Segundo problema: llegar en medio de los visitantes y ser reconocido pese a mis camuflajes. Solución: entrar a primera hora, solo, y esperar en las gradas la llegada de la tribu de Merceditas, bien escondido en el extremo de la popular opuesto a la zona de plateas.
Quedaba un tercer problema, pero éste no tenía solución posible: soportar noventa minutos en nuestra cancha en silencio, o moviendo los labios acompañando a los energúmenos éstos, mientras del otro lado del césped los nuestros descargaban su justo rosario contra esos malparidos y sobre todo contra Gatorra, su más pérfida y reciente adquisición. Y mientras tanto rezar, rezar para que nadie se diera cuenta de la impostura, para que Gatorra estuviese en una mala tarde, para que ganáramos el clásico, para que la derrota le torciese el humor al padre de Mercedes y cancelara la salida al cine de la noche en el auto del tarado de Alberto. Demasiados pedidos para un solo Dios en un solo rezo. Pero, ¿qué iba a hacer, pibe?.
Cumplí mi plan a la perfección. Llegué a la una en punto, recién abiertas las puertas. Completé mi atuendo con un piloto verde y amplio que había sido de mi difunto tío. No sabés la facha, pibe: sombrero ancho, anteojos negros, capote militar y barba de varios días. Cuando me vio salir de casa a la viejita casi le da un soponcio. Tuve que sacarme todo de raje para mostrarle y convencerla de que no era una aparición de San La Muerte.
¿Qué te contaba, pibe? Ah, sí. Que llegué temprano y me acomodé bien arriba en las gradas a esperar. Cuando fueron llegando los de Chicago no hablaban de otra cosa: jorobaban con cuántos goles nos iba a meter Gatorra, practicaban los cantitos alusivos, hacían gestos, no sabés, pibe. Una tortura. A eso de las dos cayeron los hermanos de Mercedes. Tuve que hacerles señas mientras me acercaba a ellos para que me reconocieran. Aduje una extraña reacción cutánea que me obligaba a protegerme del sol. “¿Qué sol, si en cualquier momento llueve?”. No podía faltar el inoportuno de Alberto para buscarle la quinta pata al gato. “Secuela de la operación, por la anestesia, sabés”. Los otros lo codearon, enternecidos por mi sufrimiento, y lo obligaron a callar.
Cuando faltaban quince minutos, en la tribuna visitante no cabía un alfiler. La verdad, ellos habían traído a todo el mundo. Y a la luz de cómo fueron los hechos hicieron bien, ¿no? Imaginate pibe: ser testigo de una goleada bárbara con tres tantos de un tipo que traicionó a tus enemigos y ahora juega para vos. ¿No parece un cuento de hadas, pibe?.
A Merceditas la ubiqué enseguida gracias al enorme paraguas negro que el viejo de ella abrió cuando empezó a chispear, faltando cuatro minutos. Levanté un brazo a modo de saludo, y ella me contestó con una sonrisa que me levantó la temperatura debajo del capote verde. ¿Cómo hizo para ubicarme con semejante indumentaria? En ese momento me dije que era el amor el que la guiaba con sus dictados. No pongás esa cara, pibe, ya sé que uno es cursi cuando habla de amor, pero qué querés. Si la hubieses visto como yo la vi. Nunca más volví a ver a una mina tan linda como estaba Merceditas esa tarde. Llevaba un vestidito verde con cartera y zapatitos negros (y qué querés, si la pobre no conoció otro cuadro) que le quedaba que ni pintado. Y el pelo recogido en un rodete. Y los labios rojos. Me hubiese quedado mirándola el resto de la tarde. Bah, el resto de la vida.
Pero cuando salieron a la cancha los ojos se me fueron a Gatorra. El muy guacho iba bien erguido, encabezando la fila. Recibía los insultos casi con gracia, con elegancia. Cuando enfiló para el medio miró hacia la hinchada visitante que se vino abajo. En esa época los equipos no solían saludar desde el medio, pero el soberbio éste se tomó el tiempo de alzar los brazos en dirección a las vías del Sarmiento, para que a sus espaldas un rumor de rabia se alzara como un incendio desde la barra enfurecida. Yo rezaba debajo de mi disfraz para que lo partieran a la primera de cambio. Pero se ve que Dios andaba en otra cosa. Porque este malnacido, este traidor imperdonable, eludió a cuatro tipos y la tocó suavecita a la salida del arquero. Alrededor mío los fulanos se subían unos a otros, lloraban, gritaban como energúmenos, levantaban los brazos gesticulando obscenidades. Sintiéndome Judas tuve que alzar los brazos, para no botonearme tanto. En cuanto pude miré para el palco y la vi a Mercedes aplaudiendo con la carterita colgada del antebrazo izquierdo y sonriendo hacia donde yo estaba; y solté dos lagrimones de dolor que me corrieron bajo los lentes oscuros. La impotencia, ¿sabés?.
