jueves, 25 de enero de 2024

Yo, argentino - Cuento de Rodolfo Braceli


Leído en el programa Qué Grande, en Radio Comunitaria Quimunche.

Los que siguen son apuntes para un cuento, para un rato de película, que podría llamarse La apuesta.

Eran primos hermanos por parte de padre, por eso tenían el mismo apellido.

Los dos vivían en Rosario, todo los separaba y desde el odio.

Froilán era hincha de Central, además de Boca en Buenos Aires. Alfonso era hincha de Newell’s, además de River en Buenos Aires.

El automovilismo también los disponía para la pelea. Froilán veneraba a Óscar Gálvez y Alfonso a Juan Manuel Fangio.

Dentro del terreno de la literatura, ninguno de los dos había pasado de algunas páginas, pero alcanzaba para grabar el asco que se tenían. Froilán, por ejemplo, había leído El Jorobadito de Roberto Arlt. Y Alfonso, Hombre de la Esquina Rosada de Borges.

Sí, todo en la vida del mundo los separaba y los agudizaba para el odio a los primos Briante. Que a su vez eran primos del Cornisa Briante, el escritor.

Se buscaban, y cuando no se buscaban se encontraban.

A lo largo de los años. Con motivo de los partidos entre Central y Newell’s apostaban hasta los calzoncillos. Empezaron por apostarse las bicicletas, después la siguieron con sus motos. Un día fueron a apostarse la casa, pero no pudieron porque alquilaban. 

Los amigos de los Briante también estaban divididos entre los dos clubes mayores de Rosario, y hacían cuanto podían para echar leña al fuego. Así las cosas, se les cruzó en el camino un día por demás bravo, porque coincidían los dos clásicos. En Rosario jugaban Central y Newell’s, y en Buenos Aires, Boca y River. Los primos Briante se apostaron a sí mismos. Acordaron frente a diez testigos, que el que perdía se tiraba de cabeza del último piso del edificio Colton.

Una mente aguda, preguntó: ¿Y si Newell’s y Central empatan?

-Nos amasijamos los dos. -Dijeron a dúo los primos-.

Dentro de lo malo, sucedió lo peor. Empate de Central - Newell’s, y a las dos horas Froilán y Alfonso estaban listos para arrojarse al vacío.

En la calle abajo, sus amigos solidarios en la despedida. Llegó el momento de cumplir con la terrible apuesta, ya en el borde los primos se miran, no hay arrugue, no hay conciliación, se miran sin la menor piedad. Tienen un odio embroncado. Se regalan un feroz insulto cada uno y exactamente a dúo cuentan: ¡¡¡A la una… a las dos… y a las tres!!!

Alfonso se estrella contra el pavimento unas décimas de segundos antes que Froilán, tal vez porque pesaba unos cinco kilos más. Y ahí quedan los dos.

Luego de un largo silencio, los amigos brotan un cerrado aplauso. La apuesta ha sido cumplida.

El velatorio se hace en casas lindantes porque los primos Briante eran vecinos.

Hay precio especial por tratarse de dos ataúdes.

-Tengo dos cajones igualitos en oferta, -dijo el dueño de la funeraria-.

A las cuatro de la tarde del día siguiente, lunes, el entierro. Por primera y última vez, las dos hinchadas se juntan para alzar los ataúdes y llevarlos hasta dos nichos contiguos en el cementerio, los restos mortales de los Briante.

El cortejo se emprende a pie, están a seis cuadras. Todo va transcurriendo en orden.

Al llegar al portón del cementerio, un hincha de Newell’s dice bajito, pero no tanto como para que no lo escuchen los hinchas de Central:

-Alfonso no debió matarse porque Newell’s no debió perder, dos penales nos dejaron sin cobrar.

-El que no debió matarse es Froilán, a Central le anularon un gol que no era offside, -retrucó un hincha de Central con voz recalentada por el silencio de la ocasión-.

Y aquí… Aquí se desata la discusión entre las dos hinchadas, y enseguida los insultos, y a continuación los empujones, los salivazos, las patadas, las trompadas, un despelote del que todos participan. Nadie intenta conciliar. También las mujeres, que las hay en cantidad, contribuyen lindo a la trifulca.

A todo esto, los ataúdes rondando por el piso. Unos campanazos son el aviso de que el cementerio cierra en cinco minutos. Las barras deciden reanudar el entierro, pero tropiezan con una grave dificultad. No saben en qué ataúd está cada uno, son los dos idénticos. Luego de varios minutos, un hincha de Central recuerda que el de Froilán tenía la tercera manija de la izquierda algo floja. Se verifica el dato, y el cortejo se reanuda.

El sol desentendido se va yendo sin hacer ruido. Ya están en el interior del cementerio. A unos 30 metros de los nichos, alguien enarbola una idea genial:

-¿Y por qué no desempatamos? -dice con la voz rasposa que trae del domingo-.

-¿Y cómo hacemo? -pregunta una voz del otro flanco-.

-Que seis de Central y seis de Newell’s jueguen una carrera llevando los cajones al hombro. Y ganará el Briante que está adentro del cajón que llegue primero al nicho.

Sigue bajando la noche despacito.

-Trato hecho, jamás deshecho.

Gritó la voz de una mujer ya imposible de identificar en la casi oscuridad.

-¡¡¡A la una… a las dos… y a las tres!!!

Ya corren seis con un cajón, y seis con el otro cajón. Corren parejo. El resto acompaña atrás con más furia que fervor. Los primos, callados. Nunca imaginaron que la muerte fuera tan ajetreada.

-¿Cuál de los dos ataúdes llegó primero?

Ni Dios podría determinarlo.

A propósito de Dios, no pudo zafar. Debió atender las encarnizadas preguntas de los hinchas. Y al fin Dios respondió esto:

-Yo, argentino.

Libro: De fútbol somos (2001)

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