lunes, 25 de diciembre de 2023

El sable - Cuento de Federico Abate

 
Leído en el programa Qué Grande, en Radio Comunitaria Quimunche.

Antes de partir a la que los libros de historia señalan como la última Cruzada, el príncipe Amir Abdusamad Al-Husayni, ordenó al herrero más famoso de la ciudad de Ecbatana, Abdel Wadud, la construcción de una cimitarra que fuera capaz de mantener el filo a perpetuidad. La tarea no fue sencilla para el viejo artesano, que de inmediato pidió a dos expedicionarios, acero de los montes Zagros. Allí, enquistada en un punto casi inaccesible de la ladera oeste de la extensa formación montañosa, se encontraba casi perdida en el corte, una gruta a la que los lugareños llamaban la Caverna de Dios, donde extraían algunos minerales como el hierro, el plomo, el cobre, el paladio y el ferroníquel en su máxima pureza. El herrero poseía los porcentajes exactos de una aleación secreta que había sido transmitida de generación en generación entre los continuadores del oficio de la familia, una aleación que daba al acero una solidez sin igual mezclando el hierro y el carbono, con el paladio. Abdel Wadud, trabajó día y noche entre las altas temperaturas del taller y las miradas inquisidoras de dos soldados del príncipe que habían sido enviados para custodiar y, eventualmente, asegurar que el trabajo se hiciera en tiempo y forma. El herrero concluyó su labor afilando con piedras del Ganges el acero de la hoja, para obtener según sus cálculos, el resultado de la noble solicitud. El detalle final de la construcción fue dado con el grabado del nombre del heredero en el puño de la excelsa artesanía. Sin perder tiempo, entregó al príncipe el extraordinario trabajo diciendo:

-Alteza, no suelte jamás el arma, y ésta lo mantendrá siempre con vida-.  

Amir Abdusamad Al-Husayni, partió a la región de la actual República Tunez al encuentro del Rey francés Luis IX, en la que sería la Octava Cruzada. Llevaba consigo el arma más poderosa jamás antes construida. Sin embargo, el príncipe, nunca más volvió a su tierra. La desgracia lo encontró cuando, sin quererlo, su mano vencida por el cansancio soltó la espada. 

La cimitarra estuvo extraviada durante siglos, hasta que en las regiones más australes del planeta, el gobernador de Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas, algo extrañado por el grabado de un sable recibido en obsequio, mandó a llamar a un traductor del árabe para desentrañar el significado. 

  El General José de San Martín, Libertador de América, escribió junto al Sable Corvo entregado en presente al gobernador… “Nunca solté la espada en Batalla”.

Libro: Cartas. Cuentos de pasión, misterio y muerte (2023).

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