Veinte minutos más y ¡zas! Córner y un cabezazo del cornudo de Gatorra. Dos a cero y de nuevo el delirio. Ahí yo empecé a pensar que en realidad todo era un castigo por mi traición; y que la culpa de esa humillación colectiva la tenía yo, el Judas moderno del fútbol argentino. Decí que cuando terminó el primer tiempo y todos los tipos se apuraron a apoyar el trasero en algún huequito libre de los escalones, yo me hice el otario y me quedé parado. Me pasé los quince minutos hablando por gestos con Merceditas, a través de la distancia. Ya sé, flaco: alrededor mío tenía cinco mil tipos convencidos de que yo era un pelotudo. Pero qué querés, si era un primor la piba. Aparte, de vez en cuando, lo relojeaba de costadito al tal Alberto y estaba hecho una furia, no sabés.
En el segundo tiempo nos pegaron un peludo inolvidable, pero estaba por terminar y no nos habían vacunado de nuevo. Yo miraba el reloj cada veinticinco segundos, desesperado porque terminara de una vez por todas el suplicio chino. “Quedate tranquilo, Nicanor, que están muertos”, me tranquilizaban los hermanos. “Ya sé, ya sé”, contestaba yo, en una mueca semisonriente, y con ganas de descuartizarlos con una sierra de calar. Yo los veía a los nuestros, al otro lado del océano verde, y el pecho se me hinchaba de orgullo. Seguían cantando e insultándolo a Gatorra en cuatro idiomas, indiferentes a las burlas y al oprobio. ¡Qué no hubiera dado por estar entonces del otro lado! Pero de inmediato giraba hacia mi derecha y la veía a ella, tomadita del brazo del viejo, indefensa, pura, increíblemente hermosa, y me decidía a tolerar unos minutos más.
Pero lo que pasó entonces fue demasiado. Faltaban cinco. Se escapa Gatorra y enfrenta al arquero. Le amaga y lo pasa. Se detiene. La hinchada visitante grita enloquecida. El arquero vuelve sobre sus pasos. El Traidor, con la sangre fría de un cirujano, vuelve a enganchar y el guardameta pasa como una tromba para el otro lado. A mi alrededor deliran. Pero falta. Porque el inmundo ése se da vuelta con las manos en jarra, observa parsimoniosamente a la heroica hinchada del Gallo, y le da a la bola un tacazo displicente en dirección al arco vencido. Para terminar de perpetrar su osadía, se acerca al alambrado y empieza a besarse el harapo verdinegro que los turros esos usan de camiseta.
Uno de los hermanos de Mercedes me estampó tal apretón que casi me arranca el sombrero. Delante mío dos tipos lloraban abrazados. Yo miraba sin poder dar crédito a mis ojos. Enfrente, la hinchada de mis amores en un silencio de sepulcro. Alrededor estos fulanos con una chochera de mil demonios. Y al pie de las gradas Gatorra besuqueándose la casaca con cara de chico bueno y cumplidor. Es el día de hoy que aún recuerdo la sensación de fuego que empezó a subirme desde las tripas, y que terminó casi quemándome la piel de la cara. Y para colmo van los nuestros, primero sueltos, algunos pocos, luego más, por fin todos, dándole al “¡El que no salta, es de Chicago... el que no salta, es de Chicago!”, y a mí se me empezó a dar vuelta el estómago como si me estuviesen mirando a mí a través de todo el largo de la cancha; como si ni el sombrero ni el capote ni los lentes oscuros hubiesen bastado para tapar la traición delante de los míos. Supongo que tratando de encontrar fuerzas para seguir corrompiéndome, miré hacia la platea para verla. Allí estaba, como siempre en todo ese año de mi perdición: bella, perfecta, inolvidable. Sonriendo hacia donde yo estaba, quemando el cemento desde su sitio hasta el mío con las chispas de sus ojos incandescentes.
Le pedí a Dios que me hiciera nacer de nuevo. Que me cambiara de vida. Que me arrancara para siempre la memoria. Pero algo adentro mío, algo empezó a crecer mientras escuchaba los cantos del otro lado y las burlas de éste, una mezcla de vergüenza y de pudor y de rabia por saber al fin definitivamente que no podía, y que por más que quisiera y lo intentara nunca jamás de los jamases podría cambiar de vereda, aunque la perdiese a ella para siempre, aunque me pasase el resto de la vida lamentándome semejante cuestión de principios, porque tarde o temprano todo iba a saltar, porque un martes u otro les iba a terminar cantando las cuarenta en esa sede de mierda que tienen ellos, o un sábado del año del carajo me iba a pudrir de aplaudir castamente los goles de ellos, y porque aunque no les partiera una botella en la zabiola a todos los hermanos y al tal Alberto, tarde o temprano en la jeta se me iba a notar que no, que nunca jamás en la puta vida voy a ser de Chicago, porque mis viejos me hicieron derecho y no como al turro malparido de Gatorra. Y cuanto más me calentaba conmigo, más me calentaba con él, porque mientras se besaba la camiseta más y más yo sentía que me decía: “Vení, Nicanor, vení conmigo acá al pastito, dale vos también algunos chuponcitos a la camiseta, dale Nicanor, no te hagás rogar, si vos y yo somos iguales, si los dos somos un par de vendidos, yo por la guita y vos por la minita, pero somos iguales; dale Nicanor, qué te cuesta, dale, sacate el disfraz y vení, que estamos cortados por la misma tijera, pero por lo menos yo no me ando escondiendo”.
Cuando tuve a mis hijos me puse nervioso, es cierto. Pero nunca sufrí tanto como esos dos minutos de los festejos del tercer gol de Gatorra en cancha nuestra. Te lo juro. Volví a levantar los ojos. Todo seguía igual. Alrededor mío la hinchada de Chicago comenzaba a apaciguarse: se destrenzaban los abrazos, algunos se sentaban para reponer energías, otros se ajustaban la portátil a la oreja para escuchar los detalles. Enfrente bailaban las banderas rojiblancas. A mi derecha, Mercedes me acunaba en sus ojos. Abajo, el traidor prolongaba un poco más la burla hacia mi gente.
De ahí en más no pude controlarme. Miré por anteúltima vez a la platea e hice un gesto de adiós con la mano. Después me erguí en puntas de pie. Hice bocina con ambas manos. Respiré hondo. Entrecerré los ojos. Y cacareé con todas las fuerzas de mi alma renacida un: ¡¡¡¡¡GATORRA VENDIDO HIJO DE MIL PUTA!!!!! que se escuchó hasta en la Base Marambio.
No tuve ni tiempo de disfrutar la sensación de alivio que me sobrevino apenas lo mandé al carajo, porque en el instante en que me enfrié un poco tomé conciencia del sitio donde estaba: ahí solito con mi alma, en medio de los leones, listo para ser devorado. Cuando miré a las fieras, había por lo menos sesenta pares de ojos clavados en mi pobre persona, y por los cuchicheos se iba corriendo la voz gradas arriba y gradas abajo. “¿Qué dijiste?”, me encaró de mal modo el tal Alberto, desde el escalón inferior al mío. Lo miré. A fin de cuentas yo estaba ahí por su culpa: ¿no estaba en ese antro en un intento desesperado por evitar su salida nocturna con Merceditas? El maldito no sólo iba a salir con ella: después de lo de hoy tendría el camino definitivamente libre de obstáculos. Sin pensarlo dos veces le mandé un directo a la mandíbula. El muy zopenco cayó hacia atrás organizando una pequeña avalancha en los tres o cuatro escalones subsiguientes.
Mi vida pendía de un hilo: no sólo acababa de deschavarme delante de cinco mil enemigos. Acababa también de surtirle una linda piña a un socio querido y respetado de la institución. Sin pensarlo dos veces, tomé la decisión que finalmente y pese a todo terminó salvándome la vida. Salí disparado escalones abajo, aprovechando el claro dejado por mi contrincante semidesvanecido. Llegué al alambrado y me prendí con ambas manos como si fueran tenazas. Ya detrás mío distinguía con claridad los primeros “atájenlo que es de la contra”, “párenlo que es un vendido”, “vení que te reviento la jeta a patadas”. Con los mocasines me costó enganchar los pies en los rombos del alambre. Encima no faltaban los comedidos que sin saber muy bien del asunto igual trataban de atajarme por la ropa. Perdí el sombrero de una pedrada. Los anteojos se me cayeron forcejeando con un viejito sin dientes que no me soltaba la pierna derecha. Gracias a Dios, en esa época el alambrado era más bajo. Me pinché hasta el alma cuando llegué a la cúspide. Me arqueé hacia atrás para verla por última vez en mi vida. No fue fácil, pibe. ¿Sabés lo que fue saber que estaba renunciando a ella para siempre?.
Para ese entonces ya me tiraban con serpentinas sin desenrollar. Igual me encaramé como pude en el alambrado y, en acto penitencial y al grito de “¡Sí, sí, señores, yo soy del Gallo” obsequié floridos cortes de manga a derecha e izquierda, hasta que me acertaron un cascote en plena frente, perdí el equilibrio y me fui de cabeza. Gracias al cielo, caí del lado de la cancha. Si no, estos tipos me cuelgan ya sabés de dónde.
El resto me lo contaron, porque permanecí inconsciente como cinco días. Mi vieja batió el récord de velas encendidas en la Catedral, pobrecita. Cuando abrí los ojos estaban todos. El Negro, Chuli, Tatito. Me habían cubierto con la bandera del Gallo. Primero pensé que estaba muerto y que me estaban velando; pero los muchachos me convencieron, en medio de mis lágrimas, de que estaba vivito y coleando. “La clavícula, tres costillas y cinco puntos en la zabiola -me decían-, la sacaste rebarata, Nicanor”.
Sí, pibe, como lo escuchás. Yo soy ese tipo del capote verde que se tiró desde la cabecera visitante a la cancha el día de ese clásico espantoso de los tres goles de Gatorra. Sí, capaz que lo hacés ahora y te pegan tres tiros y no contás el cuento. Yo qué sé, eran otros tiempos.
Yo era joven, y aparte no sabés. Si la hubieses visto a Mercedes... Nunca volví a conocer a otra mujer como ella. Pero, bueno, qué le vas a hacer, así es la vida. Igual sufrí como un condenado, no vayas a creer. Los muchachos me decían que no lo tomara así, que minas hay muchas pero Gallo hay uno solo, y todas esas cosas que son verdad, pero, qué querés, a mí esa piba me había pegado muy hondo, sabés. Eh, chiquilín, no te pongás triste. ¿Qué se le va a hacer? Hay cosas que podés hacer y cosas que no.
A ver, dejame fijarme un poco. Sí, por acá ya se están parando. Me rajo que quedó un caminito. Dale, pibe. Ayudame a levantarme. No, ya me tengo que ir, dale. ¿No ves que acaba de terminar el partido de reserva? Ya sé que ahora empieza el partido en serio. No flaco, en serio. Tengo que rajarme. No, pibe, ¿qué corazón, ni qué carajo? Del bobo ando hecho un poema.
Pero qué querés. Promesas son promesas. Y si me quedo capaz que no puedo contenerme y falto a mi palabra. El sábado que viene me contás. No, pibe, en serio. Tengo que irme. Permiso, permiso, gracias. Hasta el sábado.
Creéme, pibe. Te digo en serio. ¿Cómo qué promesa, pibe? “Vos jurame que nunca más gritás un gol de Morón contra Chicago. Nunca en la vida. Y yo le digo a papá que le guste o no le guste nos casamos igual”.
¡Chau, pibe!
Libro: Esperándolo a Tito y otros cuentos de fútbol (2000).
Te quitabas la faja de la cintura, te arrancabas las sandalias, tirabas a un rincón tu amplia falda, de algodón, me parece, y te soltabas el nudo que te retenía el pelo en una cola. Tenías la piel erizada y te reías. Estábamos tan próximos que no podíamos vernos, ambos absortos en ese rito urgente, envueltos en el calor y el olor que hacíamos juntos. Me abría paso por tus caminos, mis manos en tu cintura encabritada y las tuyas impacientes. Te deslizabas, me recorrías, me trepabas, me envolvías con tus piernas invencibles, me decías mil veces ven con los labios sobre los míos. En el instante final teníamos un atisbo de completa soledad, cada uno perdido en su quemante abismo, pero pronto resucitábamos desde el otro lado del fuego para descubrirnos abrazados en el desorden de los almohadones, bajo el mosquitero blanco. Yo te apartaba el cabello para mirarte a los ojos. A veces te sentabas a mi lado, con las piernas recogidas y tu chal de seda sobre un hombro, en el silencio de la noche que apenas comenzaba. Así te recuerdo, en calma.
Tú piensas en palabras, para ti el lenguaje es un hilo inagotable que tejes como si la vida se hiciera al contarla. Yo pienso en imágenes congeladas en una fotografía. Sin embargo, ésta no está impresa en una placa, parece dibujada a plumilla, es un recuerdo minucioso y perfecto, de volúmenes suaves y colores cálidos, renacentista, como una intención captada sobre un papel granulado o una tela. Es un momento profético, es toda nuestra existencia, todo lo vivido y lo por vivir, todas las épocas simultáneas, sin principio ni fin. Desde cierta distancia yo miro ese dibujo, donde también estoy yo. Soy espectador y protagonista. Estoy en la penumbra, velado por la bruma de un cortinaje traslúcido. Sé que soy yo, pero yo soy también este que observa desde afuera. Conozco lo que siente el hombre pintado sobre esa cama revuelta, en una habitación de vigas oscuras y techos de catedral, donde la escena aparece como el fragmento de una ceremonia antigua. Estoy allí contigo y también aquí, solo, en otro tiempo de la conciencia. En el cuadro la pareja descansa después de hacer el amor, la piel de ambos brilla húmeda. El hombre tiene los ojos cerrados, una mano sobre su pecho y la otra sobre el muslo de ella, en íntima complicidad. Para mí esa visión es recurrente e inmutable, nada cambia, siempre es la misma sonrisa plácida del hombre, la misma languidez de la mujer, los mismos pliegues de las sábanas y rincones sombríos del cuarto, siempre la luz de la lámpara roza los senos y los pómulos de ella en el mismo ángulo y siempre el chal de seda y los cabellos oscuros caen con igual delicadeza.
Cada vez que pienso en ti, así te veo, así nos veo, detenidos para siempre en ese lienzo, invulnerables al deterioro de la mala memoria. Puedo recrearme largamente en esa escena, hasta sentir que entro en el espacio del cuadro y ya no soy el que observa, sino el hombre que yace junto a esa mujer. Entonces se rompe la simétrica quietud de la pintura y escucho nuestras voces muy cercanas.
—Cuéntame un cuento —te digo.
—¿Cómo lo quieres?
—Cuéntame un cuento que no le hayas contado a nadie.
Por años, Juan Bautista Wolf tuvo el tristemente célebre honor de ser declarado persona no grata en el lado rionegrino del Alto Valle. Su nombre fue sinónimo de mala palabra, al menos para mi generación, esa que creció con el uno a uno, y con la posibilidad de viajes a la estratósfera desde plataformas que supuestamente se iban a instalar en la provincia de Córdoba. Los cipoleños no lo queríamos pues sabíamos que era una mala persona y un sorete. Futbolísticamente, era el típico habilidoso que nunca ponía la pata en pelotas divididas y el que caminaba la cancha cuando el partido estaba en desventaja. Era, también, el que se tiraba como si estuviera sufriendo un ataque de epilepsia cuando apenas lo tocaban. Pero, sobre todo, lo odiábamos porque era el novio de Catalina Martinesse, una de las minas más lindas y deseadas de toda la ciudad
Yo creo que lo que nos daba más bronca era que el tipo, físicamente, era uno más del montón. Nosotros no éramos ningún Brad Pitt, eso está más que claro. Pero, qué se yo, siempre imaginamos que la Martinesse era más digna de una especie de galán de telenovelas juveniles, de esos que se pasean por la costa del Limay haciéndose los cancheros con el torso desnudo cuando empieza el calorcito. ¿Qué le había visto entonces semejante minón a tremendo pelotudo? Y bueno, ahí como siempre se rumoreaba una sarta de boludeces que anda a saber si eran verdad; para mí que algún pajero las había tirado medio en joda y después la gilada la repetía como loros, sin importar en absoluto la veracidad o no de tales afirmaciones. Que el pibe tenía mucha guita, que entre las gambas le colgaba una inmensa tararira y mi preferida, que aquello no era más que la confirmación de la "ley del embudo", es decir, la más linda con el más boludo. A mí, Catalina me parecía bonita y no mucho más que eso, pero Julio, mi amigo Julio, el Narigón Aristegui, estaba perdidamente enamorado de ella.
Una tarde, tomando unas cervezas después de una clase, nos dijo que, por intermedio de un conocido se había entrevistado con un sicario porque ya estaba cansado de ver a Catalina con el forro ese y quería hacerlo cagar de alguna manera. Nos lo contó no para pedirnos consejo, sino porque el tipo le cobraba como cuarenta mil dólares obviamente, necesitaba que le prestáramos dinero. Nosotros le creímos porque el Narigón era un loco, alguien dispuesto a hacer cualquier cosa por el amor de la Martinesse, pero tratamos de disuadirlo argumentando, en principio, problemas financieros. En segundo lugar, lo hicimos entrar -un poco- en razón, señalándole que nada le aseguraba que Catalina fuera a irse con él en el hipotético caso de que Wolf muriera El Narigón pareció bajar un cambio, pero su deseo de venganza seguía latente. Ahí fue cuando yo tuve la funesta idea de hacerle un partido a Bautista y a sus amigos para, por 10 menos, desquitarnos un poco de la injusticia que era su relación con Catalina. La motivación inicial no tenia nada que ver con una victoria sino con la posibilidad de aprovechar la situación para cagarlo bien a patadas a Wolf. Dejarlo al borde de la cuadriplejia.
Sin embargo, todo cambió durante la previa porque ellos propusieron jugar por la cancha y nosotros, como unos giles, aceptamos. Wolf y sus amigos habían asistido a uno de los colegios más chetos de Neuquén, por ende en el pleito, había también intrínseca una cierta "lucha de clases". Como verán, el cotejo contaba con todos los condimentos posibles para que, ante la primera chispa se desatara un incendio sin control.
Nosotros, se podría decir, teníamos un buen equipo. Si bien en el futbol cinco las posiciones fluctúan según el desarrollo del partido, generalmente intentábamos mantener un orden. Ponce era el talentoso, el que manejaba los hilos del conjunto y al que había que darle la pelota cuando las papas quemaban. Ernesto, el hermano menor del Narigón, jugaba por las bandas. El Gordo López era nuestro "nueve sin gol", porque su principal virtud era aguantar la pelota al borde del área y descargar con algún compañero sin marca, rara vez sus disparos tenían destino de red. El Narigón jugaba generalmente atrás, y quien escribe estas líneas se desempeñaba bajo los tres palos.
El encuentro fue muy parejo todo el tiempo En una de las primeras ocasiones netamente ofensivas de ambos equipos, después de un par de toques, la jugada encontró al hermano del Narigón solo contra el arquero.
-¡Definííí!- le imploró desconsoladamente su hermano mayor.
Pero el menor de los Aristegui prefirió amagar, el arquero pasó de largo y, ya con el arco libre, mandó suavemente el esférico al fondo de la red. ¡Go! ¡La! ¡Zo!
Uno a cero arriba, comienzo inmejorable, principalmente porque Wolf, el alma del otro equipo, los primeros minutos se había mostrado desaparecido, irreconocible futbolísticamente, a tal punto que debió recurrir lo discursivo para que todos supiéramos que estaba en la cancha:
-Chicos, me saco la campera -avisó.
En desventaja, los neuquinos empezaron a poner mucho más huevo. los pocos minutos tapé un mano a mano, y en la jugada siguiente un remate esquinado al mejor estilo Pato Filliol. Parecía que iba a ser mi tarde, no obstante, la alegría me duró poco. Bautista, que sin la campera había vuelto a ser el mismo de siempre, me clavó un golazo de media chilena Y enseguida, un cabezazo al ángulo magistral. En dos minutos nos habían dado vuelta el partido. EI empate costó unos cuantos minutos de asedio al área rival: lo logró Ponce con un lindo remate de media distancia. Ya en el epílogo, ninguno de los dos bandos quería arriesgar demasiado, pero en un ataque de habilidad al que no nos tenía acostumbrados, el Narigón eludió a casi medio equipo y entró al área perfilado para su pierna menos hábil. Con la zurda y en velocidad, le pegó primero al piso y la pelota se estrelló en el palo. Se quedó tirado lamentándose como un niño al que le sacan su juguete.
- ¡¡¡Volvé, hijo de puta!!! - le gritamos todos, porque el arquero de ellos había sacado rápido y le había entregado la pelota a Wolf que, con espacio, era más que peligroso. No podíamos, de ninguna manera, perder el partido en la última jugada. El Narigón se levantó y volvió corriendo como un toro enceguecido. Cuando llegó a la altura donde estaba Bautista, este enganchó para atrás y lo hizo pasar con un caño humillante, a tal punto que los equipos que se encontraban afuera esperando para entrar estallaron en aplausos. Julio no se bancó la ofensa y, quizás un poco caliente todavía por la jugada anterior, ahí nomás le aplicó una descomunal trompada a Wolf que, del golpe, cayó fulminado en el suelo. Todos se le fueron al humo al Narigón y, en dos segundos, esa ignota canchita de fútbol en el norte de la Patagonia, se convirtió en Stalingrado. La batahola fue colosal. El Gordo López parecía un luchador de sumo en el medio de un torbellino de golpes, piñas y botinazos. Lo encaraban de a tres y él no retrocedía.
-¡Vengan de a uno neuquinos putos! rugía, y se golpeaba el pecho como si fuera un jugador de los All Blacks cantando el haka.
Ponce recibió varias, pero también repartió a diestra y siniestra. Yo, como el cagón que siempre fui, intentaba separar, pero créanme que aquello fue una guerra. Alguna que otra le pegué a Wolf porque la verdad es que siempre me había parecido un cara de verga y le tenía bronca. La única manera de parar semejante desenfreno fue con la policía. Todos terminamos en la comisaría. Allí esperamos un par de horas, en cuartos separados, por supuesto, hasta que cerca de la medianoche volvimos a nuestro hogar.
El asunto es que la pelea fue noticia de primera plana en los medios de la región y eso, increíblemente, exacerbó la rivalidad ya existente entre las ciudades de Cipolletti y Neuquén de manera alevosa. Esa misma semana, una enorme cantidad de cipoleños que cruzaban el puente todos los días para estudiar Ingenieria en la Unco - entre ellos Ponce-, fueron injustamente desaprobados en un examen por un titular de cátedra neuquino. En represalia, en la Facultad de Medicina -ubicada en Cipolletti-, la mayoría de los aplazados en la materia Anatomía II fueron misteriosamente neuquinos. Hasta se comentaba por lo bajo que el docente le había cambiado la nota a un cipoleño que tenía domicilio legal en Neuquén, pero que residía de hecho desde hacía años en la ciudad cuyo nombre homenajea al famoso ingeniero italiano.
La policía también parecía jugar su papel en el pleito: en la margen rionegrina, los oficiales se valían de ficticias legislaciones para aplicarle multas a 1os automovilistas con patentes de Neuquén, y los neuquinos comenzaron a hacer lo mismo con las chapas de Rio Negro. Como en Troya, la escalada de la violencia parecía no tener fin. Y todo había empezado por el amor de una mujer.
A los pocos días, el noticiero central del Canal 7 de Neuquén decidió poner al aire como primicia una nota en la que el dueño de la cancha donde se había jugado el partido reclamaba el pago de la misma. Es que ese día y en medio del escándalo, la policía arribó y, sin preguntar demasiado, subió a los dos equipos en varios patrulleros y así, sin pagar, fuimos al destacamento. Si bien Internet no era lo que es hoy, la entrevista se hizo viral en las arcaicas páginas y blogs de la época y, al poco tiempo, en todos los bares, clubes, colegios, comercios y oficinas a ambos lados del rio Neuquén, no se hablaba de otra cosa. Todos opinaban sobre qué había que hacer. Las radios realizaron encuestas sobre cuál era el equipo que debía abonar la deuda, y hasta algunos editorialistas tuvieron el tupé de dar clases de moralidad desde los medios en los que trabajaban. Lo que casi nadie tenía en cuenta era que el atraso no había sido mala intención sino que, simplemente, en el medio del despelote nadie se había acordado de pagar.
Por supuesto que entre los equipos participantes las acusaciones de responsabilidad eran cruzadas. El cotejo, encima, había quedado empatado, por ende, ni siquiera esa excusa podía podia usarse usarse para dirimir la cuestión. Lo más fácil era dividir los costos, pero esa opción estaba totalmente descartada desde un principio y eso era, irónicamente, lo único en que coincidían ambas facciones. Al honor del grupo, se le sumaba ahora el orgullo de toda una ciudad detrás, y hasta de una provincia. Por lo tanto, había que buscar una nueva forma de solucionar la controversia: volver a jugar un partido en esas condiciones era una locura. Se decidió entonces hacer una reunión con sólo algunos representantes de cada grupo y, como por desconfianza ninguno se animaba a pisar tierra enemiga, el encuentro tuvo lugar en la mitad del puente carretero viejo, es decir, en el límite exacto entre ambas provincias.
Si bien - por razones obvias- se preveía una asamblea tediosa y de larga duración, la realidad es que todo fue bastante ameno y sencillo. Los neuquinos levaron muchas propuestas, aunque todas eran de corte lúdico: un partido de truco, una mano de póker y hasta incluso una generala. Nosotros las refutamos argumentando que en esas cuestiones el factor suerte iba a tener mucho que ver y, en esta instancia, era algo que no nos podíamos permitir. Con Ponce propusimos una carrera de bicicletas, una sola, una persona por equipo y el que perdía pagaba. Simple. Los neuquinos aceptaron con la condición de que el recorrido fuera íntegramente en su territorio Les dijimos que si porque en algo teníamos que ceder, y porque el Narigón de chico corría en bicicross y había ganado varios torneos, y ese era nuestro as bajo la manga. Volvimos para Cipolletti y anunciamos la decisión, Esa misma tarde nomás, nos enteramos a través de los medios de que ellos, como no podía ser de otra manera, habían elegido a Wolf como su oponente.
El Narigón se tomó el desafío como un trabajo y todas las tardes lo acompañábamos a entrenar. En la facultad pasó a ser el pibe más popular, por lejos. En los recreos se la pasaba rodeado de mujeres que le prometían el oro y el moro en el caso de un triunfo, y le dejaban su número de teléfono anotado en algún apunte o en un envoltorio de chocolate. Las radios se llenaron de mensajes de aliento y los alumnos de la Escuela Municipal de Bellas Artes le pintaron una bandera enorme con su cara. Hasta el Intendente, en un desesperado intento por captar algún que otro voto, afirmó en una entrevista que, si el Narigón ganaba, elevaría una propuesta al Concejo Deliberante para que se cambiara el nombre de la calle Roca por el de Aristegui.
El día de la carrera armamos una caravana con varios autos, pasamos a buscar al Narigón en la camioneta del padre de Ponce y lo llevamos en la caja para que escuchara el vitoreo del público. Antes de ir para Neuquén dimos una vuelta por el centro de Cipo y el aliento de la gente fue maravilloso. El Narigón levantaba los brazos y hacía poses de fisicoculturista, mostraba los dientes como un perro rabioso, se sentía un guerrero entrando a Roma. Ya en el puente la euforia de la gente amainó, y al cruzar a Neuquén padecimos las primeras hostilidades que se fueron acrecentando a medida que avanzábamos por la ruta 22. Doblamos en el cruce con Olascoaga y ahí subimos por la Avenida Argentina Argentina hasta el Monumento a San Martin, que era el punto de partida del circuito.
La Municipalidad debió haber previsto el gentío y cortado las calles, pero la realidad es que como era un domingo por la mañana la cantidad de autos no era demasiada. Los neuquinos le habían ofrecido a un estudiante de locución oficiar como maestro de ceremonias y al parecer el muchacho se había tomado todo muy en serio, llevando un micrófono y un amplificador. Cuando el Narigón se bajó de la camioneta, el locutor lo presentó y el abucheo de los cientos de personas allí presentes le ganó por lejos a los aplausos: éramos claramente visitantes. Los cipoleños lo rodeamos y fuimos abriéndole paso entre la muchedumbre al grito de: "Y ya lo ve, y ya lo ve, el que no salta, es de Neuquén". Cuando llegamos a la largada, Wolf ya estaba allí, acompañado por sus secuaces y por Catalina Martinesse. Su bici era último modelo, vestía calzas, remera de running y lentes. Parecía un deportista de elite. Hasta casco tenía. El Narigón había ido así nomás, con una musculosa blanca y hasta creo que usaba el mismo pantaloncito pedorro del día del partido.
Julio acomodó la bici en el punto de partida, se subió a ella y miró a la Martinesse. Luego rotó su visión hacia donde estaba Bautista
-Si sos tan macho ¿por qué no corres sin casco? -le dijo.
Sin dejar de mirarlo, pero sin decirle una palabra, Wolf se desenganchó el protector de la cabeza lo arrojó al boulevard.
-Suerte -le deseó Cata a su novio, y le dio un tierno beso en la boca que el Narigón prefirió no mirar.
Había llegado la hora. El locutor anunció que restaban treinta segundos para la partida y aprovechó para exhibir por primera vez ante la multitud, una pistola comovlas que se usan en las olimpiadas para dar la salida.
-¡Segundos afuera! -gritó.
Desde la vereda en donde me ubicaba, lo tenía al Narigón a unos tres o cuatro metros y lo veía concentradísimo, tanto que yo creo que ni se acordaba que la Martinesse estaba ahí a unos centímetros de distancia. De vez en cuando, miraba de reojo al juez de largada que ya había apuntado la pistola hacia el cielo. Wolf estaba a la izquierda y parecía tranquilo. Cuando restaban cinco segundos, ambos pusieron su pierna derecha en el pedal y largaron los frenos. El silencio de la gente era increíble, sólo se escuchaba de fondo alguna que otra bocina lejana y el ruido del viento, que como casi siempre en esa zona del mundo, venía del oeste.
-En sus marcas... listos...
El disparo de largada suscitó una avalancha de gritos de la gente que se agolpaba a lo largo de las veredas. El "Dale Narigón" con el "Vamos Bauti", se entremezclaban creando un unisono de alaridos ensordecedor. Wolf fue el que picó en punta, pues claramente, era bastante más liviano. El circuito era remontando la Avenida Argentina hasta la Plaza de las Banderas, de ahí al Balcón del Valle, y luego todo en bajada por la misma avenida en sentido contrario hasta el Monumento. Eran unos tres kilómetros en total que se debían recorrer en, como mucho, unos cinco minutos de pura adrenalina. El Gordo López estaba estratégicamente ubicado en el cruce de la Avenida Argentina con Leloir para ir informándonos del desarrollo de los acontecimientos por radio. Después de la largada me olvidé de todo, me metí en la avenida y corrí de atrás a los ciclistas, mientras le gritaba al Narigón que por favor dejara la vida en cada pedalazo. Lo hice por unos doscientos metros hasta que los perdí de vista. Volví corriendo por novedades hacia donde estaban los demás.
-Ahí se acercannnnn -dijo exaltado el Gordo por la radio- ¡Viene primero el Narigón!
Saltamos de alegría y nos abrazamos como si ya hubiese terminado la carrera.
-Está cansado, se lo nota cansado -agregó.
Ponce le sacó de las manos la radio al hermano del Narigón.
-¿Quién está cansado?, ¡da nombres gorrrrdo idiota! - le gritó, haciendo hincapié en la "r".
López respondió, pero se escuchó una interferencia. Ponce le pidió que repitiera, pero la radio tenía poca batería o había muchas frecuencias en la zona. Los audios del Gordo se entremezclaban con música evangélica. La situación era desesperante ¿Cómo no habíamos previsto otra forma de informarnos?
Mientras Ponce y los demás intentaban restablecer las comunicaciones, decidí dejarlos y remontar la Avenida Argentina para enterarme de todo lo antes posible y con mis propios ojos. Con el aire que me quedaba en los pulmones pude llegar hasta el cruce con Elordi. La espera se hacía larga. Luego de varios segundos, comenzaron a notarse dos siluetas bajando desde el norte a toda velocidad. Era imposible saber, desde esa distancia, quién venía a la cabeza. Al lado mío, dos jóvenes con la remera de Pacifico comentaban que Wolf llevaba una amplia ventaja, pero no parecía ser cierto. A la altura del Topsy, el semáforo estaba verde y, desde donde yo estaba, se notó que ambos necesitaron hacer malabares para esquivar unos autos. Se escucharon bocinas y hasta alguna que otra frenada. La maniobra perjudicó lamentablemente al Narigón, que tuvo que abrirse más de la cuenta para evitar chocar con un Renault 12. Sabía que era imposible que me escuchara, pero empecé a alentarlo con la poca voz que me quedaba. Mientras se acercaban comencé a decepcionarme, porque era cada vez más notoria la ventaja del neuquino. Cuando pasaron por mi posición como dos Formula Uno, la primacía de Wolf era irremontable
Con unos treinta metros de ventaja y cincuenta por recorrer, Bautista se sintió victorioso y levantó los brazos para empezar a festejar. Antes de volver a apoyar las manos en el volante, miró hacia atrás para certificar la posición de su rival. Esa maniobra, inesperadamente, le hizo perder el equilibro y antes de que pudiera volver a retomar el control, se dio la nuca de lleno contra el cordón de la vereda. El Narigón venia como una tromba enfurecida, pero clavó los frenos y fue el primero en llegar a asistirlo. No había sangre, pero Bautista no reaccionaba. Dada la cercanía del lugar del accidente con el hospital, la ambulancia tardó apenas dos minutos en venir, pero no hubo mucho que hacer pues el golpe había sido demasiado fuerte. Wolf ingresó al Castro Rendón ya fallecido. Su velorio fue esa misma noche y asistió gente de los dos grupos, pues pareciera que sólo ante la adversidad de la muerte, el ser humano es capaz de dejar de lado sus estúpidas y frívolas diferencias.
Durante la semana siguiente, a pesar de ser vox populi, al menos entre nosotros se evitó hablar mucho sobre el tema. Sólo concordamos en ir a pagarle al viejo la cancha, algo que efectivizamos el martes por la tarde.
Nadie, absolutamente nadie, lo culpó por lo sucedido pero el Narigón se sintió responsable y, ese mismo año abrumado acaso por la situación, dejó la carrera y se fue a vivir a España. Nunca más volvió. Actualmente vive en las afueras de Barcelona con su mujer catalana y su hijo Pol, a quien no le costó mucho comenzar a decirme "tío Nico" cuando fui a visitarlos. Por supuesto que una de las primeras cosas que me preguntó el Narigón cuando nos vimos fue si sabía algo de Catalina. No sé por qué preferí mentirle y decirle que no, pero la realidad es que la veo frecuentemente. Está casada desde hace años con Cecilia, el amor de su vida, una mujer que conoció tan sólo unos meses después de la muerte de Juan Bautista Wolf.